Immortal Hunters

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Summary

¿Existe algo peor que la guerra? Queen siempre creyó que sí, y luego de ser obligada a abandonar el ejército, no hizo más que confirmarlo. Ahora, condenada a rehacer su vida desde cero y a dejar atrás su sueño de comandar el batallón de Athlas, no tendrá más opción que resignarse a vivir como sanadora sirviendo a la corona. Pero un grupo de soldados expulsados de la milicia harán que su vida de un giro de ciento ochenta grados, y tras revelarle que la guerra que las tropas llevan años combatiendo no es ni de cerca la mayor amenaza que acecha al reino, harán que sus peores temores se vuelvan realidad. ¿Cuánto puede durar una batalla entre seres capaces de autoregenerarse? Ella no lo sabe, pero si quiere evitar la extinción de la raza humana, y sobretodo, si quiere evitar la muerte de la única persona que le importa, tendrá que descubrirlo pronto. Pero algo es seguro, en medio de la guerra, la inmortalidad puede ser todo... menos un aliado.

Status
Ongoing
Chapters
7
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo I - Simulacro de muerte

Siento como un puñetazo me atraviesa la cara, literalmente, y solo puedo pensar, ¿por qué de nuevo?


—¿Ya te cansaste de perder Reinita? Porque esto de tener mi mano metida en tu jodida cabeza todo el tiempo empieza a ser un puto asco —dice la chica sobre mí, apartándose bruscamente.


Siento mi rostro totalmente deformado empezando a reconstruirse poco a poco, mi cerebro que segundos atrás había sido destrozado dejándome inconsciente volver a funcionar con normalidad, y una punzada de dolor atravesarme el cráneo aún fisurado por los repetidos golpes que no me permite siquiera pensar. Esa hija de puta...


—Buen trabajo Kristal, una técnica perfecta como siempre, ve a descansar —ordena el entrenador, a medida que la joven sonriente se aleja del charco de sangre sobre el cual sigo tendida, incapaz de moverme.


—Respecto a ti, Queen, eres una verdadera decepción. Después de ver que el lunes obtuviste la mejor calificación en la prueba de ingreso, realmente creí que podría ponerte al frente de un escuadrón muy pronto, pero teniendo en cuenta tu desempeño tan mediocre en el correr de la semana, empiezo a pensar que lo mejor es que regreses a casa —afirma mirándome desde arriba, como si yo no fuese más que un pedazo de mierda tirado en el suelo.


¡¿Qué carajo le pasa a este tipo?! ¡¿Este imbécil no ve que acaban de matarme?! ¡¿No planea aunque sea preguntarme si estoy bien o si por lo menos respiro?!


—Con todo respeto señor, creo que no está siendo justo —logro comentar con esfuerzo, ya que la sangre apenas está empezando a circular de nuevo por mi cuerpo—. Yo... yo soy la mejor del último ingreso, pero no dejo de ser grado diez —jadeo, desesperada por lograr tomar aire y por no revelar mis verdaderos pensamientos.


—Al punto niña —me apresura, como si no viese que la mitad de mi cabeza sigue regenerándose. ¿Qué se piensa? Me habla como si no fuese más que un mero capricho de mi parte el darle vueltas al asunto, en vez de, no sé... ¡un jodido intento de ordenar mis ideas porque un puño me acaba de atravesar la cara!


—¡Que me está haciendo entrenar como si llevase años aquí! Al resto de los chicos que llegaron conmigo con suerte los ha hecho pelear una o dos veces entre ellos, ¡¿por qué yo tengo que enfrentar a los miembros del pelotón cincuenta y seis?! Es una locura —aseguro, tratando de contener las lágrimas—. ¿Y por qué… por qué a ella? Es la comandante de la “Siete Uno A”. ¡Dirige la mejor escuadra de grado siete! ¿Cómo pretende que me enfrente a ella si…


Siento como el dolor me recorre el cuerpo entero, y ya no es solo la cabeza. Es el hombro dislocado, la pierna rota y la muñeca quebrada. Es la cuenca de mi ojo todavía vacía, mi cuero cabelludo arrancado de cuajo y mis dedos hechos trizas. Es la impotencia de saber que esta no es ni la más mínima parte de lo que voy a tener que aguantar por años si logro que no me expulsen. Y ya no puedo más, una lágrima teñida en sangre escurre por mi rostro, abandonando mi ojo todavía medio ciego por las decenas de golpes que recibí.


—¡No se le ocurra derramar ni una lágrima más! —me advierte el general destrozando mis oídos, los cuales eran de las pocas parte de mi cuerpo que hasta este momento no me hacían agonizar de dolor—. Dígame algo Queen, cuando esté en medio de una batalla, ¿va a ponerse a llorar?


—No —susurro, dando todo de mí para detener el llanto.


—Cuando un enemigo la ataque, ¿va a ponerse a llorar?


—No —repito, con las lágrimas fluyendo aún con más intensidad por mis mejillas.


—Cuando alguien la golpee, le rompa cada puto hueso del cuerpo y la mate, ¡¿va a ponerse a llorar?! —insiste, como si quisiese humillarme hasta el último aliento de vida que me queda.


—No —jadeo, luchando por lograr que mi cuerpo termine de reconstruirse para no morir otra vez.


—¡No la escucho! —reclama.


—¡No! —grito con la voz quebrada y escupiendo sangre a borbotones.


—¡¿Y por qué todavía la veo llorando tirada en el suelo?! ¡La quiero de pie! ¡Ahora! —protesta, presionándome para que me levante.


Y obedezco. Porque una semana me bastó para que mi cuerpo aprenda a responder. Y obedezco, porque después de cincuenta y tres muertes en siete días quién lleva la cuenta. Y obedezco, porque sé que si no lo hago, cualquier posible destino que me espere de vuelta en casa es mucho peor que simplemente morir.


—Eso es, demuestre que no es una inútil, que merece estar aquí, ¡que no es una maldita cobarde que se rinde después de una mala pelea! —y no escucho lo que me dice, todo suena ahogado, como si estuviera bajo el agua.


Siento como mis rodillas tiemblan, mi escasa vista oscurece por completo, y el dolor desaparece, y de pronto la muerte me resulta tan atractiva, tan tentadora, tan cercana... que dejarme seducir por ella se siente la mejor opción.


Y no supe nada más, solo que el "crack" que hizo mi cuello al desplomarme en el suelo conmocionó a todos los presentes, y que si alguno de esos cientos de reclutas todavía no estaba seguro de si enlistarse o no en el ejército de Atlhas, ya no lo haría.

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