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❛ RUSSIAN ROULETTE ❜
──── ERA REALMENTE UNA VISTA HERMOSA. La sangre salpicaba los rincones, como pinceladas grotescas en un lienzo macabro. Lágrimas, como ríos desbordados, trazaban senderos de desesperación en las mejillas de los condenados. Susurros desgarrados buscaban escapar, ansiosos por ser escuchados en medio de la tragedia.
¿La razón detrás de la escena?
La ruleta rusa se erguía como un juego encantador y siniestro, bajo un velo de misterio impenetrable de abismo.
Un grupo de individuos, despojados de su humanidad por sus propios actos, eran arrastrados brutalmente a participar en un ritual de fatalidad.
Un revólver, testigo mudo de la escena, se convertía en el instrumento de una danza macabra. Con un cilindro girando como un péndulo de intriga, determinaba con cruel arbitrariedad quién sería el primero en enfrentar su destino. Las deliciosas miradas aterradas se perdían en la oscuridad, prohibidas de revelar el suspenso que envolvía el juego, como actores en un escenario de peligro.
El elegido, como un kakapo ajeno a su destino, se enfrentaba con valentía o insensatez al cañón frío que apuntaba hacia su sien por sombras sin rostro. El gatillo, en su travesía frágil, decidía con un suspiro de pólvora el curso de la vida o la muerte.
En la sinfonía de la ruleta rusa, la muerte bailaba con la vida en una armonía escalofriante. La suerte, caprichosa y despiadada, paseaba entre los participantes reclamando sus tributos. En cada ronda, la esperanza era desafiada con un abrazo mortal, hasta que una única víctima quedaba en pie, un superviviente entre las notas trágicas del sombrío soneto.
Así era, y no había otra forma de describirlo. La ruleta rusa, ese juego letal y distorsionado que desafiaba a la muerte cara a cara, era para mí una pasión clandestina, un oscuro deleite envuelto en misterio y horror.
──Ay, por favor, no me miren así... Aunque técnicamente no pueden verme, ¿verdad? Pero me entienden, ¿no? ──Mi voz resonaba en la habitación, teñida de emoción y con un distintivo acento vagamente marcado. La incongruencia entre mi tono infantil y la gravedad del juego creaba un matiz perturbador en la escena──. ¡Me llena de tristeza sus actitudes conmigo!
──¡No es que sea mala en esencia! Solo... Comprenderán, amigos míos, que esto es necesario, sí, muy necesario. Además, ¡será emocionante! Nadie necesita temer cuando la adrenalina corre por las venas, ¿verdad?
Misteriosa como un enigma sin resolver, me erguía como una figura etérea en medio de la penumbra.
Vestida en un elegante vestido corto, con falda de capas de tela ligera y vaporosa, ceñido con un corsé decorado con bordados dorados y rosas blancas o rojas adornando mis hombros y mi cabello rubio.
Y sin olvidar la máscara decorativa de encaje blanco que cubría la parte superior de mi rostro, dejando ver apenas mis ojos azules.
Mis pasos, ligeros como plumas, resonaban en el silencio, hasta que una risa traviesa escapó de mis labios desafiando a mis sujetos, mis tiernos ratones de laboratorio.
En el recóndito ático, envuelto en sombras y penumbras, una melodía siniestra tejía susurros de intriga. Diez figuras, atadas por hilos dorados de familiaridad, miembros de la familia, trabajadores, no importaba.
¡No mientras estuvieran vinculados a la infame Port Mafia, por supuesto!
Y todos aguardaban en un tenso silencio, con sus rostros velados por vendas que ocultaban sus ojos y labios, mientras sombras a mis órdenes los apuntaban con escopetas desde las sombras.
Obligados a participar en el epicentro de un juego letal, la tensión era palpable, como una fina cuerda a punto de romperse en un crescendo de caos y tragedia.
Era una escena tan linda la que mis ojos adoloridos admiraban.
Con destreza maestra, si me permitían el halago, manipulaba el tambor de mi revólver, lleno de sorpresas, deslizándolo con una destreza vaga mientras tarareaba. El crujir del mecanismo, familiar y ominoso, era lo único que los cautivos percibían.
Algunos de ellos intentaban desesperadamente pedir algo de misericordia, pero sus súplicas quedaban ahogadas por mi dulce y burlona voz, imperturbable y casual.
«¡Qué tontos tan adorables!»
──Bueno, bueno. ¿Deberíamos empezar? ¡Sí, pienso lo mismo! ──exclamé con una entonación juguetona, mi mirada chispeante buscando al primer jugador sin esperar una respuesta.
Antes de que pudiera elegir a mi primera víctima, una burla retadora y ahogada se identificó entre las sillas, desafiando mi poder.
Aquel sujeto, con el rostro oculto tras las vendas, se mostraba con una valentía desafiante, pero no tardó en percibir el frío cañón de una de mis sombras en su espalda.
«Qué iluso.»
──¡Eh, tú! Te oí. Increíble, los mafiosos desafiantes como tú son tan divertidos. ¿Cuál era tu nombre? ¿Ayato o algo así? ──pregunté con aquel cinismo infantil, mientras ladeaba la cabeza con clara curiosidad. Mis labios se apretaron en un puchero ante la carencia de las palabras contrarias──. Mhm, no creo que sea divertido si no dices nada...
Mi voz melódica colisionaba con el desdén del prisionero. Las respuestas se negaron a estallar por las vendas, y yo, con gracia fingida, hice pequeños movimientos con las manos hacia mi subordinado tras aquel hombre que no tardó en liberar sus labios, provocando mis propias risitas cómplices.
──Solo eres una niña, ¿no? No deberías coquetear con mayores, en especial conmigo, soy demasiado para ti, créeme ──replicó la voz masculina, con un brillo de burla──. Mocosa, será mejor que me sueltes. O juro que te mataré. Puede que no lo sepas, pero soy importante para la mafia.
«¡Qué cruel, qué descortés! Ni siquiera recordaba haber coqueteado con él...»
──¿Lo eres? Digo, ¿realmente lo eres? Tus otros compañeros decidieron escapar y salvar su propia vida, dejándote a mi merced ──murmuré con calma y gracia, desatando las palabras del hombre──. Y no parecía como si fueras tan, tan importante. ¡Pero deberías estar agradecido de que quiera saber tu nombre! Entonces tú...
──Perra maleducada... ──insultó él, desencadenando una carcajada de mi parte que rápidamente intenté ocultar de forma errónea.
──Espera, espera... ¡qué vocabulario tan...! ──exclamé, fingiendo indignación──. ¡¿Eh?! ¿Eres mucho para mí? Eso es triste, demasiado triste. Que deprimente...
Con una risa suave, seguí desafiando al cautivo a participar en el juego mortal. La tensión en la sala alcanzó su punto máximo, con los ojos brillantes, no tardé en presionar mi propia pistola contra su frente.
Sin embargo, con la mirada busqué a otro candidato, esperando dejarlo vivo hasta la última ronda para hacer más placentero este juego. Pero el hombre soltó palabras, interrumpiendo mis pensamientos.
──Inténtalo, vamos, dispárame ──retó el hombre, su voz llena de una bravura que apenas ocultaba el temblor de su miedo──. No tengo miedo, perra.
Irónico.
──¿Eh, es así? ¡Vaya! ¡Qué listo, Ayato-chan! ──contesté con ojos brillando, asintiendo con entusiasmo.
──Ni siquiera me llamo así... ¡Y no uses esos honoríficos, seguramente soy mayor que tú! ──replicó irritado mientras sentía una escopeta y un revólver contra él──. Atrévete, ya verán que la mafia se enojará.
──Puag, da igual, suena lindo así ──murmuré quejosa mientras una sonrisa se pintaba en mi rostro por su confianza──. ¡Claro, capitán!
El revólver, silencioso y atento a la tragedia que se avecinaba, reposaba en mi mano izquierda con serenidad perturbadora.
Mis dedos acariciaron el gatillo, antes de presionarlo y desencadenar el giro mortal del cilindro.
El ático se sumió en un silencio sepulcral, roto solo por el suave crujido del mecanismo del mismo revólver.
Mientras la sala se sumía en el silencio, ningún estruendoso disparo rompió la quietud, provocando un largo bufido de alivio en el hombre.
Confiado, se preparó para burlarse, pero un estallido ensordecedor lo hizo jadear de ardor. El gatillo de la escopeta fue presionado y la bala cortó el aire, llevándose consigo la vida del desafiante hombre.
Observé con una mezcla de satisfacción y desdén el cuerpo vacío, la sangre brotando como una flor en la penumbra del ático.
Pestañeé varias veces, frunciendo el ceño y golpeando mi dedo en la curva de mi barbilla antes de soltar una carcajada mientras bajaba el arma para mirarla antes de negar y comenzar a hacer unos pequeños arreglos.
«Mala mía, je.»
──Esta arma no tenía balas, qué torpe... ──susurré con una risita mientras rascaba mi nuca──. Pero esto lo hace más divertido, ¿no...? ¡Gracias por disparar por mi, chico!
──Bueno... ¿quién es el siguiente? ──inquirí, mi voz resonando como un murmullo inquietante que serpenteaba a través del aire pesado del ático, impregnando cada rincón con una promesa de caos.
Intenté hablar con una sonrisa que flaqueó cuando mis ojos se encontraron con unos morados, brillando como dos amatistas entre las sombras lejanas de los pasillos. Aquellos ojos, insondables y profundos, me llamaban en silencio, como un faro de misterio y peligro.
Un estremecimiento recorrió mi espina dorsal, un recordatorio de que, aunque yo era la maestra de este juego, había fuerzas en movimiento que podían rivalizar con mi control. La silueta apenas discernible entre las sombras parecía reírse en voz baja, su presencia una advertencia muda de lo que vendría.
«El juego apenas comienza, ¿no lo creen?»
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