9 de Junio del 21: Siempre a tu lado.
Te miro.
Te miro recostado en ésa camilla en la cuál has estado los últimos años de tu vida.
Mientras te observo, rememoro cómo fue que nos conocimos.
Recuerdo que la primera vez que te ví, fue cuando entramos a la primaria, en el primer curso.
Eras un chico solitario, nadie se te acercaba, y tú tampoco te le acercabas a nadie.
Apenas te ví, me pregunté por qué sería que estabas tan solo, porque pues quería decir, a mí jamás me había costado hacer amigos.
Me fijé mejor en ti, en tu piel blanca, en tu largo cabello negro, y en lo bonito que te veías.
Me acerqué a ti y tú ni siquiera te inmutaste, seguiste resolviendo aquellos problemas de matemáticas rápidamente y sin un sólo error.
Creo que te envidié en aquel momento.
No fue hasta que te llamé que me miraste.
”¿Necesitas algo?”
Me preguntaste mirándome.
”¿Cómo te llamas?”
Te respondí, quería saber cómo te llamabas y por qué estabas tan solo.
”Itachi.”
Me respondiste con calma.
”Soy Shisui. ¿Quieres ser mi amigo?”
Te ofrecí sonriendo, te viste sorprendido, y no me dijiste que sí al instante, pero tampoco te negaste.
Pareciste pensarlo por algunos segundos hasta que asentiste.
Tú y yo éramos los cerebritos de la clase, siempre con cada pregunta correcta, siempre con una nota perfecta.
Recuerdo cuándo habían mocosos mal educados que te molestaban y te ponían apodos crueles por tener tu cabello largo.
Los ignorabas pero siempre te molestaron, a tal punto de que abrieron y cerraron una afilada tijera sobre tu coleta.
Ése día yo llegué tarde a clases, pues recordaba con gracia que no podía encontrar los malditos zapatos.
Quería ir a hablar contigo pues debido a que el profesor no estaba, teníamos hora libre, sin embargo, no te encontré.
Al principio pensé que no habías ido pero luego vi tu mochila negra junto a tu mesa y pensé que sólo habías ido al baño o a beber agua.
Cuando pasaron 20 minutos me preocupé por ti, así que decidí salir a buscarte.
De todos modos, aún quedaban 40 minutos para que la hora terminara.
Salí y busqué en el pasillo, me asomé en otras aulas, e incluso me llevé un regaño de una profesora por andar de metiche, pero no me importó.
Bajé a la primera planta del enorme colegio privado, casi morí ese día pues bajé cuatro pisos corriendo, nosotros estábamos en el último piso.
Cuando entré a los baños, no hallé nada raro, a excepción de que cada una de las 15 puertas estaba abierta, menos la última.
Escuché un llanto y corrí hacia la puerta, la abrí y te vi con tu largo cabello negro cortado, tú llorabas de pura tristeza y coraje mientras sostenías en tu mano tu coleta cortada.
En ese momento enrojecí pero de pura rabia.
Te abracé y tú sólo lloraste en mi pecho.
Pedimos permiso para retirarnos antes y para mi buena suerte, la directora estaba de buen humor ése día y nos lo permitió.
Yo tomé mi celular y marqué el número del chófer de mi familia, y le pedimos que te llevara tu casa.
Tu padre, quién era alguien distante, pero aún así se notaba que te quería mucho, enfureció de una manera en la que nunca había visto.
De pura rabia, tu padre tomó un caro jarrón japonés antiguo que estaba sobre un estante y lo arrojó contra la pared haciéndolo miles de pedazos en sólo unos pocos segundos.
Tu pobre madre casi se infarta al verte así.
Ella calmó a tu padre, que si no lo hubiera hecho, probablemente él hubiera destrozado toda la pobre sala del coraje que le dió verte así.
Tu hermanito menor me pidió explicaciones y cómo todo hermanito, se enojó al verte así, y por ende hizo uso de sus ‘derechos de hermano menor’.
Me señaló con el dedo mirándome con el ceño fruncido y los cachetes inflados, mientras me exigió una cosa, que hasta la fecha me da risa.
“Tú eres el amigo de nī-san, y nī-san está triste. Haz tu trabajo y ve a calmarlo”.
Después de decir eso él se fue a abrazarte, incluso recuerdo con mucha ternura que te dió uno de sus preciados tomates, y te prestó su dinosaurio de peluche.
Te dijo:
“Toma, nī-san, para que te sientas mejor”.
Hasta la fecha recuerdo eso con mucha ternura.
Al día siguiente, tu madre arregló con cuidado tu cabello, pues recuerdo que por culpa de esos mocosos malcriados, te daba pavor que te pusieran una tijera cerca.
Mientras tanto, tu padre fue a reclamar muy, enserio, muy enojado, y gracias a su poder, dinero, y una manita de algunos de sus contactos que le debían varios favores, esos mocosos que te hicieron daño, al día siguiente, sus familias pasaron de ser ricas, a vivir en un vertedero.
Tú te molestaste con tu padre pues decías que eso había sido demasiado, pero sólo fuiste ignorado.
Una semana más tarde volviste a la escuela y todo quedó en el olvido, pero desde luego esa fue una experiencia que te marcó.
De tu larguísimo cabello que llegaba hasta tu cadera, sólo quedaron algunos mechones que rozaban tu mandíbula y con mucha suerte alcanzaban a tocar tus hombros.
Desde ese día, siempre que tenías que cortar algo, o usabas una navaja, o ibas a mí, pues te daba pavor tener cerca un par de tijeras.
Siempre estuve ahí para ti, justo cómo tú.
Había veces que me ponía insoportable y ni aún así te alejabas de mí.
Creo que el recuerdo más bonito que tengo contigo, fue unos años después de ése suceso, cuándo te confesé que a mí me gustaban los hombres y que estaba enamorado de ti.
Estábamos en el primer año de la secundaria, y ese día yo te llevé a un lugar algo alejado, atrás de los talleres, un lugar que estaba abandonado, y daba mucho miedo de noche, pero que tenía una vista increíble al atardecer.
Justo en el atardecer del final del mes, te llevé ahí y conversé contigo un rato, hasta que tomé tu mano y te confesé que me gustabas.
Tú enrojeciste mucho y bajaste la mirada intentando ocultar tu sonrojo, hasta que me dijiste que tú también gustabas de mí.
Ambos estábamos muy, muy rojos, pero aún así tomé tu rostro con cuidado y besé tus labios.
Tú me correspondiste con algo de torpeza, pues ése era nuestro primer beso.
Nos vimos y besamos muchas veces en ése lugar en secreto, hasta que ambos nos armamos de valor, y decidimos confesar nuestra relación a nuestros padres.
Mis padres no se lo tomaron ni bien ni mal, sólo dijeron “bueno” y no volvieron a tocar el tema, y hasta la fecha sigo sin saber si están o no de acuerdo.
Tus padres se lo tomaron bien, tu padre te dijo que eras libre de estar con quién quisieras siempre y cuando ésa persona te hiciera feliz, y tu madre dijo lo mismo, pero nunca olvidaré que me amenazó con cortarme lo que me hacía hombre si me atrevía a causarte daño de alguna forma.
Desde ése día, formalizamos nuestro noviazgo, y fuimos bastante felices.
Hasta poco después de que llegó tu cumpleaños número 14.
Ése día, al igual que todos los años, tus padres pensaban hacerte una fiesta, sin embargo, tu madre me llamó y me pidió que te fuera a ver.
Dudé un poco del motivo pero me preocupé un poco de que pudiera ser algo grave y fui a acompañarte.
Me dijiste que te sentías muy mal, y que querías que me quedara contigo, cosa que no dudé en el momento que te ví.
Estabas en tu cama, notaba que te costaba mucho respirar, y de vez en cuando soltabas ligeros quejidos, tenías mucha fiebre, y estabas bastante pálido.
Me quedé todo el día contigo cuidándote, tus padres dijeron que si para el final del día no te ponías mejor, te llevarían al hospital.
Dicho y hecho, a pesar de que no empeoraste, tampoco presentaste mejoría alguna y tus padres te llevaron al hospital.
Te acompañé todo el tiempo, hasta que te llevaron a una habitación.
Tus padres hablaron contigo de algo que aún desconozco pues me pidieron salir de la habitación para hablarte.
Cuando ellos salieron yo entré y también hablé contigo.
Te veías cansado, pero aún así correspondiste mis besos y abrazos que te di al llegar ahí.
Varias horas después, y luego de muchos análisis, fue que nos dieron la noticia que destrozó a tu familia, sobre todo a tu madre y a tu hermanito.
Tú estabas muy enfermo, e ibas a morir de forma inevitable.
Aún y con eso, no te rompiste, y calmaste a tu madre y hermanito diciendo que aún así estarías para ellos y no los dejarías solo.
Cuando saliste del hospital, te dieron toda una enciclopedia de cuidados e instrucciones para evitar el avance de la enfermedad.
Me mudé contigo y te cuidaba cada día, procurando al máximo que tomaras tus medicinas todo el tiempo, que no te agitaras ni te esforzaras, y cuidándote cada noche que tenías ataques, e insoportables dolores en tu pecho.
Más de una vez llegué incluso a no dormir por hacer tus tareas completas cuándo te sentías tan mal que no podías ni siquiera moverte.
Me estresaba, pero me tenía feliz saber que al menos estaba haciendo algo por ti.
Tú te pusiste muy triste el día de la graduación de la preparatoria pues ese día te sentías mal. Te sentías tan mal y la enfermedad atacó de tal manera tu cuerpo que terminaste en el hospital, y con un tanque de oxígeno a un lado para que pudieras respirar.
Aún así, estropeé la memoria de mi celular, me llevé varios regaños, y estuve a punto de no poder recibir mis documentos de graduación que necesitaba para entrar a la universidad, sólo por grabar toda la ceremonia de principio a fin para que tú pudieras verla. Recogí también tus documentos y te los llevé.
Te pusiste muy feliz ese día al ver qué a pesar de no poder haber ido, habías logrado graduarte de la preparatoria cómo el mejor de tu clase junto conmigo, y no sólo eso, cuando nos enteramos, recuerdo que casi te ahogas con tu propio aire al ver qué habías logrado ingresar a la universidad “Haruita”, una de las mejores del mundo.
Ese día te dieron el alta, pero debías permanecer en cama, y cuando nos abrazamos y besamos emocionados, y gritamos cómo unos locos, tu madre y hermanito vinieron corriendo y preocupados preguntaron “¿Qué son esos gritos?“.
Tú mostraste muy emocionado la computadora dónde notificaba que habías sido aceptado, y ellos dos se unieron a nuestro gritos, hasta que llegó tu padre.
Él sólo te sonrió y dijo que estaba muy orgulloso de ti, pues dijo que ni estando así de mal de salud le habías fallado y eso lo tenía muy orgulloso, y era una cosa más que presumir con orgullo en tu enorme lista de logros.
Lástima que esa felicidad no nos duró mucho, pues la universidad era algo muy pesado y tú no podías esforzarte, aunque al conocer tus problemas, los profesores te daban tolerancia -pues sabían que constantemente debías ser hospitalizado debido a tu enfermedad- resumiendo los temas para ti y dejándote sólo una o dos actividades cada semana además de darte toda la paciencia necesaria para entregar tus trabajos en cuánto pudieras, aún así, al terminar el segundo año, enfermaste demasiado y ya no pudiste seguir asistiendo.
Cuándo tuviste que darte de baja, te pusiste muy triste, pues habías trabajado muy duro para poder conseguir tu objetivo, ya que aunque eras muy listo, y debido a su dinero e influencias, tu padre sin ningún problema podía comprarte una plaza en ésa escuela, tú querías ganártelo, y el haber tenido que renunciar a tu mayor sueño por una maldita enfermedad, te destrozó por completo.
Lloraste muchas noches en mi pecho, lamentando haber tenido tan mala suerte que tuviste que enfermarte.
Aunque luego lograste recuperarte, el no poder seguir tu sueño, te pegó muy fuerte, y casa vez que se hacía mención de tema, te ponías muy triste.
Poco tiempo después, tuviste que quedarte internado, pues la enfermedad ya estaba muy avanzada y dejarte en casa solo, era peligroso.
Al principio te negaste, pero después de mucho insistirte, terminé por agotar tu paciencia y que decidieras acceder a quedarte en el hospital.
Y aquí has estado los últimos años de tu vida.
Tú, sufriendo, marchitándote.
Y yo, triste, impotente.
Sin poder hacer nada más que mirarte.
Rememoro todo eso mientras me siento en aquella silla y tomo tu mano fría, pálida, y huesuda.
Abriste tus ojos en el momento en el que sentiste que estaba junto a ti.
─¿Shisui...?─. Murmuraste con debilidad.
Te abracé y con esfuerzo correspondiste.
─Aquí estoy Itachi... Feliz cumpleaños comadreja─. Te deseé dejando un beso en tu cabello.
Sabía que aunque te dolía mucho, y cada día estabas más cansado, te conformabas con tener a tu familia cerca.
─Aquí estoy...A tu lado─. Besé tus labios─.Omedetō, Itachi.