Indira Tres Caminos by Sam Cisneros at Inkitt
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Indira - Tres caminos

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Summary

Dos años después de llegar a Nueva España, Indira emprende un camino para integrarse a la sociedad como María Soledad de Azanza y protegida de Maximino González, quien comienza a mostrar señales de amarla, pero sus temores le impedirán abrir su corazón. En tanto, Jacobo regresa a Villa Montecristo con la intención de hacer justicia por la muerte de su padre y conquistar de nuevo a la joven de Las Indias. No obstante, la vida de los protagonistas es alterada con la reaparición de Antonio, por lo que ahora Indira deberá escoger la ruta que le asegure el regreso a casa.

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Banquete en San Miguel

Casi al atardecer del 19 de septiembre de 1801, una caravana de carruajes arribó a la hacienda San Miguel. Un grupo de sirvientes mestizos se encargó de ayudar a los invitados a bajar de sus vehículos e inmediatamente los guiaron hacia la entrada principal. 

Cuando se encontraban frente a la majestuosa residencia, los grandes señores y sus distinguidas esposas, provenientes de las familias más importantes para la región, se maravillaron con el reluciente y esplendoroso inmueble, iluminado con decenas de antorchas colocadas estratégicamente para brindar un aire mágico en el ambiente.

—¡Oh! ¡Increíble! ¿Es la misma casa que vimos hace cinco años? —comentó un caballero mientras admiraba embelesado el diseño arquitectónico.

—Definitivamente no. Recuerdo que antes la fachada estaba deteriorada y el jardín lucía abandonado —señaló otro hombre que caminaba a su lado.

—Se nota que el señor de la casa quiere presumir que es más rico que nosotros, si no, fíjense en esas antorchas. Solo las he visto en la residencia del virrey —apuntó una mujer que se unió a la plática.

Cuando las tres personas llegaron a la entrada principal de la casa, fueron recibidos por un estricto mayordomo.

—Buenas noches, ¿me permiten sus nombres?

—¡Oh! Buenas noches, soy Leopoldo Azcuaga y Monroy y ella es mi esposa, la señora Victoria Meneses de Azcuaga —respondió el primer hombre.

—Y yo soy Fernando Valdés y Subiza —dijo el otro caballero que acompañaba a la pareja.

Al escuchar esto, el sirviente revisó rápidamente la lista y, cuando encontró los nombres, sonrió con gentileza.

—Adelante, ahora los anuncia mi compañero.

En el momento en que les dieron acceso, el trío entró con orgullo a la casa, pero luego se quedaron pasmados ante la magnificencia que reflejaba el salón principal, el cual estaba decorado con finos candelabros de oro puro y exquisitas pinturas renacentistas.

Tras ingresar al salón, observaron que algunas parejas se encontraban bailando en la pista, rodeados por grupos de hombres y mujeres reunidos en pequeños grupos.

—¡Oh! Ahí está doña Mercedes, iré a saludarla —señaló la señora Victoria.

—Bien, yo me quedaré aquí con Fernando —respondió don Leopoldo, al tiempo que tomaba una copa que le había ofrecido un mesero.

Después de esto los dos hombres se acercaron a un grupo de caballeros que estaban hablando sobre las últimas noticias de lo ocurrido en el Viejo Mundo y en el norte de América, como las guerras Napoleónicas, el inicio del mandato de Thomas Jefferson al frente de Estados Unidos y la invasión de España a Portugal.

Entre todo el bullicio se escuchaban comentarios sobre la crisis de poder del virrey Félix Berenguer de Marquina, quien había sido designado por el rey Carlos IV para hacer frente a la amenaza de las tropas británicas que asediaban las costas de Veracruz, pero antes de llegar a Nueva España, fue capturado por los ingleses y posteriormente liberado bajo un misterioso acuerdo. Asimismo, se contaba sobre la insurrección en las montañas de Tepic y otras rebeliones de indígenas, que a pesar de ser aplacadas, siempre aparecían nuevos líderes que amenazaban los intereses de la corona española.

Aunque algunas personas se mostraban preocupadas de una posible revuelta contra el reino de Carlos IV, la mayoría, en especial las mujeres, murmuraban sobre el motivo de la gran fiesta y miraban para todos lados, preguntándose dónde se encontraba Maximino González y Montiel. Entre ellas estaba doña Leona, acompañada de su hija Dora e Isidora.

—¡Qué falta de respeto del anfitrión por no estar aquí! —se quejó una mujer rechoncha, de nombre Mercedes de la Peña y Solano, que se abanicaba desesperadamente—. Llevamos más de una hora sufriendo por el calor y no se ha dignado a aparecer.

—¿Alguien conoce al dueño de esta enorme casa? Yo no lo recuerdo —opinó doña Victoria.

—Mi marido se ha topado con él en algunas ocasiones —contestó otra señora de nariz puntiaguda, de nombre Clementina Zaragoza—. Pero, por lo que sé, es la primera vez que ofrece una fiesta ante la sociedad. Escuché por ahí que, por más de 10 años, este lugar se mantuvo en el abandono total.

—¿En serio? ¿Qué pasó? —preguntó Isidora, que unió a la conversación de solo escuchar este comentario.

—Por lo que sé —comenzó Clementina a relatar—, luego de la muerte de la señora de esta casa, creo que se llamaba Juliana o algo así, el señor Maximino nunca más aceptó visitas. Algunos viajeros que pasaban por aquí contaban que veían el ánima de la pobre mujer, por lo que piensan que fue asesinada aquí mismo.

—¡Santo cielo! —exclamaron horrorizadas las mujeres, que se persignaron de miedo.

—Aunque es increíble que este lugar luzca completamente diferente —señaló con desdén la señora Mercedes—. Se me hace que ya hay otra señora en esta casa.

Este comentario causó mayor interés en Isidora, que agregó de manera cizañera.

—¿También lo notó, doña Mercedes? Aunque la invitación decía que la fiesta sería por el cumpleaños de una tal María Soledad de Azanza, la verdad nunca he escuchado de ella.

—¡Tienes razón, hija! Tampoco he oído sobre esa tal María Soledad, ¿será parienta del señor de esta casa? —cuestionó doña Leona, mirando a su alrededor con tal de identificar entre los asistentes alguna cara desconocida.

—Quién sabe, tal vez alguna chiquilla sin gracia traída desde España —señaló en tono soberbio la mujer obesa, que seguía abanicándose con desesperación.

—¡Cuidado con lo que dices, mujer! —regañó la mujer de nariz respingada—. Dicen que el señor Maximino González es pariente cercano del antiguo virrey, así que si lo ofendes podrías meterte en problemas.

—¡Hmph! Como si eso me importara. ¡Es más! Mi marido tiene conexiones con el nuevo virrey y eso nos da mucho poder en esta región, así que no me preocupa si el señor ese se ofende —reviró doña Mercedes.

Esto último sorprendió al resto de las mujeres, por lo que el tema de la conversación se enfocó en la invitada que afirmaba tener conexión con el actual virrey de Nueva España.

Al otro lado de la casa, se encontraba Alfonso Mendoza debatiendo con algunos caballeros sobre las noticias provenientes de España.

—¡Esto es inaudito! El maldito rey quiere sangrarnos con sus absurdas leyes —reclamó un sujeto de aspecto famélico de nombre Luis de Aragón y Barrientos.

—Calma, Luis —respondió Alfonso con arrogancia—, yo he hablado en persona con el virrey para que nos dé algunas facilidades para la región y aseguró que nos va a apoyar, siempre y cuando le demos parte de las ganancias en la explotación de las minas que hallamos durante la construcción del nuevo canal.

—¿Qué beneficios nos podría ofrecer ese tonto virrey? —cuestionó don Fernando Valdés.

—Bueno, señores, no nos adelantemos —continuó Alfonso—, yo le pedí que nos baje los impuestos, ya que últimamente las nuevas minas no están produciendo mucho, así que...

—¡Ja! Ese maldito no moverá un dedo —criticó Luis—. Mientras España siga peleando contra los franceses y portugueses, no dejará de exprimirnos hasta dejarnos en los huesos.

—¡Eso es cierto! —afirmó don Leopoldo—. Es más, escuché que Bonaparte está decidido a conquistar toda Europa, lo que significa que...

—¡No pienses eso! —sentenció Alfonso Mendoza—. Ten mucho cuidado con ese tipo de comentarios, porque podrías ser acusado de alta traición.

—Pero yo... —insistió el temeroso hombre.

—Antes que nada, contamos con el Ejército Realista encargado de defender estas tierras de invasores. Mi cuñado está ahí y pronto lo ascenderán a teniente, así que no debemos preocuparnos por la seguridad de nuestro territorio —, replicó Alfonso con orgullo.

—¡Eso es imposible! —señaló el señor Aragón.

—¿Por qué lo dices? —cuestionó el esposo de Dora.

—Solamente los peninsulares tienen el privilegio de ascender a altos cargos. A los criollos no se les permite tal beneficio —señaló con desprecio el primer sujeto.

—¡Ahí estás mal! —respondió Alfonso con desdén—. El tío de mi cuñado es un general peninsular a cargo del Regimiento de Infantería de Puebla y lo está ayudando a ascender.

Al escuchar esto, sus interlocutores se sintieron avergonzados de que Alfonso Mendoza tuviera conexiones con el Ejército Realista, que ya no siguieron cuestionando más. En cambio, el hombre famélico no se quedó con las ganas y revió con envidia.

—¡Ah! Bueno, en ese caso sí sería posible. Aun así, no creo que tu cuñado llegue a convertirse en general, ya que siempre estará por debajo de los peninsulares.

Alfonso detestaba perder contra gente tan insulsa, así que decidió humillarlo sin piedad.

—Aunque mi querido cuñado solo alcance a ser un teniente, por lo menos no salió huyendo del cuartel como su hijo —soltó.

Este comentario ofendió a su interlocutor, que se puso colorado de la ira. Los demás comenzaron a reír entre dientes, ya que sabían que Alfonso Mendoza era de armas tomar y no querían tenerlo como enemigo.

Antes de que continuaran discutiendo, escucharon que la música se detuvo de repente, lo que atrajo la atención de los presentes, quienes dirigieron su vista para todos lados, para confirmar lo que estaba pasando. Entonces, su atención se centró en una prominente figura que estaba parada en la parte superior de las escaleras.

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