El retrato
Aquel día le compré flores, desde entonces no la he vuelto a ver. En mis dedos sigue impregnado el aroma de su piel, sigo sintiendo sus pestañas rozar mi cara y su respiración entrelazarse con la mía, pero ella ya no está. Nos entendíamos poco, nos reíamos mucho y nos queríamos aún más, no creo que esa sea la mejor poción mágica para el amor eterno, pero tampoco creo que sea la peor; he escuchado que hay quienes ni siquiera se ríen tanto. El último día que la vi fue quizás el más especial de todos, tenerla me encantaba, sin embargo -ahora que ha pasado tanto tiempo- puedo darme cuenta que en definitiva no pertenecía a mi mundo, y yo, yo mucho menos al de ella.
Teníamos un ritual sagrado silencioso, ni ella ni yo lo mencionábamos, pero sabíamos que existía y habíamos hecho el pacto sigiloso de realizarlo todas las tardes. Yo entraba al museo, recibía el folleto y caminaba hacia las obras de Jacques-Louis David en donde ella me estaría esperando, parada en medio del salón con una mueca divertida, sonrisa cautelosa, ojos enamorados y profundos. Su vestido blanco dejaba los hombros descubiertos permitiéndome contemplar sin prudencia alguna su cuello largo.
Cuando por fin se juntaban nuestras manos empezábamos a caminar por todo el lugar, ella hablándome de todo eso que sabe de arte y literatura, yo escuchándole con tanta atención que el resto de obras me parecían completamente insignificantes. Me contaba cómo alguna vez poetas, escritores y artistas la habían rodeado para enseñarle todo lo que ella sabía. La conversación de las corrientes literarias solían ser una batalla, a ella le gustaba el neoclasicismo y a mí el surrealismo. Una intelectual, un delicioso acento francés que hacía que sus palabras se resbalaran como pétalos cayendo de su boca y una cara celestial, nadie podría culparme de la locura que me envolvió los días que pude disfrutarla.
Los guardias del museo solían vernos de manera extraña, me veían más a mí, yo que tengo poca gracia era quien llamaba su atención. Ella solo reía y decía que no nos comprendían, que, de hecho, nadie nunca lo haría, y que eso era lo que hacía lo nuestro tan peculiar. El último día que la vi seguimos al pie de la letra la ceremonia romántica que teníamos planeada, pero esta vez, yo le llevé flores y eso desató un enfrentamiento con los guardias. Yo no sabía que sería la última vez, pero sabía que debía entregarle mi corazón en forma de magnolias incluso si eso significaba correr de dos escuálidos uniformados que me perseguían.
—¡Alto allí! Hemos sido pacientes, pero es suficiente —dijo el escuálido número uno.
—Usted necesita ayuda psiquiátrica, no puede enamorarse de una pintura —jadeó el segundo de ellos entrando al salón en el que me encontraba yo y en el que pasó la eternidad mi amada.
Caímos al piso los tres, mi cabeza golpeó el suelo y lo siguiente que recuerdo es estar aquí, en el hospital psiquiátrico de Francia. Aquel día le compré flores y nunca más la volví a ver.