Prólogo
Una fresca y suave brisa golpeaba delicadamente su rostro, haciéndole despertar. Pretendió abrir los ojos, pero la luz amarilla y cegadora no se lo permitió. Los cerró de nuevo y de pronto un dolor de cabeza muy fuerte se hizo presente, consideró en levantarse a la cocina a buscar una pastilla o hacerse té, algo que calmara el dolor.
Pero entonces se dio cuenta de algo.
Él no tenía ninguna luz amarilla y cegadora en su dormitorio.
Volvió a abrir los ojos, esta vez sólo entrecerrándolos por el malestar. Miró a su alrededor y pudo observar la cuadrada y grisácea habitación en la que se encontraba, con una mesa de madera en una esquina, encima habían únicamente tres cosas; una botella de agua, unas llaves y un terrario.
No tenía ni idea de dónde estaba.
Quiso levantarse e irse, olía muy mal y la horrible iluminación le hacía daño en la vista, pero estaba sentado en una silla, atado de pies y manos. El pulso se le aceleró.
Trató de deshacerse de las sogas por puro impulso, retorciéndose en el mismo sitio sin lograr nada, los nudos eran demasiado fuertes. Estaba empezando a asustarse, no recordaba cómo es que había llegado a esa situación. También intentó gritar, pero se le hizo imposible al tener la boca cubierta con cinta aislante.
Intentaba pensar con claridad, pero cada vez estaba más histérico. Seguía moviéndose, tratando de quitarse las cuerdas bien aferradas a sus muñecas. Paró cuando empezó a sentir encozor y suspiró, necesitaba tranquilizarse y pensar.
A su lado pudo ver de dónde venía el aire, tenía un ventilador apuntándole directamente a la cara.
Escuchó ruidos provenientes de la puerta que tenía justo en frente, sonó un pestillo y el pomo comenzó a girar. Lo sentía todo en cámara lenta, su corazón latiendo cada vez más rápido.
La puerta se abrió, dejando ver a la persona con quien menos esperaba encontrarse.