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Las Sombras de Platón

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Summary

Arthur es un profesor de filosofía, depresivo y con problemas financieros. Su hermana lleva varios años en coma y las facturas se le han juntado al grado de tener que pedir dinero prestado con gente peligrosa. Por azares del destino conoce a un padre de familia, empresario exitoso, que resulta tener un papel más importante en el bajo mundo. Este estará dispuesto a ayudarlo con su deuda, pero a cambio tendrá que someterse a él y a sus oscuros caprichos. ¿Serán capaces de superar las adversidades que la vida les deparará por mantener su secreto bajo las sombras? ¿O sucumbirán ante ella?

Status
Ongoing
Chapters
7
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

"Imagina unos hombres en una habitación subterránea en forma de caverna con una gran abertura del lado de la luz. Se encuentran en ella desde su niñez, sujetos por cadenas que les inmovilizan las piernas y el cuello, de tal manera que no pueden ni cambiar de sitio ni volver la cabeza, y no ven más que lo que está delante de ellos. La luz les viene de un fuego encendido a una cierta distancia detrás de ellos sobre una eminencia del terreno. Entre ese fuego y los prisioneros, hay un camino elevado, a lo largo del cual debes imaginar un pequeño muro semejante a las barreras que los ilusionistas levantan entre ellos y los espectadores y por encima de las cuales muestran sus prodigios. (...) Piensa ahora que a lo largo de este muro unos hombres llevan objetos de todas clases, figuras de hombres y de animales de madera o de piedra, y de mil formas distintas, de manera que aparecen por encima del muro. (...) ¿estos prisioneros no atribuirán realidad más que a estas sombras?"

Una vibración se sintió, todo había terminado.

—Muy bien chicos, se nos acabó el tiempo. Terminen de ver el mito de la caverna de Platón y reflexionen sobre ello en casa. Para la siguiente clase haremos participaciones con ello. Que tengan excelente tarde.

El sonido de la multitud guardando sus pertenencias y poniéndose de pie inundaba toda la sala.

Arthur, así mismo, se dispuso a guardar su República en la mochila. Era una de las versiones más nuevas de Gredos, quizá no tan apreciada como aquellas de pasta azul, pero definitivamente más accesible económicamente hablando.

—Las yeguas que me llevan, tan lejos cuanto mi ánimo podría alcanzar, me iban conduciendo... —susurraba para sí mismo.

Metió una libreta, una lapicera y, antes de guardar sus marcadores de aluminio, borró el pizarrón.

—...que por todas las ciudades lleva al hombre vidente.

Limpio y arreglado todo, tomó su mochila y salió del aula para dirigirse a los baños más cercanos. Ahí se vio en el espejo. Se alegraba de que sus alumnos no hicieran demasiadas preguntas sobre sus golpes en el rostro, aunque la posibilidad de que le mandasen a llamar para explicar el por qué de ello todavía estaba presente.

Aquella había sido su última clase del día, pese a que aún no podía retirarse. Si no era por una cosa, era por otra. Tenía que asistir a una reunión con el padre de una de sus alumnas, concretamente por una baja en su rendimiento académico. ¿No estaban demasiado grandes estos jóvenes como para que aún fuera necesario tomar esta clase de medidas? Después de todo, ella ya estaba a la mitad de su carrera universitaria.

Se mojó el rostro, el día estaba algo caluroso. Recordaba lo que había sucedido la noche anterior en su regreso al departamento. Unos hombres misteriosos le habían acorralado y propinado tremenda golpiza.

"Esta es sólo la primer advertencia" resonaba en su cabeza mientras se veía. De no ser por su ropa, múltiples moretones más le habrían delatado sobre la brutalidad del asunto.

"Ya es hora" pensó.

Los pasillos estaban llenos de gente, la mayoría marchándose o platicando entre sí. Grupos de alumnos, grupos de maestros... después de todo, el ser humano es un animal social. Zoon politikón, como decía Aristóteles.

Al llegar a la puerta de una de las oficinas hizo un pequeña pausa para respirar profundamente. Si tenía suerte, sería algo rápido, sin mayores alegatos llenos de falacias. Abrió la puerta, entró y la cerró. En medio de la habitación había una mesa redonda con varias sillas, estando en una de ellas sentado un hombre alto de entre 35 y 40 años, vestido de traje, con una mirada penetrante e imponente que hizo que Arthur rápidamente dirigiera la suya hacia otro lado.

—Buenas tardes, soy el profesor Arthur Pembroke. Disculpe la tardanza, acabo de salir de clase —dijo acercándose y tomando asiento en una silla libre para quedar justo frente a él.

—Buenas tardes, Lorenzo Romano. No se preocupe, no llevo tanto tiempo esperando. —Contestó el otro con una sonrisa cordial. —Ahora, me gustaría que fuésemos directo al grano del por qué se me ha mandado a llamar.

—Verá, señor Romano, me he percatado de que Gabriella ha bajado considerablemente su rendimiento en el último semestre. Esto no ha pasado solamente en mis materias, sino también en las de otros profesores que-

—Disculpe que lo interrumpa pero, ¿no le parece que mi hija ya es lo bastante grande como para que sea necesario que me manden a llamar a mi o a su madre por esta clase de situaciones?

"¡¿Verdad?! ¡Es justo lo que estaba pensando!"

—Entiendo su punto, sin embargo las políticas de la universidad nos llevan tomar esta clase de medidas cuando una baja en el desempeño se prolonga por demasiado tiempo. ¿Sabe usted si hay alguna situación que esté afectando o haya podido afectar a Gabriella?

El hombre frunció ligeramente el ceño. Esperaba no haber dicho algo que pudiera molestarle.

—Bueno, ciertamente hemos tenido... algunos problemas entre su madre y yo, y a pesar de que he tratado de mantenerla al margen, puede que eso le afecte de alguna manera.

El profesor se quedó pensando por un momento.

—¿Hay algún problema? —preguntó el padre.

—No, solamente estaba analizando la situación. —replicó. —Perdone si la pregunta es indecorosa. ¿Alguno de ustedes ha mencionado o ha hecho alusión a la posibilidad de una separación frente a ella?

—Mentiría si dijera que no.

—Bueno, en ese caso es muy probable que aquello haya afectado de algún modo a su hija, aunque a primera vista no lo parezca. Gabriella es una chica muy talentosa, con carácter. Pese a que alguna materia no sea precisamente de su interés, hace lo posible por cumplir con lo que se le pide. Es por eso que me ha extrañado su comportamiento más reciente. No hace las lecturas, no entrega actividades y participa con menor frecuencia que antes.

—Siendo ese el caso, tendré que tener una pequeña charla con ella.

Aquel hombre parecía ser alguien bastante serio y estricto. El profesor no pudo evitar sentir cierta empatía con su alumna, preocupándose por la manera en que el padre podría tener esa "charla" con ella.

—Si me permite hacerle una sugerencia, en la universidad contamos con un área de psicoterapia disponible para los alumnos sin ningún costo adicional. A Gabriella podría servirle el ser escuchada y orientada por un profesional.

—Lo comentaré con mi esposa y con ella... ¿Algo más que deba saber?

—Estamos en la primera unidad del semestre. Está a tiempo de regularizarse con sus calificaciones y, por supuesto, no atrasarse con los aprendizajes en clase. Espero que esta situación quede resuelta lo más pronto posible.

—Yo también espero así sea. —Dijo Lorenzo para después ponerse de pie y extenderle la mano al profesor. —Le agradezco su atención.

Arthur igualmente se puso de pie, estrechando su mano en seña de despedida.

—Gracias a usted por asistir, que tenga buena tarde.

—Igualmente.

Esperó a que el señor Romano saliera de la sala de juntas para después soltar un suspiro. Menos mal había sido algo más rápido de lo que pensaba.

Luego de todo lo anterior, procedió a dirigirse a la dirección para firmar su salida y posteriormente caminar fuera de la universidad hacia su parada para esperar el transporte. En ese momento gotas de lluvia comenzaron a caer poco a poco y, pasado tan sólo unos segundos, con rapidez y fuerza. La lluvia se había soltado.

Para su mala suerte los días anteriores habían sido bastante calurosos, por lo que esta ocasión no había llevado un paraguas consigo. Corrió de prisa hasta llegar a la parada donde el pequeño techo apenas alcanzaba a cubrirlo lo suficiente.

Incluso si el transporte pasaba rápido, el lugar donde el tenía que descender todavía quedaba algunas cuadras lejos de su departamento. Seguramente llegaría todo empapado a casa.

No pasaron más de cinco minutos cuando un coche negro y lujoso se estacionó justo frente a él, bajando el vidrio polarizado del mismo y dejando ver a una cara conocida. Era el señor Romano.

—Veo que lo agarró desprevenido la lluvia, profesor. Súbase, le doy un aventón.

Aquel "súbase" lo dijo con un tono cordial, pero con una fuerza que hacía que pareciera más una orden que otra cosa. Arthur no pudo evitar sonreír con cierta pena y nerviosismo. Subió al auto.

—¿Hacia dónde se dirige?

—A mi casa, en la Avenida Sol Naciente.

—Me queda de paso, lo llevo sin problemas.

—¿No se va a desviar mucho? —preguntó con cierta preocupación.

—Para nada. —Contestó poniendo en marcha el coche.


El viaje había sido relativamente incómodo, al menos para Arthur. El señor Romano, al parecer, no acostumbraba a poner música de ningún tipo mientras conducía, ni siquiera la radio, y tampoco había intentado hacer plática de cualquier cosa trivial. Tampoco es como que el castaño pusiera de su parte para intentar conversar. La verdad es que, fuera del ámbito académico, no se le daba bien el convivir con las personas.

—Adelante del coche gris, a la izquierda.

El peli negro bajó la velocidad y se estacionó frente a un conjunto de departamentos de clase media.

—Hemos llegado. —Dijo con total tranquilidad.

—Le agradezco el que me haya traído.

—No hay de qué, gracias por estar al pendiente de mi hija. —Respondió. —Por cierto, profesor, ¿A qué se deben esos golpes en la cara? Debo confesar que llamaron mi atención cuando nos conocimos.

Arthur ya había abierto ligeramente la puerta cuando se planteó aquella pregunta. Afortunadamente, ya tenía pensada desde la mañana una excusa.

—Desafortunadamente el día de ayer camino a mi casa fui asaltado por un grupo de hombres. No se llevaron nada más que mi cartera, pero fue algo violento. He aquí la prueba. —Respondió señalando los golpes que tenía en el rostro.

—Lamento mucho escuchar eso. Las calles se han vuelto más inseguras últimamente. Esperemos que algo así no se vuelva a repetir.

—Gracias. Nos vemos, señor Romano.

Terminó de abrir la puerta, salió del coche y la cerró. Caminó hacia la entrada principal del edificio, no sin antes voltear nuevamente hacia el vehículo para hacer una seña en tono se despedida que, por el polarizado, no pudo saber con certeza si se le había respondido de la misma forma. El carro arrancó y vio cómo se marchaba.


Ya dentro del departamento Arthur cerró con llave y, seguido de esto, procedió a dejar sus cosas en la barra de la cocina. Se dirigió hasta una de los sillones de la sala, concretamente al más grande, donde se acostó. Miró su teléfono por un momento para corroborar que no tenía ningún mensaje.

"Washed out brain

I have a dirty mind

Oh, I need, I need new ways

To waste my time, I need new ways"

No había nada. Se quedó mirando el techo.

"Washed out brain

I live alone, alone, alone

Washed out face

Keep me inside, I need new ways to waste

My time, I need, I need new ways"

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