Espectador
Esa tarde después de un sueño intranquilo, Vicente despertó en el cuerpo de alguien más. El espejo reflejaba a un hombre adulto de aspecto descuidado, cabello azabache y una barba incipiente algo penosa. Esa era la persona que estaba encarnando.
No tuvo reparo en percatarse del pútrido olor que invadía el departamento.
Pese a sus desesperados intentos de encontrar el origen de la inmundicia solo se halló a sí mismo levantando bolsas, cajas vacías de algún local de comida rápida y prendas húmedas que se encontraban repartidas por todo el suelo.
Redujo sus esfuerzos cuando aparecieron las primeras arcadas. Tambaleante por la poca costumbre que le traía la estatura de su nuevo cuerpo, se arrojó hacia la ventana más cercana y la abrió con desesperación para poder tomar algo de aire fresco.
«Debe ser 15 de julio» pensó todavía mareado.
Su hipótesis era cierta. Lo confirmó después de revisar la fecha en el celular de ese desconocido. Otra vez había ocurrido. Había vuelto a tomar la vida de alguien más.
Fue meses atrás en Estación Central. Vicente se encontraba de pie frente a las vías tratando de dispersar cualquier vestigio de dudas sobre lo que haría cuando llegara el siguiente ferrocarril a la estación: saltar a las vías. Encendió su último cigarro y miró varias veces a los costados tratando de armarse la idea de que ninguno de los presentes podría leer todo lo que pasaba por su cabeza en ese momento.
Una parte de él deseó ser detenido. Rogó que alguien, quien fuese, le diera razones suficientes como para no hacerlo. Miró a una mujer oficinista demasiado distraída observando su reloj, quizás iba atrasada a alguna parte. Observó también a un grupo de estudiantes, reían como si nada más tuviera importancia. Consideró a un vendedor ambulante que parecía estar agotado de su andar. Pasaron los minutos y ninguno vino.
Cuando una voz pregrabada advirtió por el megáfono que solo quedaban tres minutos para la llegada del ferrocarril sintió su corazón acelerarse. Pensando que aquellos serían sus últimos latidos, levantó la vista y observó lo poco que podía del cielo a través de ese espacio tejado elaborado con enormes tragaluces. Maldijo su vida, también sus condiciones, maldijo con todas sus fuerzas no poder culpar a nadie más que a sí mismo de su desdicha.
La presencia del tren acercándose desde la lejanía fue observada con sus ojos lagrimosos y, para cuando por fin lo tuvo cerca, emprendió carrera hacia las vías. En esos últimos momentos escuchó la sorpresa de muchos, pero ocurrió lo impensable: sus pies se enredaron y cayó al suelo golpeándose la cabeza antes de poder cumplir el objetivo.
El 15 de enero la noticia de un intento de suicidio en Estación Central se tomó los canales de televisión y llenó de comentarios las redes sociales.
Supo de lo ocurrido al día siguiente, cuando despertó en el cuerpo de una mujer llamada Emilia. Desorientado y sin entender lo que ocurría, trató con desesperación explicarles a esas personas que se hacían llamar su familia que aquel no era su cuerpo, sin embargo, sus insistencias se detuvieron cuando hablaron de sí mismo en la televisión. Su cuerpo estaba internado en un hospital, en coma y con baja frecuencia cardiaca.
Esa misma noche, antes de irse a dormir en la cama de una completa desconocida trató de buscar una razón lógica (quizás no tan lógica) detrás de lo ocurrido: desde que había reencarnado hasta que había viajado a una realidad paralela. Ninguna de las ideas fue suficiente para Vicente, desde siempre considerado un escéptico de lo sobrenatural.
Imaginó posibilidades hasta que los ojos le pesaron y, tras un lento parpadeo que se extendió por varios minutos, despertó bajo una luz blanca en la camilla de un hospital. Estaba de regreso en su cuerpo.
Vicente, casi medio año después, había despertado en el departamento de un desconocido. Despreció que su suerte le hubiera llevado a tomar control de una vida tan descuidada, por lo que aguantando el hedor, cuyo origen seguía sin identificar, tomó las llaves del departamento y un celular —seguramente del dueño— para luego equiparse a regañadientes un abrigo roñoso que colgaba junto a la puerta.
Aun estando en la calle le daba la impresión de que esa pestilencia lo acompañaba, como si se hubiera impregnado en lo más profundo de su nariz.
—Tanto le costaba limpiar la ropa, ni siquiera el departamento, ¡la ropa! — se quejó pese a desconocer el paradero real de aquel a quien buscaba culpar. Con expresión de asco se decidió a ponerse el abrigo para evadir un poco el frío de la ciudad.
No sabía qué tipo de vida llevaría ese miserable en otros ámbitos, pero ser quien tomara su papel por esa ocasión estaba lejos de ser algo grato. No tardó en revisar el celular por encima, que, pese a estar bloqueado con una contraseña, dejaba ver en la pantalla principal una lluvia de notificaciones cuyos mensajes consistían en insultos y amenazas.
Seguramente se trataba de un desgraciado. «Algo debió haber hecho» razonó con tranquilidad, sabiendo que tan pronto como acabara la jornada se bajaría del escenario para cederle el cuerpo al actor original, al responsable de descuidar tanto esa vida.
A esas alturas no era la primera vez que cambiaba de cuerpo con un desconocido. No había sido solo Emilia, pues a lo largo de esos meses había experimentado todo tipo de vidas: un empresario con una casa en los barrios altos, una mujer de campo, un profesor, un auxiliar del aseo, entre otras que todavía recordaba con claridad.
Fue en la tercera ocasión que empezó a notar el patrón. Todos los meses, coincidentemente con la fecha en la que había maldecido su vida, cambiaba de cuerpo con un desconocido.
No había relación absoluta entre ellos, ni su lugar de residencia, ni la edad, ni el género. Sin embargo había un factor que coincidía en todas las situaciones, no importaba cual vida tomara, siempre volvía a la suya para cuando terminara el día.
Ninguna le había terminado de encantar. Algunas le agradaban más que otras, sí. Pero siempre había un pero que parecía tirar todo por el traste. La vida del empresario era solitaria, sus relaciones se sentían falsas. Cuando encarnó con la mujer de campo sintió que su vida era demasiado esforzada para alguien como él. Cuando fue un profesor se percató de que no tenía una buena reputación en todos los salones.
Ni hablar de la vida que experimentaba ahora, parecía de lejos la peor.
—¡Jorge! — gritó alguien al otro lado de la calle. Seguido vinieron chiflidos de otras personas que también buscaban llamarle la atención. Su cabeza se giró por sí sola, como si el cuerpo por instinto hubiese decidido atender al llamado.
—¿Viste?, te dije que era él. — escuchó a uno murmurar por lo bajo.
Vicente, por supuesto, no tenía la menor idea de quienes eran.
—Agárrenlo antes de que se vaya — ordenó en voz baja, quizás no lo suficiente, quien parecía ser el cabecilla del grupo. Vicente, en cuanto escuchó la orden, se largó a correr.
Los había visto acercarse antes de escapar, su presencia gritaba a leguas que eran poco amistosos. Sus sentidos se pusieron en alerta y, sin pensarlo demasiado, corrió tan rápido como sus piernas se lo permitieron. Cuando vio que después de unas calles todavía continuaban siguiéndolo se sintió la presa de un mal augurio.
Pese a que supo reconocer que estaba en algún lugar entre las calles del centro de Santiago, no fue capaz de orientarse para premeditar una ruta de escape. Tardó en entender por qué lo seguían, hasta que comprendió que esa mala reacción del grupo advertía que sería él quien pagaría las consecuencias de algo que había hecho Jorge tiempo atrás, algo que lo habría afectado lo suficiente como para descuidarse a sí mismo y a su departamento.
La persecución no se extendió demasiado. La poca costumbre en ese cuerpo le hizo tropezar a las pocas calles y la paliza que recibió cuando lo atraparon fue instantánea. Entre golpes que iban y venían de todas direcciones alcanzó a escuchar sobre una deuda.
Tardaron un rato en irse, sin embargo, Vicente había dejado de sentir los golpes cuando consiguieron entumecerle todo el cuerpo a punta de patadas. Se llevaron su celular y sus zapatillas, dejando tras de sí una serie de amenazas que desaparecieron tan pronto como lo hicieron sus agresores. Ese pobre diablo cuyo lugar tomó para salvarlo de esa golpiza había corrido con una suerte increíblemente mejor que la de él.
Lo único que pudo observar fue el cielo, ese día estaba nublado. No le importó demasiado que la gente se reuniera alrededor de él para comprobar cómo se encontraba porque, tan pronto como lo notaron vivo, su presunta preocupación desapareció.
Mientras se perdía en las nubes pensó en el tipo de persona que sería ese tal Jorge como para que tanta gente estuviera dispuesta a hacerlo pedazos. Quizás era un embustero dispuesto a engañar con dinero a la gente, o bien, alguien que había recurrido como medida desesperada a pedir dinero prestado a alguna mala junta para poder sobrevivir.
Quiso maldecirlo, pero temió que eso significara algo peor.
Remontándose a otras vidas trató de encontrar consuelo en alguna de ellas, pero no fue capaz. Experimentarlas por un día había estado bien a veces, pero no lo repetiría, pues siempre al momento de irse a la cama le invadía una sensación de vacío, de no pertenecer, de estar experimentando algo que no era verdaderamente suyo.
«Mañana despertaré en mi habitación» pensó.
Por primera vez, su propia vida fue su consuelo.
Entre parpadeos consiguió cerrar los ojos y durmió, solo para luego despertar, después de un sueño intranquilo, en una habitación que no era la suya.
Vicente se levantó alarmado en el mismo departamento que le había visto despertar el día anterior. Era la primera vez que tras pasar la noche no volvía a su cuerpo. Los nervios empezaron a carcomerlo cuando varios golpes agresivos impactaron en la puerta.
Otra vez buscaban a Jorge, como si la paliza no hubiese bastado.
Se equipó del celular y de las zapatillas e improvisó una vía de escape. Una escalera de emergencia que colgaba por el costado del departamento, lo suficientemente cerca de su ventana, le permitió descender hasta las calles donde emprendió carrera nuevamente.
Bastaron unos pocos metros para percatarse de que algo andaba mal. El fétido aroma había desaparecido y en su cuerpo no parecía haber quedado rastro de los golpes propinados por el grupo de matones. Las zapatillas y el celular ¿no los habían robado?
Encendió la pantalla a toda prisa y lo que observó lo dejó perplejo. Justo encima de la hora que se dibujaba con números blancos se anunciaba la fecha del día: 15 de enero.
Era el día en el que había planeado suicidarse.
El mundo de Vicente se vino abajo antes de que pudiera pensar algo al respecto. No lo entendía bien, pero había vuelto a ese día, ahora desde el cuerpo de alguien más.
La angustia se apoderó de él cuando consideró la idea de que quizás, en esa segunda oportunidad, quien sea que estuviese en su papel lograría su cometido.
Abrumado por todos los pensamientos que se agolpaban en su cabeza, buscó abrirse paso entre la gente para poder llegar hasta Estación Central. Sabía a qué hora se realizaría el intento, lo había planificado con mucha antelación y no quedaba mucho tiempo.
Mientras avanzaba notando el tiempo en contra sintió como perdía poco a poco la esperanza de recuperar su cuerpo. No, era más que eso. Era más que su cuerpo, era su vida, la única que después de todo se sentía como suya.
Faltando un minuto consiguió llegar hasta el andén, habiendo tropezado varias veces en el camino y sintiendo como el aire se le escapaba de los pulmones. La voz pregrabada en los parlantes de la estación y el sonido de la maquinaria eran tal cual recordaba. Vicente se divisó a sí mismo a la distancia, a la mitad del andén. No llegaría a tiempo para detenerse.
Lo intentó, esperando un milagro. Corrió hasta que sus piernas no pudieron más y se desplomó antes de llegar hasta su cuerpo. La ventisca provocada por el ferrocarril le sacudió como si acabara de perderlo todo, sin embargo, al alzar la vista se dio cuenta de que no hubo nadie que hubiese saltado a las vías para acabar con su vida.
Atónito, Vicente se observó a sí mismo —a alguien más en sí mismo — tomando una decisión diferente, subiéndose a un tren con rumbo desconocido. Mientras la enorme figura metálica de la maquinaria se perdía a la distancia tras partir, él permaneció de pie.
Solo entonces, cuando únicamente quedó silencio en la estación entendió que, mientras maldecía su vida, en algún lugar de esa amplia ciudad otra persona hacía exactamente lo mismo esperando vivir una vida como la de él.