A MYTHIC TALE: Arco 1: Relatos en el viento

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Summary

En los rincones más remotos del mundo, habitan seres míticos y leyendas que han perdurado a lo largo de los siglos gracias al recuerdo inmortalizado en las mentes de las personas. Sin embargo, en la actualidad, estos seres han decidido reclamar su lugar en el mundo de manera inesperada. Sara Cuello, una estudiante universitaria, toma la decisión de embarcarse en misiones solidarias al sur del país durante sus vacaciones de verano. En el último día de su estancia, se ve envuelta en un incidente trascendental que marcará el curso de su vida para siempre.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo 1: El deseo de Ayudar.

En una cálida noche de verano, en una pequeña isla entre los Golfos de Ancud y Corcovado, se divisaba una tenue luz que emanaba desde una cueva situada en un acantilado. Esta luz danzaba al compás de los fuertes vientos, tentando la curiosidad de aquellos que se atrevieran a adentrarse y descubrir el misterio que ocultaba. Sin embargo, los misteriosos sonidos que resonaban entre los bosques que antecedían a la cueva disuadían a los intrépidos de explorar más allá. Era difícil describir esos sonidos inquietantes, pero los más audaces podían discernir risas que eran mezcladas con alaridos de dolor. Para aquellos menos avezados, el susurro del viento y una sensación de incomodidad impedían fijar la mirada en un punto específico, mientras sombras parecían acechar entre las espesuras del bosque. Ojos invisibles observaban, esperando el menor tropiezo, el más mínimo error que podría ser el último. A pesar de ser verano, el clima mostraba su lado más húmedo y hostil, con fuertes vientos y un frío persistente que acompañaban a las intensas lluvias. En medio de esta inclemencia, ¿Quién podría estar en aquella cueva? ¿Qué individuo habría sido lo suficientemente valiente o desesperado para aventurarse a semejante lugar? La misteriosa luz, que seguía su danza al ritmo del viento, había atraído a un pequeño niño de no más de 8 años. Empapado por la implacable lluvia, Pálido por el frío, llevaba un gorro de lana blanco, un pesado poncho gris con rayas café y negras, zapatos gastados, polainas negras llenas de lodo. Manchas rojas adornaban sus manos y ropa, señal de las dificultades del arduo camino hasta aquel tétrico lugar. Arrodillado, suplicando con ojos hinchados por las lágrimas, implorando ayuda a un ser que se encontraba en las sombras.


—Señora... he venido desde mi pequeño pueblo pasado este bosque para rogar su ayuda... mi... mi padre... está sufriendo... no puedo soportar verlo así... por favor... ¡ayúdeme! — Suplicó con su mirada clavada en el piso rocoso, incapaz de mirar al enigmático ser que se acercaba. Una silueta, femenina, su voz era dulce, arrastraba las palabras con tono despectivo. Vestía un vestido elegante hecho de plumas negras y capucha, que a la luz del fuego podía verse tonos azules, además usaba un cráneo que cubría su cabeza, parecida a un cuervo, pero demasiado grande para ser uno. La envolvía un aura siniestra, como si más nada vivo pudiera vivir a su alrededor. — No puedo creer que un niño tan pequeño haya llegado hasta esta cueva. Hombres mucho mayores han enloquecido antes de siquiera vislumbrar este lugar.


— Por favor... señora... — Insistió sin levantar su cabeza, algo en su interior le decía que de hacerlo podría ser su fin. — ¡Cómo te atreves a venir aquí! — respondió enfurecida.

—Deberíamos arrojarte al precipicio para que te conviertas en alimento para las sirenas. — Desesperado ante las palabras llenas de odio, sacó unas monedas de sus bolsillos, estiró sus manos con ellas, mostrándolas.


— No es mucho, pero por favor... — Antes de terminar sus palabras sintió un intenso dolor mientras las monedas se incrustaban en una de sus manos, presionada entre el pie de la mujer y las piedras del piso. Un pequeño gemido, seguido de lágrimas que caían por su mejilla.


— Los humanos creen que mi señor puede hacer milagros y reparar sus tontos errores, pero estás equivocado, pequeño niño. — Dentro de ese cráneo siniestro negro en el cual no se podía ver a ningún ser se pudo ver una sonrisa malévola. — Eres tan adorable, creo que deberíamos dejarte con nosotros. Siento tu miedo y es simplemente hermoso. —


Aplastó con más fuerza la pequeña mano, sintiendo placer ante tanto dolor. Su mano ardía, el dolor era inmenso, la sangre empezó a fluir, pudo sentir ese pie presionando. Él había peleado muchas veces con otros niños y le habían pisado sus manos, pero eso que sentía no era humano. Escuchó la risa malévola que deseaba más sufrimiento, regocijándose ante la situación vulnerable.


Sintió entonces su cuerpo dominado por el pánico, regresando a él el frío, hambre y dolor bloqueados por la voluntad que lo convenció en ir a esa pequeña cueva.


— ¡POR FAVOR!... ¡ME QUEDARÉ!... — Ahogado entre lágrimas y fluidos nasales. Ya sabiendo que no tenía nada que perder, que ese lugar sería su tumba, alzó su cabeza, mirando a la mujer que estaba frente a él.


— ¡SALVE A MI PADRE! — Miró fijamente al ser, estaba sorprendido ante esa presencia, pudo confirmar que ese ser no era humano, o tuvo que haberlo sido ya hace mucho tiempo. El ser siguió pisando su mano, mientras reía, era poco común tener a un niño tan indefenso, un ser puro al cual atormentar, lo había hecho a muchos hombres y mujeres, quienes estaban corrompidos por el pecado, pero alguien tan pequeño, frágil, era un manjar que no podía desperdiciar. Sacó su mano y se agachó, desde su túnica negra aparecieron sus manos, blancas como la leche y uñas negras y afiladas, tocó la cara del niño y apretó sus mejillas.


— Tu pequeña cara... tan inocente... ¡Ya lo decidí!, me alimentaré de ti. — Miraba fijamente al ser, temblando de terror, ¿Iba a ser su fin?, ¿Todo ese viaje habrá sido en vano? Entonces se escuchó a alguien desde las sombras, el tono era dulce, y al contrario de la mujer, este estaba desprovisto de maldad.


— Mi querida, no deberías ser así con nuestro invitado. – Soltó el rostro del niño, quien acarició sus mejillas ante el dolor y cubriéndose con sus brazos para no ser atacado nuevamente. Se levantó y dio paso al misterioso ser. — Pequeño niño, No tengas miedo, por favor levántate. —


Dudó un momento, estaba confundido, no quería mostrar su rostro, no quería que esas manos frías y desprovistas de vida volvieran a tocarlo, pero... esa voz era cálida, algo en su interior decía que debía confiar, había sufrido tanto, recorrido ese horrible bosque, escuchando a esos seres burlándose de su desdicha, ¿Qué más podría perder?, Sacó sus brazos y levantó su cabeza.


En ese momento quedó paralizado, un calor intenso recorrió su cuerpo, una sensación tan intensa que anhelaba estar en cualquier lugar excepto allí, su alma... deseaba desaparecer. Miraba fijamente a un ser alto de cabello negro, largo y ondulado que recorría una máscara putrefacta de una taruca, podía ver el cráneo.


Usaba un poncho negro sobre el cual portaba un abrigo de hojas, una bufanda de color rosado ceniza, semejante a un cadáver, y un sombrero de paja coronado con dos astas. El chico estaba paralizado por el miedo, se sentía estúpido, las ancianas de su pueblo le habían dicho que los brujos eran engañosos, que jamás había que confiar en ellos, se aprovechaban de las debilidades para alcanzar sus objetivos.


La mujer se enfureció al ver cómo miraba fijamente al ser, ¿Cómo alguien osaba mirar a su maestro? — ¡Maldito! ¿Quieres ayuda y no presentas respeto por él? Un ser tan puro y hermoso, lo mejor será arrancarte las tripas y dárselas a los cuervos. — Ignorando esas palabras, el ser se arrodilló y con una mano sacó la máscara de taruca. Ante su asombro pudo ver a un hombre cansado, con ojeras, el sueño no lo hubiese visitado en mucho tiempo, pálido, un rostro con rasgos femeninos, y ojos rojos y profundos, no reflejaban maldad y odio, sino que calor... bondad...


— Te pido disculpas, pequeño. Debes amar mucho a tu padre para haber llegado hasta aquí. — Extendió su mano para ayudarlo a levantarse.


Sintió el frío de esa cueva desaparecer, un calor que empezó a desbordar su cuerpo... ¿Habrá muerto a manos de aquella mujer? ¿Por qué se siente tan bien? ¿Ese hombre tan amable quién es? Tomó la mano pálida, que al contrario de lo pensado era cálida, levantándose junto al ser.


Miró más atrás y para su sorpresa pudo divisar lágrimas caer desde el cráneo de cuervo, el odio inmenso que existía hacía unos momentos ya no existía, y solo era tristeza.


— Los seres de la naturaleza hemos sufrido mucho a causa de los humanos, estigmatizados por algunos que desean el mal, por lo que muchos inocentes han sido cazados y torturados. Quieren ayuda, pero no comprenden los sacrificios que se deben realizar, solo las almas decididas pueden llevar esos sacrificios a cabo, por lo que muchos nos ven como monstruos, sin saber todo lo que hemos perdido en el proceso.—


Mientras miraba al pequeño, empezó a sanar sus manos con vendas y ungüentos, podía sentir cómo el dolor era aliviado de forma sorpresiva. — Te pido perdón por mi querida, ella ha sufrido mucho... entiéndela, por favor, sus intenciones no son malas. —


El niño miró los ojos rojos, estaban cristalizados, la pena lo agobiaba, debe ser terrible vivir escondido, sin ser comprendidos, los entendía, por culpa de algunos muchos debían sufrir. Pestañeó recordando su misión, y agachándose recogió las monedas, algunas todavía con la sangre fresca que brotó de su mano.


— Por favor, señor... ayúdeme... este dinero es todo lo que tengo, es de mi familia... lo saqué para pagar su ayuda. En el pueblo dicen que ustedes son malignos, pero yo sé que no es así. — Extendió sus manos mientras agachaba la cabeza de vergüenza, sentía que no debía pedirle algo a esos seres que, al igual que él, estaban con una agonía permanente. Lágrimas recorrían sus mejillas rojas.


— ¡HARÉ LO QUE SEA! — Tomó las pequeñas manos y las cerró, sin tomar el dinero, apretándolas con suavidad.


Solo el inmenso amor... verdadero y duradero que has demostrado hacia tu padre, es la eterna gratitud que necesitamos. — Al abrir las manos descubrió en ellas un frasco junto a las monedas, contenía un líquido rojo brillante.


— Este brebaje te ayudará a tu querido padre, pero no está completo, solo alguien cercano a su corazón puede terminarlo. — Se agachó abrazándolo, susurrándole algo al oído.


"A veces el amor puede corromper hasta a la más pura de las almas."


Toda luz en esa cueva se desvaneció, llevándose consigo todo sonido del lugar.


♪ ♫ ♪ ♫ ♪ ♫


Tengo la necesidad, de no perder jamás


Puede ser debilidad, El tiempo se me va


Nunca fui tan incapaz, de dejar atrás


Algo que en realidad, solo me hacía mal...


♪ ♫ ♪ ♫ ♪ ♫


— Esas nubes... se ven muy cercanas, si pudiera las tomaría con mis manos... Cómo me gustaría poder volar como esos pájaros... —


Pensativa mientras escucha música con sus audífonos, una joven suspira mirando con relajo por la ventana de un avión, apoyada en la ventana con su brazo. De piel color oliva. Cabello medio corto y algo ondulado de color azul marino. Vestía jeans, zapatos negros, un polerón ceniza y una chaqueta verde estilo Corcovado, gorro con pompón, sin olvidar su bufanda roja.


— ¿Sara?... ¡Sara! — Una chica pelirroja sentada detrás sacude su hombro. Quitándose los audífonos voltea para mirarla. — Dime — Responde con voz adormilada acompañada de un bostezo.


— Me... — Dice Gabriela con tono burlón. — No seas tonta, Gaby. Si era para eso, mejor sigo escuchando música. — Tomó sus audífonos estando próxima a seguir escuchando música, siendo interrumpida.


— No, no es eso, disculpa, pero necesito tu opinión, ¿tú crees que en este viaje conozcamos algún loco amor de verano? — Su rostro estaba serio y al sacarse las gafas sus ojos brillaban de emoción, contrastando con la expresión desconcertada de su amiga.


— ¿No me digas que solo viniste a misiones de verano para conocer personas? — Ríe algo nerviosa, evitando la mirada que la juzgaba. — Claro que no, estamos estudiando enfermería, es lo mínimo que debemos hacer... es solo que... en la facultad no hay muchos chicos guapos, y los que hay solo quieren algo de una noche. —


La mueca en el rostro de Sara, no creía mucho en los argumentos nobles escuchados, solo ocasionó más nerviosismo.


— Entonces, si vienes solo a conocer chicos, excusándote con el viaje de ayuda. — Gabriela mira pensativa, hasta que chasquea los dedos, orgullosa por haber encontrado una rápida respuesta para escapar de aquella situación incómoda.


— ¿Querida Sarita, piensa? ¿No querrás que tu mejor amiga ande con cualquier animal, ¿verdad? Yo vine a ayudar a las personas necesitadas, aprender nuevas cosas, pero, además, tomo esto como una doble misión. —


— ¿Una doble misión? —

— Claro que sí, mi alma está tranquila ayudando a las personas, pero también me estoy ayudando a mí misma. Piensa, ¿No querrás que tu mejor amiga esté con alguien malo que la haga sufrir? — Estaba incrédula, pero deseaba saber a qué llevaba todo este discurso.


— ¿A qué quieres llegar con esto? —


— Al estar en esta misión de ayuda, solo habrá personas buenas, con sinceras intenciones altruistas, con un corazón tan grande que darían hasta su vida con el propósito de entregar felicidad a los demás. Ahí es cuando mi rango de selección se acota. La naturaleza ya hace el descarte de los malos, y así tendré para elegir a los buenos. Y si me preguntas por los feos, bueno, es de conocimiento público que las personas atractivas y ricas siempre quieren salir del estereotipo de niño mimado, por eso vienen aquí. – Ríe con orgullo al poder argumentar un plan que no tenía fallas en su lógica.


— No has pensado que esos tipos de buen corazón como dices, ¿solo vienen a ayudar con buena fe? ¿Qué quieren marcar una diferencia y no solo buscar pareja como tú? —


— Eres una desagradable, no entiendes lo que callamos las mujeres. — Viendo cómo su plan no era tan perfecto, y ante las risas tomó el brazo de un chico que iba pasando por el pasillo.


— Bueno, debo admitir que no vengo solo a cooperar... pero yo no soy el único que ha venido a buscar pareja. Mira al Ale, yo admito que vine a ayudar y conocer a alguien, pero él solo se inscribió para conocer mujeres. — Sorprendido ante la acusación intentó por todos los medios soltar su brazo, pero le fue imposible, nervioso ante las miradas acusadoras.


— ¡No es verdad! Yo vine a... ayu... dar. — Sintió los murmullos, en un lugar cerrado no había dónde correr, a doce mil metros de altura, tal vez era mejor lanzarse por la ventana para evitar a esas personas juzgándolo.


— ¡ES CIERTO! ¿A quién quiero engañar?, solo he venido porque en la capital mis opciones están acabadas. — Sonreía nervioso, sin encontrar cómo escapar de la situación. — Además, creo que ya es hora de sentar cabeza y dejar el mundo de los solteros codiciados. Sé que esto podría causar uno que otro suicidio, pero gatitas, siempre estaré en sus corazones como un amor platónico imposible de alcanzar. –


Justo en ese instante, un silencio se apoderó del ambiente, seguido de burlas y pifias inocentes por parte de los pasajeros del avión, el ambiente era agradable, había risas y compañerismo ante la aventura que se avecinaba. Sara piensa en la razón de inscribirse en misiones de verano. Quería de verdad ayudar. Sabe que en la capital todo está disponible, la salud, los comercios, la vivienda, el entretenimiento, absolutamente todo. En cambio, a donde ella iba, junto a otros cuarenta y nueve chicos, no había esa facilidad para conseguirlo todo.


— ¿No crees que es hermoso? — Gabriela le indica que mire por la ventana.


— Por fin llegamos. — Observa el hermoso paisaje con sus peculiares ojos color lapislázuli que brillaban de emoción. Siempre había deseado poder viajar, conocer y aprender ayudando a los demás, no había tenido la oportunidad, pero ahora después de muchos años de esfuerzo pudo conseguirlo.


— Es bellísimo. — Por la ventana se observaba algo maravilloso, campos completamente verdes, abarrotados de frondosos bosques, podías ver los rebaños de ovejas, tan blancas que reflejaban la luz del sol. Cultivos gigantes, y pueblos con casas de distintos colores y formas.


— Atención, por favor, les pedimos a nuestros pasajeros que tomen sus asientos y abrochen sus cinturones, siendo las 8:13 am estamos próximos a aterrizar en el Aeropuerto El Tepual, en Puerto Montt, estamos con buen clima, día despejado y una máxima de veintiún grados. — Al escuchar las indicaciones del capitán y a las azafatas quienes prestaban ayuda, los jóvenes tomaron sus posiciones.


Sara se colocó sus audífonos y continuó mirando el hermoso lugar que la esperaba, le gustaba sentir las melodías mientras miraba, sentimientos afloraban dentro de ella ante tal combinación.


Al descender el avión se sintió un pequeño golpe de las ruedas, nada fuera de lo normal, siguiendo con aplausos de algunos quienes a modo de broma festejaban el haber llegado con vida. El vuelo había sufrido turbulencias en la madrugada, por lo que era entendible.


Desembarcaron después de un largo período esperando que los pasajeros que estaban delante pudieran bajar, el grupo de misiones lo pudo hacer.


Fueron por sus maletas y descansaron unos momentos, pudiendo ir al baño y comprar algún snack antes de reunirse en el salón principal y recibir indicaciones de los encargados del viaje. Pasaron lista, verificando que todos estuvieran, los asistentes sabían que serían cinco grupos divididos en diez personas, había cincuenta voluntarios y otros cinco tutores, irían a distintos pueblos e islas.


● En Chiloé seria: Grupo A Tenaún, Grupo B Chonchi.


● En La Isla de San Fermín: Grupo C Pueblo de San Fermín, Grupo D Santa Catalina, Grupo E Pueblo de San Clemente.


Conformados los grupos, salieron al estacionamiento para esperar al autobús que los llevaría al canal de Chacao para cruzar a la isla de Chiloé, donde serían distribuidos a sus destinos. Hacía frío, a pesar de haber un cielo despejado, el viento corría con fuerza. Gabriela estaba congelada de tal manera que en su rostro pálido solo se podían distinguir sus pecas.


Uno de los encargados se acercó para hablar con los equipos. — Escuchen chicos, como saben este viaje tiene una duración de dos semanas. Serán 5 grupos de diez participantes que irán a distintos pueblos. Ahora nos dirigiremos a Chacao para tomar un ferry. Son noventa kilómetros, así que podrán dormir. Aprovechen de descansar porque el trayecto es largo. —


Emociones brotaban en el ambiente. No podían creer que estaban en un lugar tan mágico. No se oían vehículos ni construcciones, solo el viento que corría fuerte, el océano y las aves. — Esta es una misión voluntaria de ayuda, donde conocerán a muchas personas y tendrán nuevas experiencias. Aprenderán y por sobre todo se conocerán a ustedes mismos. Tomen sus cosas para poder subirlas al autobús. —


— ¡Qué emoción! Sentémonos juntas, Sara. Según lo dicho por el encargado, irán dejando a los grupos en sus respectivos pueblos. Primero Chiloé y luego San Fermín. Por lo menos tenemos ocho horas más entre el canal y las islas. — Tenía mucha razón sobre e l viaje.


Eran las 10:00 am y había llegado el autobús. Tomaría una hora llegar a Pargua para tomar el ferry, una hora entre espera y cruzar a Chacao, luego a Tenaún, que son casi dos horas, y luego otras dos para Chonchi. Desde ahí deben tomar otro transbordador para ir a la isla San Fermín, y tiene otras dos horas. A su grupo le tocó la isla de San Fermín, en el pueblo con el mismo nombre.


— Vamos a llegar a las seis. Va a ser de noche y dudo que mi trasero pueda aguantar estar tanto tiempo sentada — Aprovechó para volverse a poner sus grandes lentes de sol.


– Debemos descansar, Gaby. Además, no contaste los momentos para almorzar en Ancud. – Reía de forma juguetona ante las quejas.


De pronto, sintieron que sus maletas eran tomadas. — Enanas, es hora de subirse al autobús. — Alejandro las llevó detrás del autobús para acomodarlas. Era un chico alto, de contextura normal. No hacía ejercicio, pero se mantenía. De cabello ondulado y piel trigueña. Usaba unos lentes gigantes, ya que nunca aprendió a usar lentes de contacto. Llevaba una chaqueta de mezclilla y una camisa a cuadros roja, algo simple pero que le encantaba porque hacía juego con el lugar.


Sara era relajada. La verdad usaba la ropa que le gustaba. Gabriela siempre decía que antes muerta que sencilla. Llevaba puesto un gorro de lana con pompón gris, lentes grandes de aviador, jersey de lana gris, pantalones negros y zapatillas deportivas. Además de una gigantesca chamarra estilo esquiador. Le había pedido a su amiga que la acompañara de compras una semana antes del viaje.


Ellas estaban juntas desde la escuela y se consideraban hermanas. Estaban la una para la otra en los momentos más importantes de sus vidas. Una vivía con su abuela, quien había sido enfermera, mientras que la chica pelirroja era de una familia de abogados. Ella no quería seguir sus pasos y menos tener todo en bandeja, por lo que siguió a su compañera para ser enfermera.


Sobre Alejandro, este las conocía desde la universidad, aunque no eran compañeros de clase. Había intentado salir con una, pero ella no lo tomó en cuenta. Entonces decidió intentarlo con la otra, pero con el mismo resultado. Con el tiempo, sin embargo, se fueron haciendo amigos inseparables.


Tomaron el autobús y se taparon con frazadas ante el frío que hacía. El clima era soleado, pero la humedad por las anteriores lluvias seguía presente. Un camino rodeado de bosques y prados verdes, tan vivos y exuberantes. Era emocionante poder ver tan de cerca los árboles y disfrutar del cambio de ambiente, dejando atrás el ruido, el caos y el smog de la ciudad por el azul del cielo.


Al llegar a Pargua, esperaron media hora para subir al autobús en el ferry. Podían ver la isla de Chiloé, rodeada de un hermoso mar azul y llena de extensos prados. La marea era agradable y las aves revoloteaban en el cielo, dando la bienvenida a esas personas. Aprovecharon para sacarse sus gorros y dejar que su cabello ondeara al ritmo del viento. El color azul marino de Sara se mimetizaba con el mar, mientras que el largo cabello rojo de Gabriela brillaba como una llama de fuego.


Ya en Chacao y luego de desembarcar, el autobús siguió su trayecto. En el camino pudieron avistar ovejas, tan blancas como las que habían visto desde el avión. Incluso el autobús tuvo que detenerse para dejar pasar a un pastor con cientos de ellas. Muchos no perdieron la oportunidad de sacar sus manos por las ventanas para acariciarlas.


— Estas ovejas son hermosas. — Dijo una chica ubicada al final del autobús. — Deben ser deliciosas asadas al palo. — Respondió otro chico, provocando risas entre todos. Sara pudo divisar una casa gigante que se movía, tirada por bueyes y otras personas. Era una minga que iba en dirección al mar.


Se alegró al ver en la ventana del segundo piso a unos niños con una bandera arengando a los participantes a darlo todo. Festejos y cantos se podían escuchar levemente.


— Me habría encantado llegar antes y haber participado. — Exclamo suspirando, esperaba poder participar en algo tan emocionante como eso.


Después de almorzar en Ancud, donde pudieron disfrutar por primera vez un pulmay en un restaurante, siguieron su camino a Tenaún y Chonchi, donde dejaron a los respectivos grupos.


En este último sitio, esperaron para tomar otro transbordador que los llevaría a la Isla San Fermín. Podían sentir el aire limpio, el olor a pasto y tierra húmeda. Era agradable. No siempre podías darte esos gustos.


Tomaron el transbordador que los llevaría a la Isla de San Fermín. Debían pasar entre Rilan y Aldachilco, siguiendo por Matao hasta pasar la Caguache. San Fermín se encontraba un poco más alejada, y debían rodearla para llegar a su pequeño puerto.


El viento era algo frio, pero agradable, sentía cómo las gotas de agua caían en su rostro con el salpicar. Las islas estaban tan cerca, los lugareños en los botes saludaban a los tripulantes.


— ¿Qué encontraré en San Fermín? Estoy muy emocionada. — Se quitó sus audífonos y saludó a las personas de los barcos.


De pronto, escuchó un ruido y miró a su derecha, encontrándose con una pequeña ave que estaba parada en la baranda, era un pequeño Martinete.


— ¿Supongo que has hecho un largo viaje y también quieres descansar, ¿verdad? — Le dijo Sara mientras el ave la miraba fijamente, girando su cabeza intentando entender las palabras.


— Todo es tan espléndido, solo el sonido del mar, este sol, todo. Es como si el tiempo nos hubiera preparado una perfecta bienvenida. — Sonreía mirando el horizonte.


— Ah, es cierto. — Sacó de su pequeña mochila un sándwich de miga, cortó un trozo y lo dejó en su palma extendida. — Debes tener hambre, no tengas vergüenza. Mis amigos fueron por comida, así que no me hará falta. —


Con algo de miedo, el ave se acercó un poco, pero el oleaje chocó con el barco, haciendo que el trozo de pan cayera al mar. Esto asustó al Martinete, que voló alejándose.


— Qué pena... — Miró cómo se alejaba, mientras Gabriela, quien estaba pálida por el frío, y Alejandro llegaban con la comida comprada en un pequeño puesto dentro del ferry. Este era más pequeño que el anterior, ya que las otras islas eran destinos esporádicos y los puertos tan pequeños no requerían embarcaciones tan grandes.


— A ver... tenemos sándwich de marraqueta con lengua, jamón, queso, palta, o un paquete de papas fritas, además de bebida, té y café en polvo barato en vaso de plumavit. — Le mostró el interior de la bolsa blanca, mientras la pelirroja sostenía los vasos calientes. Viendo las opciones, soltó un suspiro y eligió el sándwich de jamón con queso, además del café.


Estaba tan maravillada que sentía que no debía dormir para no perderse nada del viaje. Mientras comían sentados en el autobús, Sara vio nuevamente al ave, en el océano, con el trozo de pan que se había caído. Eso la alegró mucho.


Continuaron su viaje, pudiendo avistar delfines, focas y pescadores que saludaban alegres. Después de unas tres horas de arduo viaje, donde jugaron cartas y charlaron de trivialidades, el sol se estaba despidiendo poco a poco de los chicos.


El capitán del barco les había dicho que a las 18:00 horas el sol ya se ocultaba. Encendidas las luces del barco, comenzó a hacer frío. Usaron las mantas del bus para cobijarse.


El largo viaje estaba a punto de terminar. pudieron ver a lo lejos vieron las pequeñas luces del puerto de San Fermín, desembarcaron pudiendo ver el lugar: la bomba de bencina para abastecer a los botes y vehículos, un almacén que tenía lo que uno necesitara y las estructuras de una feria que de seguro se instalaba temprano. Al lado de esa feria se encontraba una pequeña plaza había dos personas que les dieron la bienvenida.


Era una señora robusta y bajita, de unos cincuenta años, llevaba lentes y el pelo recogido. Vestía un chaleco de lana blanca con líneas. A su lado estaba un hombre anciano, que podría estar en sus sesentas, con bigote y gorro estilo chilote. Lucía una camisa gruesa a rayas y una chaqueta sin mangas negra. Sus polainas de piel de cordero irradiaban calidez.


— Bienvenidos, mis chicos, soy la señora Catalina Rojas, y este caballero es Don Pedro Lizana. Los vinimos a buscar para llevarlos al pueblo de San Fermín. — Eran muy alegres y entusiastas, estaban felices por las visitas que habían llegado a la pequeña isla. Llamaba la atención su vestimenta, ya que el clima era frío y los voluntarios estaban abrigados a más no poder.


La isla tenía unos 6 kilómetros desde el puerto hasta el otro extremo, y un ancho de otros 4 kilómetros. Contaba con tres pueblos: San Fermín, que era el más cercano en la orilla derecha; siguiendo de frente rodeando unas colinas, estaba Santa Catalina; y a la derecha hacia San Clemente.


— No deberían haberse tomado la molestia, pensábamos descansar aquí en el sector puerto antes de ir a los pueblos a dejar a los chicos. El capitán del Ferry dijo que no había inconveniente. — Francisco era el encargado de los grupos y se sentía algo avergonzado de que los pueblerinos se hubieran tomado la molestia de recogerlos.


— Vergüenza es para robar mi amigo. ¿Cómo los íbamos a dejar aquí en el puerto en esta fría tarde? No ve que les pueden salir algún brujo o chonchón por ahí y asustarlos en la noche. —


— ¿Brujo? — Estaba algo pálido después de escuchar esas palabras, y no lo culpo. Se contaban muchas historias en el sur de Chile: brujos, voladoras, imbunches y sirenas. No creía en ellas, pero tenía algunas dudas.


— No ande asustando a los chicos, Pedrito. Mejor vamos mientras todavía queda algo de sol. —


— Perdóneme, solo era una broma. — Apuntó a una camioneta que estaba estacionada allí, blanca con barandas de madera en la parte trasera. A pesar de los años, era un bien muy preciado; con ella iban a llevar lana a Ancud. — Pueden irse con nosotros en la camioneta. —


— No creo que quepan todos en ella, pero si quieren, nos vamos en el bus detrás de ustedes, así nos indican el camino. — El encargado no quería que el vehículo sufriera algún daño por el peso, notaba que estaba muy bien cuidado, y sería una lástima.


— No hay problema, mi amigo, pero si alguien quiere ir con nosotros, no nos molestará. — Había muchos voluntarios comprando en el almacén del puerto, y otros estaban dudosos en irse en el vehículo, mientras la señora Catalina miraba sonriente, con sus mejillas sonrojadas.


— Nosotras queremos ir con ustedes, si no es mucha molestia. — Sara tomó el brazo de Gabriela y corrieron con sus mochilas pequeñas y unas mantas detrás de la camioneta, entre la mirada de aprobación del encargado.


— ¡Gaby, Sara, esperen! — Alejandro, que estaba comprando en el negocio, corrió para subir a la camioneta, pero se encontró con el rostro de una oveja gigante. Era blanca y tenía lana para hacerle ponchos a todos los ocupantes del bus. — Lo siento, no hay espacio. — Abrazaban a la oveja de forma cariñosa, sintiendo su calor y protegiéndose del frío. — Es tan suavecita que no quiero compartirla con nadie. —


— ¡Alejandro, sube al bus! — Francisco llamó al chico, mientras el pequeño vehículo partía. Las chicas alzaban los brazos despidiéndose de él entre risas y gestos burlones.


— Que no te roben, cuídate. — Miraba a la oveja, que no quitaba sus ojos de él, llegó a pensar que ese animal se había puesto a propósito en la puerta trasera del vehículo. — Mi oportunidad arruinada por ese montón de lana. — Murmuró subiendo finalmente al bus.


El viaje al pueblo no era largo, solo les tomó veinte minutos para llegar; no fue tan incómodo, ya que amortiguaron el estrepitoso camino gracias a la frondosa oveja.


Disfrutaron del atardecer, vieron en el camino las luces de las casas encendiéndose, la pequeña iglesia y un rebaño de ovejas. Siendo las 6:30 pm, por fin pudieron llegar al pueblo. Al bajar, fueron recibidos por unas cincuenta personas que estaban en la entrada, un pequeño prado junto a la laguna que se formaba gracias a un río. Había globos, mesas con comida, bebidas, un letrero hecho por los más pequeños, fogatas y música.


Las personas eran muy alegres y lo demostraban con ese gesto para recibir a los diez voluntarios que compartirían dos semanas de ayuda con todos ellos.


— ¡Qué amables! — Dijo Sara mientras recibía saludos de unos pequeños niños. — Usted señorita parece una oveja negra grande. — Los niños se rieron mientras observaban la abultada chaqueta de Gabriela.


El bus llegó unos minutos más tarde, y al desempacar fueron recibidos por los habitantes, quienes los ayudaron a desempacar.


— Mis amigos, todos son bienvenidos a San Fermín. Hemos preparado esta pequeña fiesta para ustedes, hoy pueden descansar y disfrutar, son nuestros invitados — Como alcalde, Don Pedro estaba orgulloso de lo que la comunidad había preparado.


San Fermín era un pueblo pequeño con alrededor de ochenta personas. Muchos niños debían viajar a estudiar fuera, mientras otros hombres realizaban labores de tala de árboles para obtener leña. La ganadería y la lana eran fuentes muy importantes de suministros. Habían decidido vivir de forma comunitaria; dentro de San Fermín no se usaba mucho el dinero. Todos participaban de forma conjunta y, de igual forma, se repartía entre todos. El dinero obtenido para la comunidad por la venta de madera y lana de oveja se usaba para la compra de alimentos, combustible y medicamentos, además de mantener un fondo común en caso de emergencias.


Los habitantes, de igual forma, podían ganar su dinero trabajando fuera de la comunidad, por lo que podían darse sus gustos. Pero en lo que respecta al pueblo, se mantenía ese sistema.


— Vamos chiquillos, no tengan vergüenza y disfruten. — La señora Catalina animaba a todos para divertirse mientras bailaban y conversaban con los lugareños. Sara, quien estaba bailando con Gabriela, vio sentado debajo de un árbol en una banca a un pequeño niño que estaba con una gran manta protegiéndose del frío. Desde ella aparecieron las cabezas de dos perritos blancos y peludos que bostezaban de sueño.


Se dio cuenta de que estaba triste, mirando a sus cachorros. ¿Por qué estará así? Se preguntaba. Ella se alegraría con esas mascotas tan lindas... ¿Qué le habrá pasado? Siguió observándolo, de pronto sus miradas se cruzaron, este al ver cómo lo miraban se levantó dejando caer la manta y se fue con sus compañeros. — ¿Qué haces, Sara? Pon atención en el baile.—


Después de un momento, decidieron abrigarse sentándose cerca de la fogata. Disfrutaban de la música melodiosa y agradable, el fuego, la amabilidad de la gente y las estrellas hacían la combinación perfecta, todas alineadas deseando suerte a los voluntarios en esta aventura.


La señora Catalina apareció e invitó a Alejandro a bailar. — Sería de mala educación no hacerlo. —


Las chicas rieron. Gabriela, animada por un poco de chicha que había tomado, fue a bailar con Don Pedro mientras Sara lo hizo con una pequeña niña que estaba sentada a su lado. La fiesta era animada por un grupo de señores vestidos con polainas, ponchos, chalecos y gorros de lana.


Pasadas las 21:00 pm, con bailes y música, las personas comenzaron a retornar a sus casas. Indicaron a los voluntarios cuáles eran las cabañas que los albergarían.


Eran seis mujeres y cinco hombres, contando al encargado Francisco. No era sorpresa pensar que la comunidad era conservadora, y así lo fue, dejando dos cabañas para evitar, digamos, que hubiera inconvenientes. Estas se encontraban entrando a la avenida principal del pueblo, doblando en el primer callejón a la izquierda. Estas casas se encontraban frente a la otra.


— Fue muy divertido, las personas aquí son muy amables. No sé cómo saqué energías para bailar después de todo el viaje. — Dijo Sara mientras desempacaba sus cosas, aprovechando su turno para cargar su celular y reproductor de Mp3 en el único enchufe del cuarto. El celular no le iba a servir para llamar, la señal era mala y debían subir una colina o ir al pueblo para tener algo de cobertura, pero quería sacar algunas fotos. Sobre el Mp3, era antiguo, pero tenia un gran valor para ella.


— Pienso lo mismo, no había bailado así hace mucho. Aunque ahora el cansancio está apoderándose de mí, pero debo cumplir con mi ritual. — Gabriela untaba crema en sus manos mientras usaba una mascarilla hidratante.


— ¿De verdad trajiste todo eso? — Miraba muchas cremas y mascarillas esparcidas en la cama. — Es necesario, si fallo un día me marchitaré y no quiero eso a mis 21 años. No tengo la suerte que tienes tú de poseer una piel tan suave y lisa. —


Sara tomo una crema y empezó a leer los ingredientes. — No digas eso, debo tener algo. Creo que tú no tienes nada de arrugas, solo eres hipocondriaca. — Acercándose mira fijamente el rostro, analizando si lo dicho es verdad, solo encontrando suavidad, de pronto aplasta su mejilla contra la suya, abrazándola.


— Colágeno, dame tu colágeno. —


— ¡No seas ridícula! — Intento alejar a su amiga mientras reían, pero le fue difícil, de verdad su amiga tenía mucha fuerza.


En la falda de las camas había mantas de lana gruesas, gorros, calcetines y bufandas, braseros que abrigaban la habitación, además de guateros en el interior, cortesía de la señora Catalina.


— Estas dos semanas van a ser duras, estas personas son muy humildes y buenas, tienen un sistema comunitario, y viven lejos de todo, realmente necesitan ayuda. — Comento Sara mientras se abrigaba con toda la ropa de lana que les habían dejado.


Por la ventana se sentía el frío del exterior que intentaba por todos los medios colarse en ese lugar. Entonces, solo con su rostro a la vista, prosiguió. — Vamos a construir un pequeño hospital, por la distancia, en caso de ocurrir alguna desgracia no podrían actuar a tiempo, y nosotras, como somos estudiantes de enfermería, podremos ayudar con capacitación básica a los habitantes. —


Ellas habían llegado al tercer año de enfermería y podían sentirse orgullosas de todo lo que sabían. Estaban felices de poder aportar con un granito de arena. La señora Catalina les había contado que un joven del pueblo había tenido la oportunidad de estudiar medicina, fue a la capital sin antes prometer que volvería para ayudar a la comunidad.


— Sería una grata sorpresa para él cuando regrese y vea que tendrán un pequeño hospital equipado, siendo de gran ayuda para toda la isla. —


Gabriela estiro sus brazos relajada. — Por mi parte, ya estoy hidratada y bien abrigada gracias al brasero y este guatero calentito. Ahora me pondré en posición de tortuga para protegerme del frío intenso. Buenas noches. — Se acomodó en lo más profundo de la cama, sin dejar ni un mínimo espacio para que el gélido aire nocturno penetrara.


— Descansa. — Viendo a su amiga desaparecer entre las cobijas aprovecho de hacer lo mismo, despidiéndose antes de sus compañeras de cuarto.


Le costaba conciliar el sueño, aunque estaba agotada no podía dejar de pensar en el viaje, toda la travesía que recorrieron. Estaba feliz y emocionada, pero de pronto recordó al pequeño niño que vio en la fiesta de bienvenida, junto a esos dos perritos.


El niño tenía un rostro triste, como si pudiera sentir el dolor que estaba atravesando. ¿Tal vez tenía que regalar a esos perros? ¿O lo habrán regañado por hacer algo malo? Preocupada, buscaba una posible respuesta. Según sus cálculos, el niño no debía tener más siete u ocho años... Ahora que recordaba cuando dejó caer su manta, pudo verlo mejor.


Usaba un gorro de lana blanco, su poncho era gris, muy bonito con líneas café y negras. Sus zapatos y polainas estaban con barro; podría haber sido por los charcos formados por las lluvias.


Pero, lo que más llamó su atención fueron las vendas en sus manos, pudo divisar unas pequeñas manchas rojas... Sin darse cuenta y ayudada por la calidez de esa cama, el sueño fue apoderándose de ella poco a poco hasta quedar dormida.


— ¿Qué... le habrá pasado...? —