ﮩ٨ـﮩﮩ٨ـ♡ﮩ٨ـﮩﮩ٨-
Nunca antes había comprendido del todo la naturaleza de Dazai Osamu.
Sabía que era un tipo insoportable, la mayoría de las veces; pero, a la vez, pensaba que había una explicación para aquél comportamiento. En los años que llevaba conociéndolo, lo poco que había aprendido de él es que poseía una mente brillante, misteriosa y, sobre todo, controladora, tanto, que a veces hasta daba miedo. Pero ocultaba todo eso tras una gran estupidez, combinada con un toque de imprudencia y una pizca de ignorancia. Algunas veces parecía hacerlo a propósito, pero en otras ocasiones, le salía tan natural..., era extraño que a Kunikida, en algún punto de su vida, aquello llegara a atraerle.
Él lo supo desde un principio, mas no había querido aceptarlo. No solo porque no había pensado jamás en verse involucrado sentimentalmente con una persona tan opuesta a él, sino también porque, bueno, es Dazai; no es exactamente la persona en la que uno pensaría como primera opción en el ámbito romántico, o al menos, no Doppo.
Pero, ¿a quién engañaba? Estaba enamorado de su compañero, desde hace algunos meses. Y sabía bien que los sentimientos eran recíprocos, que Osamu se sentía igual, y que no tardaría demasiado en admitirlo.
Se había formado un huracán de pensamientos en su mente. Cada cavilación arrastraba consigo recuerdos de momentos que pasó junto a Dazai, que de algún modo se quedaron grabados en su memoria, como una abolladura causada por restos de basura tras un fuerte tornado.
Kunikida sacudió la cabeza, evadiendo todo tipo de idea.
Volvió a la realidad. No había tenido más remedio que asistir a casa de Dazai—por órdenes de Fukuzawa—para terminar con un informe relacionado a una misión que realizaron en conjunto días atrás, pero el castaño prefería perder el tiempo recostándose en el sofá, o leyendo su "manual del suicidio"—Doppo se pregunta seriamente cuántas veces su compañero ha de haber leído ese libro para sabérselo de memoria y recordar cada palabra al pie de la letra—.
Suspiró. Era momento de ser serio.
—Escucha, Dazai—rascó su cabeza, mientras levantaba la voz, en un ligero gruñido—, el jefe nos pidió a ambos hacer este informe. Más te vale que colabores con esto.
—Relájate—deslizó la voz, en un tono suave—, todavía queda tiempo de sobra para entregarlo.
—La idea es no dejar nada para último minuto, ¿sabes?
—Pero si trabajo bajo presión, trabajo mejor, y hasta más rápido.
<<¿Mínimo trabaja?>> dijo Kunikida, para sus adentros. Se sentía de nuevo en la secundaria, cuando el maestro ordenaba realizar un trabajo en parejas y uno de los integrantes no hacía absolutamente nada.
Miró el reloj en su muñeca tras soltar un largo suspiro. Era tarde, y según su agenda, ya casi era hora de volver a casa, pues en ningún lado estaba escrito que debiera llegar a su casa pasadas las 10:00p.m.
Acomodó sus lentes en el puente de su nariz, recogió sus cosas y se dirigió a la salida. Ni siquiera se detuvo a despedirse de Dazai, aquello nunca era necesario entre ellos dos, siempre estaban ansiosos porque llegara la hora de separarse el uno del otro; sin embargo, las cosas habían cambiado. Por un segundo, Doppo realmente deseó derrotar a su orgullo y poder rodear sus brazos al rededor del cuello del castaño, ocultando su rostro en su hombro para cubrir el rubor que, de forma leve, se asomaba por sus pómulos.
Pero aquello no iba a suceder, ni ahora, y tal vez, tampoco pronto. Tan solo se limitó a dar una despedida mediante monosílabas, esperando a que Osamu le respondiera de regreso.
—Para mañana quiero que lleves tu parte del informe a la Agencia. Buenas noches, Dazai.
En silencio, rogó al cielo que Dazai le respondiera y siguiera la conversación para obligarlo a quedarse a su lado por unos minutos más.
—Oye, Kunikida—su corazón se paralizó en un estado de calma—, estuve pensando en el tiempo que llevamos conociéndonos, ¿cuatro años no te parecen demasiados?
—¿A qué quieres llegar con esto?
—Ya me aburre que me llames por mi apellido. Anda, ¡intenta llamarme por mi nombre!
El rubio apretó la dentadura y frunció el entrecejo por un segundo, combinando su expresión con una mirada cargada de indignación por la petición tan repentina.
—¿Por qué de repente...?
—Inténtalo~.
Kunikida no cambió su expresión. Sabe que deseó quedarse junto a Dazai unos minutos más, pero justo ahora, está deseando que todo acabe para cumplir con lo que dicta el horario en su libreta.
Sabía que nunca saldría de esa situación si no ponía de su parte. Hasta que, por fin, se atrevió.
—Oye, no tengo tiempo para esto—empezó a caminar, alejándose de la puerta, y dejando atrás a su compañero—. De todos modos, lo intentaremos mejor después. Nos vemos mañana, Osamu.
Los ojos del mencionado destellaron. Un rubor ligero, adornado con una sonrisa, decoró el rostro del castaño.
Kunikida no detuvo el paso, ni se molestó en mirar atrás. Todavía no asimilaba lo que sus labios acababan de pronunciar, solo sabía que ahora estaba sintiendo demasiado calor.
De un momento a otro, sintió dos toques gráciles caer en su hombro. Sabía bien a quién pertenecía ese dedo que brincaba cerca de su cuello sin necesidad de mirar atrás.
—Kunikida, creo que olvidaste algo.
El aludido se alarmó.
—¿Qué cosa?
—Primero, mírame, y te lo diré.
Debía dejar de estar tan inmerso en sus propios pensamientos. No se había percatado de que no estaba dirigiéndole la mirada a Dazai. Dió la media vuelta a su cuerpo, quedando frente a él.
—Disculpa, ¿qué decías...?
Sus palabras se vieron interrumpidas. Doppo sintió un toque de dedos fríos deslizarse gentilmente al rededor de su nuca, a la vez, un calor abrazador envolvía a su pecho junto a su rostro.
Era un abrazo. Dazai lo estaba abrazando.
Los brazos del castaño rodeaban el cuello de Doppo, su torso se apegaba al del otro, y escondía su cara en el pecho del rubio, mientras que este, recargaba su mentón del hombro de Osamu.
Kunikida titubeó al intentar corresponder a aquella muestra de afecto, como si dudara. Finalmente, se limitó a posar una de sus manos en la cabeza de Dazai.
Ambos cruzaron miradas. Se veían tranquilos, pero necesitados el uno del otro, como si todo lo que les faltara para estar completos fuera un beso. Pero ambos sabían que no estaban preparados para ello, por mucho que lo desearan.
Tras unos minutos de silencio, Doppo optó por acabar con él.
—Creo que eres lo suficientemente sensato como para saber que a esta hora el tráfico es terrible, ¿no?
Dazai ríe.
—¿Cuál es el problema? Tú no pareces tener muchas ganas de irte. Mejor pasa la noche acá.
Kunikida resopla, sin molestarse en suprimir la sonrisa que se hacía paso en sus facciones.
—Tal parece que no vas a dejarme ir.
Su compañero le dirigió una mirada retadora.
—¿Por qué tanta prisa? ¿Lo que diga esa agenda tuya es más importante? — el contrario sonríe, con ligereza.
—No, no lo es.
Dazai se sentía como el ser más afortunado del mundo tras ser la primera persona en escuchar una frase así salir de la boca de Doppo Kunikida.
El rubio decidió quedarse en casa de su compañero. Una noche sin seguir las órdenes de su libreta, estropeaba por completo el avance que ha logrado durante años. Pero, ¿qué más da?
—¿Te parece bien si compartimos la cobija? Sólo tengo una.
—No hay problema. Pero no tengo ropa para dormir.
—Qué curioso, ¡yo tampoco!
—¿Cómo es eso posible?
—No he lavado la ropa. —lo dice de forma tan natural, que el rubio no puede creer que de verdad se haya enamorado de alguien así.
—Mañana tendré que enseñarte a llevar un ritmo de vida productivo.