La Atadura Detrás Del Velo
Últimamente, el mundo espiritual había sufrido un cambio importante, tal vez eso alteró a Buyo y escapó de casa. No regresaba y ya habían pasado quince días. Revisé mi celular por si tenía alguna notificación, no perdía la esperanza de que los carteles que pegué por el vecindario referentes a mi gato extraviado podrían ayudarme a encontrarlo. Pero no, ni una señal sobre él. ¡Dios, qué preocupación! ¿Qué más podría hacer o a quién podría pedirle ayuda? Para calmarme un poco, decidí ir a la cocina y servirme un té.
Algo sucedió en este plano o en otro, que hizo que las cosas ya no fueran lo mismo. A mis veintisiete años, mi sensibilidad espiritual me permitió percibir una seguidilla de eventos que despertaban cada vez más mi curiosidad. Para empezar, mis sueños se volvieron más vívidos y varias veces, se habían aparecido ángeles y hadas en ellos. Incluso en mi sueño más reciente, me encontré en un hermoso jardín etéreo bajo la luz de una gran luna y junto al caudal de un río de aguas claras y frescas. Pequeñas hadas revoloteaban por aquí y por allá, cuando un ángel salió a mi encuentro y me dijo en voz baja: “El equilibrio de dos mundos yace en la fusión de los corazones, donde uno encuentra su otra mitad”. ¿Qué estaba queriendo decir? ¿Se trataba de alguna especie de profecía?
Además, en ocasiones podía percibir mis habilidades especiales más pronunciadas y más agudas junto a olas de energía que resonaban en mis propias emociones y estados de ánimo, y mi conexión con el mundo espiritual se hizo más profundo. Y así como yo sufrí cambios, la realidad en la que vivía también lo hizo. Las energías se desplazaron, afectando el comportamiento de entidades espirituales, de la naturaleza y de los fenómenos mágicos en el mundo humano. Las redes sociales estallaban con registros de seres sobrenaturales debido al aumento en su actividad e interacciones entre estas entidades y los humanos. Los patrones del clima habían cambiado casi drásticamente y especies nuevas y raras de flores y árboles comenzaron a ser descubiertas. Sabía muy bien que un acontecimiento muy relevante estaba ocurriendo, el cual repercutía en la realidad de nosotros los humanos y no podía quitarme esa idea de la cabeza.
Repentinamente, el timbre de mi casa sonó. ¿Quién podría ser? Salí de la cocina en dirección a la puerta y simplemente la abrí. Ahí estaba mi gato Buyo, entre los brazos de una mujer un poco más joven que yo, que me dejó sin palabras de solo tenerla frente a mí. Había algo muy único y místico en ella, que despertó mi curiosidad y mi intriga automáticamente.
Ella no era una joven ordinaria, su energía era muy singular y su presencia se sentía etérea y enigmática. ¡Era simplemente impresionante! Su aura emitía un brillo radiante y luminoso como la más intensa de las luces. Rebosaba armonía y equilibrio, con un delicado balance entre luz y oscuridad. Se notaba serena y tranquila, era reconfortante tanto como curativa y entregaba un sentimiento de bienestar. Y no solo eso. Pude percibir una conexión tácita, una potente energía subyacente alrededor de ésta chica que me hizo sentir como si alguien más estuviera observando.
Su aspecto físico evocaba una sensación de elegancia de otro mundo, sin duda se trataba de una belleza enigmática y cautivadora. De piel blanca, usaba un flequillo doble sobre la frente con un par de mechones a los lados y poseía unos brillantes y vibrantes ojos rojos como frambuesas frescas que hacían severo contraste con su muy larga y ondulada cabellera negra que llevaba amarrada en una cola de caballo. Sus ojos, misteriosos y atractivos, reflejaban un fuego interno y una determinación, pasión y un fuerte espíritu que me indicaba su singularidad.
¿Quién era ella? ¿Cómo había hecho para traer a mi gato a la puerta de mi casa? ¿De dónde venía y qué misterios escondía?
—¡Dios, Buyo! —exclamé con emoción y alegría. La enigmática muchacha me lo entregó con una sonrisa, la cual desbordaba un resplandor encantador que iluminaba su cara y entregaba un efecto relajante de tranquilidad y serenidad. Entonces, me presenté sin soltar a mi gato-. Muchas gracias. Discúlpame, hola. Soy Kagome Higurashi.
—Hola, me llamo Kagura Inoue. Tu gato estaba perdido, lo encontré fuera de mi casa. Y es más o menos lejos de aquí —respondió ella con simpleza. Su voz sonó melódica, casi hipnótica y causaba un efecto calmante. Contaba con una vibración sanadora, ofreciendo consuelo y comodidad.
—Sí. Pero, ¿cómo llegaste aquí? —dije, con toda mi curiosidad al tiempo que acariciaba a Buyo.
—Ah, tomé tu dirección de los afiches que pusiste —dijo ella y se sonrojó.
—Pero yo tan solo puse mi número de celular —me encojí de hombros sonriendo levemente y Kagura miró a otro lado, avergonzada—. Vamos, cuéntame cómo lo hiciste.
La chica soltó una pequeña risa nerviosa e incómoda.
—Olvídalo, no lo creerías.
—Dime, quiero saberlo —insistí y ella pareció tragar duro, indecisa. Se veía como una niña que fue descubierta haciendo una travesura y suspiró hondo.
—Tu gato me indicó el camino... No sé, solo lo entendí y vine con él hasta aquí —explicó, tímidamente. ¿Ella era capaz de comprender a los animales y quizá hasta comunicarse con ellos? Kagura esbozó una pequeña risa triste y agregó:— ¿Ves? Era obvio que no ibas a creerme.
—No, no es eso. Sí te creo, de verdad —le aseguré y también me puse un poco triste. Conocía la amargura de ser puesta en duda por la mayoría de la gente cercana y era cierto que creía en lo que ella dijo, pero ¿a qué se debía esa habilidad?
—Gracias. Disculpa, tengo que irme —dijo la azabache, inclinando un poco su cabeza a modo de despedida.
Al voltear y en cosa de un segundo, noté un raro y pequeño tatuaje en el costado izquierdo de su cuello, bajo su oreja. Se trataba de un símbolo formado por dos triskeles que ví en un libro cuando aún era una simple estudiante. Cada figura tenía tres puntas que denotaban cuerpo, mente y alma de una persona. El círculo al que daban forma los triskeles representaba el amor eterno, la vida y la eternidad. Las dudas se agolpaban en mi cabeza, algo muy especial me atraía a ella y este encuentro no podía ser mera coincidencia. Entonces, reaccioné.
—No te vayas —le pedí y ella se detuvo. Una idea surgió en mi mente y tomé el riesgo—. Permíteme, te regalo una lectura de tarot a cambio de devolverme a Buyo.
Hice que la chica se volteara, sus ojos rojos lucían cubiertos de asombro y curiosidad.
—¿Lees las cartas? ¿Eres medium o algo? —preguntó, con interés.
—Soy una vidente. Pasa, prometo que no te quitaré mucho tiempo. —Le indiqué la entrada a mi casa, sonriéndole amable. Ella miró a otro lado y por un instante pareció dudar pero finalmente, volvió a dirigirme la mirada.
—Está bien. Con permiso —dijo y una pequeña sonrisa se esbozó en su cara.
Una vez que entró y yo cerré la puerta tras de nosotras, un escalofrío intenso recorrió mi espina dorsal. ¿De dónde vino eso? ¿Fue obra de esa otra fuerte energía extraña que percibí al principio? ¿Por qué permanecía junto a ella?
La hice pasar a mi pequeño rincón en la sala de estar, el cual usaba para hacer mis lecturas. Contaba con una pequeña mesa y dos sillas, junto al ventanal que daba a mi bello jardín. Mi corazón palpitaba como el de una niña que había descubierto algo nuevo, ¡casi no podía esperar a leerle las cartas!
—¿Te ofrezco algo? ¿Un café o un té? —pregunté, ocultando mi entusiasmo. Buyo se bajó de mis brazos para ir con la enigmática muchacha, quien lo recibió entre sus brazos y lo acarició.
—No, gracias. Estoy bien así.
Busqué mi mazo de cartas, tomé asiento al frente suyo y empecé a revolverlas.
—Y dime, ¿en qué trabajas?
—Soy veterinaria —dijo ella y yo acentué mi sonrisa.
—Estoy segura de que se te dá muy bien —comenté, justo por su habilidad especial. El mazo ya estaba barajado y lo puse boca abajo. La miré con entusiasmo—. Bien, ¿te gustaría preguntar algo en especial?
—No lo creo —respondió. Se veía aún algo intranquila y dubitativa.
—Entonces, veremos qué tiene que decir el tarot sobre tí —determiné y partí el mazo en tres partes más o menos iguales—. Elige.
—¿El que yo quiera?
Asentí, y Kagura hizo lo que le pedí.
—Ahora, concéntrate y elige siete cartas.
—Jamás he hecho algo así. Me siento algo nerviosa —confesó y sin despegar un ojo de las cartas, siguió mi orden.
—Ten calma, solo seré la voz del tarot. —Le dije en un tono cortés, intentando que se sintiera más a gusto.
—Está bien —dijo la joven y ahí las tuve. Siete cartas de una lectura que puso mi vida y mi mundo de cabeza.
Respiré hondo un par de veces, eso siempre ayudaba con mi concentración y calma a la hora de hacer la lectura más fácil y clara. Llevé mi mano a la primera carta elegida y otro escalofrío se repitió en mi espalda, pero lo ignoré. No iba a permitir que esa lectura se viera arruinada por nada. Volteé la carta y antes de nombrarla para Kagura, las visiones pasaron por mi mente en un par de segundos. No se veía nítido, pero al menos podía distinguir las formas.
Era un bosque encantado junto a una luna serena y etérea, constelaciones en el cielo oscuro y dos hermosos ríos de aguas frescas y claras viniendo de lugares opuestos para volverse solo uno. En el centro y sentada en el césped se encontraba Kagura, iluminada intensamente por su propio brillo interno y cubierta por un velo traslúcido. Su aura sublime y resplandeciente me transmitió tranquilidad, pero una paz abrumadora me invadió al ver que el manto sobre ella se deshizo y de su espalda nacieron y se extendieron alas cristalinas que aumentaron su centelleo. ¡Se veía como un angel o un hada! Las aguas del río corrían copiosas y puras, Kagura estaba rodeada de flores delicadas y coloridas, pájaros, animales y mariposas se aproximaban a ella, plantas y árboles creciendo y reaccionando positivamente a su presencia en ese paraje de fantasía. Esta visión me confirmaba que ella no era una mujer común, su existencia allí era un reflejo de prosperidad de plantas, árboles y animales. Ella era algo así como una guardiana de la naturaleza, brindándole equilibrio y quizá, incluso manipulándola, lo cual explicaba sus posibles habilidades únicas. Se hallaba conectada al mundo natural, a lo espiritual y lo sobrenatural. Era una especie de mediadora entre dimensiones y poseía una afinidad con el misticismo y la intuición.
—La Alta Sacerdotisa —dije y regresé mi mirada hacia ella, quien me observaba con mucha atención—. Esta carta significa intuición, misterio, conocimiento. Tú posees profundo entendimiento espiritual... y existen verdades ocultas acerca de tu propia naturaleza.
—Eso suena... trascendente —comentó Kagura, el rojo intenso de sus ojos lleno de asombro.
—Lo es. Pero, ¿tiene algo de cierto? Porque... tu aura es distinta, es especial —reconocí. Tenía que ser sincera.
—¿Puedes ver mi aura?
Asentí.
—No parece de este mundo.
—¿Eso crees?
—No lo creo, estoy segura. ¿Alguna vez te has sentido diferente a los demás? —pregunté y miró al suelo.
Pareció divagar por un momento, una pequeña sonrisa se formó en su rostro y un leve sonrojo tiñó sus mejillas. ¿Qué cosas había sido capaz de hacer hasta ese instante? ¡Demonios, cuánta curiosidad!
Su mirada rojiza volvió a la mía.
—Casi toda mi vida —dijo y pude ver que estaba siendo honesta.
Pasé a la siguiente carta y las visiones fueron un poco más claras y definidas.
Me hallé en el mismo jardín precioso y sobrenatural, lucía florecido y saludable. Resplandecía con flores, plantas y árboles de otro mundo. Nuevamente, Kagura se encontraba allí, mas la sensación que me dio fue distinta. No solo irradiaba calidez y cuidado maternales, sino que esparcía amor y pasión hacia alguien cuya existencia invisible en ese jardín coincidía con la extraña energía que percibí al conocer a Kagura. Había un fuerte y peculiar lazo entre los dos y era como si esa atadura fuera la responsable de una riqueza que se extendía mas allá del reino mortal. El agua del río fluyendo y alimentando plantas y criaturas, una fuente de energía que entregaba vida. Ella, rodeada de flores exóticas y árboles misteriosos, pequeñas auras brillando sutilmente por aquí y por allá, de colores suaves y también pulsantes, lo que me indicaba la presencia de otros seres sobrenaturales. Había un sentimiento de diversidad y unidad, una armonía reflejada en el equilibrio de este romance extraño, el que estaba uniendo mundos. Y en el cielo, las estrellas formaban patrones de símbolos de fertilidad, lo cual me hacía pensar que tenía que ver con la energía de Kagura. Todo esto no era solo algo personal, era parte de un plan cósmico.
Pero, ¿cómo era posible? Cada vez más, las cartas me confirmaban mi premisa de que ella no era cualquier joven. De dónde venía y su misión en el reino humano estaban conformando un gran enigma para mí. Las preguntas aumentaban en mi cabeza al correr de los minutos.
—La Emperatriz. Fertilidad, naturaleza, abundancia y crianza. Tienes un gran nexo con el mundo natural, lo que se enfatiza a causa de... tu rol en esta vida —expliqué y su rostro se volvió pensativo.
—Bueno, dicen que todos tenemos una misión, ¿no es así? —preguntó.
—Sí. Algunas misiones son más relevantes de lo que creemos. ¿Has pensado cuál podría ser la tuya?
Dio un hondo suspiro, mirando las cartas.
—Esa es una pregunta que dio vueltas en mi cabeza durante mucho tiempo —confesó.
La tercera carta era El Ermitaño y las visiones llegaron tan rápido que ni siquiera me dieron tiempo de hablar.
Un camino sinuoso y angosto en medio de la noche y de un abundante bosque, guiado por piedras luminiscentes que emiten una luz suave y mística, llevaba hacia la cima de una montaña etérea rodeada de abundante vegetación. Miré hacia mi derecha y ví a Kagura, tenía una apariencia y un aura sobrenatural. Su expresión era de una serena contemplación y el vibrante rojo de sus ojos expresaban una profundidad de conocimiento y entendimiento. Pasó caminando delante de mí, siguiendo el camino de piedras brillantes y al dar la espalda, se le unió una figura masculina que la tomó de la mano y entrelazaron sus dedos. Era alto y se veía borroso y de espaldas, envuelto en una sombra que no me permitía ver sus características físicas. Me causó sorpresa e intriga, pues su energía coincidía con aquella que he sentido alrededor de Kagura todo el tiempo. Pude sentir otro escalofrío en mi espina dorsal, acompañado por la impresión de ser observada por alguien más. ¿Estaba solamente protegiéndola o más que eso?
—Tercera carta, El Ermitaño —dije, y contemplé la carta, como la azabache en frente de mí—. Introspección y búsqueda del guía interior. Has emprendido un viaje de auto-conocimiento, has estado buscando la manera de comprenderte a tí misma.
La miré y sus ojos rojos me devolvieron la mirada. Una pequeña sonrisa se esbozó en su rostro.
—Supongo que comprenderse a sí mismo es básico para poder entender a los demás —dijo.
—¿Y lo has logrado?
—Se podría decir que sí.
Le sonreí.
—¿Alguien ha estado guiándote? —pregunté, refiriéndome a esa extraña aura varonil que la envolvía. Kagura se sonrojó un poco.
—De cierto modo, sí —contestó.
Volví a sentirme observada por esa imponente energía, esta vez era como si estuviera más cerca. Dí un hondo suspiro y volteé la siguiente carta.
—Cuarta carta, La Luna —dije y las visiones aparecieron casi automáticamente. Se veían mucho más nítidas y claras en ese instante.
La imagen que vi fue algo realmente maravilloso. Kagura estaba de pie en un sendero al costado de un río serpenteante que reflejaba la luz plateada de dos lunas gemelas. La superficie del río parecía casi un espejo, el reflejo de la azabache en el agua ondeaba borroso y su esencia contenía tonos brillantes que cambiaban constantemente. Posiblemente, su viaje personal borraba las líneas entre la realidad, el mundo de los sueños y el subconsciente. Su existencia fluía y fluía, y ella aún escondía misterios por descubrir. Pensé que tal vez era una soñadora lúcida que utilizaba sus sueños como una herramienta de exploración síquica. Las lunas gemelas me indicaban dualidad en la existencia de Kagura: su forma humana, anclada al reino terrenal y su esencia sobrenatural, conectada a las fuerzas cósmicas. Y existía un delicado equilibrio y armonía entre sus dos naturalezas.
La chica de ojos rojizos comenzó a caminar por el sendero y a su paso, figuras lúgubres saliendo de entre las sombras, le hacían señas para aproximarse. No obstante, la única invitación que aceptó fue la de ese extraño y alto ser que tomó su mano nuevamente para besarla, mirándola a los ojos. ¡Dios, qué guapo y qué atrayente! Mi corazón latió fuerte, un escalofrío se repitió en mi espalda y temblé de nervios, al fin podía verlo con mayor claridad.
Poseía un encanto enigmático, sus ojos grises y la profundidad de su mirada ocultaban misterios y secretos cautivadores. Su atuendo consistía en algo así como una túnica de mangas largas y pantalones blancos junto a un suéter morado y una bufanda negra, su cabello oscuro iba amarrado en dos rodetes con un flequillo desordenado sobre la cara. Cada línea de su fisonomía evocaba una gracia indómita que desafiaba las convenciones terrenales. Pero no, no era humano y su presencia sobrenatural se notaba más potente. En ese momento, reparé en las orejas puntiagudas, la piel pálida, las ojeras y esa especie de tatuaje que atravesaba su nariz de pómulo a pómulo. ¡Podía asegurar que era un demonio!
Y aún así, pude sentir con claridad su devoción y dedicación hacia Kagura, era un guardián vigilándola a cada segundo. Luego del beso que él le dio en la mano, ellos intercambiaron una intensa mirada de pasión. Ella le sonrió y acarició su rostro, lo que me hizo pensar. La historia de esta misteriosa chica era una de cambio y evolución, ciertamente ella había utilizado sus propios sueños para descubrirse a sí misma y establecer un tipo de lazo con un demonio. Era como si la presencia de Kagura como ser mágico en la Tierra, su conexión cósmica y su unión onírica especial con esa entidad demoníaca, se tratara de algo más después de todo.
¿Cuáles eran los secretos detrás de su energía y su rol en la vida de ella? ¡Dios! Jamás me había sucedido algo así. Respiré hondo, tratando de procesar lo que había visto y reuniendo mis palabras al mismo tiempo. Miré de nuevo a la azabache, continuaba atenta a mí.
—Representa el subconsciente, sueños e ilusiones. Tú posees una habilidad para acceder al mundo de los sueños, ¿no es así? Tienes sueños lúcidos y también puedes... establecer conexiones dentro de esos sueños —expliqué y ella rió nerviosa.
—Vamos, eso no es posible —dijo avergonzada y no resistí mi sonrisa. Creía que cuando aparecía algo de importancia en una lectura del tarot y que era verdad, podía haber una cuota de negación.
—Yo solo estoy interpretando lo que las cartas quieren comunicar. Tú decides si te hace sentido o no. Sin embargo, para mí... sí es factible.
—¿De verdad? —preguntó, sorprendida.
—Creo en todo esto y sé que tú también. —Le dije y ella regresó sus ojos rojos a las cartas. Se hizo un silencio en el que percibí la energía del demonio más marcada junto a un leve olor a sangre. Comenzaba a comprender que mientras más hondo iba en la lectura, más se manifestaba—. ¿Continuamos?
—Sí. Por favor.
—La Rueda de la Fortuna.
Esta visión fue diferente pues antes de ver un paraje extraordinario, vi una serie de dualidades. Luz y sombra, día y noche, vida y muerte, uniéndose en balance armonioso. Una mariposa emergía de su capullo y un fénix renacía de las cenizas. Me dio la impresión de que Kagura y este enigmático demonio podían armonizar sus diferencias y encontrar un equilibrio en su relación. La conexión de ambos los transformaba y los hacía evolucionar continuamente a través de cualquier desafío.
Después, los ví navegando un bote en aguas celestiales y mareas cósmicas. Él la abrazaba por la espalda cuidadosamente y los dos observaban el destello de las claras aguas. Parecía un viaje por el vasto mar de las estrellas, impulsado por las corrientes del destino. La energía del demonio se extendió más, sus expresiones faciales y lenguaje corporal se volvieron más expresivos. Su rostro reflejaba amor y pasión por Kagura, tanto como su aura se percibía cálida y envolvente, irradiando protección y apego. Expresaba una determinación resuelta, enfatizando su compromiso con ella y una misión compartida y también, era de una naturaleza dual. Su lado demoníaco y su lado afectivo y protector hacia ella, lo que lo hacía un ser complejo. Era como si él fuera una especie de guardián y mentor en sus muchos potenciales encuentros en sueños. La fuerza impulsora detrás de su lazo y de sus esfuerzos por mantener un balance era su determinación. Además, poseía un potente trasfondo sensual, demostrando su naturaleza demoníaca y su energía era magnética y seductora, evidenciando su rol en los sueños de la joven de la mirada rojiza, como una fuente de atracción y deseo.
Algo así como remolinos de corriente se entrelazaban entre las auras de ambos, era una danza dinámica de luz y sombra. Habían patrones de intercambio de energía entre las dos auras, lo que daba lugar a una repercusión consistente en ellos. Tenían un lazo profundo y un balance armonioso, espiritualmente enriquecedor y esencial para el bienestar de Kagura. Ellos eran capaces de mantenerlo a pesar de sus naturalezas que se diferenciaban, la una de la otra. El aura del demonio nutría la energía de la azabache, infundiéndola de fuerza y vitalidad. Por su parte, el demonio se alimentaba de esa misma energía, agudizando sus poderes. Y su presencia era la de un guardián, firme en su compromiso de salvaguardarla, dando una sensación de seguridad. El olor a sangre que aún podía notar se volvió intenso, fluía y pulsaba, quizá apuntando a sus habilidades. Era un recordatorio de su condición demoníaca y su conexión con la misteriosa chica, pues ese nexo entre los dos involucraba el intercambio y manipulación de la fuerza vital, lo cual los beneficiaba a los dos por igual. En cosa de un minuto, recordé que la abuela Kaede me había hablado sobre esta clase de demonios. ¿Sería que se trataba de un incubo?
Volví a la realidad al sentir un silencio sepulcral, otro escalofrío y la presencia del demonio allí, con nosotras y justo detrás de la azabache.
Entonces, el olor a sangre se hizo más penetrante y me pasó algo completamente nuevo y sorprendente que me mantuvo sin habla.
—Kagome, me tienes impresionado. Posees un gran don, pues ves más allá de las cartas —dijo una voz masculina, en mi mente. ¡Mierda, era el demonio contactando conmigo!—: Yo soy Choso y he estado viendo tu lectura con gran interés. Me quedaré aquí, con ella, pues es toda mía.
—¿Kagome? ¿Estás bien? —preguntó la voz suave y mística de Kagura, y en un segundo, todo regresó a la normalidad.
—Sí. Discúlpame, Kagura. —Le dije, di un suspiro y aclaré mi garganta. Miré la carta y ella hizo lo mismo—: La Rueda de la Fortuna simboliza tu destino y los ciclos que has atravesado. Mantienes un profundo lazo con alguien que es de gran relevancia, y no solo para tí, sino que para tu entorno.
Ella se vio asombrada y sus mejillas se tiñeron de rosa. A mi mente regresó la imagen del demonio, cuyo nombre era Choso.
—¿En serio? —preguntó y sonrió un poco. Asentí.
—Veamos si la siguiente carta complementa lo que digo —dije, y di vuelta la penúltima carta—: Los Enamorados.
Esta vez, vi dos llamas etéreas que gradualmente se acercaron y se fusionaron, lo que me indicaba profunda conexión y unidad entre los dos. Fuego y agua repitieron la misma acción en completa armonía, de seguro era el poder elemental de su unión.
Después, frente a mis ojos se dejaron ver Kagura y Choso, en medio de un exhuberante jardín, rodeados de vibrante flora y fauna. Su amor era como un paraíso, una especie de oasis de balance y en el cuello de él, el mismo tatuaje que ella tenía. Estaban abrazados, sus intensas miradas llenas de deseo y entonces se besaron suavemente, bajo el celestial cielo estrellado. Sus auras soltaron un estallido de luz, simbolizando el poder transformativo y la belleza y magia de su amor. Sí, amor y pasión como ninguna, pero había mucho más que solo eso y todo me estaba costando algo de trabajo creerlo.
—¿Es lo que yo creo? —indagó la joven de los ojos rojos, interrumpiendo mi visión.
—Representa amor, compañerismo y armonía. Posees una honda conexión romántica con alguien que trae paz y balance a la vida de los dos —expliqué y sonreí levemente. Ella se sorprendió y di un suspiro, recordando un importante detalle—: ¿Sabes? El tatuaje que tienes en tu cuello, consiste en dos triskeles que juntos, forman un círculo. Son dos enamorados, unidos en cuerpo, mente y alma, eternamente.
Miró a otro lado, sonrojada y sonriendo. Ese tipo de expresión la había visto en muchas personas antes.
((()))
Como tantas veces anteriores, habíamos quedado de vernos en mi paisaje onírico, era una hermosa noche y caminé hacia el río cristalino. Todo el paraje se veía increíble como siempre, junto a la luz de la luna cubriéndolo todo y el río alimentando ese bosque lleno de vida. Nuestro amor había crecido, y eso se notaba en los hermosos jardines que florecían siempre que estábamos juntos. Habían brotado flores nuevas y los bosques se habían expandido.
Escuché un ruido y volteé, era Choso. Sus ojos grises ya no me miraban como antes, veía amor y deseo en ellos, mas me preguntaba qué pasaría con nosotros a partir de ese momento. Le sonreí y en mi vientre revolotearon mariposas. Él se aproximó serio pero sereno, sin quitarme esa intensa mirada de encima. Me tomó de la cintura y me besó suave y profundo, yo lo tomé del rostro mientras rozaba mi lengua con la suya.
—Estás bellísima —susurró con voz ronca, sobre mis labios. Yo sonreí un poco y me tomó del rostro cuidadosamente—. Te extraño mucho cuando estás en el reino humano. Es demasiado el tiempo sin tí.
—Yo también te extraño mucho —murmuré y lo besé apasionadamente. Choso respondió a mi beso y presionó mi cuerpo contra el suyo, sosteniéndome de la cintura. Su lengua traviesa me llevaba camino a caer en la tentación. Él me soltó para mirarnos fijamente, sus hermosos ojos grises lucían rebosantes de anhelo por mí.
Le sonreí coqueta y estiré mi brazo derecho para chasquear los dedos. Mi paisaje onírico cambió al mismo bosque, pero ahora el sol lo alumbraba. Un lugar precioso, abundante de árboles, flores y pájaros. El agua fresca y transparente del río, nutriendo la flora y fauna de los alrededores. Adoraba pretender que los sueños eran un lienzo en blanco y poder compartirlos con él.
Él esbozó una pequeña sonrisa, se veía maravillado como muchas otras veces.
—¿Por qué hiciste eso? —preguntó.
—Porque me encanta lo que sucede en la naturaleza cuando... tú me tomas —dije, mirándolo fijamente.
La mirada de Choso se volvió lasciva y me besó otra vez. Entrelacé mis dedos en su cabello y sus brazos envolvieron mi cintura, nuestros cuerpos apretándose. Comencé a percibir mi entrepierna empapándose y la virilidad de él despertando bajo su ropa. El beso se volvió más apasionado, la desesperación nos llenaba a los dos.
—Kagura... —susurró él, sus ojos sobre los míos y sus manos se deslizaron hacia mis curvas. Acariciaba mis senos sobre la yukata y luego estrujó mi trasero, pegándome más a él. Solté un jadeo, su entrepierna se apreciaba ya dura. No resistí y lo toqué, al tiempo que él continuaba recorriendo mi cuerpo con su toque.
Nos besamos de nuevo candentemente, nuestras respiraciones agitadas y caí en la cuenta de que ya estaba sucediendo. Despacio, comenzaba a recibir esa sobrecarga sensorial, como si estuviera bajo el efecto de una droga. Sentía mi sensualidad y mi pasión yendo más allá de lo físico, parecía que su energía amplificaba mi placer. Él jadeó ante mis caricias y eso aumentó mis ganas. Quería sentir esas sensaciones que sabía que venían y sus consecuencias, y ya no podía esperar más.
—Hazme el amor. —Le dije coqueta, separándome de él para quitarme la yukata poco a poco. La tela y la mirada de Choso resbalando por mi piel causaron un escalofrío deleitoso en mi espalda. Amor y pasión colmaban el gris de sus ojos, contemplando mi curvilínea figura desnuda.
—Deslumbrante... Cada vez que te veo así, es como si fuera la primera —dijo, con voz ronca. Me acosté sobre el césped y él vino sobre mí, besándome profundamente. Una de sus manos se dirigió a mi entrepierna y sus dedos exploraron mis pliegues, causándome una especie de descarga eléctrica. Suspiré en su boca al notar dos de sus dedos entrando en mí, al tiempo que atendía mi punto más débil.
—Dios... —jadeé, mirándolo a los ojos, muy de cerca.
—Estás muy mojada —dijo él, mordiéndose el labio inferior, deseoso. Sus dedos se movieron más rápido y yo cerré mis ojos.
—Así... Tócame.
—Mi princesa... Ya quiero unirme contigo... —dijo él y me dio un último beso para incorporarse. Lo vi quitándose toda la ropa, permitiéndome apreciar su cuerpo fornido y su blanca piel.
Abrí mis piernas para él y mi humedad lo ayudó a llegar hasta el último lugar. Jadeamos juntos y todas esas cosas que yo adoraba, estaban sucediendo. Se gatilló una tormenta etérea sobre nosotros, donde los relámpagos bailaban en colores vibrantes y los truenos retumbaban como musica celestial. Choso arremetía suave y sensual, las gotas de lluvia resbalando por su piel y sus manos tocando donde fuera que viera mi piel desnuda. Su miembro se sentía potente, cálido y duro, aumentando el calor y la humedad dentro de mí junto a los gemidos de los dos. Su intensa mirada gris no paraba de conectar con la mía y supe que mis sentidos se habían agudizado. Cada caricia, cada abrazo y cada beso poseía una magnitud electrizante. Él me ayudó a incorporarme, quedando sentada de frente y encima suyo, y callamos nuestros suspiros de placer con un beso apasionado.
Nuestros espíritus se unían, nuestro amor se reflejaba en ese profundo abrazo etéreo y comencé a mover mis caderas. El beso se detuvo y pude ver una cinta brillante y serpenteante, enroscándose a nuestro alrededor. Él llenaba mi vientre, me colmaba de poder y vigor hasta las entrañas, podía percibir con claridad su energía corriendo por mis venas y envolviendo mi corazón y mi alma, tanto como la lluvia mojándonos a los dos. Mi energía fluía más libre y más abundante, haciéndome sentir viva y poderosa. Y no solo eso se sentía inconcebiblemente placentero. Esa misma energía emanando desde mí hacia él, alimentándolo y volviéndolo más fuerte con el pasar de los minutos, era jodidamente deleitoso. Nuestra esencia se mezclaba y algo me dijo en mi interior que nuestra conexión se había vuelto irrompible.
—Mmm... Choso... —musité, al tiempo que él besaba mi cuello. Con delicadeza, sus colmillos filosos patinaban por mi piel húmeda sin hacerme ni un rasguño. Yo seguía moviéndome despacio y los dos gemíamos suave—. Qué rico se siente... tu energía entrando en mí...
Mi conexión innata con la naturaleza hizo lo suyo en mi paisaje onírico y no pude evitar sonreír un poco, pues todo respondía a nuestro rito. Flora vibrante y lozana brotaba, atrayendo fauna exótica en un ambiente luminoso y oscuro a la vez. Árboles florecían con hojas que brillaban como las alas de un hada, criaturas coloridas y etéreas aleteaban cerca de nosotros. El viento, la lluvia, el caudal del río y el sutil susurro de las hojas creaban una sinfonía de relajantes sonidos y sensaciones. Me encontré otra vez con los ojos grises de Choso, cuya expresión me demostraba que sentía el mismo amor y placer que yo. Nos besamos entre jadeos de gozo, nuestras energías fusionándose y nuestras auras mezclándose en armonía, con esa sensación de que el tiempo y espacio ordinarios no existían allí.
—Así es como te lleno de poder... y así es como me alimentas tú —dijo él con voz entrecortada y detuve mi movimiento para dejar caer mi espalda hacia atrás. Él aprovechó la oportunidad para jugar con mis pechos y me dio un escalofrío—. Mi hermosa hada... ¿Quieres ser mía... para siempre?
La emoción y la felicidad me colmó, y él subió una de mis piernas a su hombro, siguiendo con sus embestidas. Estaba enamorada de él, lo amaba como nunca había amado en mi vida y lo único que quería era tener la oportunidad de compartir el resto de mi vida con él. Como fuera.
—Sí —dije, sin poder evitar sonreír. Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—¿En serio?... Es para toda la eternidad —preguntó entre gruñidos, algo incrédulo. Tenía muy claro a lo que se refería. De seguro, no había vuelta atrás, pero no me importaba.
—Lo sé.
Su sonrisa se acentuó solo un poco, lo suficiente para darme a entender que estaba tan feliz como yo.
—De ahora en adelante, me perteneces, Kagura —musitó con voz ronca, su vaivén de caderas se volvió más rápido y yo arqueé mi espalda.
La lluvia nos mantenía empapados y noté que nuestro lazo se profundizaba al hacer el amor, pero esta vez, era distinto. Mi corazón y mi alma se entrelazaron con los de Choso, ocasionándome una euforia abrumadora pues nuestra unión había alcanzado el máximo nivel de profundidad. Él dejó las caricias en mis pezones para tomarme de las caderas, incrementando sus embestidas.
—Diablos... Choso —murmuré, respirando dificultosamente. No dejábamos de contemplarnos con amor y deseo, cada lugar de nuestra piel y nuestra alma através de los ojos. Un remolino de energía comenzaba a reunirse en mi vientre y supe que venía el clímax—. Eres todo mío.
—Y para siempre —dijo él.
Mi orgasmo vino despacio, subiendo desde mi vientre a mi cabeza como una serpiente juguetona y un potente escalofrío recorrió mi cuerpo entero. El caudal del río aumentó reflejando lo que acababa de experimentar y la lluvia bajó su intensidad. Él se quedó adentro para sentirme, observando mis reacciones y repentinamente, vi una extraña figura apareciendo en el costado izquierdo de su cuello.
Me ayudó a incorporarme y nos dimos un beso hambriento, sin duda él quería más, igual que yo. Nos pusimos de pié y me cargó, yo rodeé sus caderas con mis piernas y me puso bajo las ramas de uno de los árboles, mi espalda contra el tronco cubierto de hierba. Regresó a mis adentros suavemente, embistiéndome con cuidado y continuamos con los besos y gemidos.
—Choso... Te apareció un símbolo... en el cuello —dije a un centímetro de su boca y él sonrió un poco, hechando un rápido vistazo a mi cuello.
—Tú también lo tienes... Es la muestra de nuestro lazo —explicó con simpleza y quedé sorprendida, entendiendo que nuestro romance místico iba más en serio que nunca. Sonreí, escondiendo mi euforia—. Te amo.
—Yyo te amo a tí —contesté sin dudar y Choso comenzó a moverse más rápido y jadeé más alto.
—¿Ya te dije que... me encanta sentirte toda?... Tu cuerpo y tu energía... —dijo, gruñendo sensual con la respiración entrecortada.
—Eres increíble.
Entrelacé mis dedos en su cabello y con mi otra mano, arañé suavemente su espalda y hombros, haciéndolo gemir fuerte.
—Me vuelves loco.
Arremetió enérgicamente y escondió su rostro en mi cuello, nuestras pieles aún húmedas y cálidas y me aferré a sus hombros. Cerré los ojos y de nuevo, ese poderío y calor juntándose, pero más intenso y veloz. Él besó mi cuello entre gruñidos, noté que comenzaba a temblar despacio y no pude eludir mi sonrisa. Entonces, me besó apasionadamente y la explosión de placer de los dos fue algo increíble. Aprecié una galaxia en mi vientre, cuyas estrellas fugaces se extendieron por todo mi cuerpo y parecía como si algo nuevo y grandioso estuviera gatillándose en mi alma. Abrí mis ojos y la tormenta cesó, trayéndonos paz y armonía. La reacción de la naturaleza se volvió más tranquila, y de un momento a otro, una hermosa y extraña flor de otro mundo brotó a nuestros pies, con unos pétalos traslúcidos de colores vibrantes.
En mi corazón, tuve la sensación de que ese encuentro entre nosotros sellaba nuestro amor y nos confirmaba la profundidad de nuestra conexión. Nuestro lazo no se limitaba al mundo físico, se extendía al reino de los sueños, entretejiendo nuestros destinos únicos.
—Choso... —dije, recuperando mi aliento y él regresó su mirada gris hacia mí.
—Kagura,... no hay nada más hermoso que tú. Mi hada —dijo.
((()))
Ví sus ojos brillando, evidentemente por Choso, y pensé que era capaz de entender su sentimiento. Sabía lo que era sentirse enamorada y amar a alguien con locura, pero ¿cuán difícil era para Kagura? Querer estar con él y no poder hacerlo completamente porque es un demonio, distinto a ella.
—¿Acerté? —pregunté con voz suave y ella regresó su mirada rojiza hacia mí. Su sonrojo aumentó, se veía algo nerviosa.
—Es muy loco todo esto, ¿sabes? —dijo y soltó una pequeña risa.
—Una locura real, ¿o no? —dije. Le sonreí.
—¿Y la última carta? —dijo, llevando sus ojos hacia ella.
—El Mundo —dije y las visiones volvieron a mí.
Éstas eran las más especiales, pues me daban la impresión de trascender tiempo y espacio, entretejiendo un cuento de creación y plenitud. Kagura y Choso parecían hacer una especie de baile celestial, donde ambos giraban abrazados en armonía, elevándose al hermoso cielo de noche. Las estrellas hacían piruetas alrededor de ellos en movimientos hipnotizantes y eternos, indicando unión.
Elementos como agua y fuego, tierra y viento se juntaban a su alrededor sin conflicto alguno, solo existía equilibrio entre ellos. Era como si hicieran de puente entre mundos, ayudando a mantener un balance. Me daban la sensación de ser algo así como mediadores entre mundos y que su amor era catalizador de balance, trascendiendo los conflictos que fastidiaban a los reinos espirituales.
Luego, en medio de un jardín cósimo, crecía un árbol majestuoso. Sus ramas trataban de alcanzar el cielo, era como el corazón de la creación. Kagura y Choso se encontraban bajo su copa, nutriendo sus raíces. Flores etéreas nacían en sus ramas, lo que me indicaba las incontables formas de vida que podían florecer bajo su cuidado amoroso. Entregaban una visión de responsabilidad y propósito, sugiriendo que su amor no es solamente personal, pero esencial para la estructura de la realidad.
—Esta carta significa culminación, cumplimiento y la integración de los opuestos. Te has unido a alguien en cuerpo y alma, lo que ha servido de puente entre dos realidades distintas —dije y la miré una vez más. Ella volvió a reír, un poco nerviosa.
—Espera, no puedes decirme algo así -dijo.
—Es cierto y lo sabes —hablé en voz baja y le sonreí con calidez—: Escucha, Kagura. Puedo ayudarte a resolver el enigma que eres tú y qué has venido a hacer a este mundo. Definitivamente, no eres una mujer ordinaria.
Entonces, esa sensación mental se repitió. Choso.
—Kagome, no es necesario que lo hagas. Algunos misterios no son para ser descifrados. Solo ten en cuenta que todo esto es por un bien mayor —habló suavemente, dentro de mi cabeza. Un nuevo escalofrío se deslizó por mi espina dorsal.
Kagura dio un suspiro.
—Está bien, lo pensaré —dijo. Sonreía no muy convencida.
Intercambiamos numeros telefónicos y nos pusimos de pié.
—Puedes contactarme cuando gustes. —Le dije y caminamos juntas a la puerta.
—Muchas gracias por todo, Kagome. Fue un gusto conocerte, de verdad —dijo ella y me abrazó. Fue un abrazo tan cálido, hasta sanador. Me hizo sentir como si todo fuera a estar bien. Abrí la puerta.
—El gusto fue todo mío. Cuídate. —Le dije. Ella me dedicó otra sonrisa enigmática y volteó para salir caminando de mi casa.
En ese preciso instante, mi mente me mostró una visión. Los alrededores lucían como un paisaje de ensueño y se veían formas abstractas y etéreas, había una sensación que evocaba la llegada de algo inminente y de suma importancia. Mi corazón se llenó de expectativas y esperanza. Repentinamente, escuché una suave y reconfortante melodía de otro mundo, la que resonaba en mi visión. Dicha música me reiteraba el comienzo de algo, con sus notas armónicas simbolizando el potencial para brindar balance y unidad. ¿Qué era eso que estaba por ocurrir?
El follaje alrededor comenzó a florecer y crecer con fuerza a cada paso que daba Kagura, indicándome crecimiento y vitalidad. Flores, hojas y enredaderas se entrelazaban. Vi florecer una rara flor, parecía mítica, como si solo apareciera cuando suceden eventos significativos. Era como una extraña y vibrante representación de una vida nueva, rodeada por una brisa gentil. Se trataba del curso natural de la vida. Una abrumadora alegría, paz y realización golpeó mi corazón y mi alma, tratando de explicarme el impacto emocional que ese acontecimiento tendría en mi realidad.
El aura de Kagura, brillaba cálida y suavemente, dando la impresión de tener cierta conexión con lo que va a suceder, teniendo un destino compartido. Pequeñas esferas de luz bailaban a su alrededor, mostrando energía y potential. De manera gradual se unieron con su aura, confirmando su nexo. Una lluvia de otro mundo cayó, como si ese inminente hecho, nutriera y diera vida. Cada gota de agua brillaba con luz etérea y la azabache volteó hacia mí, deshaciendo la visión.
Me dedicó una última sonrisa y caminó hacia su auto. Suspiré hondo, viéndola alejarse de mi propiedad y por un momento, me pregunté si lo sucedido había sido cierto. Vi casos impactantes, pero ninguno como ese. Tal vez, eso me confirmaba que existía el destino y que habían situaciones inevitables, las que iban más allá de nuestro entendimiento. Kagura, una chica con un aura sin igual, manteniendo un amor con un demonio que trascendía tiempo y espacio, y convirtiéndose en una de las piezas claves de algo mucho más grande que todos nosotros.








