Promesa by Valdemirt at Inkitt
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Promesa

Summary

Xiao dejaría en el pasado los contratos con el Arconte Geo; lo que le deparaba el futuro eran brillantes promesas, no con Liyue, sino con Zhongli: el elegante consultor de la Funeraria El Camino, el hombre que había sido cautivado por la belleza etérea de un adeptus.

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18+

Capítulo único

En cuanto el Rito de la Linterna finalizó y la charla con los Arcontes de las regiones de Mondstadt, Inazuma y Sumeru hubo concluido, Zhongli destinó una ínfima fracción de energía adéptica para saber dónde se encontraba Xiao. Una estética y elegante curva en los labios se hizo presente en su rostro cuando notó que seguía en la ciudad.

En otras épocas, Xiao estaría muy lejos del puerto mientras el rito se llevaba a cabo, por lo que Zhongli contaba con la oportunidad perfecta para tener un momento a solas con el chico.

Sentado sobre una roca plana, con la mirada fija en las luces que flotaban en el cielo, Xiao advirtió el sonido de pisadas a su espalda. Acostumbrado a vigilar los alrededores durante años, su reacción inmediata fue ponerse de pie con un medio giro y materializar su arma, la cual, no duró mucho en sus manos al distinguir a la persona que tenía delante.

—Rex… —Xiao detuvo en seco sus palabras para corregirse—. Maestro Zhongli. No esperaba que viniera aquí. ¿Sucede algo?

—No es nada. —Zhongli encogió los hombros sin detener su avance—. Sólo pasaba por aquí.

Xiao observó a Zhongli tomar asiento en el lugar donde él se encontraba, dejando un espacio pertinente para otra persona. Pensó en acomodarse a un lado, pero si Zhongli estaba allí para encontrar un momento de calma, lo mejor sería dejarlo a solas.

—En ese caso, creo que iré a patrullar los alrededores —agregó Xiao, con una voz serena que se esforzaba por ocultar los atisbos de nerviosismo con un tono bajo.

—Xiao.

—¿Sí?

—He notado cierto… —Zhongli hizo una pausa para volver la mirada hacia el chico, quien continuaba en pie—, comportamiento inusual en ti.

Era cierto que Xiao no acostumbraba tratar a Zhongli de forma casual. Para él, seguía siendo Rex Lapis, aunque llevara más de un año camuflado entre los humanos.

Era justo por ese trato informal –que Xiao percibía como cercanía–, que algunos sentimientos comenzaron a surgir, o mejor dicho: tomaron la decisión de arañar la tierra bajo la que estaban sepultados en un intento por liberarse.

Era innegable para Xiao la clase de emociones que Zhongli le despertaba, ocurría desde la Guerra de los Arcontes, pero en aquel entonces no podía dejarse llevar por la simple y sencilla razón de que se encontraba en medio de una lucha que parecía interminable, y ahora…

—¿Acaso te molesta mi presencia? —preguntó Zhongli, emitiendo un suspiro nostálgico—. Pese a caminar entre los mortales como Zhongli, el consejero de la Funeraria El Camino, es cierto que en el fondo no he dejado de ser Morax, en especial ante los ojos de un yaksha; del único que queda. Imagino que puedes tener cierto rencor al verme caminar despreocupadamente por la ciudad cuando tú debes...

—¡No es así! —Xiao tuvo que apresurarse a detener el razonamiento de su Señor, por lo que no pudo evitar que las palabras que profirió adoptaran un volumen elevado.

Zhongli se mantuvo en silencio. No le sorprendía del todo, pues había visto a Xiao alterarse en otras ocasiones, aunque sí era inusual que le levantara la voz a él.

Xiao se aclaró la garganta y se disculpó en voz baja antes de continuar.

—No se trata de eso. Para mí no hay mayor honor que seguir honrando nuestro pacto.

«Aun cuando te dije que eras libre de romperlo. Rex Lapis ya no “existe”, así como ninguno de sus contratos» pensó Zhongli.

—Es sólo que… —Xiao apretó los labios mientras los puños y el corazón se le estrujaban a la par. Por alguna razón desconocida, le resultaba complicado expresar lo que atravesaba su mente en esos instantes.

Al cabo de unos segundos, con un gesto suave Zhongli señaló el espacio que dejó a su costado.

—¿Quisieras tomar asiento mientras hablamos?

Xiao respondió la pregunta sentándose con movimientos casi mecánicos. Podría decir que era un autómata de Fontaine y le creerían.

Era cierto que Zhongli tenía una vida despreocupada ahora, aunque no por eso Xiao le guardaba rencor; en su lugar, decidió hacer todo lo posible para mantener segura la ciudad portuaria y que Zhongli no tuviera que usar nada de su poder; mejor que se centrara en frenar los efectos de la “corrosión” sobre su persona y que, de ese modo, lograran compartir cientos de años más.

Xiao admiraba a Zhongli por su gran poder y sabiduría, no obstante, la profundidad de los sentimientos que albergó por él durante siglos era cada vez más incontenible y no quería causarle ningún tipo de incomodidad al mencionar el tema.

Ver a Zhongli con forma humana hacía que un instinto de protección se arraigara con mayor fuerza en Xiao, como si su Señor se hubiera vuelto frágil de repente, aun si sabía que ese no era el caso.

Xiao ansiaba ser su lanza y escudo, casi tanto como deseaba la calidez de su piel. ¿Cómo hacérselo saber? O, pensándolo bien, ¿debería hacérselo saber?

Zhongli colocó una mano en la espalda del chico, como alentándolo a soltar lo que se le atoraba en la garganta. Con tantos años conociendo a Xiao, le era fácil adivinar que ocultaba algo. No parecía ser un asunto de riesgo, tal vez, complicado.

Además, podía resultar tramposo de su parte, pero al dejar la palma sobre Xiao y enfocar mejor los sentidos, era capaz de percibir su temperatura, los fuertes latidos de su corazón y los ligeros espasmos musculares.

Xiao siempre le pareció bonito a Zhongli, quizá porque era pequeño o muy delgado, mas no por eso lo consideraba frágil, sólo bonito. Gracias a ello siempre le puso un ojo encima y, quizá Xiao advirtió su presencia en la Sima aquella vez que le dio una mano para no perderlo, pero podría apostar cualquier cosa a que el chico no era consciente del resto de ocasiones que lo vigilaba.

Zhongli se retiró su característica gabardina para colocarla a hombros de Xiao, lo cual hizo que este se exaltara y se apresuró a responder la evidente pregunta que le vio en la cara.

—Este rito en particular parece traer un viento más recurrente consigo, me pregunto si es por la habilidad de la Preservadora de las Nubes para mantener las cometas al vuelo durante más tiempo. Pensé que podrías pasar frío; después de todo, tu ropa es bastante ligera. Espero no haberte incomodado.

—¡Eso...! —Xiao sostuvo la tela por uno de los bordes para cubrirse mejor. Creyó que de ese modo evidenciaría un desagrado nulo—. N-no es así. De hecho, me gusta bastante.

Zhongli se limitó a sonreír, dejando escapar un leve bufido a juego.

—¡Su ropa! —resaltó Xiao, esperando evitar que sus palabras se tomaran en un doble sentido—. Su ropa me gusta bastante.

—Oh, vaya, me emocioné por un segundo.

Xiao no entendió a lo que se refería.

—Pensé que yo era quien te gustaba —insinuó Zhongli, buscando relajar un poco el ambiente.

Si el rostro de Xiao se coloreó de rosado, la tonalidad se intensificó en cuanto la risa sofisticada de Zhongli alcanzó sus oídos.

—¿Y si así fuera? —dijo Xiao, apretando las solapas de la ropa para darse valor.

—¿Hm? ¿Qué cosa? —Zhongli le pediría disculpas más tarde si era necesario, pero ahora se enfocaría en conseguir más que una declaración vaga.

—Que me gustara el maestro Zhongli. No... —Volvió el rostro para mirar directo a los ojos profundos y almendrados de Zhongli—, Rex Lapis.

—Bueno, sería desafortunado —aclaró, sosteniéndose el mentón con una mano.

Xiao creyó que el aire dejó de fluir hacia sus pulmones. Un sentimiento de tristeza lo embargó y se decepcionó de sí mismo por ser tan impulsivo.

—Porque Rex Lapis tuvo su deceso hace año y medio exactamente —continuó Zhongli—. Para los vivos es una carga muy pesada el mantener apego por los que ya se han ido. Por otro lado, el maestro Zhongli… —Hizo una pausa para apreciar cómo los ojos de Xiao recuperaban su brillo y aprovechó para inclinarse sobre él—. El maestro Zhongli no se sentiría merecedor de los sentimientos de un adeptus tan notable como lo es el Guardián Yaksha, en especial porque no llevan mucho tiempo conociéndose. Sí, han intercambiado pocas palabras: unas durante la reunión que la directora Hu Tao planeó el año pasado y, otras, la tarde de ayer mientras volaban un par de cometas. Lo único que daría razón a esos sentimientos sería que... ¿Acaso el joven yaksha tuvo un amor a primera vista? Porque, en ese caso, el maestro Zhongli agradecería internamente a los Arcontes por dotarlo con un rostro lo suficientemente apuesto para cautivar al yaksha.

Las facciones de Xiao no se turbaron con ninguna de esas palabras. Quizá se debía a que los horrores vividos durante la guerra lo obligaron a mantener bajo control sus expresiones para evitar dar pistas sobre lo que le afectaba. No obstante, era una historia diferente para la velocidad con la que latía su corazón y la intensa tonalidad carmín que no sólo iluminaba su rostro, sino que brindaba calor a cada centímetro de piel del cuello para arriba.

—En fin, nada de eso podrá ser, porque al adeptus Xiao le gusta alguien que ya no está más con nosotros: el Arconte Geo —finalizó Zhongli.

Si lo que acababa de escuchar lo guiaba por el camino correcto, Xiao –tan poco versado en el uso de las palabras– sólo podía hacer una cosa: se colocó de rodillas en su lugar, tomó el rostro de Zhongli con ambas manos y, sin meditarlo demasiado, lo besó, no en los labios, no en la mejilla, sino a medio camino, llenándose de una calidez y una nostalgia que se le antojaron como en un sueño. Cerró los ojos para disfrutar del momento.

Cuando Xiao se separó, ambas manos reposaban sobre el pecho de Zhongli y la gabardina que este le puso encima se le había deslizado de los hombros, aunque el propio Zhongli detuvo la caída de la ropa sobre la curvatura de la espalda del chico.

—Un poco más hacia la derecha —dijo Zhongli y, sin dar tiempo a Xiao para entender esa frase, le plantó un segundo beso, uno que cayó de lleno en los labios.

Esta vez el contacto fue delicado, casi temeroso, aunque con el tiempo se profundizó poco a poco hasta permitir unir sus alientos y fundir su calor.

Si bien, Zhongli no poseía ninguna experiencia con ese tipo de actividad, la falta de información no era una de sus preocupaciones; en primer lugar, porque lo que hizo Xiao le dejó bien claro que él tampoco tenía idea alguna de cómo actuar; en segunda, porque ya adquiriría destreza sobre la marcha.

En los últimos años, Zhongli se había percatado de una clase de emoción muy intensa y peculiar que Xiao dirigía hacia él. Al inicio se convenció a sí mismo de que sus delirios como todopoderoso se le habían subido a la cabeza, hasta que tuvo lugar una inquietante charla con la Preservadora de las Nubes. Ella le comentó que el único ciego a eso era el propio Zhongli.

Entonces el Arconte de los Ciegos –como la Preservadora lo había apodado– advirtió cada una de las señales que Xiao le dirigía.

Muy a su pesar, Zhongli tuvo que aceptar que la Preservadora estaba en lo correcto y, de alguna manera, le resultaba lindo observar a Xiao: el chico era consciente de sus acciones, pero intentaba ocultarlas.

Era pertinente aclarar que Zhongli no planeaba aprovecharse de Xiao, de lo contrario, él mismo se habría declarado hace años a sabiendas de que el yaksha no lo rechazaría y, por el contrario, se lanzaría a sus brazos, volviéndolos protagonistas de una actuación digna del teatro.

Nada de eso. Zhongli deseaba ser correspondido de manera genuina y real, no porque alguien lo considerara su Señor, su Arconte, Rex Lapis.

Sí, fingió su propia muerte para liberarse de las responsabilidades que lo ataban de manos; consideraba que su propósito se había cumplido hace tiempo. Además, con eso podría intentar otro tipo de relación con Xiao, conocerse más y, ¿quién sabe? En una de esas pasarían el resto de la eternidad juntos.

Eso no sonaba nada mal: estar al lado de una criatura que no le hiciera preguntas sobre el pasado, alguien con quien deseara escribir un presente y planear un futuro.

Aquello era para Zhongli lo más cercano a una idea de amor y romance. Quizá para el resto de los mortales resultaría extraño que no pudiera demostrar esa clase de sentimientos de la manera convencional, como observaba a los hombres hacer o como leyó en cientos de libros en el pasado, pero no había que juzgar a Zhongli con ojos de humano, porque él no lo era y nunca lo fue.




A Zhongli le fascinaba que el tiempo transcurriera con relativa rapidez. En esa noche, por ejemplo, se hallaba en el balcón de su habitación, bebiendo té sobre una pequeña mesa mientras observaba la calma de la ciudad.

Antes reservaba esa actividad para el interior de la recámara, pero existía una nueva variable en su vida por la que decidió cambiar la rutina.

Suspiró con resignación antes de emitir una opinión.

—Ha pasado casi un mes y aún optas por quedarte sobre mi techo. Imagino que provee de una vista estupenda. A este paso deberé subir para cerciorarme de eso por mi cuenta.

Una bruma oscura y algo densa se materializó a un lado de Zhongli. Acto seguido, reveló la presencia de Xiao, quien se apresuró a dar explicaciones.

—No quería importunar su hora del té.

—¿Bromeas? —habló Zhongli—. Cualquiera se sentiría honrado de que el Guardián Yaksha quisiera unirse a su mesa sin importar el horario.

—Rex... Maestro Zhongli. —No lograba habituarse a que el gran Arconte Geo fingiera ser un simple humano. ¿Existía alguna diversión en ello? Quería preguntar.

—No seas tímido. Hay una taza de té esperando por ti también. —Zhongli no dudó en servirle.

—A-ah, ¡no se moleste! —Xiao se apresuró para intentar quitarte la tetera de las manos, aunque sólo extendió las suyas—. Lo haré yo.

—Sería un pésimo anfitrión si te dejara servir.

—Uhm, en ese caso… —Xiao tomó asiento; sabía de sobra que no lograría que su Señor cambiara de idea—. Gracias.

Zhongli no podía afirmar que el chico estuviera disfrutando del té; lo que sí aseguraba, era que no dejaba de verle los labios con insistencia, además de que lucía algo nervioso. Otra vez.

Xiao había comenzado a pasar un par de horas con Zhongli cada noche. A veces platicaban, otras tantas, se acompañaban en silencio. Lo único que no cambiaba era el hecho de que Zhongli se despedía del joven con un beso suave, pero Xiao llevaba semanas buscando otro beso como el que se dieron durante el Rito de la Linterna; no sabía cómo pedirlo y tampoco pretendía verse lascivo o avorazado frente a su Señor.

—¿Sucede algo? —preguntó Zhongli, invitando a Xiao a que externara sus pensamientos, pues hacía muchos días que lo notaba raro—. ¿Un patrullaje pesado, quizás?

—En absoluto. —Xiao agitó despacio la cabeza y depositó la taza sobre la mesa—. Es sólo... Desde aquella vez. —Se llevó un par de dedos a los labios—. No, no es nada. Creo que estoy siendo demasiado exigente con algo que no debería.

Antes de continuar con la conversación, Zhongli se levantó y movió consigo una silla para quedar a una distancia prudente y cómoda por un lado de Xiao, que le permitiese tomar las manos del chico entre las suyas.

—¿Y qué es eso con lo que un adeptus no debería ser exigente? Me causa una gran curiosidad. —Advirtió la sorpresa de Xiao y no podía negar que le encantaba ser la razón de que se le subieran los colores al rostro—. Y como consultor de la funeraria podría saber una cosa o dos sobre el tema, así que permíteme dar una opinión para que te sientas menos intranquilo.

Xiao puso especial empeño en recordar cómo respirar: tomó aire por la nariz y exhaló con lentitud. Ahora era la pareja de Zhongli, ¿no? Fue lo que anheló durante una eternidad, así que no debía dar tantas vueltas al asunto.

—Sucede que... Llevo un tiempo queriendo repetir lo que ocurrió durante el Rito de la Linterna. —No supo cómo rayos logró hablar sin tartamudear, pero agradeció a los Arcontes por ello.

Ambos permanecieron en silencio, mirándose de frente, iluminados por una luz tenue de tonalidad cálida, hasta que Zhongli decidió que era hora de romper con el mutismo.

—¿Volar una cometa?

—¡Hablo del beso! —exclamó Xiao, incrédulo de que un momento así pudiera arruinarse de manera tan ridícula.

—Hmm. —Zhongli le dedicó una sonrisa que mezclaba la curiosidad con la picardía.

—E-es decir —Xiao se aclaró la garganta, ocultando la vergüenza y fingiendo que no le sacaba de quicio que Zhongli lo provocara para que dijera cosas impropias de sí—. No tiene nada de malo.

—Ciertamente.

—Tampoco es raro.

—En absoluto.

—Es propio de dos personas en una relación. —Cada que habla el color del rostro le subía dos tonos a Xiao.

—Claro que lo es.

—Y nosotros... estamos en una relación —dijo, aunque se antojó más a pregunta que a afirmación.

—¿Lo estamos?

—¿O no? —Un nuevo tipo de pena se apoderó de Xiao. ¿Acaso se había adelantado a los hechos?

Zhongli sonrió con suavidad, admitiendo su gusto culposo: jugar –piadosa e inocentemente– con Xiao.

—Bueno, eso depende —dijo Zhongli, deleitándose con la confusión plasmada en el rostro del yaksha—. De la idea que tengas para una relación, por supuesto.

»He de admitir que esperaba ver a mi amante correr hacia mis brazos en cuanto me viera. —Obtuvo un fascinante sonrojo de Xiao, aunque sabía que podía avivarlo más—. Pero por alguna extraña razón me toca bajarlo del techo, ja, ja, ja.

Zhongli se dio por servido cuando el “fascinante sonrojo” evolucionó a un “exquisito sonrojo”.

—Sí, puede que no tengamos la relación más convencional —continuó, debía redimirse relajando el ambiente—, pero si algún día me encuentras en el tejado, no preguntes por mis razones.

Xiao soltó el aire que contuvo durante ese rato, entre aliviado y consternado, porque no entendía del todo las bromas de Zhongli, aunque no buscaba poner a prueba cada una de sus palabras.

—Xiao.

—¿Hm?

Antes de hablar, Zhongli soltó las manos del chico. Recargó la espalda contra el asiento y separó las piernas, dejando un espacio prudente, sin permitir una postura que se tornara vulgar.

—Ven aquí.

Xiao tragó saliva. Se relajó lo suficiente al ponerse de pie sin experimentar temblor en las rodillas y avanzó tranquilo, algo ansioso, hasta situarse delante de Zhongli, quien no dudó en rodearle la cintura con los brazos.

Por inercia, Xiao llevó las manos hacia los hombros de Zhongli, también se inclinó sobre su rostro. Pese a la escasez de luz, aquellos ojos profundos y ambarinos lo encandilaban con una fuerza casi magnética, al punto en que le fue imposible notar el momento en el que sus labios se posaron sobre los de su amado.

Sin advertirlo, ese beso se profundizó hasta convertirse en el que Xiao había anhelado durante días enteros.

Xiao sentía su corazón acelerarse con cada segundo que pasaba entre los brazos de Zhongli; aun si percibía el calor de su aliento, la suavidad de su piel, la amplitud de su lengua, a Xiao le resultaba increíble que el ser que más admiraba, aquel a quien había venerado en silencio durante tanto tiempo, estuviera ahora tan cerca, compartiendo ese momento tan íntimo.

El contacto era suave, pero intenso: carente de pasión o lujuria, cargado de afecto y de aquellos sentimientos reprimidos durante siglos.

De no ser consciente de las prendas que tenía puestas, Xiao creería que Zhongli acariciaba su piel desnuda; los dedos que recorrían la parte baja de su espalda, de inicio, le producían cosquillas, que poco a poco lo orillaban a derretirse.

Sin lugar a dudas, Xiao no dejaba de pensar que pertenecer a Zhongli era un sueño hecho realidad, un regalo que jamás imaginó recibir. A veces no sabía si era una compensación por su arduo trabajo, pero sí que le desvanecía el cansancio acumulado como por arte de magia.

Con una mano y empleando movimientos lentos, Zhongli recorrió la delicada curva de la cintura de Xiao. Sonrió a mitad del beso tras percibir los finos temblores de ese cuerpo.

Quizá un efecto secundario de la guerra había sido estar siempre atento, expectante y desconfiado de todos a su alrededor, así que era un verdadero alivio que Xiao resultara tan transparente; podía dejar la mente en blanco y relajarse en su presencia.

Zhongli subió lentamente su tacto, hasta que los dedos encontraron el cabello de Xiao. Con una suavidad infinita, comenzó a acariciar sus mechones, aumentando la cantidad de suspiros que el muchacho ahogaba contra su boca.

Xiao se relajó, al grado de permitir que la satisfacción lo envolviera por completo. Al finalizar el beso, sentía las mejillas y las orejas tan calientes, que recargó la frente en el espacio que se formaba entre el cuello y el hombro de Zhongli.

—¿Y bien? —preguntó Zhongli, con una sensualidad casi impropia de sí—. ¿He cumplido con tus expectativas?

—Sí. —Xiao cerró los dedos sobre la camisa de su pareja—. Siempre logra superarlas.

Zhongli emitió una risa delicada. A esas alturas, se había convertido en una respuesta automática cuando Xiao hacía o decía algo adorable desde su perspectiva.

—¿Alguna otra demanda —agregó Zhongli—, mi señor adeptus?

—Que no me llame así —respondió Xiao, avergonzado no sólo por la risa subsecuente Zhongli, sino por esos títulos extraños que a veces le dirigía y que, sabía, tenían toda la intención de incomodarlo.

—En ese caso, ¿las peticiones las debería hacer yo?

—Me resultaría más cómodo.

Aprovechando la distancia y la posición, Zhongli depositó un beso más sobre el cuello de Xiao, quien se estremeció al instante.

—Bien, en ese caso, hay algo que en verdad deseo probar —dijo Zhongli, guiando al chico para que sus miradas se encontraran una vez más.

—¿De qué se trata? —Xiao no pudo evitar sentir una genuina curiosidad por aquel comentario, pues no lograba imaginar algo que Zhongli todavía no hubiera experimentado.

—He saboreado muchos placeres en esta vida, aunque he de admitir que el sexo es de los pocos que aún no figuran entre ellos. No es mi perspectiva, pero para otros pudiera resultar desafortunado que alguien con más de seis mil años de vida no posea esa clase de experiencia.

—Bueno, yo he vivido una tercera parte de esos años y estamos igual —respondió Xiao con calma, sin tropiezos en la voz, aunque el intenso color en su rostro indicaba que podría tenerlos en cualquier instante—. Y creo que no he probado muchos placeres en general, como el vino de Osmanthus que a veces menciona.

—¿Quieres compartir una copa conmigo? —fue la última pregunta de Zhongli, cuya interrogante la marcó no la cadencia de sus palabras, sino el beso que le depositó a Xiao sobre el dorso de la mano.




El calor que se originó con el alcohol se extendió como fuego líquido por las venas.

Lo siguiente de lo que Xiao fue consciente, era que andaba muy ligero de ropa. Se había sacado de encima los collares, guantes, botas, amuletos y talismanes; la máscara y la hombrera; sus pantalones cayeron al suelo por la ausencia de un cinturón que los mantuviera en su sitio; su camisa, tan delgada y ceñida al cuerpo, ahora cubierta en sudor, se transparentaba en su totalidad.

Zhongli sentó a Xiao al borde de la cama para darle un espectáculo con la manera en la que se deshizo de la camisa y los pantalones.

Acto seguido, Zhongli acostó a Xiao y lo acomodó bajo su cuerpo para poder restregar su erección contra la del chico, de forma tan lenta y casi tortuosa, que terminó por arrancarles varios jadeos a ambos.

Sin pensarlo demasiado, Zhongli se dirigió al cuello, donde imprimió una marca que hizo que Xiao se removiera en su sitio.

Xiao se hubiera quejado más, pero sus manos no dejaban de repasar los fuertes brazos de Zhongli, cuya piel era distinta al resto del cuerpo: en la parte más distal de las manos era de una tonalidad amarilla ámbar, que se difuminaba con el marrón a medida que alcanzaba los hombros, donde el color era oscuro, sin mencionar los intrincados patrones que lo exhibían como arconte. Ahora entendía por qué Zhongli nunca se quitaba la gabardina o, en su defecto, la camisa ni los guantes.

Xiao siempre quiso acariciar esa parte de su cuerpo; saber si era fría como la roca o si poseía un calor más humano.

Zhongli veía a Xiao demasiado inquieto y respiraba agitado, hasta podría pensar que hiperventilaba; por la manera en la que se aferraba a su cuerpo creería que se hallaba asustado o angustiado, pero él lo conocía lo suficientemente bien para saber que el contacto físico lo sobrepasaba y desconocía la manera correcta de lidiar con él.

Sin embargo, antes de cometer una locura, tomaría precauciones. En la parte media del cuerpo, Zhongli observó cómo el abdomen de Xiao se hundió en reflejo a los dedos que le colocó en la parte baja del abdomen. Con las yemas palpó la piel bajo la tela, la cual, decidió recorrer hacia arriba hasta exponer los pezones, donde capturó uno con la boca y procedió a succionar y hacer círculos con la lengua.

“Rex Lapis”

“Morax”

“Mi señor”

“Maestro”

Eran algunas de las formas que tomaban los suspiros de Xiao.

Si bien, en repetidas ocasiones Zhongli le pidió que lo llamara por su nombre humano, en ese preciso momento, no le molestaba en absoluto. En su lugar, podría decir que le excitaba más. Para él era la evidencia de que Xiao lo disfrutaba al punto de desconectarlo de la realidad.

Despojado de todas sus prendas, Xiao se sentía ridículo de que un pequeño trozo de tela entre sus ingles fuera lo único que lo separara de la desnudez. No dejaba nada a la imaginación y se preguntó si debía retirarlo o dejar que su Señor lo hiciera, pues parecía disfrutar mucho de un acto tan simple como quitarle la ropa.

Zhongli extrajo un tarro de ungüento lubricante de uno de los cajones del buró aledaño a la cama. Le avergonzaba ser consciente de haberlo adquirido al poco tiempo de formalizar con Xiao –para cuando la ocasión lo ameritara–, así tendría todo a la mano para no interrumpir el momento.

El primero en retirar su ropa interior fue Zhongli.

Era evidente que Xiao no disimularía en dirigir la mirada hacia la entrepierna de Zhongli, donde se topó con la erección que le hizo vomitar el pensamiento más estúpido de su existencia:

«Ni todas las guerras en las que he estado me pudieron haber preparado para esto».

Xiao tragó con dificultad, culpando al vino de la resequedad en la garganta, mientras se preguntaba si aquello que veían sus ojos lograría entrar en su cuerpo.

—Veo que jamás se podrá deshacer de lo que hace honor a su título como Arconte Geo. —Xiao decidió dar una mejor explicación al notar las facciones confundidas de Zhongli—. Está duro como roc…

—No sigas —Zhongli se vio obligado a taparle la boca con una mano al chico para callarlo. Un sonrojo más intenso del que provocaba la actividad que realizaban se apoderó de sus mejillas, no por la vergüenza de lo que llegó a sus oídos, sino por el esfuerzo que hizo para aguantar la risa, porque la carcajada que estuvo a punto de soltar pudo quebrar por completo el ambiente.

Para elevar de nuevo la temperatura, Zhongli buscó una vez más el cuello de Xiao y, en esta ocasión, llenó de besos cada rincón de la piel expuesta.

Xiao no terminaba de asimilar la realidad. Pareciera que fuera ayer cuando libraba una guerra salvaje en Liyue junto a otros compañeros y, ahora, sentía la calidez de la piel del Arconte Geo, a quien le había dedicado toda su vida.

Zhongli moría por arrancar los calzoncillos de Xiao de un tirón; no obstante, se limitó a deslizarse con cuidado por sus piernas, apretando de a poco los muslos y las pantorrillas a medida que descendía. Ya tendría tiempo para intentar toda clase de cosas, ahora debía concentrarse en que Xiao lo disfrutara lo suficiente para repetir en el futuro.

Entonces, Zhongli posó la mirada en Xiao. Cada rasgo de su rostro, cada línea y contorno, era una obra fina y delicada dispuesta para él. Los ojos de Xiao, de una tonalidad ámbar intensa, reflejaban una belleza que era más profunda que su apariencia física.

Y aunque el cuerpo de Xiao era delgado y frágil a primera vista, Zhongli no lo consideraba débil e indefenso. Esa dualidad resultaba tan exquisita como peligrosa; una trampa perfecta tendida por la mismísima Celestia para un Arconte. Zhongli lo consideraría como tal si desconociera los orígenes de la criatura que lo miraba con deseo.

La figura esbelta y elegante de Xiao, la forma en que sus músculos se tensaban y relajaban con cada respiración, hacían que Zhongli se deleitara mientras sus dedos recorrían al chico con una facilidad aterciopelada.

Zhongli admiraba la forma en que Xiao, a pesar de su aparente vulnerabilidad, irradiaba una fuerza y una belleza irresistibles.

Sin perder más tiempo, Zhongli tomó una cantidad generosa del ungüento con los dedos y procedió a untarlo entre los glúteos de Xiao, frotando de arriba abajo sobre el ano, previo a introducir dos dedos despacio.

Xiao no pudo evitar cerrar las piernas en reflejo, apretando los costados de Zhongli.

—¿Lastima? —preguntó Zhongli, sin detener el movimiento de muñeca que le permitía simular una penetración lenta con la mano.

—No, e-es… —Xiao hizo una pausa para tomar aliento y evitar que sus palabras se cortaran—. Se siente intrusivo. Uhm.

—Entiendo, aunque es necesario dilatar antes de dar el siguiente paso. Sé que puede resultar incómodo, pero intenta relajarte aquí y no te tenses demasiado.

Xiao inhaló con fuerza y exhaló lentamente, haciendo lo posible por obedecer.

—Sabe mucho de este tipo de cosas —dijo, después de habituarse a la intromisión.

—Ah, sí. Algo así —contestó Zhongli—. No tendré la experiencia, aunque muchos detalles han llegado a mis ojos y oídos a lo largo de los años. —A sus manos habían llegado libros con alimentos e infusiones de propiedades afrodisíacas, tratados sobre la obtención del placer masculino y femenino, incluso un tomo recopilatorio de posiciones sexuales, entre otras cosas.

«Pensar que aquello me llegaría a servir en el futuro… ¡Y con Xiao!» dijo para sus adentros.

De los labios de Xiao salió un jadeo entrecortado, pues Zhongli comenzó a separar un poco los dedos dentro de su cuerpo. Cerró un ojo por inercia.

—Así que avísame si estoy yendo muy rápido o si te resulta demasiado rudo —pidió Zhongli, en un tono que se antojaba más como orden.

Xiao asintió. Abrió los ojos de golpe junto a un sonoro y prolongado gemido cuando un tercer dedo fue empujado a través de su esfínter. Sus manos se aferraron con desesperación a las sábanas y Zhongli no frenó la dilatación ni por un segundo.

Al cabo de unos minutos, el cuerpo de Xiao se encontraba cubierto de sudor y al no percibir la tensión inicial, Zhongli extrajo los dedos para ayudar al chico a tomar asiento en la cama.

—Aquí. —Zhongli alcanzó un vaso con agua, servido de manera previa, que reposaba sobre el buró junto a una jarra de cristal—. Bebe un poco.

Xiao obedeció, dejando un par de centímetros del líquido.

Después de regresar el vaso a su sitio, Zhongli hizo una seña con la mano.

—Ven aquí.

Xiao avanzó a gatas. Al estar lo suficientemente cerca, Zhongli le tomó el rostro y acomodó la cabeza de Xiao sobre su pecho, para ser más precisos, hizo que la oreja de Xiao quedara encima de su corazón.

—Escucha lo agitado que está.

Ese sonido era tan relajante para Xiao, que no advirtió el momento exacto en que Zhongli estiró un brazo para introducir de nuevo tres dedos.

Xiao tuvo que obtener aliento de sus propios suspiros, su pecho subía y bajaba de manera irregular; se sentía pesado, caliente y mareado, aunque al mismo tiempo era como caminar sobre una nube.

Al poco tiempo, Zhongli dejó de invadir el cuerpo de Xiao, un su lugar, untó lubricante en su propia erección.

Xiao centró su atención en el pene de su pareja, en como frotaba de arriba abajo simulando una masturbación mientras graba en su mente las venas gruesas que se marcaban por todo el falo.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Zhongli, antes de depositar un beso sobre la ceja de Xiao.

—Bien —respondió de inmediato, acostándose mientras veía cómo Zhongli se acomodaba entre sus piernas.

Zhongli posicionó su miembro entre los glúteos de Xiao y, aunque empujó despacio hacia adentro, desvió su atención hacia las manos del chico, que apretaban las sábanas con más fuerza a medida que se introducía en su cuerpo.

—Tranquilo, Xiao. Respira.

Al estar completamente penetrado, Xiao sintió las piernas débiles en su totalidad. Era como si una pesada fiebre lo obligara a mantenerse tendido en cama.

Zhongli acomodó hacia el frente el rostro de Xiao con una mano. No pudo evitar pensar que sus facciones jadeantes lucían demasiado lindas. Era extraño para él pensar que un hombre podía encajar en su totalidad con esa descripción, pero Xiao despertaba en él algo extraño, algo posesivo y sobreprotector; quería verlo gemir y gritar su nombre, y al mismo tiempo moría por cubrirle la piel de caricias.

No tardó en comenzar a besarlo, en devorarlo con una lentitud tan deliciosa como tortuosa para ambos. Lo hizo para distraer a sus bajos instintos que no dejaban de susurrar con insistencia que embistiera al chico hasta saciarse.

Al separarse, Zhongli no pasa por alto que ahora Xiao tiene ambas manos en la parte baja del vientre.

—¿Cómo te sientes?

—...Lleno —contestó Xiao, con los ojos fijos en Zhongli y, al mismo tiempo, en ningún sitio.

—Deja que me haga cargo.

Con cuidado, Zhongli meció un poco la cadera para que Xiao se hiciera a la idea de que en ese sitio habrá mucho movimiento.

Xiao dejó escapar un gemido desesperado, casi angustioso, removiéndose en su sitio.

—Tranquilo, tranquilo —murmuró Zhongli, en un intento inútil por calmarlo—. Voy a sacarlo otro poco antes de regresarlo adentro.

Quizá fueron las indicaciones precisas de lo que haría o tal vez fueron las manos fuertes y gentiles que sostenían a Xiao por la cintura, pero lo cierto era que la intranquilidad de Xiao comenzó a disminuir, siendo sustituida por un cúmulo de emociones que se arremolinaron en su pecho, cada una más feroz que la anterior, chocando entre sí en un torbellino que lo dejaba sin aliento.

—Lo estás haciendo bien. Muy bien, Xiao.

A saber si fue porque Zhongli tomó un vaivén más constante y apresurado, pero Xiao intentaba cerrar las piernas cada tanto, chocando con el torso del único ser a quien no podía negarle nada.

De repente, algo en su interior fue golpeado, algo que lo obligaba a estremecerse y a soltar sonidos impropios de él, un tanto más agudos, que mezclaban el placer con la angustia.

Xiao intentó decirle a Zhongli que está bien, que no se detuviera, pero de sus labios salían palabras entrecortadas como: “Rex...“, “Maes...“, “Lap...“.

Zhongli entendió que no debía contenerse más; en su lugar, mientras usaba una mano de soporte, con la otra recorrió cuanto pudo del cuerpo de Xiao: una de sus piernas, su cadera, su pecho, su rostro. Este último lo ladeó para lamer el lóbulo de la oreja e introducir la punta de la lengua en la misma.

—Sólo mío —murmuró Zhongli con una voz ronca, casi posesiva e irreconocible en él—. Quiero escucharlo de tu boca, Xiao. Dime a quién perteneces.

—A us... Hmm, ¡ah! Zho... Maes… —Xiao no lograba responder con claridad. Su corazón latía con una fuerza que parecía querer romper sus costillas, y su mente se inundó de pensamientos frenéticos.

Cada caricia, cada roce, avivaba las llamas que ardían dentro de Xiao, aumentando la sensación de estar atrapado en una tormenta; sin embargo, le resultaba placentero y, de un momento a otro, sintió que un impulso eléctrico intenso recorrió cada una de sus células, haciéndole alcanzar el clímax para derramar su esperma entre su cuerpo y el de Zhongli.

Por reflejo, Xiao bajó la vista hacia la parte que sentía húmeda, notando cómo se le abultaba el vientre cuando Zhongli se hundía con una brusca estocada dentro de su cuerpo.

Era un caos dulce y devastador para Xiao, una mezcla de placer y desesperación que lo hacía sentir vivo de una forma que nunca antes había experimentado.

Zhongli quedó intrigado al advertir que Xiao no parecía tener más interés en mirarlo, así que siguió los ojos del chico, notando cómo ese fino cuerpo evidenciaba de manera lasciva el acto que llevan a cabo.

En un inicio Zhongli pensó que eso debía doler, aunque las expresiones de Xiao, sumergidas en un limbo entre el cansancio y el éxtasis, le hicieron saber que no era el caso y que, por el contrario, le generaba morbo ver cómo lucía el sexo por debajo de su piel.

Zhongli no tardó demasiado en alcanzar el orgasmo, esparciendo su semen dentro de ese esbelto y delgado cuerpo, que tan bien lo había recibido.

Al detenerse por completo, Zhongli advirtió cómo el esfínter de Xiao seguía relajándose y apretando en el ritmo que había impuesto con sus embestidas, además de que Xiao continuaba respirando de manera errática.

Sin dudarlo, Zhongli se apresuró una vez más a tomar los labios de Xiao, esperando que aquello le ayudara a recomponerse; sin embargo, él también perdió la noción del tiempo al sumergirse en la boca que comenzaba a resultar como una droga casi o más necesaria que el mismísimo aire.




A la mañana siguiente, Xiao abrió los ojos con cierta pereza, descubriendo que era la cuchara pequeña a la que su Señor se encontraba aferrado. A decir verdad, se sentía más como una almohada aplastada que como una cuchara.

Cada músculo de su cuerpo estaba en extremo relajado, con excepción de aquella parte donde Zhongli se introdujo con fiereza la noche anterior; no es como si le doliera al punto de resultar insoportable, pero la molestia tenía intenciones de persistir y no era nada cómoda.

Xiao no quería renunciar al calor que le brindaban los brazos de Zhongli, pero sabía que no podría verlo a la cara si esperaba a que abriera los ojos.

Por desgracia para sus planes de huir a hurtadillas, Zhongli ya se había despertado, tan sólo se quedó allí fingiendo que dormía hasta que Xiao decidiera salir del mundo de los sueños.

Zhongli aprisionó a Xiao con un abrazo y le dio un beso en la nuca antes de hablar.

—Descansa un poco más. Lo necesitas.

—Pe-pero… —Xiao no supo si tartamudeó ante la vergüenza de su voz quebrada o si fue porque sonaba más ronco a lo usual.

—Piensa en este como tu día libre.

—Incluso si quisiera, maestro, mi karma atraerá a...

—No te preocupes por eso —lo interrumpió—. Haré tu trabajo por hoy, ¿de acuerdo?

—¡¿Cómo podría permitirlo?! —Xiao se sentó de golpe, profiriendo un quejido leve ante el malestar que siente en el trasero.

Zhongli lo tomó por los hombros para acostarlo de nuevo, esta vez bajo su cuerpo.

—En vista de tu terquedad —habló a milímetros del rostro de Xiao—, no me dejas otra opción más que hacerte de todo para mantenerte en esta cama. —Besó una de las mejillas del chico y, no conforme con eso, bajó por la mandíbula y se siguió hacia el cuello.

—¡No-no-no se preocupe! No debe hacerlo. No malgaste su tiempo.

—¿Malgastarlo? —Zhongli se detuvo por un segundo, volviendo los ojos hacia Xiao—. Si me dijeran que esta es mi recompensa por haber trabajado diligentemente todo el año en la funeraria, lo aceptaría halagado.

La pálida piel de Xiao no tardó en agarrar color en cuestión de segundos. Para ese momento Zhongli ya había reafirmado lo mucho que disfrutaba de molestar y coquetearle al chico para ver cómo se sonrojaba hasta las orejas.

Entonces, Xiao se cubrió el rostro, o lo que pudo de este con una mano, antes de desviar la vista, porque era incapaz decirle que “no” a los profundos ojos avellana que la noche anterior parecían dignos de una fiera dispuesta a devorarlo.

Zhongli se acomodó cerca del borde de la cama para bajar los pies e incorporarse. Xiao mantuvo la vista sobre la perfecta espalda que apenas y tenía unas cuantas marcas de uñas a la altura de los hombros.

—Iré a prepararte el desayuno. Espera aquí —indicó Zhongli, después de colocarse los pantalones y la camisa sin abotonarla.

—Rex... Maestro Zhongli, no tiene que... —Xiao no podía permitir que hiciera tal cosa, por lo que se levantó tras él, cayendo de rodillas en el instante que sus pies tocaron el suelo. Ligeros temblores hicieron acto de presencia en las piernas.

Zhongli volvió sobre sus pasos para recoger a Xiao con ambos brazos.

«Pesa cualquier cosa» pensó, preocupado por no lograr discernir si su fuerza adéptica enviaba señales confusas a su cerebro o si Xiao era naturalmente liviano.

—Por eso te dije que esperaras —dijo Zhongli, regresando al chico a la cama—. Es probable que tu cuerpo se siga recuperando. No está acostumbrado al tipo de… intromisión que tuvo anoche. Así que déjame compensar el haber llevado las cosas hasta el final.

Xiao es incapaz de rechazar las atenciones que Zhongli quiere tener con él. No se siente digno, pero le pesa mucho más negarse a lo que le pide su Señor, así que decide obedecer.

Cuando Zhongli regresó, dejó los platos de comida sobre una mesa cercana.

Xiao tenía puesta su playera –creyó que lo mejor sería estar vestido para cuando su Señor volviera–, pero entre sus piernas, flexionadas y algo separadas, no dejaba de mirar cómo salía el semen de su interior.

Estaba tan embobado con ese acontecimiento fisiológico, que no advirtió la presencia de Zhongli hasta que tomó asiento delante de él en la cama.

—Lo-lo lamento —dijo Xiao de manera apresurada, juntando las rodillas—. No sabía que...

—No te preocupes. Es normal que fluya. Relájate y deja que salga.

—Me hubiera gustado que se quedara dentro. Después de todo, es algo de Rex Lapis.

Zhongli decidió omitir el recordatorio de que lo llamara “Zhongli”. Mientras no se equivocara frente a otras personas, en privado le permitiría llamarlo como deseara. O podría permitirle eso como recompensa por haberle dado una noche increíble. En el fondo, se preguntaba cuándo podría repetir, aunque no quería sonar como un urgido impertinente.

—En ese caso —habló Zhongli—, siempre puedo volver a llenarte. ¿Qué dices si lo intentamos en un rato?

Los recuerdos de la noche anterior se arrojaron sobre Xiao no como un balde de agua, sino como una cascada completa que lo sepultaba por la fuerza de la caída.

Previo a comentar algo más, Zhongli dejó escapar un bufido a modo de risa, pues Xiao se había vuelto a convertir en un tomate.

—Tal vez fui demasiado lej...

—¡Me encantaría! —interrumpió Xiao, colocándose sobre sus cuatro extremidades. Esperaba que esos “encuentros” entre ellos se volvieran a repetir, sólo que no sabía cómo abordar el tema sin sonar irrespetuoso y esa parecía ser su oportunidad—. E-e-es decir, quizá en un rato sea algo apresurado, pero yo... Me-me gustaría.

Las cejas de Zhongli se elevaron ante la sorpresa. Sabía que Xiao era directo con lo que quería, aunque no esperaba que comenzara a ser tan honesto con sus necesidades también; se notaba que le costaba procesarlo.

—Cuando quieras hacerlo, no te contengas. —Zhongli se inclinó hacia adelante para que su frente tocara la opuesta—. Puedes entrar en mi habitación sin solicitar permiso. Yo haré lo que quieras hasta que estés satisfecho.

—¡¿Señor?! —¿No era eso algo impúdico?

—Sé que es poco en comparación a lo que haces tú solo por Liyue, así que no tengas pena en pedirlo. Daré todo para complacerte.

—¡Yo debería decir eso! Es mi trabajo ser...

—Xiao.

—¿S-sí?

—Haré que tus noches sean buenas. —Con una mano acarició el rostro de Xiao—. ¿Comprendes lo que quiero decir?

—¿Es una renovación de nuestro contrato?

—Es una promesa.

Xiao asintió y, por primera vez, pensó en tener la vida de humano que su Señor disfruta vivir; se preguntó si algún día su deuda kármica dejaría de atormentarlo y si la corrosión del Arconte que tenía delante menguaría con su nueva vida. Porque, incluso si no era así, le gustaría olvidar la guerra que marcó su pasado y dedicarse a Zhongli por el resto de la eternidad.

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