Cap 1 Reencuentro
Salgo de mi habitación a toda prisa, descalza y con el corazón latiendo rápido por la urgencia que su voz me provoca, mi madre me llama desde la sala, su tono mezclado entre preocupación y calma me obliga a correr sin pensar demasiado, bajo las escaleras de madera, mis pies desnudos golpean el frío de cada peldaño con prisas, de repente, pierdo el equilibrio, mi cuerpo se lanza hacia adelante como si el suelo se hubiera abierto bajo mis pies, siento primero el impacto seco en mi vientre, un dolor punzante que se extiende como fuego, después, mi cabeza golpea las escaleras, y mi cuerpo continúa rodando sin control hasta caer al final, tendida boca arriba sobre el suelo frío.
Un zumbido ensordecedor llena mi cabeza, y mientras intento controlar la respiración, siento algo húmedo y cálido que se desliza entre mis piernas, instintivamente, busco mi pierna con la mano temblorosa, mi vista está borrosa, pero al alzar la mano para tocarme, la sorpresa y el miedo me paralizan mis dedos se manchan con sangre. El pánico me invade, pero también una tristeza tan profunda que me quiebra, bañada en sudor, despierto de golpe en mi cama, las lágrimas brotan sin poder contenerlas mientras me llevo las manos al vientre, otra vez la misma pesadilla perder a mi bebé, no pasa una sola noche sin que ese sueño oscuro me arrastre a la desesperación.
Es noviembre del 2018, apenas ha pasado dos meses desde que Jackson y yo decidimos separarnos, que él eligió un camino y yo otro, aunque no hay un solo instante en que mi mente no regrese a él, a sus palabras, a sus silencios. ¿Por qué tomó esa decisión tan precipitada? ¿Por qué cambió de opinión con tanta rapidez respecto a Olivia? El solo pensar en ella me llena de rabia y rechazo ya no quiero saber nada de ellos.
Me levanto con esfuerzo, intentando apartar el dolor que se aferra a mi pecho y el vacío que me consume, hoy tengo una cita con Manuel, a decir verdad, me gusta estar con él, su compañía es como un refugio en medio de esta tormenta que es mi vida, compartimos tantos intereses, tantas pasiones que hacen que el tiempo a su lado se convierta en un oasis de calma y risas.
Recuerdo aquella vez que hablamos sobre nuestras pérdidas, cómo nos abrazamos en silencio, dejando que las lágrimas y la comprensión fluyeran sin necesidad de palabras, esa conexión sincera me llega hasta el alma, y por un momento, me hace creer que puedo salir adelante.
Mientras me arreglo frente al espejo, suspiro y me prometo a mí misma que hoy será un día diferente, que, aunque el pasado duela y el presente sea incierto, merece la pena abrir mi corazón, aunque sea un poco.
- Manuel. – Susurré, mientras mis dedos jugueteaban con la servilleta doblada sobre la mesa del café. – No sé si estoy preparada para ser madre.
Él dejó la taza a medio camino, clavando sus ojos en los míos con esa calma suya que siempre lograba desarmarme.
- Ey. – Dijo con suavidad, estirando la mano para cubrir la mía. – Tranquila, serás la mejor madre que conozca. – Hubo una breve pausa, una que se sintió demasiado cargada, como si algo pesara en el aire, luego, con un tono más bajo, casi con cautela, añadió. – Oye no es por incomodarte, pero ¿lo sabe Jackson o Aiden?
Mi garganta se cerró de golpe, tragué saliva antes de responder, apartando la mirada hacia la ventana empañada por la lluvia.
- No y la verdad no pienso decirles nada.
- ¿Por qué no?
- ¿Para qué? – Le respondí sin poder evitar el tono amargo que se coló en mi voz. – Jackson tiene novia, una que, según él, amaba desde siempre, aunque decía odiarla, si le digo algo, va a despreciar a este bebé y va a decir que no es suyo y Aiden bueno de él no se realmente nada. – Me encogí de hombros, pero por dentro se me rompía algo más profundo. – Mejor lo dejo así.
- ¿Entonces quién será el padre? – Su pulgar acarició suavemente el dorso de mi mano.
- Nadie. – Contesté casi en un suspiro. – Será mejor que no tenga uno.
- Si me lo permites. – Empezó, su voz tembló apenas, pero se mantuvo firme. – Sabes que te aprecio mucho, Kathleen e incluso creo que me he enamorado de ti.
Mis ojos se alzaron de inmediato, sorprendidos, había algo en su mirada que no me había permitido ver antes, algo que siempre estuvo allí, agazapado entre nuestras risas y silencios compartidos.
- ¿Qué estás diciendo realmente? – Pregunté, un poco desconcertada.
- Que me gustaría, quizás ser el tío de ese bebé y, si tú me dejas tal vez algo más, más adelante.
Mi mente se llenó de ecos de Jackson, de su voz diciéndome que no podía cuidarme, que no podía prometerme nada y ahora, Manuel estaba aquí, ofreciéndose sin condiciones, sin miedo.
- ¿Cómo podría dejarte asumir una responsabilidad así?
- No me importa, te quiero y aunque suene loco, amo a ese bebé también. – Extendió la mano con cuidado y la apoyó sobre mi vientre, la calidez de su palma me hizo cerrar los ojos, y por un segundo, sentí una tregua entre el dolor y el presente.
- ¿Cómo vas a llamarlo? – Preguntó con una sonrisa suave.
- Primero debemos saber su sexo y entonces decidiremos. ¿Te parece? – Yo sonreí también, débilmente, posando mi mano sobre la suya.
- Por supuesto que sí. – Respondió él, con una ternura que me envolvió por completo.
Esas palabras aún resonaban en mi pecho, incluso ahora, nunca creí escuchar algo así, y mucho menos de Manuel, lo apreciaba demasiado, y aunque no sabía si estaba lista para abrir mi corazón de nuevo, por primera vez en semanas pensé que tal vez podría funcionar entre los dos.
Pero los recuerdos tienen un filo silencioso, y justo cuando más vulnerable estás, te cortan.
Mis ojos se llenaron de lágrimas, lo oculté como pude, respirando hondo, queriendo borrar el pasado, queriendo seguir adelante, aunque una parte de mí aún estaba atrapada en aquel maldito septiembre, por suerte, mis padres nunca se enteraron del embarazo, un médico amigo de la familia ayudó a manejar el informe, no sé qué habría hecho si se hubieran enterado, mi madre se habría derrumbado.
Sacudí la cabeza con fuerza, borrando los pensamientos como si fueran polvo, no podía seguir en eso, caminé hacia el clóset y saqué lo primero que encontré, una sudadera blanca que me quedaba justo por encima de las costillas, con el cuello ligeramente amplio, casi atrevido, me puse unos jeans rotos, ajustados, gastados en las rodillas, y unas gafas grandes que me daban cierto aire despreocupado.
Ya iba tarde, salí de la habitación a toda velocidad, el pelo todavía húmedo y el corazón latiéndome con fuerza, bajé las escaleras con pasos firmes y rápidos, sin mirar atrás, mi madre estaba sentada junto a mi padre, ambos viendo televisión con el volumen bajo y las luces cálidas encendidas.
- Madre, ahorita regreso. – Dije mientras me colgaba el bolso al hombro.
- ¿Vas con Manuel? – Preguntó sin despegar los ojos de la pantalla, aunque su voz denotaba más interés del que intentaba disimular.
- Así es.
- Ten cuidado, hija.
- Sí, mamá. – Respondí mientras me inclinaba para besarla en la mejilla.
Mi padre, que estaba recostado en el sillón con el control en la mano, giró apenas el rostro hacia mí con gesto protector.
- ¡Hija! ¿Quieres que te lleve?
- No, papá, mi Uber ya está afuera, gracias. – Le sonreí mientras salía al porche.
- Con cuidado. – Alcanzó a decirme antes de que cerrara la puerta.
El aire de noviembre golpeó mi rostro con suavidad, había algo en las tardes frías que siempre me daba la sensación de estar comenzando de nuevo… aunque sabía que ese era solo un engaño pasajero, el Uber esperaba frente a la acera con las luces encendidas, subí al asiento trasero sin decir mucho, me limité a mirar por la ventana mientras la ciudad se deslizaba ante mis ojos como una película sin sonido.
Minutos más tarde, llegué al restaurante Quintonil, uno de los sitios favoritos de Manuel, no era pretencioso, pero tenía esa vibra de elegancia íntima que lo hacía especial. Al entrar, un suave aroma a madera, vino tinto y carne sellada me dio la bienvenida, caminé hacia la recepción, donde me esperaba una chica alta, de cabello rubio y piel inmaculada, enfundada en un traje negro impecable y unos tacones rojos que resonaban con cada paso que daba por detrás del mostrador, hermosa, sin duda, pero su expresión era todo menos acogedora, el tipo de mujer que podía arruinarte la noche con una sola ceja levantada.
- Buenas tardes, señorita. – Dije.
Ella levantó apenas la mirada, frunciendo el ceño como si mi presencia fuera un inconveniente.
- ¿Qué necesita?
- Reservación a nombre de Manuel Mejía. – Respiré hondo para no dejarme afectar.
Ella revisó su iPad con una lentitud irritante, como si hacerlo le costara la vida misma.
- El señor Mejía está en la mesa ocho del balcón, pase. – Respondió sin mirarme de nuevo.
Ni siquiera me molesté en contestar, solo asentí con la cabeza y avancé hacia el interior del restaurante, no tenía por qué esforzarme en ser amable con alguien que ni siquiera fingía educación. El lugar era precioso, el ambiente tenía una mezcla entre modernidad y rusticidad, con paredes cubiertas de vegetación viva, luces tenues colgando del techo como estrellas artificiales, y una brisa templada entrando por el ventanal del balcón, me dejé envolver por los detalles mientras caminaba, mis ojos siguiendo la curva de una lámpara de hierro forjado y fue entonces cuando no vi el pequeño escalón frente a mí.
Mi pie se torció y el mundo pareció inclinarse, un pequeño grito escapó de mis labios, pero antes de que pudiera siquiera entender lo que pasaba, unos brazos firmes me tomaron de la cintura, sentí cómo mi cuerpo se giraba con suavidad y mi peso caía por completo sobre él, mi cabello rozó el suelo y por un instante todo se sintió como una coreografía perfectamente ensayada, como si lo hubiéramos hecho mil veces antes.
Sus manos eran grandes, cálidas, una estaba firmemente anclada a la base de mi espalda, y la otra sujetaba mi cintura con una seguridad abrumadora, mi pecho quedó peligrosamente cerca del suyo, y cuando finalmente abrí los ojos vi sus ojos azules grisáceos.
Me incorporé lo mejor que pude, sintiendo aún el leve cosquilleo en la espalda donde sus manos me habían sostenido y fue entonces cuando me di cuenta de lo cerca que estábamos, demasiado cerca, su rostro frente al mío, su respiración mezclándose con la mía, nuestros labios casi rozándose como si algo invisible y peligroso se negara a dejarnos separarnos del todo, mi corazón latía con fuerza, no solo por la caída, sino por ese aroma a cedro y whisky caro que se colaba por mi nariz como una caricia envolvente, tan distinto a todo lo que conocía, tan masculino, tan sereno y a la vez tan provocador.
Me obligué a parpadear, a volver en mí a encontrar aire donde parecía que no quedaba, él fue el primero en hablar.
- ¿Estás bien?
Su voz era profunda, grave, con ese tipo de seguridad que podía convertirse fácilmente en una orden si quisiera, pero ahora sonaba suave, casi preocupada.
- Sí, estoy bien. – Respondí, aún algo alterada, intentando controlar el temblor de mis manos.
Entonces lo reconocí, era él, el hombre que había conocido la noche del desfile.
- No creí que te volvería a ver. – Añadió con una leve sonrisa. – Te noto muy cambiada.
- ¿Ah, sí? – Pregunté, entre nerviosa y sorprendida.
- Ese tono de cabello ¿son mechas californianas?
No pude evitar reír suavemente. ¿Qué hombre notaba esas cosas?
Me separé un poco de él para poder respirar sin que me temblaran las rodillas, y le sonreí.
- Así es, mechas californianas, gracias por notarlo, soy Kathleen Johnson Arauz. – Dije, extendiéndole la mano, casi con cierta formalidad, pero en el fondo me moría de curiosidad por saber cómo se llamaba él y él la tomó con delicadeza, como si tuviera entre sus dedos algo precioso.
- James McCall Anderson. – Dijo, su nombre cayendo como una pieza de mármol sobre una bandeja de plata, sus palabras tenían peso, clase, poder.
- Es un placer volver a verte, señor McCall. – Dije con una media sonrisa, sabiendo que el formalismo era casi un escudo en ese momento.
- Por favor, háblame de tú. – Corrigió con suavidad.
- De acuerdo entonces discúlpame, James. – Respondí, sintiendo cómo me ardían las mejillas, su nombre sabía demasiado bien en mi boca, como un secreto que no debía pronunciarse tan pronto. – Pero voy tarde a una cita, con tu permiso.
Me giré antes de que pudiera decir algo más, subiendo el escalón con mucho más cuidado esta vez, no pensaba repetir el ridículo, aún podía sentir su mirada sobre mi espalda, casi como si sus ojos me acariciaran mientras caminaba, pero cuando creí que ya lo había dejado atrás.
- Oye, Kathleen.
Me detuve.
Su voz no era fuerte, pero no necesitaba serlo, había algo en su forma de decir mi nombre que lo volvía magnético.
- ¿Sí? ¿Qué pasa?
- ¿Me podrías pasar tu número?
Me giré lentamente, sabiendo que la sonrisa se me escapaba de los labios antes de poder evitarlo, el me miraba con esa calma calculada, mordiéndose el labio inferior, como si estuviera probando qué tanto podía provocarme sin traspasar la línea.
- ¿Señor McCall, me está coqueteando? – Pregunté, levantando una ceja con fingida incredulidad.
- Tal vez. – Respondió con esa misma sonrisa peligrosa, esa que parecía esconder algo más detrás de los dientes perfectos y la postura impecable.
Mis mejillas ardían de nuevo ¿Qué demonios estaba haciendo?
- Quizás sea la próxima vez. – Respondí, sin darle más y entonces me giré y seguí caminando hacia la mesa, sabiendo perfectamente que sus ojos aún me seguían.
Pero tenía que concentrarme, Manuel me esperaba y lo último que necesitaba ahora era que alguien como James Anderson desordenara aún más el caos que ya era mi vida, aunque si lo admitía en silencio, una parte de mí no estaba tan segura de que fuera lo último que necesitaba, tal vez era justo lo que venía a desatarlo todo.

*James*
Vaya, esa mujer me robaba el aliento, no me imaginé que sería tan firme al hablar, la mayoría, al verme, tiembla, pero ella no, ella clavó sus ojos en mí con esa mirada dulce, decidida, sin la menor intención de fingir nervios, el tipo de mirada que podía arderte en la piel si no eras lo suficientemente fuerte, al principio, lo admito, solo me había fijado en su espalda perfecta y en ese cuerpo que se movía con una torpeza sensual, su enorme trasero fue lo primero que llamó mi atención cuando cayó en mis brazos, pensé en llevarla a la cama por puro deseo, pero cuando reconocí su rostro, cambié de opinión, no para dejar de desearla, todo lo contrario.
Era ella, la misma joven que conocí en el ensayo de la pasarela, la que tenía esa risa baja, de garganta, que todavía me perseguía en las noches de insomnio, su tono castaño con mechas doradas se veía mejor al natural, ligeramente ondulado, caído como una promesa sobre su espalda, sus labios se entreabrían al hablar, y su aroma jodidamente perfecto, una mezcla de vainilla, sándalo y peligro.
Me encantaban las mujeres que sabían lo que valían, pero Kathleen tenía algo más, una sombra en sus ojos, un secreto que la perseguía, quería descubrirlo y destruir a quien se atreviera a romperla antes que yo.
Un golpeteo en mi oído me sacó de mi trance.
- Señor, disculpe, pero debemos irnos. – Interrumpió uno de mis escoltas, con el tono prudente de quien no quiere terminar despedido.
- ¿Cuál es la prisa? – Fruncí el ceño.
- Alguien lo espera en su coche.
- ¿Quién? – Pregunté, endureciendo la mandíbula.
- Una señorita. – Respondió sin mirarme.
Me giré con una furia contenida y empecé a caminar hacia los ascensores, tenía pocas reglas claras, pero una de ellas era sagrada, nadie entra en mi coche sin permiso.
- Por cierto, estás despedido. – Le solté con voz helada.
Lo escuché jadear de sorpresa, pero no me detuve, no podía permitirme errores tan estúpidos en seguridad, y menos ahora que la empresa estaba en expansión.
Presioné el botón del ascensor y descendí, durante el trayecto, intenté concentrarme, racionalizar. ¿Quién diablos se atrevía a meterse en mi coche? Pero nada me preparó para lo que vi.
Allí estaba, esperándome como si tuviera derecho, mi Pininfarina H2 Speed blanco brillaba bajo el sol, una obra de arte en movimiento, una joya tecnológica con pila de hidrógeno que alcanzaba los 300 km/h, solo diez en el mundo, este, el mío, valía dos millones de euros y lo trataba como a una amante cara con respeto y obsesión.
Abrí la puerta del piloto, entré con frialdad y giré la cabeza hacia el asiento del copiloto.
- Paulette. – Murmuré con una mezcla de fastidio y resignación.
Ahí estaba, Paulette Bradley, típica niña rica americana con cuerpo de cirugía y cerebro de plástico, su piel era morena tostada por sesiones de bronceado, el cabello rubio falso, los labios gruesos a fuerza de agujas, la única razón por la que me acostaba con ella era evidente su cuerpo estaba hecho para el pecado, y yo rara vez decía que no al pecado bien envuelto.
- ¿Qué haces aquí, Paulette?
- Ayer te vi estresado en la oficina y pensé que podríamos relajarnos. – Dijo con voz melosa, su mano ya deslizándose por mi muslo.
- Me parece bien, pero ni se te ocurra ensuciar mi coche, o lo lavas tú misma.
Ella río, encantada de que no la echara, todavía no entendía que nunca le pertenecería.
- ¿A dónde vamos?
- A mi casa, así no está tu hermana. – Dijo con picardía.
Asentí, indiferente, iría me desfogaría y me iría como siempre.
Pero mientras ponía el coche en marcha, no podía quitarme de la mente los ojos de Kathleen, ni la forma en que se estremeció cuando rozamos labios sin querer, había algo en ella que no era normal, algo que no podía dejar pasar y eso era peligroso, muy peligroso.