¡No romper la tradición!

Mamá decía que las tradiciones familiares deben mantenerse, que no se deben romper o las cosas en la familia podían colapsar.
Debí hacerle caso cuando me dijo que colocara leche y galletas en la puerta de mi casa, que apagará todas las luces y me durmiera, debí hacerle caso cuando dijo que colocara una vela con aroma a canela en la mesa del comedor este 31 de octubre.
Debí recordar que este año a finales de otoño cumplía la mayoría de edad, debí hacer muchas cosas pero no creí en la importancia de ninguna de ellas.
Y ahora estoy aquí, para recordarles y advertirles porque deben hacerle caso a sus madres, seguir las tradiciones familiares y nunca, pero nunca, silbar por las noches.
Unos días antes de que Octubre llegará a las puerta del año, cuando empezaban a querer caerse las hojas de los árboles y el mejor plan para las tarde era tomar café y galletas en la única cafetería del pueblo; mi madre nos contó a mis hermanos y a mi la razón del porque cada Octubre de todos los años, desde hace aproximadamente 70 años la familia llenaba sus hogares de velas con aroma a canela.
Hace 70 años existió una pareja en nuestra familia, una pareja algo singular, muy fuera de lo común, incluso para nuestras épocas, una sobrina de nuestra abuela se había enamorado de alguien nada habitual, su amor lamentablemente no era correspondido, aún así su amado sabiendo del amor que la joven le tenía, se aprovechó y sacó partido de ello.
Le visitaba constantemente, especialmente por las noches, le llevaba premios, especialmente galletas, pues ella amaba las galletas, tomaban el té, el amaba ponerle leche, hacían actividades juntos, amaban hacer velas, ¿el olor favorito?, canela. Él no le amaba no era capaz de hacerlo, con el tiempo fue demostrándolo, cansándose de la compañía de la joven, ahora el exigía algo por su tiempo, pues alegaba que era valioso, la joven hechizada cumplida cada petición, inclusive las más alocadas.
La familia no estaba enterada de las aventuras de la muchachita, pues no era alguien a quien prestaran atención, 70 años después se arrepienten de tan grande error.
Una noche, cuando la luna se coronaba llena en el centro del cielo y las brujas salían de las orillas de si caldero, la joven festejaba la llegada de su cumpleaños, 18 años cumplía la chica, esa noche como las otras su amado le visitó, aquel que cada día escuchaba sus pesares, aquel que a pesar de haberle rechazado le entregó su tiempo y su amistad, aquel singular amigo venido de las profundidades del infierno, príncipe de los lamentos.
Esa noche le invitó a un baile bajo la luna roja del 31 de octubre, las brujas de compañía y los demonios de espectadores, el príncipe del reino de las pesadillas, tomó su mano y bailó los últimos respiros de la muchacha, le clavó una daga en la espalda, bebió su sangre y le dio de comer su cuerpo a sus hijos.
Las últimas palabras de la joven fueron un pacto, un agradecimiento y una venganza; llamaba a su amado a tomar su cuerpo, pues creí que no había acto más romántico que la razón por la que un día vivo le arrebatase la vida, en forma de agradecimiento por todo lo vivido le dio la vida de cada joven de su familia a vísperas de iniciar una vida, le dijo que fuera sin miramiento, pues aquellos que llevaban su sangre jamás le dieron su tiempo.
Mientras por mis mejillas se resbalan las últimas señales de vida, los hijos del príncipe devoran mis entrañas, por no haber seguido las palabras de mi madre, ahora la mujer que proclamó mi condena me mira desde el horizonte llamándome a su encuentro.
Mientras su amado devora mi cuerpo, mi alma y sus hijos se llenan de mis lamentos, camino despacio y ligera a la niña que nunca llegó a ser mujer, compartiendo su cruel amanecer, empezando a querer a aquel ser que se llevó nuestro existir, trayéndonos una eternidad de nunca saber.









esta muy bueno este cuento