Cuenta la leyenda
La historia que te vengo a contar es un poco extraña, orientada en los años de existencia de la grande Tenochtitlan un joven vivía con las ilusiones de algún día poder hacerse de una vida distinta a lado de la mujer de sus sueños.Yolotl, nuestro protagonista fue un joven de veinticuatro años de edad nació en los brazos de una familia que trabajaba la tierra para poder coexistir, su especialidad era la cosecha del maíz. Yolotl junto con su padre se dedicaba a vender su siembra en el mercado por las tardes, lugar pegado al pequeño coliseo de juego de pelota.
Amaba ir a vender para poder ir al coliseo, en sus tiempos libres acudía, su intención principal no era ver los juegos, le gustaba ir porque podía contemplar a la hija del emperador. Una chica llamada Yaretzi, de edad similar a él, cabello largo negro, ojos grandes color miel, nariz respingada, piernas largas, color de piel morena clara.
Ella era el sueño imposible de este joven, un plebeyo nunca tendría una oportunidad con una chica tan especial. Yaretzi acostumbraba escaparse con sus criados a comprar al mercado, en sus aventuras fuera de su reino, un par de ocasiones se cruzaron.
Debido al encanto de la familia de Yolotl y su amor por sus parcelas, siempre bajaba a comprarles maíz a ellos, su cosecha era por demasiado la mejor de toda la ciudad.
Sus conversaciones no salían de “¿en cuánto tienes este artículo? El precio es el trueque de esto.” A pesar de que él se derretía por ella, Yaretzi no sabía de su existencia. En una ocasión por accidente Yolotl toco la mano de la dama, hecho que le dio tanta felicidad por varios días.
Pasaron los años hasta que un día las lluvias empezaron a menguar, repercutió tanto en el cultivo que varios agricultores se vieron afectados provocando su bancarrota. Su familia no fue la excepción, muy apenas lograron cosechar un cuarto de lo acostumbrado. Por lo que para esas fechas se requería una alta demanda en maíz por la celebración del emperador Atletl (padre de Yaretzi).
Todo el maíz de la familia fue solicitado, ya que la comida favorita del emperador era los elotes.
Durante su celebración se hizo un sacrificio al dios Tláloc, además de que fue un festival de elotes preparados y juego de la pelota.
En esa ocasión especial Yolotl fue quien se encargó de preparar los elotes como ofrenda de parte de su familia. Todos los invitados a llevar comida al emperador, fueron cordialmente invitados a una obra de teatro, donde se presentó una leyenda que llego a oídos de Atletl, el peculiar elote de oro. Los encargados de la obra, demostraron que hace mucho tiempo Quetzalcóatl y Tláloc llegaron a una tregua después de varios años de pelea, ofreciendo algo como son de paz.
La batalla terminó exactamente en unas parcelas de elotes, los afortunados en ser bendecidos fueron unos agricultores. Después de una larga charla con los dueños de las tierras, con sus poderes convirtieron en oro toda la cosecha.
El trato fue que les dieran de comer todo lo que fue bendecido, preparándolo de una forma deliciosa para evitar ser exterminados. Los mismos experimentaron con varias especias, agregando chile molido en forma de polvo y jugo de limón. Para el encanto de los dioses, el producto final fue tan delicioso, que la gastronomía de esas personas quedo plasmada en piedra por el mismo Quetzalcóatl. Argumentando que, en la tierra azteca, esa comida seria deleite para muchas generaciones. Según la leyenda cuenta, la avaricia de los agricultores provoco que mintieran, para poder guardar un mísero elote para ellos.El cual nunca fue comido por nadie por simple miedo a ser erradicado.
La obra termina diciendo que a las afueras de la gran Tenochtitlan había sido escondido ese elote, por miles de años, no había sido encontrado por nadie. Al final de la presentación, apareció el gran emperador junto con su hija, diciendo que estaba demasiado feliz por haber cumplido años con tal manjar, entre tanta palabrería demostró que estaba enfrascado por poseer ese elote. Entre tanto dijo “La persona suficientemente valiente de ir en busca de ese elote, le daré como recompensa la oportunidad de desposar a mi hija, sin importar su estatus social”.
Esas palabras fueron como un canto al oído de Yolotl, pronto regresó a su casa, pidiendo a su padre la oportunidad de dejarlo viajar en busca del Elote. Para su progenitor era una locura salir en busca de algo que no existe, no obstante, al ver el deseo de su hijo en desposar a la hermosa Yaretzi, le permitió dejar el hogar dándole un arco, un machete y un morral lleno de pocas provisiones.
Al salir de su hogar, le esperaba su amiga de la infancia Jatziri, lo buscaba para salir a caminar.
Mientras esperaba escuchó la conversación, al ver a su amigo listo para emprender su viaje, le dio una catedra acerca de lo peligroso que era salir en busca de algo irreal, durante casi un kilómetro, insistió en que no se fuera, salir de Tenochtitlan era su peor decisión, el aferrado y con el ceño fruncido se ergio, camino con pasos fuertes hasta dejar atrás a su amiga. Ella con un par de lágrimas en sus ojos, le deseo lo mejor en su viaje, rezando a los dioses que le permitieran verlo nuevamente.








