Capítulo I
"Nuevos Comienzos en la Ciudad Eterna"
Sabrina ajustó el delantal sobre su cadera y se recogió el cabello en un moño suelto, asegurándose de que no quedara ningún mechón suelto que pudiera caer en los platos que prepararía esa noche. El pequeño restaurante en las estrechas calles de Trastevere en Roma era su refugio, un lugar donde podía olvidarse del bullicio de su vida y concentrarse en lo que más amaba: la cocina.
El aire estaba impregnado del aroma de albahaca fresca y tomates maduros, un olor que le recordaba a su hogar en Buenos Aires. Pero ahora, Roma era su hogar, un lugar al que había llegado buscando nuevos horizontes, lejos del dolor de haber perdido a su hermana, Lucía. La responsabilidad de criar a Nico, su sobrino de cinco años, había recaído sobre ella de manera inesperada y abrumadora, pero también se había convertido en su fuente de alegría y propósito.
Sabrina se movía con destreza en la pequeña cocina, preparando los ingredientes para la noche. El restaurante, "La Tavola di Sabrina", había ganado fama por sus platos que combinaban la cocina italiana con toques argentinos, una fusión que encantaba a los locales y turistas por igual.
—Sabri, ¿has visto el pedido de hoy? —preguntó Marco, su ayudante de cocina, mientras revisaba la lista de suministros.
—Sí, está todo en la despensa. Asegúrate de que los mariscos estén frescos. Esta noche tenemos una reserva grande y quiero que todo salga perfecto.
Marco asintió y se dirigió a la despensa, dejando a Sabrina con sus pensamientos. Recordó el día en que Lucía la había llamado, pidiéndole que cuidara de Nico mientras ella lidiaba con sus problemas personales. Nunca imaginó que esa sería la última vez que hablarían. La pérdida de su hermana había sido devastadora, pero Sabrina sabía que tenía que ser fuerte por Nico.
Afuera, el sol comenzaba a ponerse, pintando el cielo de tonos naranjas y rosados. Los clientes empezaban a llegar, llenando el pequeño restaurante con risas y conversaciones animadas. Sabrina salió de la cocina para saludar a algunos de los habituales y asegurarse de que todo estuviera en orden.
—Buonasera, Signora Maria —dijo con una sonrisa a una anciana que venía todas las semanas—. ¿Cómo está esta noche?
—Buonasera, Sabrina. Estoy bien, gracias. Espero con ansias tu risotto, como siempre.
Sabrina sonrió y se dirigió a la mesa de la anciana, intercambiando algunas palabras antes de regresar a la cocina. El restaurante estaba lleno, y el ajetreo de la noche apenas comenzaba.
Mientras tanto, Nico jugaba en una esquina del restaurante, dibujando en su cuaderno con crayones de colores. Sabrina lo observaba de reojo, asegurándose de que estuviera entretenido y feliz. Había aprendido a equilibrar su papel de madre y chef con una habilidad que nunca imaginó poseer.
La noche transcurrió rápidamente, con pedidos que iban y venían, platos que salían de la cocina y risas que llenaban el aire. Sabrina estaba en su elemento, moviéndose con gracia y precisión. Pero a medida que la noche avanzaba, una sombra de preocupación se apoderaba de ella. Sabía que su vida no podía seguir así para siempre. Necesitaba encontrar una forma de equilibrar sus responsabilidades sin sacrificar su pasión.
Al final de la noche, cuando el último cliente se fue y las luces se atenuaron, Sabrina se dejó caer en una silla, exhausta pero satisfecha. Marco se acercó con una copa de vino y se la ofreció.
—Para ti, jefa. Te lo has ganado.
—Gracias, Marco —dijo Sabrina, aceptando la copa—. Ha sido una noche ocupada, pero todo salió bien.
—Como siempre —respondió él con una sonrisa—. ¿Cómo está Nico?
Sabrina miró hacia la esquina donde Nico dormía en una pequeña cama improvisada con mantas y cojines.
—Está bien. Es un niño fuerte. Pero a veces me preocupa que no esté teniendo la infancia que merece.
—Estás haciendo un trabajo increíble, Sabrina. Él tiene suerte de tenerte.
Sabrina sonrió, agradecida por las palabras de su amigo. Sabía que Marco tenía razón, pero no podía evitar sentir la carga de la responsabilidad.
Esa noche, mientras caminaba de regreso a su apartamento con Nico en brazos, Sabrina pensó en su futuro. No sabía lo que el destino le tenía reservado, pero estaba decidida a enfrentarlo con la misma determinación con la que abordaba cada noche en su cocina.
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