||Prólogo||
Y allí estaba Bennett, tecleando rápidamente en su computador con lágrimas torrenciales inundando sus mejillas y mocos chorreantes colarse entre sus labios. Cuando se los relamía sentía el sabor salado y textura viscosa, inmediatamente escupía y sorbia con más fuerza su nariz.
No importa cuántas veces limpiara su rostro con el cuello de su camisa, el rostro se le volvía a humedecer y ensuciar de llanto y mocos.
¿Por qué está así? Bueno, si vieran la pantalla del computador lo descubrirán. Ha estado escribiendo por 10 minutos y lo único que ha hecho son 6 líneas con muchas faltas de ortografías que Word remarcaba en rojo penosamente.
El título era claro y breve.
Me suicido para que mi corazón sea de Cyno.
Con un horripilante comic sans redactaba su nota de muerte; que dejaba a cargo a su amiga Fischl de sus dos gatos: blanco y negro; que podían usar su habitación como bodega; y, finalmente, que entregaba su corazón a Cyno quien era el que más lo necesitaba en ese momento.
Llegó tormentosamente a la media cuartilla, sus dedos y mente cansada le gritaron que era suficiente, todo estaba clarísimo. Ni se tomó la molestia de corregir el texto y lo mandó a imprimir.
Tanta es su mala suerte que la hoja se atascó a media impresión y en su desesperación tiró de ella, rasgando medio texto y provocando que la tinta corriera libremente.
— ¡Ah, no, no! —sorbió su nariz y miró la hoja arrugada. Con los ojos aguados verificó que podía entenderse— Bien, c-creo que con esto es suficiente.
Nuevamente talló su rostro con el cuello húmedo de su camisa. Haría el acto de amor más sincero...
... Igual el más estúpido...
...para el amor de su vida, Cyno. Un chico de su vecindario con el que creció, se llevaban 3 años de diferencia y Cyno siempre fue su protector porque él era un pobre torpe que se lastimaba con cualquier cosa. Decían que tenía una suerte de perros.
Perdió futuras amistades pero Cyno permaneció a su lado hasta que tuvo que ir a la universidad y no supo más de él. Las noticias nuevas que tenía de él las escuchaba por sus abuelos que eran muy buenos amigos de los padres.
Mientras dejaba la hoja majada con una de sus macetas tomó asiento en la cama. Un puñado de pastillas reposaban encima de una servilleta, un festín de médicamentos que le ayudarían a conseguir su propósito, morir y que su corazón fuese para Cyno.
La noche anterior escuchó de sus abuelos que la persona que más amaba necesitaba un nuevo corazón porque el suyo ya no respondía. Había estado tan enfermo por eso que los padres no sabían que hacer, la conversación llegó a sus oídos cuando regresaba de la preparatoria.
¿Cómo podía quedarse de brazos cruzados cuando su primer amor estaba sufriendo así? La noticia le golpeó tan fuerte que esa noche lloró tanto hasta quedarse seco. La tristeza lo acorraló en las sábanas y perdió su racha de puntualidad de la escuela, ¿Qué importaba en ese punto?
Entre sus lamentos mañaneros llegó a la conclusión en que la única persona que podía hacer algo por Cyno era él, él tenía un corazón saludable y que latía como loco por su antiguo vecino. Con las mejillas ruborizadas pensó en que sería un honor darle ese corazón que latía por y para él.
Por eso esa mañana había tomado una decisión que lo cambiaría todo. Reunió varias pastillas que sus abuelos tomaban y los preparó en su escritorio junto a un vaso de agua.
— Lo hago por ti, Cyno... —murmuró antes de llevarse varias pastillas a la boca de una y tragarlas con un gran sorbo de agua.
¡Definitivamente salvaría a su amor!








