PRÓLOGO
La sirena de la ambulancia sonando, paramédicos corriendo llevando una camilla, doctores gritando de un lado a otro, familias llorando y el aura blanca, fría de aquellos pasillos listos para dar cualquier tipo de noticia; un nacimiento, la recuperación de alguna enfermedad o la muerte trágica de un adolescente más. Un número más a la larga lista de muertos gracias a las pandillas tan populares en San Francisco.
Lo típico en emergencias de un hospital.
El llanto del grupo de jóvenes no sorprendía al personal y mucho menos a quiénes estaban ahí por sus propios motivos, tan centrados en esperar respuestas de sus familiares, la empatía se transformaba en egoísmo casi al momento de poner un pie dentro de aquella sala. La espera mataba y cada minuto parecía una eternidad, pero el tiempo es cruel convirtiéndose en cuestión de percepción. Un minuto es el que nos toma ver un video al estar recostado en un sofá, un minuto puede diferenciar el llegar puntual del llegar tarde y un minuto, en un hospital, puede salvarte la vida.
En estas ocasiones todo cuenta, todo detalle, puede ser crucial entre la vida y la muerte, esa que no espera un llamado, se invita sola y le gusta tanto el ambiente festivo que no duda en destruirlo para acaparar toda la atención. La muerte es el concepto más egoísta. Nadie se salva, ni ricos ni pobres. Llega de imprevisto, o alargando su presencia con una agonía inhumana a través del dolor físico del enfermo y del tormento de su círculo más cercano, porque a pesar de saber su futuro, todos guardan, aunque sea, una esperanza de gozar con esa persona que tanto quieren, un poco más.
Tic, tac, tic, tac...
El tiempo se agota y las plegarias se escuchan cada vez más.
Tic, tac, tic, tac...
Las agujas del reloj parecen no querer moverse, la percepción del tiempo se hace más evidente.
Tic, tac, tic, tac...
Es el sonido que retumba en los oídos cuando las tragedias aparecen y nos golpean tan fuerte que nos hacen caer, haciendo necesario el apoyo de todos los que te rodean.
Tic, tac, tic, tac…
El aire a los pulmones se hace grueso, hace falta a pesar de tener en demasía. La fe es lo único que te queda y de rodillas te pones a suplicar por un minuto más. Aquel que es imposible de tener, por el cual sacrificaríamos todo, cuando nos damos cuenta de que es muy tarde.
El médico se asoma y más de una veintena de ojos se posan sobre él, esos segundos en los que dice el nombre del paciente es un martirio, el simple conocimiento de la verdad te rompe o te da esperanza, tus plegarias fueron escuchadas o vilmente ignoradas.
—¿Familia Jones? —pregunta el médico bajándose el barbijo.
Dos personas se acercan.
Tic, tac, tic, tac…
La ansiedad se siente en cada partícula del cuerpo. No sabes como aliviarla y el tiempo que pasa el doctor hablando con los familiares solo la incrementa. El ambiente es tal que no tienes idea de como fue que llegaste hasta ahí. Los segundos no corren y el llanto desconsolado aparece con noticias que destrozan el corazón; aquellas que te congelan la sangre y cada vello de punta.
Una mujer cae al piso llorando y el médico entra corriendo de nuevo a la sala, rogando internamente por alargar más la vida de quien se encontraba adentro.
Los sollozos de la mujer resuenan por toda la estancia y nadie más que un hombre a su lado se atreve a consolarla; la situación saca lo peor de cada persona y las reacciones son diversas. Unos lloran, otros golpean y otros se desmayan.
—Kurt escúchame, por favor, serénate, —suplica con voz temblorosa su primo al sujetarlo por los hombros, —mírate, ¡estás cubierto de sangre!
—A nadie le importa una mierda —contesta en su susurro al verse las manos cubiertas de líquido rojo, —así como a ellos no les importó molerlo a tiros.
Luka lo mira con atención y en sus ojos grises nota el miedo, la impotencia y la ira apoderarse de él, aquellas emociones que mezcladas solo eran una bomba de tiempo a punto de estallar. Kurt estaba por colapsar. Los últimos días fueron una larga agonía, la ansiedad de cada uno mezclada con los gritos de Matthew solo hicieron que todo fuera tan lento, que parecía no tener un final. Era difícil creer que hace menos de una semana estaban en Cull Canyon disfrutando de las últimas semanas de clases.
Todo era tan difícil ahora.
Luka volteó y vio a Scarlett aferrándose a la camiseta de Derek con fuerza, como si tuviera miedo de que algo le pasara.
—No te vayas, por favor, no lo hagas, —escucha como la chica le decía a su amigo mientras lo abrazaba, —solo quédate, te lo suplico.
Angela se abrazaba con Jessica y la señora Bárbara intentaba consolarlas, pero ella también sufría con las lágrimas cayendo por sus mejillas y la voz rota.
—Va a estar bien, va a estar bien, —repetía sin cesar en vano intento de convencerse a sí misma.
Volvió a mirar y vio a Elba, su novia preciosa, que cambió las sonrisas por una mirada perdida en una esquina de la sala, parecía aún estar en shock después de ver cada bala estrellándose y abriéndose paso en la piel de Matthew.
—Fueron cinco, Luka —dice Kurt viendo sus manos, —fueron cinco tiros. Cinco tiros.
— Kurt…
—Anda con el amor de tu vida, Luka —susurra casi sin aliento. —Valórala mientras ella esté aquí.
A Luka se le secó la garganta con las palabras de su primo, ahora mismo todos estaban ante un peligro tan grande que salir del hospital era firmar tu sentencia de muerte.
—Él aún está aquí —le recuerda.
—Sabes a lo que me refiero.
Luka se pone de pie y siente como una aguja se le clava en el pecho en un escalofrío, todos necesitaban de todos y él solo necesitaba a Elba como Kurt necesitaba a Matthew. Fue tan doloroso alejarse de su primo que estaba por no hacerlo, pero sabía que debía. No podía darle ese consuelo que tanto anhelaba, porque no era la persona adecuada.
—¿Cómo pasó todo esto? —pregunta Elba en alemán cuando siente el abrazo de su novio.
Él traga saliva y ve a sus amigos presentes con atención, viviendo la misma situación con su propio alivio. Era tortuoso ver lo melancólico del ambiente y sentirse igual, tan débil y enfermo, con ganas de llorar y mil arrepentimientos encima; miró hacia la puerta de la sala donde metieron a Matthew a toda prisa y el nudo en su garganta creció tanto que le impidió decir palabra alguna.
No hay acto de amor más grande que dar la vida por quien amas.
La frase quedaba como anillo al dedo con el momento, Matthew podía cargar con un millón de aciertos y un solo error, pero este ser tan pesado que todo lo bueno quedaba opacado y destruido. Tan grande e inevitable que nunca hubo marcha atrás, porque crecía exponencialmente como una bola de nieve de caída en una avalancha, y a su vez, era ocultado con una fachada tan buena como una carcasa de oro y diamante.
—No lo sé, —susurra Luka —. No lo sé.









Hola Ibiza, he leído el prologo de la historia y se oye realmente prometedora, te felicito por la forma que lograste reflejar las emociones que se sienten en una sala de espera de hospital, me pareció que esta muy bien escrito. Espero continúes con la historia. Un abrazo