Si te vas

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Summary

Alex y Bea han estado juntos desde que tienen memoria. Son mejores amigos, hasta que en la adolescencia su relación cambia y se convierten en pareja. Ellos son la pareja ideal, los que se conoce desde niños y saben que pasarán el resto de su vida juntos. Pero el destino los pone a prueba. Después de una corta separación a causa de un viaje las cosas cambian. Bea cambia y Alex no sabe que ha pasado. Ella actúa como si el mundo estuviera en su contra y él es el único a su lado. No quiere perderlo bajo ninguna circunstancia. Sabe que tiene que contarle la verdad, pero la vergüenza, la rabia y la impotencia se lo impiden. ¿Podrá Bea confiar su más oscuro secreto en Alex?

Status
Complete
Chapters
4
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Capítulo 1

Todo en esta vida es relativo. La felicidad, la paz... y la seguridad.


Pero, ¿sabes que no es relativo?


El amor.


El amor es un sentimiento incontrolable que nubla el pensamiento y la razón, pero también es la calma después de la tormenta y el calor del hogar.


Cuando estuve a punto de perder al amor de mi vida, me di cuenta que no podía vivir sin él.


***


Bea, 7 años.


Llegaron vecinos nuevos. Tienen un hijo de mi edad que aún no he visto, pero no tengo muchas ganas de conocerlo. Es un niño tonto. Odio a los hombres.


Papá se fue y yo le odio por dejarme. Mamá dice que no debo odiarlo, que cuando sea mayor lo entenderé. Odio a los adultos.


Voy al patio a saltar la comba porque estoy más aburrida que una ostra. Mamá dice que tengo que hacer amigos en la escuela, "socializar"; pero todos los niños de la escuela son aburridos.


Para tener amigos aburridos, mejor estar sola. Y en este barrio no hay niños de mi edad.


1...2...3...4...5...6...7...8...9...


—Hola —dice una voz desde mi derecha. Hago el último salto y después miro hacia la voz.


Un niño que parece salido de un cuento de hadas. Tiene el pelo castaño claro, un poco ondulado y la piel blanca como la leche; los ojos más azules que he visto en mi vida me miran detrás de unas gafas de cristales gruesos. Mi corazón se acelera y no sé porque.


—¿Quién eres?


—Soy Alexander, tu nuevo vecino —dice con una sonrisa de dientes blancos y mi corazón vuelve a saltarse un latido.


—¿Eres aburrido?


—No lo sé —responde con la cara un poco arrugada.


—¿Fuerza salvaje o Tormenta Ninja? —vuelve a arrugar la cara, pero ahora parece que está haciendo popó.


—Prefiero Dino Trueno.


No es aburrido.


—Soy Beatrice, pero puedes llamarme Bea. Y eres mi nuevo amigo.


***


Bea, 13 años.



—No deberíamos estar aquí —susurra Alex a mi espalda.


—Calla y camina.


Alex es cobarde y torpe, pero cool. Nos complementamos de maravilla. Avanzamos silenciosamente sobre el césped recortado del patio de casa del alcalde.


¿Cómo llegamos aquí? Por mi absurda necesidad de meterne en problemas. También hace un calor de mil demonios y en esta casa hay piscina. Al llegar, el agua limpia y clorada nos da la bienvenida.


La temperatura es tan alta que casi puedo sentir como se me derrite el cerebro. Vivimos en un pueblo pequeño y la única piscina disponible es esta. La alberca de la escuela esta vacía y no podemos bañarnos tan tarde en el río. Es peligroso. Incluso yo sé eso.


Sin mirar a Alex, me desnudo y en ropa interior, me lanzo al agua como una bomba, salpicando agua por todos lados.


—¡Bea, no hagas tanto ruido! Nos escuchará el hombre de seguridad —grita en un susurro.


—Que nooooo. Está en los brazos de Morfeo, roncando como hipopótamo herido.


Una risa baja y nerviosa sale de su boca mientras se desnuda. Han pasado casi siete años desde que nos conocimos, y cuando lo miro mi corazón sigue saltándose un latido. Ahora soy lo suficiente mayor para entender lo que ocurre.


Estoy enamorada de Alex.


No tiene sentido mentirme a mi misma. Le quiero, pero no sé cómo se siente él. No quiero precipitarme y echar por la borda nuestra amistad. Él es especial.


Sigo siendo tan malhumorada como era de niña, incluso más. No me gusta socializar, pero tengo un par de amigos aparte de Alex. Aunque nadie es como él. Tiene un corazón que no le cabe en el pecho. Es honesto sin ser hiriente. Es bueno sin ser ingenuo. Es inteligente sin ser un sabelotodo. Es guapo sin ser excesivamente hermoso.


Mierda. Últimamente mis pensamientos siempre terminan dirigiéndose en esa dirección. Es culpa de mis hormonas recientemente descubiertas. Él, completamente ajeno a la dirección que toman mis pensamientos, se toma su tiempo para quitarse los dos trapos que trae encima.


Lo veo perfectamente gracias a la luz de la luna llena. Su cuerpo largo y pálido queda a la vista. Le gusta mucho la natación, por lo que sus hombros, espalda y brazos se ven firmes y fuertes. También está creciendo rápido y tengo la sensación que me quedaré pequeña a su lado.


Se quita las gafas y se lanza al agua siendo lo más silencioso posible. Hace unos largos mientras yo disfruto de la ausencia del calor infernal. Se pone a nadar en círculos a mi alrededor dejando a la vista sus ojos y nariz. Pretende ser un tiburón, pero me recuerda a un hipopótamo, solo le falta mover las orejas en varias direcciones. Me río de mis propios pensamientos y él se acerca.


—¿De que te ríes? —no lo encuentra extraño, porque yo acostumbro a reír por cualquier tontería en su presencia.


—De nada —floto en la superficio mientras iadmiro el cielo nocturno.

—Sé que te ríes de mí. ¿Qué se le ocurrió a esa cabecita loca?


Acerca su cara peligrosamente a la mía, agitando mis hormonas e imaginación, pero lo hace para ver mi cara. Está más ciego que un topo de cara al sol del mediodía. Pobre miope.


—Beatrice Emine Demir.


Odio cuando dice mi nombre completo. Escuchar mi segundo nombre y apellido me recuerda a mi padre. A ese padre que se separó de mi madre y también me abandonó a mí.


"Mi padre, tu abuelo, vino desde Turquía hace muchos años buscando una vida mejor. No debes avergonzarte de tus raíces."


Esas palabras dichas por aquel hombre hace tantos años, las tengo tatuadas en la memoria y ahí se quedarán hasta el día de mi muerte. En la actualidad me avergüenzo de la sangre que corre por mis venas y me llena de ira de llevar el apellido de mi padre.


—Alexander Dean Robertson —le digo su nombre completo, malhumorada. Me mira en silencio. Él me conoce demasiado bien y sabe que tocó una de mis teclas sensibles.


Me agarra desprevenida e intenta ahogarme. Jugamos y nos reímos durante varios minutos que parecen una eternidad. Terminamos abrazados y con las respiraciones aceleradas. Sus brazos están rodeando mi cintura y mis piernas rodeando la suya, en una postura íntima y sensual. Nos miramos a los ojos mientras recuperamos el aliento. Veo algo en sus ojos que no había visto antes.


—Bea... —dice bajito con la voz ronca por... ¿el deseo?


—¡¿Quién anda ahí?! —se escucha una voz desde la lejanía.


Salimos rápidamente de la piscina, cogemos nuestras ropas del suelo y corremos como posesos mientras escuchamos los gritos del celador llamando.


Me pregunto que iba a decir Alex.


***

Bea, 15 años.


Mamá está noviando con un hombre en la sala de estar. Que asco. A ver, yo no me opongo a que salga y tenga novio, pero que no lo haga en casa. No tengo necesidad de ver esas cosas. Para darle privacidad, salgo de mi casa y camino en dirección a la de Alex. Entro como si fuera la mía  porque me da la gana. Esta casa es mi segundo hogar, mi refugio. Cada vez que no quiero estar en mi cuarto, vengo aquí. A nadie le resultará extraño.


El silencio me da la bienvenida cuando abro la puerta. Deben haber salido. Subo las escaleras en dirección al cuarto de Alex. Escucho un sonido bajo saliendo de su puerta y antes de hacer notar mi presencia me asomo a ver que pasa.


Alex está sentado en el borde de su cama, dando la espalda a la puerta y por tanto a mí, pero es demasiado obvio lo que está haciendo. Su mano se mueve en su regazo, aunque no lo veo, es obvio que está masturbándose. Está sin camisa, una fina capa de sudor cubriendo su espalda y lo que logro ver de su cara.


Esa imagen me excita. Yo también descubrí las pajas hace un tiempo. Mi repertorio de fantasías está limitado a Alex y todo lo que logro imaginar con él.


Siento que este momento puede cambiar nuestras vidas. Puedo irme y guardar este recuerdo en el álbum de pajas o puedo entrar y sumarme a la diversión. Si me decido por la segunda opción, todo cambiará. Nuestra relación cambiará. No quiero perderlo.


En la retirada, una de las tablas del suelo chirría y Alex gira la cabeza tan rápido que parece la niña del exorcista. Me mira con los ojos brillosos y las orejas coloradas. Quisiera una cámara ahora mismo para guardar esa imagen por siempre. La forma en que me mira, llena de excitación, amor y vergüenza me impulsa a entrar en la habitación. Me pongo de rodillas a su espalda y lo abrazo.


—¿De verdad vamos a hacer esto? —la voz me sale baja y estrangulada.


—¿No quieres? —sus gafas están en la punta de su nariz, a un milímetro de caerse y las acomodo en el puente.


—Claro que quiero, pero no quiero que nuestra relación cambie.


—Seguiremos siendo nosotros, solo conoceremos facetas nuevas del otro.


—Eres todo un seductor —digo con picardía.


—Solo contigo —esas palabras tan serias y sentidas son lo que necesitaba.


Nos acercamos, uniendo nuestros labios. Ambos somos inexpertos, pero lo que se mueve bajo mi piel es incontrolable. Nuestras bocas  se mueven torpemente, pero minutos después cogemos el ritmo y para experimentar muerdo sus labios suaves, de los que sale un largo gemido. Su cuerpo se sacude y sé que llegó al orgasmo.


Tiene los labios hinchados, las orejas rojas y la respiración acelerada. Se ve hermoso. Yo no estoy mucho mejor. Siento como si un caballo de carreras estuviera galopando en mi pecho, puedo escuchar los latidos de mi corazón en los oídos y siento la cara caliente. Él se mueve un poco y coge unas toallitas húmedas para limpiarse. En ningún momento he mirado su regazo. No he visto su miembro ni lo he tocado, pero después de ese orgasmo siento que todo él me pertenece.


—¿Y ahora qué? —pregunta.


No le respondo, simplemente lo beso. No quiero palabras, solo quiero su tacto. No quiero dudas, solo quiero sentir.


***

Bea, 16 años.



Yo la mato. ¡LA MATO!


Nunca me había dado cuenta de lo celosa que soy hasta este momento. Alex está explicándole una duda a una chica de otra clase y ella lo está mirando con ojos soñadores. Zorra, él es mío.


Hasta ahora nadie había notado a Alex, pero hace poco volvió de un campamento de natación, más alto, maduro y sexy. Súmale que está usando lentes de contacto y ahora, sus preciosos ojos son la atracción principal de su cara. Ahora muchas chicas (para no decir todas) lo miran, lo vacilan y lo follan con la mirada. Y... ¡no me gusta!


Nadie sabe que somos pareja, lo hemos mantenido entre nosotros. Ni siquiera lo saben nuestros padres. Desde el año pasado cuando nuestra relación cambió, hemos aprendido muchas cosas. Principalmente cosas sexuales, pero hay algo que me molesta... no hemos follado. Seguimos siendo vírgenes. Eso, me jode... bueno, no me jode; y ese es el meollo de la cuestión.


Ella alarga su mano y toca el antebrazo de Alex. Una corriente de ira me sube desde los pies. Casi puedo sentir como me sale humo de las orejas. Reacciono caminando hasta ellos y me paro al lado de él. Cuando mi sombra le impide leer correctamente, levanta la vista. Me ve confundido al notar mi furia. Lo cojo de la camiseta, acercándolo a mi y lo beso con lengua. Delante de toda la clase. No es un besito suave, al contrario es bruto, creo delicadeza. Ahora mismo no quiero peluches y corazones, sino marcar mi territorio.


Porque sí, Alexander Dean Robertson es mío. Y lo será hasta el día que me muera.


Lo que parece una eternidad después, separo nuestros labios y miro a la chica, que me mira con los ojos muy abiertos. Parece una cebra ante una leona. No es mala comparación.


—No vuelvas a tocarlo —me enderezó y subo la voz para que todos me oigan —. Este chico, es mi novio. Si alguien vuelve a insinuarse, se las verá conmigo.


A la hora del almuerzo toda la escuela lo sabrá. Bien, así no tendremos mosquitas muertas a nuestro alrededor. Mi reputación no es la mejor. Muchos piensan que soy una matona, fuma porros y agresiva. Eso inspira respeto. Admito que soy agresiva y tengo muy mal humor, pero no tengo malos hábitos. Aunque eso no lo saben estos aburridos.


Ahora, un poco más calmada después de prácticamente mear sobre él, no quiero ver la cara de Alex. A lo mejor no quería que nuestra relación se hiciera pública. A lo mejor me deja y no quiere saber nada de mi. A lo mejor...


—Bea, ¿puedes salir de la luz? No veo bien —me dice con una sonrisa en los labios. Me muevo mientras lo miro con incertidumbre. Me da una sonrisa brillante y me besa en la boca —. Estoy muy feliz que hicieras eso, yo no tenía las agallas para gritarle a todos lo mucho que te quiero —me susurra al oído.


Todo va a estar bien. Nosotros estaremos bien. Nos amamos. Y estaremos juntos para siempre.


***


—Bea, para —gime bajito, pero no dejo de chupar su miembro. Me encanta jugar con él. Me encanta verlo enloquecer. Me encanta tener tanto poder sobre él. Me encanta que sea mío. Me encanta ser suya.


Llevamos juntos un año, tres meses, dos semanas y un día. En ese tiempo hemos experimentado mucho. Sé que le gusta y como hacerlo perder la cabeza. Estoy decidida. Está noche vamos a hacer el amor. Vamos a consumar nuestra relación. Vamos a follar. Porque de verdad quiero tenerlo en mi interior.


Sus gemidos se hacen incontrolables y cuando está a punto de venirse, dejó de chuparlo.


—Noooo, ¿qué haces? —su voz llena de frustración es música para mis oídos.


—Demostrarte como me dejas a mí todos los días.


Eso no es totalmente cierto, Alex siempre se asegura de hacerme venir, pero yo siempre me quedo con las ganas de hacerlo todo. Me mira confundido y alterado, mientras de mis pantalones descartados saco un condón y se lo muestro.


—Es hora, Alexander.


—Pero... —desvía la mirada.


—¿Qué?


—Todavía somos muy jóvenes —excusas.


¿En serio?


—Alex, tenemos dieciséis. Es la edad perfecta.


—Pero... —lo miro con una ceja arqueada de impaciencia —. No quiero que te duela —termina la frase en voz muy baja y yo me derrito de ternura.


—Alexander, me va a doler de cualquier manera. Sino lo hacemos la primera vez, no lo haremos nunca —soy la voz de la razón de esta relación.


—Lo sé —me mira apenado y tristón.


—¿De verdad te contuviste por mí?


—Yo solo quiero que seas feliz.


—¿Quieres hacerme feliz? — asiente —. Entonces fóllame de una vez.


Su actitud cambia y saca su lado dominante. Ese que solo aparece en la cama y he visto contadas veces en nuestra vida cotidiana. Me agarra de la cintura desnuda y me tira sobre la cama. Admira mi cuerpo con hambre y me besa desde las plantas de los pies hasta el pubis.


Este chico tiene una fascinación insana por mi vagina. Le encanta tocarla y besarla hasta irritarme la piel. Me lleva al orgasmo con la lengua y después sigue su camino hasta mis pechos. Son pequeños, pero me gustan y a Alex también. Juega con mis pezones y muerde su camino hasta mi boca, prestando especial atención a mi cuello, uno de mis puntos débiles.


Su boca llega a la mía y me besa con ganas. Un beso profundo, lleno de promesas listas para ser cumplidas. Su lengua empujando la mía, luchando y batallando por la supremacía. Coge el envoltorio del condón, rasgándolo con los dientes y envuelve su tensa erección con el látex. Se sienta sobre sus espinillas para llevarme hasta sus muslos.


—Hazlo —me besa entre los pechos con cariño mientras me mira. Toco su verga, mimosa y emocionada, masajeando mi entrada. Con nuestras miradas conectadas, lentamente me dejo caer y siento como mi canal se abre para recibirlo.


Las respiraciones se aceleran y las pupilas se dilatan. Esta sensación se estar plenamente llena es un poco incómoda, mas no insoportable. El dolor se calma poco a poco. Estamos sudando y respirando rápido. Alex parece estar a punto de entrar en paro cardíaco.


—¿Te sientes bien, cariño? —le pregunto en tono bromista.


—Silencio, necesito concentración —dice con los ojos cerrados y la cara arrugada.


—¿Por qué?


—Te sientes taaaan bien. Si me dejo llevar, me vengo —me carcajeo por el juego de palabras y él me aprieta las caderas con fuerza, pegando aún más nuestros cuerpos.


—No te muevas, Bea.


Ignoro su ruego desesperado y muevo las caderas, probando las sensaciones que el movimiento me provoca y de paso, torturándolo a él. Sus gemidos y suspiros se mezclan con los míos. Disfrutamos el uno del otro hasta un pequeño grito se le escapa; siento palpitar su polla dentro de mí. Me toca el clitoris unos instantes hasta que el orgasmo me sobreviene. Es mucho mejor a todos los anteriores, gracias al estímulo de mis paredes internas estiradas.


Nos dejamos caer en la cama, cansados y satisfechos. Él, como lo mimoso que es, me abraza y pone la cara entre mis pechos.


—Lsjodto.


—¿Qué dijiste?


—Lo siento.


—¿Por qué?


—Quería que nuestra primera vez fuera perfecta. Lo arruiné.


Él sabe perfectamente que no soy una romántica empedernida. Me sentiría incómoda con flores y pétalos de rosa.


Las primeras veces siempre son memorables, pero lo que las hace especiales es con quien se comparten.


—No entiendo tu lógica.


—Me vine antes que tú —dice, todavía con la cara en mi pecho, con las orejas coloradas como tomates


—Alexander Dean, ¿cómo querías que fuera nuestra primera vez?


—Justo como esta, pero te hacía venir primero.


—Estás verdaderamente obsesionado con mis orgasmos.


—Por supuesto, son la prueba de lo mucho que te idolatro.


Joder. Todo lo que dice y hace me hace enamorarme una y otra vez de él.


—Yo también te amo, Alex.


Sus ojos se iluminan y me besa con tanto sentimiento que mis ojos se llenan de lágrimas. Este chico, algún día será un hombre y le pediré que se case conmigo.




***




Bueeeeeno, hasta aquí el primer capítulo de esta historia. Espero que la disfruten y si les gusta espero su apoyo.