prólogo
Se mantiene al fondo de la sala, apoyado en el borde de la encimera de la clase de labores domésticos. Todavía lleva la capucha sobre la cabeza, y las sombras le cubren la cara lo suficiente como para ser irreconocible. La única fuente de luz de la habitación se encuentra a sus pies, una vela cuya llama flaquea con cada movimiento relajado del hombre. Observa el reloj de su muñeca: las manecillas están a punto de encontrarse en la medianoche. Como si se tratase de una rutina, el hombre cruza las piernas, sentándose en el suelo, de frente a la vela tililante. En sus manos brilla una daga, pequeña, recta, adornada con jade y obsidiana, cuyo filo parece hecho de cristal. Toma una bocanada temblorosa de aire, antes de deslizar la daga lentamente por su palma izquierda, las palabras todavía brotando en susurros de su boca mientras la herida comienza a teñirse de rojo. Antes siquiera de que la sangre resbale, toma la daga con la mano herida, para ejecutar otro corte en la mano contraria. El cuchillo resuena cuando cae contra el suelo de la clase, al mismo tiempo que el hombre observa como el espeso fluido rojo cae sobre el dibujo de la madera, hecho en ceniza y arena, mientras espera una reacción. Está seguro de que el dibujo es el correcto, pero teme que la ofrenda no sea suficiente. A la Diosa nunca le ha gustado la sangre de los herejes.
Le sangre hierve en la ceniza, mezclándose, elevando humo escarlata hacia el techo. El hombre se arrodilla rápidamente, la cabeza apoyada en el suelo en señal de respeto máximo, con el cuerpo temblando de miedo pero la mente centrada en su misión.
— Necesitarás un poco más que plegarias y sangre para que olvide tu error.— La voz es etérea, viene de todas partes y de ninguna en particular. Es melodiosa y dulce, tierna, inofensiva. El hombre se permite elevar ligeramente la vista hacia la mujer, colosal, vestida del humo de su ofrenda y enjoyada con las gotas de su sangre. El largo pelo negro cae como una cascada bajo la corona que porta, y su rostro, delgado y pálido, observa al joven a sus pies como si de un insecto se tratase. — Me estás haciendo perder el tiempo.
El hombre rebusca en su mente las palabras indicadas para dirigirse a la Diosa, antes de sentir como su espectral presencia se arrastra alrededor de la sala, las chirriantes cadenas que lleva atadas a los pies marcando el paso. La Diosa sigue esperando sus palabras, pero él parece incapaz de hablar. El pánico lo paraliza, tiene miedo de repetir la ofensa en su intento por deshacerla. Nota la lengua pesada y la boca pastosa, incapaz incluso de abrirla. Vuelve a sentir su presencia moviéndose a su alrededor, aunque no está seguro de dónde se encuentra hasta que nota una afilada uña elevándole la barbilla. De frente a él, la mujer más hermosa que ha visto nunca le observa con expresión aburrida. A pesar de su belleza, a esa distancia es capaz de ver todo aquello que no le hace humana: los dientes afilados, los ojos escarlata, la grisácea y fina piel que se adhiere al hueso bajo ella.
— ¿Y bien? — inquiere, con los ojos clavados en los suyos. El hombre se arma de valor y toma aire antes de hablar.
— Diosa de la Muerte, Señora Eterna, busco perdón tras la grave ofensa cometida. Es bien sabido que se encuentra atada al mundo fantasmal por la Injustísima, y que necesita un cuerpo en el que reencarnarse para librarse de dicho castigo y recuperar lo que es suyo. — El hombre se arrodilla de nuevo. — Ofrezco, pues, a espaldas de la Injustísima, mi cuerpo para que la Diosa Eterna pueda salir de su letargo.
La risa suave del espectro retumba en las finas paredes de la clase, y a pesar de sonar dulce, está carente de sentimiento. Las uñas puntiagudas de la Diosa se clavan en el cuero cabelludo del hombre, antes de tirar de él hacia ella.
— No haría nada con tu cuerpo. — murmura. — Pero, ya que se te ve tan desesperado por pagar la deuda, hazme un favor, antes de que se te acabe el tiempo. Tráeme a una chica. Tomaré esa ofrenda como tuya y perdonaré tu muerte. Tienes un mes antes de que tu tiempo vital se agote y tu alma pase a mi reino. Buena suerte.
El humo se desvanece, llevándose consigo a la Eternísima, dejando poco más que cenizas revueltas y sangre sucia donde habían estado sus pies. De frente al hombre, cuyo rostro se encuentra lleno de sudor frío, hay un reloj de arena. Con manos temblorosas y cuidado de no voltearlo, el hombre lo toma, antes de abandonar el edificio a largas zancadas.
En cuanto apoya un pie fuera, la arena comienza a correr, marcando el inicio de su castigo.