PRISIONERO EN TU CORAZÓN 3 - KOOKMIN

Summary

Baekje 1307. Irreverentes, con carácter, líderes de sus clanes. Jeon Jungkook es acusado injustamente de un crimen que no ha cometido y se convierte en prisionero del clan Park. Jimin era un niño cuando hizo la promesa de que algún día Jungkook, se convertiría en su esposo. Enemigos hasta el final, pero se aman desde siempre. Una promesa siendo niños los ha unido y ha desatado los hilos del destino. Jeon Jungkook hará todo lo posible por salvar a su clan, incluso casarse con un Park y conquistar su corazón. Jimin demostrará a su familia que puede casarse con el guerrero más oscuro de las islas y vivir entre sus enemigos. ¿Podrán un Jeon y un Park encontrar el camino del amor? PD: Libro basado en el personaje de Mina del segundo libro, acá pasara a ser Jimin ********** • Tercer libro de la saga clanes • KookMin • Jungkook Activo / Jimin Pasivo • Posibles menciones de otras parejas • Esta es una adaptación solo para entretenimiento y sin fines de lucro • La temática y los personajes no me pertenecen, los créditos son para su autor original • La historia tiene variaciones en su trama original

Genre
Romance
Author
Juliana
Status
Complete
Chapters
25
Rating
5.0 3 reviews
Age Rating
16+

PRÓLOGO

PD: Antes de leer haré unas pequeñas aclaraciones para que después no se confundan leyendo la historia. Este libro se basa en el personaje de Mina que era hermana de Jungkook en el libro anterior, acá pasara hacer Jimin y por ende el clan pasara de ser Jeon a Park, y los personajes de Jimin y Jungkook del libro anterior en este pasaran a ser Jin y Namjoon respectivamente, también cabe aclarar que en algunos casos solo cambiaré el apellido.

Isla de Gyodong-do. Baekje. Año 1290.

Park Jimin estaba orgulloso de su rapidez para correr, se deslizó con agilidad entre los árboles, la pendiente hacía que pudiera avanzar más deprisa para alcanzar a su hermano mayor. Parecía volar entre los altos serbales que la primavera había traído con las últimas lluvias, una sonrisa cantarina se escapó de sus labios cuando rozó con las manos las altas hierbas. Miró una vez más la espalda de su hermano Taehyung, el arco y el carcaj de las flechas golpeaba su espalda mientras corría delante suyo. Adoraba Gyodong-do, la isla inhóspita donde su familia había tomado un castillo en sus interminables luchas con los clanes de las islas. Vio cómo Taehyung se detenía y alzaba el puño en una señal inconfundible, se agazapó entre los arbustos y, oculto entre las ramas, atisbó hacia el horizonte como si se tratara de uno de los guerreros de su padre. Jimin se colocó a su lado y ambos observaron el castillo de Insa-ri, hogar del clan enemigo, el clan Jeon. Tras la seriedad con que habían subido la colina, los dos hermanos rieron a carcajadas ante su audacia, dos niños habían conseguido lo que muchos guerreros no lograban, infiltrarse hasta el castillo de sus enemigos Jeon y evitar las patrullas que los rodeaban. Sus pequeños cuerpos sofocados por la risa pararon a la vez para admirar el castillo, no era la primera vez que conseguían llegar hasta allí y siempre que Jimin veía la fortaleza le fascinaba la oscura construcción. Insa-ri, el castillo aún no estaba terminado, las cuatro estructuras cuadradas coronadas en cada esquina por las torretas de vigía y la gran torre central no eran hermosas, servían para defender y proteger. «Hold Fast», «Agárrate fuerte», el lema del clan Jeon. Y eso era lo que Jeon Su Hong, el primer jefe del clan había hecho siempre. Agarrarse a esa tierra, a su legado y su castillo por mucho que los Park habían intentado echarles de allí desde hacía años. Los ancestros de los Jeon habían erigido su hogar sobre esa roca elevada, una isla separada de tierra firme por un puente. Frente a la entrada, un profundo bosque de pinos que tenían que talar a menudo y en el que ahora estaban escondidos Jimin y su hermano mayor, Taehyung. Hacía años que los Jeon habían traído animales para que se reprodujeran en la isla y formar un coto de caza vedado a los Park. Insa-ri no era tan bello como el de su familia, pero contaban que las hadas visitaban a los Jeon desde tiempos inmemoriales, leyendas de magia y hechizos que se decía protegían a los de su clan y dotaban a estos de una fuerza extraordinaria. A espaldas del castillo, el lago de aguas azules, donde se oía gemir a las focas y el graznido de las gaviotas. El chirriante sonido hizo que Jimin perdiera la concentración hasta que Taehyung propinó un codazo en su brazo.

Con la arrogancia de su corta edad, ambos se miraron, podían dar un paso más, cruzar el puente e infiltrarse entre ellos. Conocer a los Jeon y luego jactarse entre sus compañeros de juegos de haber estado entre «los hijos del mismísimo diablo», como los llamaba su padre.

—No te atreverás, Jimin, en cuanto lleguemos a la linde del bosque huirás.

Jimin miró a su hermano mayor. Taehyung siempre era el más aguerrido de todos los hermanos, incluso Namjoon, el mayor, le tenía respeto y apenas era un chiquillo de diez años. Era valiente, decidido, y sabía manejar el arco y la daga mejor que muchos guerreros. Jimin había aprendido hacía menos tiempo y admiraba en secreto las facultades de su hermano. Taehyung siempre podía estar entre los mayores y a él lo dejaban en casa con Hee Yeon, cosiendo con la nodriza y sus hermanas pequeñas.

—¡Claro que me atreveré, escupiré a los pies de un Jeon y luego todos tendréis que admitir que ya no soy un niño!

—¡Pero si solo tienes seis años, Jimin!

Jimin frunció los labios en un puchero enfadado, cerró los puños y continuó bajando la montaña a la carrera.

—¡Espera! ¡Jimin! ¡Detente!

Taehyung, al momento, se arrepintió de haber animado a su pequeño hermano y demasiado tarde reaccionó, ya le sacaba un buen trecho cuando escuchó el rascar de patas contra un tronco y el gruñido.

En su enfado y sus ansias de ganar a Taehyung, Jimin no pudo ver al animal que coceaba tras el tronco de un árbol, un jabalí que enseguida levantó el hocico al detectar un olor intruso en su bosquecillo. Demasiado tarde, Jimin se giró al oír la carrera del animal hacia él, miró alrededor, su hermano Taehyung corría también en su dirección. Miró de nuevo al enorme animal a ojos de su corta estatura como si fuera un gigante. Taehyung gritaba intentando que el jabalí fuera a por él, con la daga preparada, y Jimin pensó que, por muy fuerte que fuese su hermano, jamás podría con semejante animal.

Hasta el sol pareció ocultarse para el último aliento de Jimin, empezó a tener frío y pensó que sería mejor recibir al animal con los ojos cerrados. Solo sería un momento y después iría al cielo, donde su madre lo acogería en los brazos y le diría lo tonto que había sido al ir a las tierras de los diablos Jeon. Jimin pensó que en su tumba pondría: «Y así murió Park Jimin, por tonto».

Un sonido hizo cesar en seco la carrera de aquel animal, Jimin había creído sentir el aliento del jabalí y su saliva en las mejillas. Abrió los ojos despacio por si había acabado en el infierno en lugar del cielo, sabía que lo merecía por desobedecer a su padre. Sus ojos azules se abrieron, la luz cegó un instante su visión, el sol había vuelto a brillar. A sus pies, el jabalí yacía muerto, la boca abierta con sus enormes colmillos, y vio la causa de su muerte, una flecha atravesaba el cuello del animal. Un último estertor de vida sacudió al jabalí e hizo que Jimin cayera hacia atrás aterrado.

Algo tapó los rayos de sol que se filtraban entre los altos árboles, se giró, pensando que era Taehyung. El sol hacía sombra sobre aquella figura que permanecía desde la altura mirándolo, los brazos en jarras y el arco en su mano izquierda. Vio como la sombra sacaba una daga de hoja brillante y remataba al animal a sus pies. Después, como si se hubiera dado cuenta de que no estaba solo, la sombra negra tendió su mano hacia él. Una mano cruzada con fuertes tiras de cuero para usar el arco y la espada. Jimin se quedó absorto mirando esa mano grande y poderosa, era la de un chico, pero estaba llena de cicatrices ásperas y callos que indicaban que ya había iniciado su aprendizaje como guerrero. Miró a su alrededor en busca de Taehyung, había desaparecido. Jimin tomó aquella mano, sintió el cuero frío y la fuerza que envolvió sus dedos, así como la firmeza de su dueño.

—¿Niño, qué hacías en el bosque solo?

Al incorporarse, Jimin siguió con la mirada los colores del traje, las tiras de cuero que cruzaban el pecho para sostener el carcaj de las flechas. Levantó la vista hasta mirar el rostro de su salvador, mostraba una herida que debía haberse hecho al correr entre los árboles para poder salvarlo. Contuvo el aliento cuando aquellos ojos negros como sus ropas miraron los suyos. Nunca entre los guerreros de su padre vio un muchacho tan hermoso, parecía salido de los retratos de Canción de caballería, un viejo libro de su madre donde aparecían los caballeros del rey Su Yon. El pelo azabache caía sobre sus hombros adornado con más tiras de cuero, brillaba como si se tratara de las alas de un cuervo. Su rostro limpio de cicatrices y su mentón dulcificado por la belleza de sus rasgos. Excepto la herida abierta hacía unos instantes, donde un trémulo hilillo de sangre caía desde la frente.

—¿Me has oído? ¿Estás solo? ¿Cuál es tu nombre?

Jimin se preguntó si su hermano se habría marchado sin él, abandonándolo a los Jeon. Hizo un puchero y miró el cuerpo del jabalí, aquella podía haber sido su última aventura, su último aliento. El muchacho esperaba con paciencia a que reaccionara y cuando se echó a llorar se agachó a su lado un tanto desconcertado.

—Escucha, no llores, si te has escapado de la aldea te llevaré con tu madre.

Al oír su voz ronca de adolescente y cómo pronunciaba la palabra «madre», Jimin lloró aún más fuerte. El ya no tenía madre. Se abalanzó sobre él y se abrazó a su cuello con fuerza mientras las lágrimas corrían libres por sus mejillas.

—Me has salvado la vida. Soy Jimin.

El muchacho intentó apartar a Jimin, pero parecía tan pequeño y perdido que un momento para consolar al niño no le resultaría demasiado molesto. Él era un guerrero, no podía andar por ahí acunando a niños pequeños.

—Es un nombre bonito, Jimin.

—¿Y tu nombre cuál es? —preguntó Jimin entre hipos.

—Me llaman Jungkook.

«Ah, por eso vestía de negro, por su nombre», pensó Jimin enseguida. La curiosidad hizo que las lágrimas fueran desapareciendo y aflojó un poco la fuerza de su abrazo, el muchacho tenía que estar cansado de estar en cuclillas sosteniendo su peso. Jimin aspiró el olor de Jungkook, olía como su padre y su hermano, a cuero, madera y algo más que le encantó, pero no sabía decir qué era. Se sentía tan protegido en sus brazos que se acurrucó contra su cuello calentito y suave.

—Dime dónde vives, pequeño, te llevaré yo mismo. Tus padres no deberían permitirte jugar tan lejos de la aldea. Este bosque es peligroso.

Jimin arqueó los labios, ahora que el miedo había pasado comprendía que estaba en brazos de un Jeon, un enemigo de su padre. La tela de su capa no era como la de los hombres de su clan. Abrió los ojos y vio a Taehyung colina arriba, tras un arbusto, haciendo gestos para que echara a correr hacia él. «Un momento más», pensó Jimin, le gustaba aquel rostro, la voz del muchacho. Entonces, el chico, al ver cómo fruncía el ceño, suponiendo que pensaba en el castigo que le esperaba, sonrió. Jimin tocó su mejilla como si quisiera atrapar la luz que había provocado su risa y esas rayitas cerca de la comisura de sus labios. Su sonrisa era bonita. Podía ser verdad, que la tierra de los Jeon estaba poblada de seres mágicos y él era uno de ellos.

—¿Sabes, Jungkook? Un día volveré aquí y de verdad te pediré que te cases conmigo por salvarme del jabalí.

Jungkook se echó a reír ante la osadía del pequeño y sus enormes ojos azules abiertos de par en par.

—Tal vez entonces yo sea muy malo, o muy feo y ya no quieras casarte conmigo. Puede que sea muy viejo para ti y ya no quieras cumplir tu promesa.

Jimin se apartó un poco de él y con su manita agarró la barbilla de Jungkook. Perplejo por el gesto del pequeño miró sus ojos azules, color de las profundidades del lago Insa-ri. Nadie había osado nunca tocar al hijo mayor del señor de esa manera.

—¡Oh, sí! Serás guapo, bueno y dulce conmigo. He decidido, Jeon Jungkook, que algún día serás mi esposo.

Jungkook se echó a reír cuando el pequeño, con un movimiento rápido, se escabulló de entre sus brazos como si llevara rato maquinando su treta y echó a correr colina arriba. Se disponía a seguirlo cuando vio a un chico mayor coger la mano de Jimin y correr hacia la cumbre. Jungkook decidió dejar que escaparan, al día siguiente hablaría con sus padres, seguro que eran de la aldea Jeon. Unos campesinos tal vez, ese pequeño tenía en su mirada la candidez de la niñez, una infancia feliz y despreocupada. Negó con la cabeza contrariado, el niño, por muy espabilado que fuese, no debía vagar solo por el bosque. Al llegar a la cumbre, el pequeño se volvió con arrogancia y se despidió con la mano. Jungkook se echó a reír con todas sus fuerzas, hacía tiempo que nadie hacía que un día de caza fuera tan interesante. Jackson, su amigo y compañero de entrenamiento, llegó hasta él y se quedó mirando a los niños correr.

—¿Quiénes son esos pequeños, Jungkook?

—Nadie, solo dos niños traviesos que casi atravieso con mis flechas —contestó como si el encuentro con él no hubiera sido importante, sin embargo, en su mundo serio, lleno de pruebas como el hijo del señor, constantemente forzado a ser el más fuerte y el más diestro, Jimin había arrancado de su rostro una sonrisa.

Al día siguiente, Jungkook se encaminó solo a la aldea, preguntó por aquel niño rubio de ojos azules y grandes. Nadie parecía conocer a Jimin ni a su hermano. Poco a poco, mientras el verano llegaba, después el otoño cambiaba los colores de los bosques y el invierno caía con fuerza sobre Insa-ri, olvidó al pequeño, sin saber que él, siempre que podía, acudía a lo alto de la colina para verlo entrenar en la explanada frente al castillo. Era su héroe, Jeon Jungkook.

Bueno chicas iniciamos una nueva historia, muchas gracias por seguir conmigo.

Nos leemos… Cuídense mucho… Besitos….