Capítulo 1
Con los ojos cerrados, los colores azul y rojo deslumbraban levemente, acompañados por el sonido de sirenas policiales. No había nada que pudiera detenerlo; de repente, el grito de una niña.
Desperté sobresaltado, respirando con dificultad. Mi pecho subía y bajaba, y la transpiración empapaba todo mi cuerpo. Me levanté lentamente. Me sobé la sien y fui a la cocina; con un dolor insoportable en el estómago, empecé a prepararme el desayuno.
Llevé dos platos a la mesa; uno de mi lado y el otro enfrente. Con un nudo en la garganta y una voz casi imperceptible, hablé —Pequeña... Ven... Ven a desayunar.
La respuesta fue un silencio. Era una hermosa casa por fuera, pero por dentro, una tumba llena de fotos. En la mesa, el desayuno estaba rodeado de retratos familiares, un diario del día 22/10/2023, un teléfono y una computadora; además de varios cigarrillos ya consumidos.
Empecé a comer, aunque cada bocado me producía ganas de vomitar. Al mirar al piso, las lágrimas empezaron a caer solas. Solo podía apretar los puños.
Alguien llamó a la puerta, pero no lo escuché. Después de unos minutos de golpeteo, se oyó el sonido de la cerradura abriéndose. En la entrada de la cocina apareció un sujeto.
— Hola amigo— dijo Ricardo; un hombrede29 años, delgado, castaño, vestía con una remera blanca y pantalón largo azul oscuro. Traía unos papeles, pero su cara no presagiaba buenas noticias. Las colocó delante de mí. — Fui a hablar con las organizaciones... y dijeron que no nos ayudaran — Vio como apreté los puños y maldije en voz baja. En vez de bajar la cabeza, puso su mano en mi hombro — ¿Qué haremos? —Ni siquiera lo miré; solo moví la cabeza. Él entendió y se retiró de la cocina —Te espero en el auto.
Al levantarme, agarré los platos y tiré el desayuno a la basura. Me bañé con agua fría; todo el cansancio parecía irse por el desagüe. Luego de vestirme, agarré un recorte del diario. Al salir, el frío del exterior chocó con mi cuerpo; parecía corroer mis huesos. Al subir al vehículo, encontré a Ricardo fumando en el asiento del conductor con la ventana abierta.
—¿A dónde vamos mi capi... — preguntó con el cigarrillo en la boca Sin esperar le entregué el recorte del periódico. Lugar del accidente, Escuela N°312. El director, después de unos días, seguía sin querer entregar cámaras de seguridad para ayudar a encontrar al culpable.
El conductor tiró el cigarro por la ventana y arrancó. Después de unas horas viajando, llegaron y se pusieron a esperar. Eran las 4:30 de la tarde; la dupla pensaba qué hacer para hablar con el director el instituto. —Creo que podemos hacernos pasar por periodistas para que nos de o hable de las grabaciones, en todo caso puedes utilizar tus habilidades de hackeo, ¿verdad?
En silencio, observé la escuela tras el vidrio sucio. Apreté los dientes. — Para hacer eso... necesito internet. No soy un héroe de acción que en menos de cinco segundos te desencripta el Vaticano. Bueno, cuida el auto... espero al menos poder ver las grabaciones — Salí y caminé con un leve temblor. Al entrar a la recepción, me recibió una secretaria de unos cuarenta años. Al verla, la mente se me puso en blanco; solo movía la cabeza siguiendo el movimiento de los labios de la mujer. Respiré para calmar los nervios —Disculpé... el motivo de mi visita es hablar con el director— Sin esperar una respuesta, me fui a sentar. Un niño de 7 años salió riendo junto con su madre, quien le prestaba más atención al teléfono, que a él. — Mami, hoy la maestra nos enseñó a sumar — La madre estaba embobada con su llamada, pero el infante empezó a tironear de su remera — ¿Sabías que cuatro más tres es seis?... ¡Mami, mami, mami!
Sin darme cuenta, una pequeña sonrisa se dibujaba en mi cara, pero en mi pecho sentía una potente presión. Para evitar cualquier inconveniente, me tapé los oídos con pulgares y el resto de la mano cubrió mis ojos. Aun así, por las pequeñas rendijas entre mis dedos podía ver a aquel niño. Apreté los dientes y presioné mis manos contra el rostro.
Pasados unos minutos, la secretaria me indicó que ya podía pasar. El largo pasillo lleno de risas infantes me generaba un dolor de estómago insoportable. Ver a los niños jugando a la pelota y las niñas con sus muñecas me arrancó unas lágrimas que sequé rápidamente con el dorso de la mano. El pasillo fue un suplicio que terminó al subir las escaleras; llegue a una puerta que decía: “director”.
La explosión del silencio en la ante sala hacía que los latidos de mi corazón sonaran como un tambor. El golpeteo inquieto de mis pies incrementaba mi ansiedad. Al girar la cabeza, vi la contraseña de Wi-Fi pegada en la pared. Saqué el teléfono, pero mis manos temblorosas apenas podían escribir. Mi mente no parecía retener una simple letra; tenía que mirarla varias veces. Luego de varios intentos, logré conectarme.
Intenté ingresar a los archivos de las cámaras y, al encontrar la carpeta del día del accidente, puse a descargar el archivo.
—Bien, tiempo de espera... ¿¡40 minutos!? Carajo, no tengo tanto tiempo —susurré. Con cuidado, empecé a desconectar a otros usuarios de la red, todos estudiantes.
— Con eso bajará a... 20 minutos, mejor— Entretener mi cabeza con esta simple tarea, me hizo salir del abismo. Con cierta dificultad y logré calmarme
Un hombre trajeado abre la puerta.
— Ya puedes pasar — dijo con voz cansada y ronca. Representaba unos cuarenta años. Se dio la vuelta y entró de nuevo, dejando la puerta entornada.
Sin apagar el teléfono, entré. El olor a encierro me golpeó de inmediato. Al sentarme frente al hombre que se negaba a ayudar a la policía a encontrar al asesino de mi hija, sentí una rabia casi incontenible. Mis manos se cerraron con fuerza sobre la tela de mi pantalón. Con un suspiro logré controlarme.
—Buenas tardes, señor... Le quería hacer unas preguntas acerca del incidente de unos días.
El director no parecía darle mucha importancia; tenía unos papeles en las manos que casi tapando su cara. Al dejarlos sobre la mesa, suspiró antes de contestar.
—¿Qué es usted, un periodista? ¡ya le dije a los policías y periodistas que no quiero medios aquí! —con frustración, volvió tomar los papeles mientras se agarraba la cabeza.
Mi vista alternaba entre el hombre y el teléfono. La carga el video estaba al 29%.
—Si fuera tan amable de darme alguna información sobre ese día...
Sin prestarme atención, se levantó y abrió un armario. Aprete los labios con disgusto. Dividí la pantalla de mi teléfono: por un lado, el video cargándose, por el otro, la grabadora
—Solo necesito datos para ayudar a la policía a capturar a ese maldito.
— ¿Sabe algo? No quiero. Estoy con el agua al cuello y no quiero cometer un error. Como le dije, ya hablé con todos. El instituto ya tenía mala suerte antes del incidente y ahora tenemos una prensa pésima. Le voy a pedir que se retire.
video descargado al 100%
—Está bien... espero no volver a ver su cara — me levanté y caminé hacia la puerta.
— ¡Espera! ¿¡De qué programa viene!? ¡No me des la espalda!
Sus palabras fueron cortadas por el estruendo de un portazo.
Al salir del complejo, caminé hacia el auto y subí. Mi compañero, con una sonrisa, me contesto
— ¿Y bien? ¿Cómo te fue? Por tu cara... al menos conseguiste el video, ¿verdad?
mi teléfono empezó a reproducir el video. Lo adelantamos hasta el momento del crimen
El video empieza en una noche sin estrellas, el cuerpo de la pequeña yace en el suelo, oculto por la oscuridad. A pocos metros, hay un hombre inconsciente: soy yo.
Mi pecho se oprimía a poco y el aire parece desvanecerse. Aparté la vista de la pantalla, me reflejé en el espejo y, al instante, cerré los ojos y aprete mi cabeza con las manos.
— Respira... Respira
— Tranquilo. Si quieres, puedes ir a tomar un poco de aire; yo me quedaré viendo el video, sé que es mucho para ti— dijo mi compañero, poniéndome una mano en el hombro.
Con una sonrisa agradecida, le cedí el teléfono. Asentí y salí del auto. Al subir a la vereda, empecé a respirar con mayor calma.
En el video, el asesino, una figura delgada, cruzó a la otra vereda. Allí, un sujeto casi choca con él; era un hombre encorvado que caminaba de forma extraña, casi tambaleándose. Al verse a la cara, se comenzaron a hablar; el asesino le entregó algo, se dieron la mano y, acto seguido, cada uno siguió su camino. Pocos minutos después, apareció la policía.
Desde fuera del auto, permanecía con las manos apoyadas en la pared, respirando agitadamente. El ruido de la puerta del vehículo al abrirse y cerrarse me hizo reaccionar. Miré a mi compañero con preocupación
— Lo siento por no poder... ¿Qué descubriste?
— Tranquilo, la pérdida es reciente — respondió él con calma. —Y yo... bueno, tengo estomago para esto. Lo importante es que un sujeto se chocó con el delincuente y parecían conocerse. Habría que ver si ese hombre es de la zona. Si lo encontramos a el, encontraremos al delincuente
—No sé por qué el FBI o la CIA no te contratan; esos detectives se quedarían sin trabajo— con una sonrisa algo adolorida, miré al suelo —. ¿Por dónde empezamos?
Un dúo de mujeres caminaba por la misma vereda: una parecía rondar los cuarenta y la otra era una jubilada. Mi compañero se acomodó la ropa y, con una sonrisa, se acercó a ellas. —Disculpen, damas, ¿Cómo están? Les quería hacer unas preguntas; serán rápidas, luego las dejare en paz.
— Claro, jovencito, le responderemos —dijo la mayor
— Pero que sean rápidas, mi madre y yo estamos con el tiempo justo —añadió la otra.
— Por supuesto. Estamos buscando a un sujeto y necesitamos su ayuda: un nombre, si vive en el barrio... algo —Sacó mi teléfono, les mostró la figura del jorobado—. Siento si no se vea mucho,
—Mmm... lo siento, yo no lo conozco ¿y tu mama?
— Yo no sé qué habrá hecho ese pibe ahora, pero no nos vamos a meter. Que la policía lo resuelva —sentenció la anciana.
Las mujeres se alejaron rápidamente hacia la avenida
—Muchas gracias damas —exclamó él antes de regresar conmigo y apoyarse de nuevo en la pared.
— ¿Y bien? ¿Cómo te fue? ¿Hiciste amigos? — le pregunté con ironía.
— Si la gente no nos responde, no vamos a avanzar mucho. Pero parece que este “chico” es problemático y conocido— comentó mi compañero justo cuando una pareja salía de un local.
— Voy a preguntarle a los de la tienda, suerte con la pareja.
Mi compañero se dirigió a ellos, yo entré al negocio. Una señora de casi setenta años estaba tras el mostrador tomando mate
— Buenas tardes, señora. Estoy buscando a alguien y me encantaría que...
— Lo siento, no quiero meterme en quilombos —me interrumpió sin mirarme—. Si no va a comprar nada, tenga un buen día.
Me acerque a ella con desesperación
—Señora, le suplico... El hombre al que busco me arrebato... No— Le tomé las manos con firmeza—. Esta persona conoce al delincuente que mató una parte de mi. Solo véalo, se lo suplico.
Apoyé el teléfono en el mostrador con la imagen del jorobado. En ese momento, mi compañero entró al local
— no hubo caso amigo ¿tuviste suerte?
La señora, al ver la foto, apretó los dientes. Miró a mi compañero con severidad.
—Cerra la puerta querida
Él obedeció de inmediato. Ella soltó un suspiro y habló con voz cansada:
— El chico de la imagen tiene diecisiete años. Abandonado por los padres, criado por la calle, rodeado de vagabundos, ladrones y drogadictos. Me rompía el corazón verlo tirado en el piso; lo veía como si fuera mi hijo. Le di trabajo y por un mes ayudó como repositor, pero resultó que me robaba. Yo... se lo perdoné, pero tuve que echarlo. Ronda por acá, afanándole a las madres, a los abuelos y a los nenes en la puerta del colegio. Entra y sale de la comisaria. Les puedo dar la dirección de los padres, pero casi nunca está ahí
Con una mueca que intentaba ser una sonrisa le dije
— Gracias ¿algo para poder reconocerlo?
La mujer se tomó unos segundos para pensar.
— Aparte de la joroba, tiene un moretón en el ojo izquierdo. Les recomiendo que pasen por esta zona mañana temprano, tipo seis. Ya es muy tarde para que ande por acá
Saqué mi billetera y puse diez mil pesos sobre el mostrador.
— denme un pebete y una gaseosa, quédese con el cambio —Mi compañero hizo lo mismo.
Al salir y subir al auto, nos quedamos comiendo en silencio.
— sabes, habar que encontrar a ese desgraciado, pero ¿como? —pregunté.
— Primero hay que comer con calma; no podemos tomarnos las cosas personalmente. Mañana
Al día siguiente, llegamos al colegio. Eran las cinco y media de la mañana y el sol apenas asomaba en el horizonte. Ricardo se encontraba en el asiento del conductor tomando mate; el sonido de la bombilla cuando se acababa el agua era lo único que rompía el silencio.
De pronto, un sujeto encorvado doblo la esquina. Parecía cojear, llevaba una capucha que le tapaba la cabeza y unos pantalones gastados y muy sucios.
Ricardo guardo todo rápidamente. Agarró las lleves del auto, pero las cambió por unas que tenían la punta rota
—Bueno, amigo, espero que el plan salga bien. Tres, dos, uno...
Justo cuando el joven pasó por al lado del vehículo, Ricardo salió, dejando las llaves “olvidadas” en la cerradura de la puerta.
El jorobado vio que Ricardo, con algo de prisa, se dirigía a la panadería. Al mirar de reojo hacia el, vio las llaves. Parecía un error, un descuido, pero para un ladrón era una oportunidad. Frenó en seco, retrocedió y abrió la puerta; se sentó con brusquedad y metió la llave en el tambor de arranque.
Solo se escuchó raca-raca-raca-raca
—Vamos, vamos... Maldita porquería— gruñó
Parecía un robo más, pero de pronto sintió un peso en el hombro, como agujas clavándose en su carne. Al mirar por el retrovisor, encontró unos ojos sin alma. A su derecha, una sombra que se abalanzó hacia adelante; parecía empuñar una espada de justicia
—N...no... yo, esto... yo— balbuceó el joven
Esa espada sin filo golpeo su cara. El peso de sus pecados caía sobre él. ¿Era aquella sombra el ángel de la muerte? Cada golpe parecía astillarle los huesos. Intentó cubrirse, pero fue inútil; con apenas dos impactos, sus muñecas cedieron. Sus costillas parecían perforarle los pulmones y la mandíbula se le desencajó. El ángel no se guardaba nada.
antes del último golpe, una fuerza monstruosa lo sacó del auto hacia la izquierda. cayó al suelo. Unas garras lo levantaron y, en su agonía, los vio a unos metros, eran sus víctimas, aquellos a los que había golpeado y amenazado para robarles. Las lágrimas brotaron de sus ojos
—¡Ayuda, por favor! ¡me va amatar! —suplicó con la voz rota.
Sin sentir lástima, ellos no hicieron nada; simplemente le dieron la espalda, abandonándolo a sus gritos.
—¡Ahhh! ¡Malditos!
sombra bajó del auto, levantó la espada y, de una estocada, todo se oscureció.