Capítulo uno - La Ciudad que Nunca Duerme
Un eco sordo en su cabeza le indica que ya ha experimentado esto antes. Corre incansable en la oscuridad, una oscuridad que no logra ocultar aquello que la persigue: un ente aterrador envuelto en misterio y desconocimiento.
¿Son acaso personas? No, algo está mal. Parecen bidimensionales, chatos, como el boceto de una figura humana, que así y todo imponen algo parecido a un temor ancestral. No puede gritar, solo los observa. De repente es una espectadora y la escena parece una obra de títeres, puede verse junto a las criaturas de vacío negro, que se contorsionan a su alrededor hasta casi tocarla, y guiados por cuerdas, caen uno encima de otro.
El aturdimiento la envuelve como una manta fría y pegajosa, dejándola sola en el silencio y la paz de su habitación, preguntándose si cabría la posibilidad de que esos seres aún la acecharan desde algún rincón oscuro de su alma. El miedo resulta ensordecedor, su respiración está agitada y junto a los latidos de su corazón se hace imposible intentar percibir cualquier sonido externo.
Más temprano que tarde volverá a dormirse en su cama, es primavera y el frío no es tan crudo. Pronto, en unas horas va a estar desayunando chocolatada con medialunas sin pensar en monstruos raros de otra dimensión.
Los años vienen y van como las nubes que recorren el cielo tras una tormenta, y las pesadillas recurrentes se desvanecen, reduciéndose a destellos del pasado.
La adulta Orion ha logrado convencerse de que este mundo puede ser extraño a veces, incluso injusto, pero está limitado por sus propias leyes de las que nada escapa a una explicación.
Ya no recordaba realmente nada de esos terrores nocturnos, y algún vago recuerdo sería interpretado como un producto de su imaginación, mientras se esforzaba más en intentar aprender los conceptos que tenía apuntados en su cuaderno. Se repetía una y otra vez lo que leía pero no conseguía hacer funcionar las neuronas, estaba muy estresada y necesitaba preparar los mates ya. Recargar energía es vital para poder estudiar. Mientras esperaba que el agua alcanzara la temperatura justa, su mente divagaba, incapaz de concentrarse. No era solo el contenido del cuaderno lo que la agobiaba, sino la sensación constante de estar corriendo contra el reloj. El día parecía siempre insuficiente, dividido entre las clases, el trabajo, y esos momentos en que su cabeza pedía un respiro que nunca llegaba.
Se preguntaba cómo lo hacían los demás, esos compañeros que parecían sobrellevarlo todo con más soltura, o al menos eso mostraban en sus redes sociales. Las historias estaban llenas de fotos de mates compartidos en grupos, o de algún descanso en el parque, como si el tiempo se estirara para ellos. Para Orion, sin embargo, todo era una lucha contra la fatiga que parecía ser la constante en la vida universitaria.
A veces Orion pensaba en su madre, en cómo había logrado construir una vida en medio de los bosques, lejos del bullicio y la presión. Pero sabía que para ella ese no era aún el camino. Tenía que seguir, cumplir con sus objetivos, aunque a veces el precio pareciera ser su propia tranquilidad.
Tomó la bombilla, dando un primer sorbo al mate que al menos le brindaba un pequeño consuelo. En el fondo, sabía que no estaba sola en esa batalla diaria. El murmullo de la ciudad la envolvía desde la ventana entreabierta, recordándole que miles de jóvenes como ella estaban en la misma situación, lidiando con trabajos mal pagados, horarios agotadores y la expectativa constante de un futuro mejor.
Sabía que el esfuerzo era necesario, pero a veces se preguntaba si realmente valía la pena. ¿Cuántos más como ella se sentían atrapados en un ciclo sin fin, donde el éxito parecía siempre un paso más allá?
Se levantó, estirando los músculos entumecidos por tantas horas de estudio. Sabía que no tenía opción, que debía seguir adelante, pero esa sensación de estar al límite era algo con lo que tendría que aprender a vivir.
Acaba de cumplir 23 años, tres del momento en que se encontró por primera vez con la capital de su país; por aquel entonces fue su prioridad adaptarse a esa tensión y apuro constante que se respiraba en Buenos Aires, y su victoria al lograr tal adaptación era algo de lo que se jactaba luego de unas cuantas presiones, no sin algo de pudor, consciente de que sus compañeros solían ser victimas del stress del primer año de la transición pueblo-ciudad. En general, no le gustaba regodearse de lo que consideraba un asunto íntimo y que no tenía por qué ser del interés de terceros.
Finaliza la época de exámenes universitarios, y mientras las chicas cuchichean entre sí sobre sus planes de salidas a boliches o visitas a sus familiares, ella reflexiona y medita al respecto con su novio, quien trama sus propios proyectos para pasar sus vacaciones con amigos. Tomás estaba emocionado por el viaje planeado con sus amigos. Se habían alquilado una cabaña en la costa, donde pasarían los días entre la playa y salidas nocturnas.
-Te voy extrañar- dijo Tomás, mientras la abrazaba suavemente en el sillón del departamento-. Pero sabés que necesitaba este tiempo con los chicos, ¿no?
-Obvio-respondió sonriendo con sinceridad-. Te va a hacer bien desconectar un poco. Cuidate, y llamame de vez en cuando.
Orion le dio un beso, sintiendo la calidez en su respuesta. Cada uno respetaba los deseos del otro, sabían que este viaje solo fortalecería lo que tenían.
Después de despedirse de Tomás y desearle un buen viaje, Orion se quedó sola con sus pensamientos. Por fin se sentía libre de ataduras, y ahora, comenzó a pensar en sus propias vacaciones. La idea de regresar a su pueblo natal, aunque siempre presente en su mente, había tomado un nuevo sentido en los últimos días. Recordaba con nostalgia los días en los que solía caminar por el bosque, perdiéndose en el silencio sólo interrumpido por el canto de los pájaros. Era un contraste radical con su vida en Buenos Aires, donde todo parecía moverse a una velocidad que a veces la dejaba sin aliento.
Podría resumirse que la comunicación entre madre e hija era escasa, por no decir casi nula. Era consciente de que ambas habían fallado en mantener una relación más cercana. Su madre, siempre ocupada con su trabajo y sus propias preocupaciones, y ella, demasiado absorbida por los estudios y la vida en la ciudad, habían dejado que el tiempo y la distancia erosionaran el vínculo madre-hija.
En su defensa, Orion sabía que invirtio todo de sí para mantenerse al día con sus responsabilidades académicas. No había conflictos reales detrás de su distanciamiento, pero sentía que era el momento de cambiar las cosas, de hacer la visita que le debía hace rato.
Se sentía bien volver a respirar los aires frescos del bosque patagónico, los aromas conocidos regresaban con una intensidad impactante, disfrutando lo que la naturaleza le daba.
La idea de reencontrarse con su madre y con los recuerdos de su infancia llenaba su corazón de una mezcla de ansiedad y esperanza.
Allí se encontraba la figura de Alba, ahora ex veterinaria, la que había encontrado un nuevo propósito en la vida. Orion se sentía tranquila al saber que su madre parecía llevar una agenda bien organizada, ocupada en sus quehaceres diarios atendiendo a los animales que rescataba.
No le exigía mucho a sus pagos, básicamente era su refugio donde los días le permitían encontrarse consigo misma, recordando las aventuras vividas allí junto a sus amigos, hacía décadas atrás...o al menos, esa era la sensación. El tiempo parecía avanzar cada día más rápido en la adultez.
No se olvidaba de sus primos, que eran tan joviales y atentos que a su lado, ella parecía tímida en comparación. Casi se lo creía cuando le ofrecían regalos y comida sin parar (en el fondo realmente no le ofendía recibir esa calidez familiar) así que se quedaba unas horitas de más si le insistían con que era ya muy tarde para volver hasta su casa (unas quince cuadras, o un montón de kilómetros según la métrica pueblerina).
Pero no solo estaba la familia de quien ocuparse, anhelaba reconectar con sus amigas de toda la vida; serían las encargadas de transmitir los nuevos chismes que se había perdido. Era el estilo del campo, a pesar de estar permanentemente conectadas gracias a los celulares, la transmisión de novedades locales seguía siendo cosa del boca en boca, la charla de frente mientras compartían la hora del mate. Enterarse del drama local le llevó dos días enteros.
Cuando el cuerpo le pedía un descanso después de tanta actividad, en casa dormía, por supuesto, en su antigua habitación. Algunas noches soñaba con los monstruos alargados que tanto la habían acosado muchos años atrás.
Aunque al despertar no recordaba nada de lo soñado, se veía invadida por una ligera confusión al abrir los ojos: naturalmente, todo había cambiado. Las paredes ya no estaban forradas con empapelado infantil, la pintura beige hacía juego con los tonos blancos y madera de las sabanas y muebles. La humilde pantalla del techo había dado paso a una araña dorada símbolo de la reciente remodelación. La sensación de lo desconocido seguía acechando en la penumbra de su habitación.