School Ring
Pasillos húmedos. Puertas y telarañas. Pasos reverberantes. Todo a oscuras. Un hondo palpitar se aproxima. Números, letras, rumores, risas, timbre. Andaba el miedo de perpetrar todo. Andaba la caricia de algo insensato, deshonesto, promiscuo. Divisando los puntos de marihuana cerca de los baños.
Ese olor a jazmín contrarrestaba al humo del cigarro de Mrs. Gómez, la “teacher”. Desparpajo de sentirme caluroso por dentro. Desamparo de malcriar demonios. Todo era excusa para un segundo más en mi mente. ¡Ay, si tan solo bajara Zeus y con un rayo pulverizara esta calentura!
Suavecitas, así eran esas caderas. Firmes, así eran los muslos. Rico, así fue siempre tu misterio de la creación. Y es que esa biblioteca, en la que nadie estaba, representó nuestra erudición del sexo, conociéndolo muy poco. Y así Cortázar y la Maga. Y así Poe y Leonora. Y así Neruda con su noche estrellada. Todos ellos testigos de nuestros vendavales.
Era esa esquina del colegio donde nadie se percataba de que todavía se podía vivir. De que pensábamos, de que respirábamos, de que sudábamos, de que vivíamos, de que éramos sin ataduras. No se condena nunca si se tiene esperanza. No se teme si se tiene coraje. No se ama, a veces, pero no era nuestro caso.
Te dije por primera vez “te amo” en la enredadera del patio. Te hice una corona de flores. Tu sonrisa era blanca y taciturna. Tus mejillas como almejas con dos piedras preciosas como hoyuelos. Pero un día ya no te vi más. Los rumores parecían ser ciertos. Ibas a hospitales y andabas sin cabello.
Una vez me contaste que querías ser mamá y es algo irónico porque la amputación llegó para impedírtelo. No había Dios que me convenciera. No había libro que me saciara. Todo me recordaba a vos. Dejé el colegio para hacer una nueva vida. Allí no había ningún rincón que no fuese nuestro.
La última vez que te dije te amo, te llevé una corona de flores. La tiré cerca de tu lápida y sentí la tierra con mis manos húmedas y con cierto olor a jazmín. Íbamos juntándonos y el calor volvió. Sentí el cajón y me desplomé. Me costó horas levantarme y entender a ciencia exacta lo que había pasado. Los cursos de tanatopraxia funcionaron. Ahora te miro en tu féretro de cristal y desando pasiones con tu recuerdo.
Y abro los ojos y la escuela. Y cierro los ojos y la biblioteca. Y dormito con el jazmín y el cigarro. Y me maravillo a lo Cortázar. Y enloquezco a lo Poe. Y lamento entendiendo cada vez más a Pablo Neruda. No sé por qué todavía mi adolescencia adolece.