~ Pijamada.
— Satoru, debo volver a casa, mi madre se preocupará de nuevo.— decía con un tono tranquilo, buscando que el menor lo entendiera.— Sabes bien que volveré mañana para jugar contigo, pero hoy ha sido suficiente, la noche se acerca.— era peligroso que un niño anduviera solo por ahí.
— Un poco más, por favor... te prometo que después me iré.— pedía, aferrándose con fuerza a más ropas ajenas.
— Me dijiste lo mismo la última vez y no cumpliste tu palabra.— cerró los ojos un momento, recordando aquella ocasión.— Tuvo que venir uno de tus sirvientes para llevarte de regreso.— la primera vez que vio al menor llorar.
Con quince años de edad, Itadori se veía envuelto en una situación muy extraña.
Por casualidades del destino conoció a Gojō Satoru, un cachorro de Leopardo que ni siquiera vivía en el mismo vecindario.
Tras haber huido de casa, el niño vago por la cuidad durante horas, hasta llegar a un parque que logró llamar su atención de inmediato.
Las cosas habrían salido bien, de no ser por la manada de Hienas que comenzó a molestarlo, robando su dinero y dándole algunos golpes.
Apareciendo en escena para salvar al pequeño desconocido, Yūji no dudó ni un segundo en intervenir, asustando al resto con su increíble fuerza.
~ ¿Estás bien?
Fue la pregunta que le hizo, antes de sentir como los brazos ajenos se enredaban alrededor de su cintura.
~ Gracias.
Le susurró, mientras buscaba ocultar su rostro por la vergüenza.
Desde entonces eran inseparables, Satoru visitaba el mismo parque todos los días, deseando encontrarse con aquel Tigre que lo salvó.
Iniciando así con una amistad, que para Gojō representaba algo más en el interior, pero que no era capaz de mencionar.
— ¿Por qué no me quedo a dormir en tu casa?— tuvo una brillante idea.
— ¿Qué?— se sorprendió, dirigiendo su vista al peli blanco.
— ¿Acaso no me quieres tener cerca?— mostró una expresión triste.
— No es algo que yo pueda decidir fácilmente, no sólo mi mamá está en casa, también papá y mis dos hermanos mayores.— el lugar también era muy pequeño.— Además, no sabemos si tus padres estén de acuerdo, ni siquiera me conocen.— era absurdo dejar que su hijo durmiera en la casa de un extraño.
— No te preocupes por ellos.— sonreía.— Puedo llamar y decirle a Ijichi que venga por mí en la mañana.— no quería decirle la verdad.
Sus padres estaban tan ocupados con el trabajo, que apenas y lograba verlos una vez a la semana, si es que no estaban de viaje en el extranjero.
Desde muy pequeño, Satoru fue criado por distintas personas, aunque lo sabía muy bien, ninguno de ellos se preocupaba por él.
Mientras que, con Yūji se sentía realmente feliz.
— No me parece buena idea.— sin importar por donde lo mirase.
— Vamos, sólo será esta vez.— en el fondo esperaba que no fuera así.— Me voy a portar bien y no le daré problemas a tu madre, lo prometo.— quería dar una buena impresión.— Incluso puedo dormir en el suelo de tu habitación para no incomodar a nadie.— lo cual era bastante extremo para él.
Pero no le importaba, con tal de quedarse a su lado.
— Esta bien.— no podía contra el menor.— Te llevaré conmigo y hablaré con mi mamá, pero si ella no está de acuerdo entonces llamaré a tu niñero para que venga por ti.— debía ser lógico.
— De acuerdo.— sus ojos brillaron como nunca.
— En ese caso, camina por tu cuenta.— dijo al bajarlo.— Eres pesado para ser tan pequeño, no puedo llevarte así hasta allá.— sintió un gran alivio.
Lo que Yūji no sabía es que la masa de su cuerpo se debía al tipo de especie al que pertenecía.
Tomados de la mano y con pasos lentos, ambos menores se dirigían de regreso a casa, charlando sobre cosas monótonas y sin sentido alguno hasta llegar.
— No lo sé.— la duda estaba sobre Kaori.
— Por favor, mamá, sólo será esta vez.— pedía el menor peli rosa.
— Soy un buen niño, señora Itadori.— se defendía.
— No lo dudo, querido.— suspiro.— Yūji me ha hablado muy bien de ti, que ya hasta siento que te conozco de toda la vida, pero me preocupan tus padres.— como madre no se imaginaba actuando de esa forma, permitiendo que sus hijos durmieran en la casa de un completo desconocido.— ¿Al menos saben que estás aquí?— preguntó.
Consiguiendo que Satoru se pusiera más blanco de lo que ya era.
— Bueno...— titubeó.— puedo llamarles.— sonreía con nerviosismo.
Formando un incómodo silencio en el lugar.
— Lo siento, pero no estoy de acuerdo.— lo pensó mucho.— Quizá puedas quedarte en otra ocasión, cuando tus padres lo autoricen personalmente.— no correría ese riesgo de meterse en problemas.
Sobre todo porque sabía quien era el menor.
Gracias a su extraño albinismo y las manchas en su cola, Kaori pudo darse cuenta que se trataba de un cachorro de Leopardo.
Una especie difícil de encontrar y que vivía principalmente en las zonas altas, residencia de personas con mucho más dinero que vida para gastarlo todo.
Lo último que buscaba era ganarse un problema con personas como esas.
— Vamos, querida, no seas así.— al ver que los niños estaban en problemas, Jin, el padre de Yūji, intervino para suavisar el ambiente.— Los niños sólo quieren pasar una noche aquí, incluso consideraron pedir tu permiso primero.— sonreía, abrazando a la mujer por detrás.
— Lo se, pero.— no logró terminar.
— Es un invitado especial de Yūji, no podemos echarlo así nada más.— le dio un beso en la mejilla, era bueno para convencerla.— Yo hablaré con los padres del pequeño más tarde para decirles que esta aquí con nosotros.— decía.
— Esta bien.— suspiro derrotada.— Pero, tú y yo tendremos una charla muy seria después jovencito.— debía advertirle sobre el tipo de personas que podrían ser ellos.
— Gracias, mamá.— la abrazo.
— Bien, no se queden allá afuera.— permitió el paso.— Vayan a tu habitación, les llamaré cuando la cena este lista.— mencionó.
— De acuerdo.— el pelo rosa obedeció de inmediato, tomando la mano del pelo blanco para guiarlo hasta allá.
Bajo la atenta mirada de los mayores, quienes, divertidos y preocupados por la situación, se preguntaban que tan buena idea era permitir que estuvieran juntos.
~ Rody.








