Llorando a la luna

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Summary

En el vasto y desde hace unos años, gélido bosque de Leuksna, donde el pelaje oscuro es primordial, nace Arya, una loba albina cuya existencia es considerada un mal presagio y portadora de la desdicha. Cuando su padre, el jefe de los Nevian, muere, es culpada de la desgracia y obligada a huir para salvar su vida. Aria empezará a vagar por el mundo en busca de un lugar al cual pertenecer, cruzando su camino con Kieran, un lobo grande y gris que decide darla una oportunidad para mostrar su valía aceptándola en la manada, donde no todos los lobos estarán de acuerdo. Arya, quien ha olvidado su forma humana, hará frente al infortunio que es haber nacido diferente, enfrentándose a su destino oscuro y lleno de obstáculos, donde su vida peligra a diario y donde podrá demostrar, por fin, que su diferencia no es una maldición, si no un don.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

1.

La noche en la que nací, cayó una enorme nevada que volcó gran parte de los árboles del bosque en el que habitábamos, obligando a la manada a moverse en busca de un nuevo hogar. Fue una noche especial, no solo por el fenómeno atmosférico nada común en aquéllos páramos, si no por el eclipse lunar que se dio aquella madrugada. Conforme fui creciendo, descubrí que yo era diferente, pero no fue hasta la muerte de mi padre, que realmente entendí el costo de mi diferencia.

Mi nombre es Arya, y soy una loba albina, de hecho la única loba blanca de mi especie. Mi condición siempre me ha hecho destacar, y no de una manera positiva. En una mundo donde la oscuridad del pelaje es primordial, soy vista como un mal presagio. Mi padre, el jefe de la manada, siempre me protegió, puesto que nadie dudaba de sus decisiones, ya fuese por miedo o lealtad, lo que me mantuvo a salvo durante dieciocho años, pero no fue suficiente para que me aceptasen, y mucho menos para crecer sin sentirme una paria, un error, un bicho raro que no pudo ir de caza con el resto, o simplemente jugar en los alrededores con los demás lobeznos, siempre a la vista de unos padres sobreprotectores que lo único que intentaban era mantenerme a salvo. Pero cuando él murió, una diana enorme se empezó a dibujar en mi frente.

Aunque mi madre me mantuvo lejos de las opiniones que aglomeraban el bosque, los lobos susurraban entre ellos lo suficientemente alto para que mis oídos desarrollados escuchasen que yo era la causa de su muerte, que mi nacimiento había traído la mala suerte que lo llevó a su final, y que si me seguían manteniendo allí, traería la desdicha al resto de la manada a la que en algún momento, llegué a considerar familia. La noche en la que murió, tuve que huir. Recuerdo el miedo en los ojos de mi madre mientras me empujaba hacia los límites del territorio. 

—Corre, Arya, corre hasta que tus patas no puedan más —susurró desesperada cuando los aullidos de rabia y odio acumulado se volvieron ensordecedores—. No dejes que te encuentren, y no te fíes de nadie.

Y así lo hice. Corrí sin mirar atrás, con el rostro repleto de lágrimas y un corazón roto no solo por la pérdida de mi padre, sino también por no haberme podido despedir de él. Nunca me perdonaría por marcharme sin dedicarle un último adiós, aunque si me hubiese quedado un minuto más, me habrían arrancado la cabeza del cuerpo, disecándola para ponerla a la entrada del campamento como un trofeo, pero quizá, ese era el final que me merecía por ser tan cobarde y no luchar con todas mis fuerzas como cualquier presa hace antes de que su cazador le aseste el último golpe.

Desde entonces, he vivido dando tumbos por el mundo, sola. Cada noche, aúllo a la luna mi tristeza entre sollozos. Anhelo pertenecer, ser aceptada, encontrar un lugar donde no ser temida ni odiada por lo que soy.

Pero esta noche, algo es diferente. La sensación de peligro que hace temblar mis patas, se instala en mi pecho, haciendo bombear mi sangre y martillear con frenesí mi desdichado corazón para agudizar mis sentidos y mantenerme alerta. Un escalofrío recorre mi espina dorsal, una sensación de que algo, o alguien, me está buscando. ¿Es mi manada, finalmente, viniendo a terminar lo que empezaron y darme muerte?

Levanto la cabeza hacia la luna llena, dejando que mi aullido, que sale desde lo más profundo de mi ser y me desgarra la garganta, resuene en el bosque. Es un grito de guerra, una señal de que, aunque repudiada, aún tengo el espíritu de la loba en la que me convirtió mi padre. Tengo que ser valiente, o al menos parecerlo, si quiero seguir buscando mi hogar. Estiro las patas a ambos lados de mi torso, clavando las uñas en el pasto verde y enseño los dientes, gruñendo.

El sonido de mi aullido se pierde entre los árboles, pero la respuesta no tarda en llegar. Otro aullido distante, bajo y gutural, se desliza por el valle en el que decidí instalarme esta mañana, cargado de rabia, amenazante. Mis patas tiemblan ligeramente, no solo por el frío que comienza a traspasar mi pelaje, sino por el miedo profundo que se apodera de mí.

Decido olfatear el aire, sin reconocer el olor que llega a mi hocico y echar las orejas hacia atrás. Doy varios pasos, alzando la cabeza altivamente como si el terror no me estuviese carcomiendo por dentro, bien sabido tengo que lo primero que huelen los cazadores es el miedo de sus presas. Me detengo cuando el crujir de las hojas bajo las patas de algún animal nocturno me indican que está más cerca de lo que creía, y que realmente, lo que busca esa enorme figura que emerge de entre las sombras, es a mí.

Es un lobo, tres palmos más grande que yo, pero no uno de mi manada. Huele a pino fresco y a humo, y su pelaje, en el cual se aprecian pequeñas cicatrices, es gris oscuro con tonos plateados, donde contrastan unos ojos azules que brillan con una intensidad que me hace dudar, ¿amigo o enemigo? Sigue su andar sosegado hasta que se detiene a unos metros de mí, observándome con una mezcla de curiosidad y desconfianza. No sé si debo atacarle o simplemente esperar. ¿Esperar a qué? ¿A que me arranque el corazón del pecho y se lo coma? Durante un instante eterno, solo nos miramos, como si las palabras no fuesen necesarias y simplemente estuviésemos midiendo nuestra ferocidad.

—¿Quién eres? —logro preguntar con la voz temblorosa, dándome cabezazos imaginarios porque mis palabras reflejen el miedo que me embarga por dentro.

El lobo no responde de inmediato. Se limita a inclinar la cabeza, como si estuviese evaluando mi presencia. Finalmente, sus belfos se separan, y su voz grave rompe el silencio de la noche solo manchado por el viento feroz que se empieza a formar.

—No soy tu enemigo, pero tampoco eres bienvenida aquí, Arya. El bosque tiene sus reglas, y tú has roto una de ellas al venir tan cerca de nuestro territorio.

Me sorprende que conozca mi nombre. ¿Cómo lo sabe? ¿Ha sido enviado para darme caza, o es algo mucho peor? ¿Y de qué reglas está hablando? Solo quería un lugar tranquilo en el que pasar el invierno y proseguir mi camino ya entrada la primavera.

—¿Cómo sabes mi nombre? —pregunto, desconfiada, volviendo a enseñar los dientes con ferocidad.

El lobo da un paso adelante, y yo doy otro hacia atrás, hasta que su mirada se suaviza ligeramente, y me detengo en seco. 

—He oído hablar de ti. De la loba albina que trae desgracias y mala suerte. De la hija del jefe de los Nevian, que ahora vaga sola, sin una manada.

No puedo evitar sentir tristeza en su tono, el cual no está cargado con rechazo, ni odio, mucho menos de asco, aquel al que me he acostumbrado a base de golpes durante mi corta existencia.

—¿Qué quieres de mí? —inquiero, con la voz más firme, aunque aún temblorosa.

—Solo quiero saber por qué has venido. ¿Qué buscas aquí, tan cerca de mi territorio? —responde con su mirada clavada en mí.

Aprieto los caninos, dubitativa. ¿Qué busco yo, realmente? ¿Venganza, aceptación, un hogar? Respiro hondo, sin saber muy bien qué responder. Odiaba a mi manada en un pasado, pero tampoco les deseo un final atroz y doloroso, al menos, ya no. No cuando mi padre se había dejado el pellejo por ver prosperar a una manada que nunca me aceptó por mucho que él lo intentase durante años, años en los que pudo criarme como el mejor padre que había existido en todo el territorio de Leuksna. Y aunque no viví ajena al odio y el asco que todos me procesaban, sí pude vivir una infancia feliz en compañía de él y de mi madre.

—Busco entender por qué mi propia manada me quiere muerta. Y quizás, solo quizás, un lugar donde no tenga que huir cada noche, ya que este dichoso valle tampoco puede ser ese sitio.

El lobo asiente lentamente, dando vueltas al rededor de mí. 

—¿Cuánto tiempo llevas sin dejar salir a tu forma humana?

Un nudo se me instaura en el corazón y en el estómago. ¿Mi forma humana? Es verdad. De pequeña solía coger flores en los alrededores del campamento, pero hacía tanto tiempo de aquello que mi mente lo había mandado al exilio, como si solo existiese la bestia y no poseyera nada de humanidad.

—No hace falta que respondas —dice moviendo su cola de un lado a otro—. Escuché que cuando un lobo blanco pierde su manada, también pierde su forma humana, pero nunca conocí a nadie que pudiera corroborar esa leyenda.

—¿Lobo blanco? —pregunto agachando la cabeza—. ¿Eso quiere decir que vosotros no la perdéis?

Niega agachando las orejas, estirando sus patas y aullando a la luna. Lo que contemplo ante mí me horroriza y causa curiosidad a partes iguales. El lobo se retuerce, como si se le partiesen todos los huesos del cuerpo, pero no parece dolerle, su rostro sigue impasible, como si no pudiese sentir el crujir de los cartílagos que retronan en mis oídos. Poco a poco va perdiendo el pelaje, haciéndose un ovillo en el suelo hasta quedar completamente desprotegido. Me acerco a paso lento hacia él, olfateando el rostro del lobo que ahora tiene apariencia humana.

—Buena chica —Alza la mano hasta la parte alta de mi cabeza, pasando su mano por mi pelaje.

Me quedo estática ante el tacto. Es reconfortante. Me causa una felicidad y una tranquilidad que no he experimentado antes, y si lo he hecho, ya no lo recuerdo. Muevo inconscientemente el rabo, viendo como se incorpora para poner sus dos manos detrás de mis orejas, sin dejar de acariciarme, y aunque intento separarme para que cese, no puedo, ese simple gesto me ha nublado la mente y los sentidos de supervivencia que con tanto esmero he cuidado estos últimos años. Cuando se pone completamente de pie, lo observo maravillada, con la respiración entrecortada. Mide alrededor de 1.90 metros, su torso, completamente desnudo y musculoso, está marcado por pequeñas cicatrices que pasan casi inadvertidas sobre su piel oliva. Tiene el cabello gris oscuro, con finas mechas plateadas que caen sobre su frente de manera rebelde. Bajo la mirada hasta su miembro, el cual tiene completamente erecto, y cuando levanta las cejas, abriendo ligeramente sus ojos azules, doy un pequeño salto hacia atrás, avergonzada. Es la primera vez que veo un humano en mucho tiempo, pero nunca antes había visto uno completamente desnudo.

—Hoy va a haber una gran ventisca —sonríe mostrando una dentadura completamente blanca, con unos caninos ligeramente más largos y afilados—. Ven conmigo a resguardarte al menos esta noche, y conoce al resto de lobos. Y sí decides quedarte, tendrás que ganarte tu lugar.

Muevo la cabeza de un lado a otro, notando como mis extremidades se tensan, y sin pensarlo dos veces, corro. Corro como cada noche desde que dejé de tener un lugar, recordando las palabras de mi madre. No iba a caer en la misma trampa dos veces. Yo no tenía un lugar, y por mucho que me doliese, jamás lo tendría.


—Joder, Arya. —Escucho la voz del lobo gris en la distancia, para luego sentir su olor embriagador siguiéndome muy de cerca.