1. Estigma
Mandy no entendía a su Amo. Los Amos eran seres inescrutables para ella, tanto o más que los Dioses mismos para ellos.
Mandy acababa de dar a luz a un cachorro, tal como el Amo había querido desde que ella tuvo uso de razón. Claro que el pensamiento de un dogo no era el de un Amo, según entendía ella.
Su cachorro era perfecto, de un lustroso color negro fuego, ojos azules e iba a ser muy grande, más que ella, si el tamaño de sus pezuñas quería decir algo. Lo único que no era muy de dogo, a su entender, es que su carita era algo más triangular de lo que el Amo quería. Pero era lógico si su padre era un lobo, y no uno cualquiera, un lobo enorme y negro con los ojos ámbar más bonitos que ella había visto en su vida.
Y ella ya era vieja para ser un dogo. Tenía diecinueve años, y aunque se sentía bien, había oído al veterinario decir que quizás solo le quedaban cuatro o cinco de vida. Porque los dogos como ella no solían superar los veinticinco.
De todas formas, ella era feliz con su cachorro, tan feliz como el día que el Amo la llevó de viaje y acabaron perdiendo se en territorio de lobos.
Cuando ella captó el delicioso olor de su compañero, no pudo evitarlo, desoyó al Amo, a los amigos de este y corrió por el bosque hasta encontrarlo.
Se pasaron toda la noche corriendo, jugando, cazando y sí, concibiendo a su pequeño. Una noche memorable que duró solo hasta el amanecer, cuando los guardabosques los encontraron, dispararon a su compañero y la devolvieron con su Amo. Aunque sabía que él seguía vivo, no entendía muy bien cómo, pero a veces le parecía oír una voz de mujer que la consolaba cuando se sentía desesperada y le aseguraba que volverían a estar juntos.
— Ese es el cachorro. Tiene dos semanas, por lo que ya se puede destetar. — Escuchó a su Amo hablar. A él no le gustaba su cachorro, por lo que trató de cubrirlo con su cuerpo como cada vez que el Amo se aproximaba a él. Ya le había dado varias patadas cuando probaba de salirse de la cesta y no estaba dispuesta a verlo golpear a su cría nuevamente. — ¿Cuándo te lo llevarás?
Mandy gruñó suavemente al oír a su Amo. Ella era más inteligente que el resto de sus perros y entendía perfectamente lo que él decía o lo que quería cuando la miraba.
— Es muy joven, dale otro mes y medio y te pagaré generosamente por él. — Aseguró el hombre que estaba con él fuera de su vista. Al asomarse, Mandy lo miró. El futuro Amo de su cachorro parecía amable y tenía a un cachorro humano con él. — A mi hijo le encanta esta raza y ya tiene varios, por lo que no le preocupa si no es puro. Un hibrido como él estará mejor en una pequeña manada de canes que solo.
Su Amo gruñó en acuerdo y Mandy lloriqueó al saber que sería separada de él. Pero claro, ese era el destino de todo perro. Rara vez un Amo se quedaba con los cachorros, siempre era otro el que se encargaba de ellos. Para educarlos y para que pudieran vivir una vida mejor.
Estigma movía la cola efusivamente ante los desconocidos que habían llegado a verlo. Su mamá no parecía muy feliz con su llegada, solo resignada, y eso le hizo mirarla con tristeza en su pequeño pecho.
Un Amo pequeño se le aproximó y le tendió la mano, que él olfateó con alegría, pues cada nuevo olor le traía nuevo conocimiento.
Sabía que debía mantenerse apartado del viejo Amo. A él no le gustaba Estigma y siempre le gritaba y lo golpeaba, a pesar de que solo quería jugar. Entonces se orinaba de miedo y más gritos provenían de él.
— Espero que esta vez sí os llevéis al cachorro. No lo quiero cerca. Es una mancha para mí como criador. — Aseguró el viejo Amo a los recién llegados. Estigma estaba realmente disfrutando de las caricias que le estaba haciendo el pequeño humano.
— Si, ahora sí. Supongo que no lo has vacunado, ya que no quieres darle su pedigrí. — Comentó otro viejo Amo, que no era el Amo de su mamá.
— Os dejo ese placer a vosotros. Solo lo he desparasitado y puesto las vacunas iniciales por precaución. No quiero que el resto de mi jauría se enferme por su culpa. El resto corre por vuestra cuenta. Esta es la libreta. — Estigma no prestaba mucha atención a los Amos grandes, pero si al pequeño, que le rascaba la barriga y lo acariciaba con ternura.
˜" Esty, creo que hoy será el último día que nos veamos." Le dijo su madre, lloriqueando suavemente.
"No mamá, nosotros siempre estaremos juntos. Tú lo dijiste, soy tu cachorrito."˜ Contestó él alegremente.
˜"No, Esty, tus nuevos Amos están aquí. Todo cachorro debe dejar a su madre y seguir a sus nuevos Amos cuándo vienen a recogerlo. Si no, el destino del cachorro es el hambre, el frío y el abandono."˜ Le instruyó, aproximándose para darle un beso. ˜"Se bueno y obedece a tus nuevos Amos para que nuca te dejen solo. Ellos son nuestros Dioses al igual que sus Dioses son sus Amos. Recuérdalo"˜.
Lloriqueando, trató de esconderse entre las patas de su madre, pero esta lo empujó hacia el pequeño Amo que los miraba con curiosidad.
— Cuidaré bien de él, señora, como si fuera un hermano. — Susurró este a ambos, lo que causó que Mandy lo mirara extrañada.
˜"¿Nos entiendes?"˜ Preguntó, asustada de él. ˜"¿Eres un Dios?"˜
El joven Amo negó con la cabeza. Luego se aproximó a Mandy y le susurró al oído. ˜Somos de la manada del lobo con el que tuviste a tu cachorro. No entendemos cómo fue posible que naciera. Papá dice que es muy raro, pero cuando supimos que eras la perra que estuvo con mi tío, vinimos a ver. Tu cachorro huele a manada, y la manada cuida de los suyos. ˜
— Elías, coge al cachorro y vamos, tu madre nos está esperando. Ya tengo todo del señor Jackson. No hay más que hacer aquí. — Mandy empujó a Esty con su nuevo Amo y lloriqueó a modo de despedida.
˜" ¡Mamá, no, no quiero! ¡Mamá...!"˜ Lloriqueó en los brazos del niño, que corrió hacia la puerta con él en brazos.
— Tranquilo, seguro que algún día la volverás a ver. — Trató de tranquilizarlo Elías, subiendo a la parte trasera del coche y colocando al cachorro en un porta-mascotas vertical.
En el camino de regreso a su hogar, Elías, que acababa de cumplir los seis años, tenía el ceño fruncido mientras oía llorar a Esty.
— ¿Qué te tiene tan enfurruñado, hijo? — Le preguntó su padre desde el asiento del conductor.
— Es que pasó algo muy raro en casa de ese señor, papá. Tú me has animado a tener dogos porque los entiendo, a pesar de solo ser perros. Pero hoy, oí a la mamá y al cachorro en mi mente, como cuando tú te transformas y me hablas. ¿Es eso posible? ¿O me estoy volviendo feral? — Preguntó preocupado.
— Bueno, el cachorro es un milagro. Nunca oí que un feral pudiera tener cachorros con perros, pero ahí está él. Y como su padre es el hermano de tu madre, supongo que la sangre te permite oírlo. Ya sabes, es cosa del ritual que pronto pasarás, cuando tu lobo despierte. — Contestó el padre, frunciendo el ceño también ahora. — ¿Estás seguro de que también la madre habló contigo?
Elías, que, a pesar de ser muy inteligente y espabilado a sus seis años, ya no estaba seguro de nada, pues la mente de un niño, cuando una cosa es demasiado rara, trata de normalizarlo y si no puede, lo olvida rápido para protegerse.
— No lo sé, papá. Quizás me lo imaginé al oír al cachorro. ¿Cómo se llama? Ya no me acuerdo. — Preguntó inocentemente.
— El señor Jackson le puso de nombre Estigma. Es un nombre raro, pero suena bien, ¿No crees? — Le preguntó, sonriendo por el espejo retrovisor.
— Si, creo que no se lo vamos a cambiar. Me gusta su nombre.
Estigma creció y era feliz en su nueva manada. Los Robinson le trataban como a uno más de la familia a pesar de que solo Elías podía oírlo.
Su primo siempre lo llevaba con él a todas partes y juntos siempre estaban haciendo maldades. Cuando Elías se convirtió en ejecutor a los veinte, Estigma, de catorce años, descubrió que un hombre lobo, aunque no pudiera cambiar de forma, seguía siendo hombre lobo para la manada. Y eso le hacía feliz.
Su humano despertó en aquella época y le susurró su nombre, pero nunca cambió, así que no pudo hacer el juramento que lo uniría al vínculo comunitario y le permitiría hablar con otros.
Ese hecho le molestaba a veces, sobre todo cuando Elías y él se separaban. Entonces se tenía que hacer entender como cualquier perro y él no se consideraba una de las mascotas de su primo.
Maduró rápido, quizás por sus genes de dogo o quizás por ser hombre lobo, no lo sabían. Y también se sentía atraído por las mujeres, ya fueran de la manada o simples humanas. Nunca se interesó por las hembras de su supuesta raza. Ese hecho, cuando Elías se aventuró en l dirección de películas para adultos, salió a la luz cuando, al ver a una de las ejecutoras desnuda, sucumbió a sus hormonas y perdió su inocencia en un sucio almacén que les servía de estudio de grabación.
Pero claro, el destino no quería que él siguiera siendo considerado una mascota. Tenía grandes planes para él. Entre otros, cumplir la promesa que se había hecho a sí mismo el día que lo separaron de su madre.
Un día, él cambiaría de fase y buscaría al señor Jackson, el propietario de su madre, para liberarla y estar siempre juntos.
Además, quería saber por qué él, de todos los hombres lobo, había nacido como un dogo en lugar de un niño humano como los demás. Era otro misterio que descubrir. Quien sabía, quizás era más especial de lo que todos pensaban...