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Se agachó: quería observar más de cerca su color, los matices infinitos y texturas únicas que se apreciaban sobre la superficie de los pétalos. El movimiento de las plantas no era tan evidente como el que tenían los animales, dotados de una envidiable motricidad; pero, aunque su danza no fuese apreciada por todos, él sabía que los vivos colores que las teñían y su forma de relucir y florecer incluso en los lugares más estériles, decía mucho de su fortaleza y de su tenacidad.
Había que tener paciencia, porque esas flores que se extendían hasta más allá del horizonte se asemejaban tremendamente a otras criaturas, como las mariposas. Sus semillas crecían bajo tierra, ocultas y gozando del cálido refugio de la tierra durante un largo tiempo para, después, comenzar a ascender con ansias de tocar las nubes, de poder por fin ver la luz del sol. Entonces estaban listas para mostrar lo que era la verdadera belleza al mundo.
— Tan fuertes... —murmuró para sí mismo, rozando las yemas de sus dedos con timidez sobre uno de los pétalos, acariciándolo con extrema delicadeza— Y tan frágiles al mismo tiempo.
Se puso de pie y levantó el rostro hacia el cielo azul, decorado con suaves y esponjosas pinceladas blancas. No llovería, nunca llovía allí. Los pájaros siempre cantaban, las nubes y las hojas de los árboles siempre se mecían lentamente con la brisa y el césped siempre lo acariciaba y le hacía cosquillas en sus pies descalzados de la misma manera apacible. Allí todo era siempre igual, lleno de luz y de calma.
Nada ni nadie parecía tener la fuerza capaz de perturbar esa paz eterna. Y tampoco tenía muy clara su opinión acerca de esa estampa inalterable: no sabía si le aportaba serenidad o si lo asfixiaba con su bucólica e inmortal perfección.
Le faltó tiempo; porque tan pronto como ese pensamiento cruzó su mente, la tierra comenzó a temblar con violencia como nunca había visto. La superficie bajo sus pies se resquebrajó poco a poco dejando paso a un espeso humo que brotaba del subsuelo; primero empezó a abrirse a un par de metros de distancia y después, la grieta se abrió paso hasta donde él se encontraba, tan rauda y veloz que apenas le dio tiempo a reaccionar.
Cuando observó con terror cómo la fisura comenzaba a ensancharse bajo sus pies descalzos, saltó evitando caer.
Fue entonces cuando sintió unos fuertes brazos apresándolo, unas extremidades férreas que lo auparon como si se tratase de una pluma. Sus pupilas viajaron con rapidez para ver qué sucedía, y para su sorpresa, se encontró sobre el hombro de un hombre, que lo cargaba como si fuese una presa recién atrapada.
Taehyung no tenía muy claro qué pasó después de que aquel hombre surgiese de la grieta que sacudió y atravesó la tierra. Todo parecía haber ocurrido en un segundo. Pero sí recordaba con claridad a su madre: la forma en la que sus iris verdes vibraron con auténtico pavor y también la forma en la que extendió su mano para alcanzarlo antes de verlo desaparecer por la misma fisura por la que se habían alzado aquellos humos grisáceos.
Cuando sus ojos perdieron de vista la mirada sobrecogida de su progenitora, se vio cayendo al vacío. Seguía sobre aquel hombro desconocido que lo anclaba a su cuerpo con firmeza, pero antes de que muriese —porque a pesar de ser inmortal estaba bastante convencido de que podría morir allí mismo solamente debido al ritmo errático de su corazón—, fue capaz de echar un último vistazo a la superficie. Los delicados rayos de sol que desde que tenía memoria habían besado su piel, se hicieron más y más lejanos según caía al vacío. Y de la misma forma que se había abierto, aquella grieta se cerró sobre sus cabezas poco a poco, todo acompañado de un sonido ensordecedor y dejándolos casi a oscuras. Después de aquello, ahora solamente apreciaba vagamente paredes de roca, encima de ellos y también alrededor.
En un arrebato de valentía, y con una sensación a caballo entre curiosidad y pavor, dirigió su mirada hacia abajo. Mientras sus ojos hacían un esfuerzo sobrehumano por enfocarse cuando todavía seguían cayendo a una velocidad vertiginosa, su propio cabello rosado golpeaba los laterales de su rostro con violencia. Fue incapaz de ver nada, el mismo humo que había emanado de la tierra se encontraba allí dentro y se arremolinaba a su alrededor dificultándole ver nada al final de aquella gruta al interior de la tierra.
Desearía que aquella niebla se hubiese mantenido espesa hasta el último momento, porque cuando empezó a creer que aquella caída libre duraría para siempre, visualizó el suelo por fin. Y se acercaba horrorosamente rápido.
Sí, definitivamente su inmortalidad terminaba ahí.
Entonces, y una vez más, para su sorpresa, el individuo que lo cargaba dio un frenazo impresionante, justo antes de tocar tierra firme. Si no hubiese sido por la fuerza con la que lo mantenía sobre su hombro, lo habría mandado de lleno al suelo. Aterrizó con una elegancia y una suavidad inimaginables, suspendido por una nube de humo grisáceo arremolinada a sus pies, como si flotase sobre ella.
A pesar de tener la certeza de que seguía con vida, la escalofriante experiencia y la idea de haber podido morir en aquella caída le dejó sin respiración. Cuando su rostro se alzó para estudiar el lugar por el que comenzaba a caminar su captor, su vista empezó a nublarse y después, se desmayó derrotado.
Tenía frío, sentía algo suave haciéndole cosquillas sobre las piernas.
Sus párpados parecían más pesados que de costumbre, pero cuando consiguió abrir los ojos vio la razón de su cosquilleo: una sábana de color borgoña cubría gran parte de su cuerpo. Se incorporó, desorientado y sobando su sien con parsimonia, y cuando lo hizo, supo con certeza dónde estaba.
Lo cierto era que afortunadamente nunca antes había estado allí, pero siendo consciente de los relatos que su madre le había contado durante su infancia, no le costó reconocer el sitio.
El Hades. Se encontraba en el Inframundo.
Observó que el gran palacete de piedra en el que se encontraba estaba rodeado por agua gris, brumosa y terriblemente serena. Parecía una laguna lánguida e infinita, e incluso intuyó a lo lejos seres etéreos que se desplazaban por debajo de la superficie. Había silencio, un silencio sepulcral que se extendía por las paredes y columnas de espesa y densa roca. Taehyung recordó las historias de su madre sobre la laguna Estigia, a Caronte conduciendo las almas hacia el Inframundo y otros muchos fragmentos y pinceladas de ese lugar que nunca pensó ver en persona, con sus propios ojos.
Era extraño, porque ese pequeño palacete en el que se encontraba parecía estar esculpido en la piedra de forma natural, pero a la vez tenía pequeños detalles que le hacían pensar que ese lugar digno de sueño —o de pesadilla, Taehyung no lo tenía muy claro todavía—, debía tener una de las arquitecturas más únicas y cuidadas que había visto en su vida. Apreciaba volutas perfectamente trabajadas en lo alto de las columnas, con detalles de cráneos humanos y de animales rodeados de delicadas flores, decoraciones macabras pero a la vez extrañamente hipnóticas; o las cortinas de color entre violeta y grisáceo que daban algo de privacidad en el pequeño palacete, aislándolo un poco de la laguna brumosa exterior.
Su cuerpo se encontraba tendido en un diván de la misma tonalidad elegante que la sábana con la que había despertado y cuando estudió su propio cuerpo en busca de posibles heridas o cualquier cosa alarmante, se topó con una vestimenta distinta a la que había llevado cuando dejó de ver el sol: su túnica blanca había desaparecido.
Llevaba una prenda —si a eso se le podía llamar prenda—, bastante reveladora pero increíblemente bella al mismo tiempo. Había dos flores rojas, rosas más concretamente, de tamaño considerable y sobre su pecho. Comenzaban a la altura de sus clavículas y ambas estaban rodeadas de pequeños detalles de hojas de los mismos tonos verdes que ya conocía de memoria. Una tercera rosa más pequeña, pero con los mismos detalles verdes alrededor, se situaba a la altura de su esternón y se unía a las anteriores por una pieza fina de tela roja que descendía por la parte central de su pecho y que se unía a otro par de tiras que rodeaban su torso, justo debajo de los pectorales. Apreció más rosas en sus caderas, dos grandes en la parte izquierda y una de menor tamaño en la derecha, ambas decoraban los laterales de una ligera pieza que cubría su entrepierna, de la misma tonalidad que los anteriores elementos. Unas cuantas tiras rojas más, abrazaban la parte más alta de su muslo, distribuidas de manera irregular. Era como un hermoso arnés de tela roja con detalles florales, ligero y escrupulosamente trabajado.
Entonces, y por primera vez en los largos minutos que empleó en familiarizarse con su entorno y su extraña vestimenta, fue consciente de que había alguien más allí con él. Dio un respingo al observar que, en aquella gran sala de piedra, había un enorme trono ocupado. Era un asiento imponente, que tenía la parte superior y la base hecha de cráneos humanos, aunque en la parte central superior destacaba uno animal, más alargado y con un llamativo par de cuernos nacarados.
El ocupante se encontraba recostado sobre uno de los brazos de su trono, y su bello rostro, apoyado en una de sus manos. Lo miraba con un interés que le puso la piel de gallina. No decía nada, solamente dejaba que su mirada candente lo acariciase con adoración.
Tenía el cabello color ciruela apagado, bañado en reflejos violáceos y con el flequillo ligeramente partido. Podía atisbar su frente y un par de inquisitivas y elegantes cejas de tonalidad oscura. Su mirada eran pozos grises y rasgados, unos iris que seguían con atención cómo los verdes de Taehyung vagaban por la habitación y por él. Sus labios, dos finas líneas atrayentes y de un apetitoso tono entre rosado y rojizo.
Sus atuendos eran similares, aunque con un aura completamente diferente. Mientras que aquel arnés floral de Taehyung era delicado y de tonos rojos cálidos, el que ahora veía frente a él, sobre el escultural cuerpo que se encontraba en aquel trono, era ceniciento y con pequeños detalles plateados.
Intuía que también llevaba una especie de arnés, pero le resultaba difícil verlo con nitidez. Sobre su hombro izquierdo había una calavera alargada animal con cuernos, igual que la que coronaba su trono, y parecía hacer la vez de broche. Ese cráneo sujetaba una tela oscura vaporosa que cruzaba su torso y se enganchaba en el hombro opuesto; y, a pesar de no hacer viento alguno allí, se agitaba constantemente con suavidad, como balanceándose gracias a una suave brisa que Taehyung era incapaz de percibir. Además de aquella tela, había otra de mayor tamaño sobre su torso, sin mangas, también algo transparente, ya que dejaba a la vista un sinfín de tiras plateadas que recorrían su cincelado abdomen, pecho y brazos. Taehyung también apreció pequeños detalles de joyería reluciendo en la distancia: anillos en sus dedos, una cadena con pinchos ajustada al cuello y un brazalete sobre su bíceps derecho con los mismos abalorios punzantes y oscuro como el cráneo animal que reposaba en su hombro. Al igual que Taehyung, tenía una ligera pieza cubriendo su entrepierna.
— Bienvenido a mi humilde morada —dijo finalmente.
Taehyung no supo describir en aquel momento el tono de ese hombre, pero jamás podría negar el efecto candente que tuvo en su cuerpo. Lo quemó con una dulzura que no supo por qué había interpretado como tal. Su voz pareció rebotar por las paredes de donde fuese que se encontraba y después, sus palabras se colaron dentro de su cráneo y resonaron con eco. Quedó aturdido.
— Yo… ¿Dónde estoy? —fue capaz de articular con dificultad. Agradecía estar tendido sobre aquel diván y que le proporcionase la estabilidad que él mismo parecía incapaz de aunar.
— ¿Realmente no sabes dónde te encuentras? —una sonrisa encantadora se dibujó en sus labios tras hablar. Parecía leerle el pensamiento. Claro que sabía dónde se encontraba.
— ¿Cómo he llegado hasta aquí? —cambió de tema. No necesitaba respuestas que pudiese deducir por sí mismo.
— Yo te traje hasta aquí.
Así que él había sido quién lo había cargado, quien lo había alejado a la fuerza de su hogar.
— No me has traído. Fue en contra de mi voluntad. Me has raptado, eso es lo que has hecho —contraatacó Taehyung enfadado cuando fue consciente de la situación en la que se encontraba.
— No uses esas palabras tan feas.
— No lo estás negando.
Taehyung sentía que esa no era la forma adecuada de mantener una discusión con quien aparentemente, lo había secuestrado. Debería estar furioso, gritarle como nadie y luchar por huir, por volver a su hogar. Pero, sin embargo, parecía incapaz de enfadarse de corazón con aquel personaje. Simplemente no le salía, porque inesperadamente, le había regalado aquello que llevaba una eternidad deseando: un cambio, alejarse de su interminable rutina.
— Quería algo de compañía. Una eternidad puede ser terriblemente aburrida si la pasas solo.
Taehyung no sabía cómo interpretar lo que estaba pasando allí. ¿Acaso estaba reconociendo abiertamente que lo había raptado como compañía?
— No puedes pretender que me quede aquí contigo. Este no es mi sitio. No sé nada de ti.
— ¿Necesitas presentación? ¿Realmente lo crees necesario? Solo mira a tu alrededor —extendió su mano, abarcando todo el paisaje lóbrego que los rodeaba, pero Taehyung sí requería una presentación y también una explicación más detallada de por qué había acabado allí, por mucho que ya tuviese una ligera idea de dónde estaba— Está bien… —cedió con un suspiro ante el silencio de Taehyung— Soy Jungkook y estos son mis dominios.
Y dicho esto, los ojos verdes de Taehyung volvieron a dirigirse como imanes a la sonrisa llena de diversión que se dibujó en los labios de Jungkook.
— Bienvenido al Hades.