dancer in the dark ➴ kv

Summary

La música estaba a su merced de la misma forma en la que lo estaba Jungkook con tan solo una mirada.

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Jungkook estuvo a un suspiro de darse la vuelta y marcharse por donde había venido. Ese tipo de cosas no iban con él.

Seokjin le había propuesto salir esa noche a un club que conocía bien y Jungkook prácticamente se había visto obligado a aceptar tras tanta insistencia por parte del mayor. Llevaba toda la semana hasta el cuello en la universidad con trabajos y proyectos finales y aunque no cursaban la misma especialidad, Seokjin decía que se merecía un descanso, pasarlo bien en su último año.

El susodicho casi lo había arrastrado hasta allí en contra de su voluntad. Lo pilló por banda, arreglando su cabello negro, ondulándolo ligeramente y vistiéndolo más alegante de lo que acostumbraba para la ocasión. Desde el principio no había parecido una buena idea y más de una vez los pies de Jungkook habían dado la orden involuntaria de moverse en dirección a la salida cuando ya se encontraron allí.

El sitio estaba abarrotado de gente moviéndose y bailando al ritmo de la música bajo las luces de colores llamativos. Era hasta un poco agobiante, sobre todo si no ibas buscando tanto roce con las personas a tu alrededor. Jungkook no podía evitar fruncir el ceño de vez en cuando por el volumen ensordecedor de la música y el contacto innecesario. Él no estaba hecho para estas cosas: era un chico simple que nunca había pisado un lugar como aquel y que prefería pasar sus horas libres con su cámara, viendo una serie o jugando videojuegos en la tranquilidad de su cuarto compartido.

Pero entonces lo vio. Y juró que ese hombre debía ser magnético.

Allí, en la parte central y elevada del club, dentro de una gran jaula, bailaba el ser más bello y sensual que Jungkook había visto en toda su vida y, de repente, la idea de gastar el dinero de Seokjin sonó más que tentadora.

Jungkook no podía verlo con total claridad porque el lugar estaba bastante oscuro, solo iluminado por algunas luces de neón, pero estaba seguro de que de cerca debía ser aún mejor. Más imponente.

Si ya podía hechizarlo desde esa distancia no se imaginaba cómo sería tenerlo a un metro, mucho menos cómo sería estar con él en una situación más íntima.

Tenía el pelo azulado con reflejos de tonalidades añil que creaban la ilusión de llamas índigo danzando sobre su cabellera y aunque Jungkook no podía acariciarlo, casi pudo sentir la suavidad del cabello entre sus dedos cuando frotó sus yemas inconscientemente. Había frenado en medio de la multitud del club, con sus ojos fijos en esa nueva distracción que le había robado el aliento. Su amigo continuó sin él.

Vestía una camisa a juego con su cabello, intuía que era un par de tallas más grande de lo que debería por la forma en la que la tela parecía bailar y deslizarse por sus hombros con cada movimiento que el hombre realizaba. Jungkook creyó dejar de respirar cuando la tela se resbaló y apreció sus clavículas marcadas en la distancia. La prenda se ceñía a su cintura gracias a un cinturón que la rodeaba y acentuaba su silueta, la camisa estaba metida por los pantalones oscuros. Aquel desconocido de pelo fantasía, sin embargo, apenas se había molestado en cubrir su pecho: la abertura de la tela dejaba a la vista hasta prácticamente la altura de su esternón. La piel era bronceada y perlada y Jungkook notó que llevaba purpurina sobre ésta, porque cada vez que los focos se posaban en su figura o lo rozaban, su cuerpo irradiaba pequeños destellos índigo y plateados en la oscuridad.

En ese instante Jungkook se moría por descubrir qué cosas se había perdido durante todos estos años. Se moría por ver cuánto podía brillar esa piel debajo de sus inexpertas manos.

— Hyung... —elevó un poco la voz sin despegar su mirada en ningún momento de ese hombre que lo había hechizado con sus pequeños destellos azulados.

— ¿Qué? —Seokjin se inclinó hacia él para hablar.

— Ese —Jungkook hizo un ademán con su cabeza en dirección a la jaula del hombre. Tragó saliva— Tiene que ser ese.

Su amigo arqueó una ceja, sorprendido pero ocultando una sonrisa— Creía que habías dicho que no querías mi dinero.

— He cambiado de opinión —Oh sí que había cambiado, la magia y lujuria que desprendía ese desconocido había sido como una bofetada— De todas formas, el dinero te sobra, ¿no?

Y la sonrisa conforme que le brindó Seokjin le dio a entender que efectivamente, el dinero no era un problema en este caso.

— Ven conmigo, vamos a averiguar su nombre y si hace bailes privados. Necesito ver con mis propios ojos al hombre que te ha hecho salir de tu burbuja —Seokjin comenzó a caminar entre la multitud, pero Jungkook no lo siguió, todavía medio embobado. El mayor se vio obligado a retroceder para cogerlo del brazo y arrastrarlo entre el bullicio.

La forma en la que ese hombre se movía no podía ser de este mundo, pensó Jungkook, porque no seguía la música, sino que la música parecía seguirlo a él.

La música estaba a su merced de la misma forma en la que lo estaba Jungkook con tan solo una mirada.

Su cuerpo serpenteaba entre las luces de colores y las sombras del club y por la sonrisa de lado que brillaba como las perlas más nítidas entre los barrotes, el hombre sabía lo que hacía. Sabía que, con cada movimiento de torso, de caderas, con cada vez que humedecía sus labios o dejaba ver su lengua o con cada vez que se agachaba sobre el suelo de la jaula y dejaba que su camisa se abriese demasiado, un chico como Jungkook lo hacía la musa de sus más oscuras fantasías.

Sabía que no dejaba a nadie indiferente, y parecía disfrutar con ello: sabiendo que era bueno en lo que hacía y atrayendo la mirada de chicos completamente inexpertos como lo era él.

— Namjoon —Jungkook escuchó delante de él y para su desgracia, se vio obligado a apartar los ojos de aquella bendita jaula— Me gustaría saber el nombre de uno de tus chicos y si hace privados.

Seokjin se había parado a hablar con un hombre de sonrisa deslumbrante que bebía de una copa de algo que Jungkook pensó que costaría bastante más que su alquiler. Ocultaba un par de hoyuelos tras su bebida de color esmeralda y vestía una camisa blanca abrochada de manera descuidada y pantalones de pinza oscuros y anchos. Mantenía los pies sobre la mesa frente a él y por la forma tan cómoda en la que se desenvolvía con las personas que lo rodeaban, tenía todas las de ser uno de los que mandaba en ese sitio, sobre todo después de las palabras de Seokjin.

— ¿Un chico? No te pega, Jin —carcajeó el hombre, dando un sorbo a su copa.

— No es para mí, sabes que yo ya tengo a alguien en casa esperando —sonrió— Es para mi amigo.

Y dicho esto, dio un empujón a Jungkook que se encontraba a su lado, llevándolo a primera línea de combate y dejándolo expuesto ante ese desconocido.

— Conque es para este grandullón, ¿eh? —lo estudió de arriba abajo sin reparo alguno— ¿Con quién te gustaría pasar un buen rato, amigo? Jimin hace maravillas, solo digo. Aunque Hoseok también es tremendamente popular.

El moreno se giró en dirección a las jaulas y contó tres de ellas. Una estaba ocupada por un hombre de cabello anaranjado que se movía con una fluidez casi inhumana, siguiendo con su cuerpo cada golpe de la música; en la segunda había un bailarín más bajito de pelo rosado que con una sonrisa tímida tenía a sus pies a todas las personas que se arremolinaban alrededor de su jaula; y en la tercera, que se encontraba entre las anteriores, era donde se encontraba su hombre índigo.

— El del medio, pelo azul —murmuró, volviendo la vista a la sonrisa con hoyuelos, que lo miraba con expectación.

— ¿V? —el hombre supuestamente llamado Namjoon sonrió con sorna, al parecer las palabras de Jungkook habían sido divertidas a sus oídos— No te culpo. Es otra de nuestras estrellas y los clientes aman su descaro como nadie pero no sé si podrá hacerte un hueco, no es culpa mía que siempre haya gente interesada en él.

— ¿Eso es un no, Namjoon? —preguntó su hyung— Le prometí cuando salimos esta noche que tendría a quien quisiese. El dinero no es problema, lo sabes. Solo será un baile.

— El dinero tampoco es problema para mí, cuánto más dinero me lleve yo, mejor —concordó—, el problema es V. Dejo total libertad a mis chicos para que organicen sus agendas y en este caso que le haga o no un hueco a tu amigo no depende de mí, sino del propio V.

— Pregúntale entonces —insistió Seokjin. Jungkook se sintió como un niño pequeño viendo a dos mayores discutir sobre asuntos serios, estaba por encima de su comprensión.

— Puedo hacer eso —Namjoon se incorporó y comenzó a susurrar en el oído de una chica que se encontraba junto a él y que llevaba una máscara plateada que cubría la mitad de su rostro como si se tratase de una luna creciente. De repente, el hombre se levantó, sin dejar en ningún momento la copa sobre la mesa— Sígueme, chico. Puede que hoy sea tu día de suerte.

Jungkook era consciente de que si Seokjin no fuese amigo del dueño del club no habría tenido la suerte que tuvo. Namjoon condujo al moreno entre la multitud después de que Jungkook se despidiese de Seokjin y de que éste le guiñase un ojo y le desease buena suerte. El dueño del club lo arrastró en un abrir y cerrar de ojos a una zona más apartada llena de pasillos y puertas en la que la música se escuchaba amortiguada. El suelo estaba cubierto por alfombras de color borgoña y las paredes eran de terciopelo azul marino. Había mobiliario de ébano decorado con tiradores y detalles dorados y Jungkook no pudo evitar pensar que ese sitio gozaba de un lujo impresionante a pesar de que pareciese un agujero oscuro a primera vista.

Después de un tiempo en silencio, Namjoon abrió una de las puertas que se extendían por el pasillo y lo invitó a entrar con un ademán elegante.

— Ponte cómodo —dijo cordial mientras se dirigía a un armarito y sacaba una botella de vino y un par de copas de su interior. Dejó todo cuidadosamente sobre una mesita de madera oscura y después se dirigió de nuevo a Jungkook— Voy a explicarte cómo van las cosas. He hecho que avisen a V de que quieres verlo, tengo entendido que alguien de su agenda ha fallado así que quizás tenga un hueco para ti después de todo. Se supone que únicamente te hará un baile privado, eso es lo que cubre el dinero que pagará Jin por ti, pero yo no controlo a mis chicos y si él quiere entretenerse contigo o llevar las cosas más allá... Entonces puedes asegurar que esta noche te habrá tocado la lotería.

— No suelo tener mucha suerte.

— V no es un chico corriente, si ve que puedes darle algo que le interese entonces te regalará su tiempo. Demuéstrale que eres distinto y lo tendrás a tus pies, se vuelve loco con los raritos —explicó dando un trago a su bebida— Aunque conociéndolo no sé si será demasiado hombre para ti, pareces un cervatillo asustado.

— No pretendo ofender, pero con un baile estaría más que satisfecho —habló por fin Jungkook— Nunca he estado en un sitio como este y si un hombre como él se me acerca no sé cuánto tiempo aguantaría sin desmayarme.

Namjoon rió sin control, casi derramando su carísima copa— ¡Le vas a encantar, apuesto a que se va a divertir mucho contigo! Eres rarito, como le gustan a él.

Dio un par de palmadas en su hombro, animándolo mientras se secaba las lágrimas de la risa.

— Buena suerte, chico y lo más importante —abrió la puerta levantando su bebida a su salud—, disfruta del show.

Unos minutos después, Jungkook solo podía pensar en huir de allí. Estar solo únicamente le había provocado imaginar una serie de escenarios de lo que podría pasar cuando V entrase en la habitación.

Ninguno de esos escenarios terminaba demasiado bien. Ni uno solo.

Y eso le aterraba.

Después de que Namjoon se marchase, el moreno se sentó en un sillón de un material que no había visto en su vida —algo que le recordó a un híbrido entre cuero y terciopelo—, y se puso cómodo. O al menos lo intentó. Dejó que sus brazos cayesen por el respaldo y que sus pies descansasen sobre el suelo.

La habitación en la que estaba no tenía demasiada luz. Las paredes eran de terciopelo rojo y el suelo estaba cubierto por una gran alfombra negra con detalles dorados; una decoración similar a la de los pasillos. Sobria pero elegante.

También estaba la pequeña mesilla en la que Namjoon había dejado la botella sin estrenar y un par de copas, eso y poco mobiliario más, porque la única pieza que captaba la atención de Jungkook era la enorme cama borgoña que ocupaba el centro de la habitación, pegada a la pared y con un cabecero increíblemente trabajado, lleno de detalles florales en tonos dorados.

Jungkook tragaba saliva, nervioso al imaginar cualquier escena que pudiese tener lugar sobre aquella pieza de mobiliario.

¿Querría su hombre de destellos añil verse en una situación que los involucrase a ellos, dos desconocidos, y a una cama?

Probablemente no, sobre todo si tenía en cuenta el hecho de que Jungkook era virgen y más inexperto que la madre Teresa de Calcuta.

¿A quién se le ocurrió que era buena idea pagarle un bailarín y dejar al inocente y pequeño —quizás no tan pequeño— Jungkook, en sus manos?

Entonces escuchó unos pasos detrás de la puerta frente a él, y cuando ésta se abrió su respiración se cortó.

Delante de él estaba el hombre que lo había hechizado bailando entre aquellos barrotes, precioso como un zafiro.

Y como había predicho, de cerca era aún más impresionante.

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