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Umbra "Niños de cristal"

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Summary

En el año 2029, un devastador terremoto global libera un gas llamado "Aether" desde las profundidades de la Tierra, provocando una mutación letal conocida como "Umbra". La enfermedad convierte a las personas en "Sombrios", seres violentos que atacan sin piedad. En medio de la desesperación, un científico descubre que algunos jóvenes y niños con condiciones especiales son inmunes a la infección, lo que desata una frenética caza por el poder de una cura que podría cambiar el destino de la humanidad.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

Ecos

El reloj de la pared marcaba las 10:45 AM. El sol de la mañana iluminaba débilmente el salón de clases a través de las ventanas polvorientas, proyectando sombras alargadas sobre los escritorios alineados. El aire estaba cargado de un aburrimiento que parecía contagioso, excepto para Alex, cuyo pie no dejaba de golpear el suelo con impaciencia. La pizarra blanca al frente del salón estaba llena de ecuaciones y símbolos que parecían bailar frente a sus ojos. Mientras sus compañeros tomaban notas obedientemente, Alex miraba por la ventana, perdido en su propio mundo, contando las hojas de los árboles y las grietas en la acera.


El profesor Ortiz, un hombre de mediana edad con una calva reluciente y gafas gruesas, tenía poca paciencia para los alumnos que no seguían sus rígidas expectativas. Su voz monótona era un narcótico para la mayoría de los estudiantes, pero para Alex, era un ruido de fondo entremezclado con sus propios pensamientos desordenados. Las clases de cálculo eran una tortura diaria, no solo por la dificultad de las ecuaciones, sino también por el constante sentimiento de que no encajaba.


-Alex, ¿puedes resolver esta ecuación? -preguntó el profesor de repente, su voz cortando el aire como un látigo.


Alex parpadeó, arrancado de sus pensamientos. Sintió todas las miradas sobre él.


- Otra vez. - Menciono una joven, cansada de esa rutina de interrupción por parte de su compañero de clase.


Para lo que a todos era algo fácil o muy evidente la respuesta para Alex, la ecuación en la pizarra era un jeroglífico indescifrable.


-No... no sé, profesor -murmuró, sintiendo el calor subir a sus mejillas.


El profesor Ortiz suspiró, un sonido pesado y condescendiente que resonó en el aula. Se acercó al escritorio de Alex y azotó la mano en la mesa con fuerza.


-¡Claro que no sabes! -exclamó, su voz cargada de desdén-. Porque no prestas atenciones. Siempre estás en las nubes, Alex. ¿Crees que te va a llevar a algún lado?


El salón estalló en risitas. Alex bajó la cabeza, sus ojos ardiendo de vergüenza y frustración. Sentía el peso de las miradas burlonas de sus compañeros, algo que no pasaba por primera vez, siempre eran esas risas como dagas en su alma. Era una escena que se repetía a menudo; los comentarios hirientes no venían solo de sus compañeros, sino también del propio profesor.


-Deberías esforzarte más, Alex. No puedes esperar que la vida te lo dé todo sin poner de tu parte -continuó el profesor, su tono más suave pero igualmente humillante-. Si no empiezas a concentrarte, nunca llegarás a ser nada. Te crees muy especial, ¿verdad? Mirando por la ventana, soñando despierto. Pero el mundo real no tiene lugar para soñadores que no pueden concentrarse ni un segundo.


Alex apretó los puños bajo el escritorio, luchando contra las lágrimas que amenazaban con escapar. Se sentía atrapado, impotente. Las palabras del profesor resonaban en su mente como un eco cruel. Finalmente, algo en su interior se rompió. Se levantó bruscamente, derribando su silla en el proceso.


-¡Basta! -gritó, su voz temblando de ira-. ¡Estoy harto!


La clase quedó en silencio, las risitas apagadas de golpe. El profesor Ortiz lo miró con una mezcla de sorpresa e ira. Abrió la boca para replicar, pero en ese instante, una alarma estridente rompió el tenso silencio.


La alarma sísmica resonaba por los pasillos, una sirena aguda que significaba solo una cosa: terremoto. El aula entró en caos. Los estudiantes se levantaron de sus asientos, sus rostros pálidos de miedo, y comenzaron a dirigirse hacia la salida de emergencia como autómatas. El profesor Ortiz intentó mantener el control, gritando instrucciones que apenas se oían sobre el estruendo de la alarma y el creciente rugido que venía de las entrañas de la tierra.


Alex se quedó paralizado por un momento, su rabia desplazada por un miedo primigenio. Sentía el suelo temblar bajo sus pies, vibraciones que aumentaban en intensidad con cada segundo. Finalmente, el instinto de supervivencia se apoderó de él y se unió a la marea humana que se precipitaba hacia la puerta.


El pasillo estaba lleno de estudiantes empujándose y gritando, sus rostros una mezcla de pánico y confusión. Las luces fluorescentes parpadeaban, y el edificio mismo parecía gemir en protesta. Alex apenas podía pensar; su único objetivo era salir de allí lo más rápido posible.


Justo cuando llegaban a las escaleras, el terremoto alcanzó su máxima intensidad. El suelo se ondulaba como si fuera líquido, y las paredes se agrietaban con un sonido ensordecedor. Trozos de techo y lámparas caían, creando un obstáculo mortal. Alex vio a varios de sus compañeros tropezar y caer, algunos golpeados por los escombros.


Con un esfuerzo supremo, Alex logró mantener el equilibrio y ayudó a una chica que había caído a levantarse. Juntos, corrieron hacia la salida de emergencia, en su corta vida había visto algo de esa magnitud, muchas veces en la escuela habían practicado que hacer en esos casos, hasta vivió uno, uno que apenas parecía que se había levantado de golpe y provoco un mareo, pero este era diferente.


Los edificios tronaban, el piso se movía en una constante como todo lo de su alrededor, imposible caminar, correr. Cada paso era una lucha contra la gravedad y el terror.


Como pudo corrió al patio donde era el punto mas seguro, al menos eso les decían, nadie previo que el piso se agrietara con enormes socavones, creando explosiones internas de la tierra.


El aire estaba lleno de polvo y el sonido del caos. A lo lejos, los edificios se sacudían y las calles se partían como si fueran de papel. La ciudad entera parecía estar en el umbral de la destrucción. Un extraño gas, de un color oscuro, comenzaba a surgir de las grietas en la tierra, ondulando lentamente hacia el cielo. Picaba en la garganta, de inmediato Alex sintió un escalofrío recorrer su espalda al inhalar, tosiendo se cubrió con la manga de la sudadera. Algo en ese gas le daba una sensación de inmensa ansiedad, muchas personas se iban desplomando y la tierra aprovechaba para tragárselas.


No podía entender que estaba pasando, por mas que buscaba a donde correr o refugiarse el caos era lo único en su eje.


No podía salir de la escuela, no aún, no sin su hermana. Alex se cubrió la nariz y la boca con la capucha de su sudadera, el aire estaba contaminado, impregnado con el gas púrpura que se filtraba por las grietas del suelo. Se abrió paso entre la multitud de estudiantes que corrían aterrorizados, sus gritos resonando en los pasillos mientras el edificio se desmoronaba a su alrededor. El caos reinaba, pero Alex tenía un solo pensamiento: encontrar a Danielle.


Sus ojos se movían frenéticamente, buscando entre la densa bruma una figura familiar. De repente, la vio: una cabellera castaña que reconocería en cualquier lugar. Era Danielle. La blusa rosa que tanto odiaba la hacía destacar incluso en medio de la confusión.


-¡Alex, corre! -gritó Danielle con desesperación, su voz quebrada por el pánico.


Alex se detuvo en seco al ver algo que lo heló hasta los huesos. La blusa de Danielle estaba empapada en sangre, pero no era eso lo que lo aterraba, sino la figura que se movía detrás de ella. Lo que alguna vez había sido un ser humano ahora era una abominación. Su piel estaba desgarrada, con trozos colgando de sus extremidades. Los ojos, opacos y desprovistos de toda humanidad, estaban clavados en Danielle. Sus movimientos eran erráticos pero rápidos, impulsados por una rabia ciega.


Antes de que Alex pudiera reaccionar, el monstruo se lanzó hacia Danielle con una velocidad inesperada, emitiendo un gruñido grotesco, un sonido que parecía surgir desde lo más profundo de su ser. Danielle gritó mientras retrocedía, pero la criatura ya la había alcanzado, sus manos descarnadas arañando su piel. La sangre brotó en un chorro oscuro, manchando aún más la blusa rosa.


Sin pensarlo dos veces, Alex agarró un tubo de metal que encontró tirado en el suelo y corrió hacia ellos. Con un grito de pura desesperación, golpeó a la criatura en la cabeza con todas sus fuerzas. El cráneo se partió con un crujido nauseabundo, pero eso no detuvo al monstruo, que siguió moviéndose, emitiendo un chillido agudo mientras intentaba abalanzarse sobre Alex.


La escena era grotesca, una pesadilla hecha realidad. Otros cuerpos caídos en el pasillo comenzaban a levantarse, con movimientos espasmódicos, sus bocas abiertas en gritos silenciosos. Los estudiantes que no habían logrado escapar eran atacados sin piedad, arrastrados al suelo por esas cosas que una vez fueron sus compañeros. La sangre manchaba las paredes, y los gritos de terror llenaban el aire.


Danielle, aunque herida, logró liberarse y retroceder hacia Alex. Ambos sabían que no había tiempo para pensar, solo para actuar. Sin dudarlo, Alex volvió a levantar el tubo y, con un esfuerzo sobrehumano, asestó otro golpe a la criatura que seguía moviéndose. Esta vez, el impacto fue suficiente para hacerla caer al suelo, donde quedó convulsionando antes de finalmente quedar inmóvil.


-¡Danielle, tenemos que salir de aquí! -gritó Alex, su voz cargada de urgencia.


Danielle, temblando y con la mirada perdida, asintió débilmente. Alex la tomó del brazo y juntos corrieron hacia la salida, sin mirar atrás. El edificio crujía y temblaba, el gas seguía filtrándose, y los monstruos continuaban su caza. Cada rincón de la escuela se había transformado en una trampa mortal, un lugar donde la esperanza se desvanecía con cada paso.


Pero no podían detenerse. No mientras la locura y la muerte se extendían a su alrededor. Sabían que lo único que los mantenía con vida era seguir moviéndose, mantenerse juntos y no caer en la desesperación.


Alex sostenía a Danielle con fuerza, luchando por mantenerla de pie mientras corrían por las calles devastadas. El aire estaba impregnado de polvo y del letal gas oscuro que se filtraba desde las grietas en la tierra. Danielle se tambaleaba, y su cuerpo se volvía cada vez más pesado. La blusa rosa que tanto odiaba estaba empapada de sangre, y Alex sentía que se le acababa el tiempo. Necesitaban encontrar ayuda, y rápido.


Sus ojos desesperados buscaron alguna señal de esperanza, pero lo único que encontró fue horror. A su alrededor, la gente caía al suelo, tosiendo y convulsionando, sus ojos volviéndose de un negro profundo, como pozos sin fondo. Los que respiraban el gas se transformaban en algo inhumano, seres salvajes y violentos. El caos reinaba, y el sonido de los gritos y el lamento de los moribundos llenaba el aire.


Alex se detuvo un momento, tratando de pensar con claridad, cuando de repente, Danielle soltó un grito desgarrador y se llevó una mano al abdomen. Sus ojos se llenaron de dolor, y Alex sintió cómo se le helaba la sangre al ver que la mano de su hermana estaba cubierta de sangre y algo más... una mordida profunda, palpitaba sus venas sobre saltándose de la piel, el color negro reluciendo en ellas, hizo que Alex temblara.


-No... -murmuró Danielle, sus ojos llenos de miedo al comprender lo que significaba.


Alex siguió la mirada de su hermana hasta la herida, y el horror lo golpeó con fuerza. La mordida no era solo una herida; era una sentencia de muerte. Aquello que salia de la profundidad de la tierra había propagado algo en el aire, y eso estaba en Danielle a través de esa mordida, y no había vuelta atrás. Danielle comenzaba a respirar con dificultad, sus ojos ya empezaban a perder su brillo, y Alex supo que no tenían mucho tiempo.


-¡No, no, no! -gritó Alex, negándose a aceptar lo inevitable-. ¡Te sacaré de aquí, vamos, tenemos que encontrar ayuda! Tenemos que ir con mamá y papá.


Danielle sacudió la cabeza débilmente, sus ojos llenos de lágrimas. No podía permitir que su hermano viera lo que se convertiría, ni que él fuera su primera víctima. Con un último esfuerzo, apretó la mano de Alex, mirándolo con una mezcla de amor y desesperación.


-Alex... no puedo seguir así -dijo con voz temblorosa-. No quiero ser como ellos, no quiero lastimarte.


-¡No digas eso, te salvaré! -insistió Alex, su voz quebrada por el miedo y la desesperación.


Danielle soltó un sollozo ahogado, sabiendo que Alex no podría salvarla. La oscuridad comenzaba a invadir su visión, y el dolor en su abdomen se intensificaba, mezclándose con un deseo voraz que comenzaba a crecer dentro de ella, escupiendo sangre oscura la respiración se iba cerrando en sus pulmones, era algo que no podía controlar. La transformación estaba empezando.


-Alex, escúchame -dijo, su voz débil pero firme-. Tienes que dejarme ir.


Antes de que Alex pudiera protestar, Danielle miró a su alrededor, buscando una salida, un final. Lo vio a unos metros de distancia: una grieta profunda que se había abierto en la tierra, una herida oscura y sin fondo que parecía invitarla.


-Danielle, no... -empezó Alex, pero su hermana ya había tomado una decisión.


Con un último acto de voluntad, Danielle se soltó de los brazos de su hermano y corrió hacia la grieta. Alex gritó su nombre, pero sus piernas no respondieron. Se quedó congelado, mirando cómo Danielle se acercaba al borde. Ella se volvió por un instante, sus ojos encontrándose con los de Alex. En ellos, vio la determinación de protegerlo, incluso en sus últimos momentos.


—Tienes que cuidar a mamá y papá. Te quiero, Alex.— Fue lo último que Danielle dijo antes de lanzarse al abismo.


El mundo pareció detenerse mientras Alex la vio desaparecer en la oscuridad, su figura tragada por la tierra. Un grito de dolor y desesperación escapó de su garganta, un sonido que se perdió entre los ecos del caos que lo rodeaba. Danielle había elegido salvarlo, sacrificándose para que él pudiera vivir. Pero esa elección dejó a Alex sintiéndose más solo que nunca, con un vacío imposible de llenar.


La grieta se cerró sobre Danielle, como si la tierra misma intentara ocultar el horror de lo que acababa de suceder.


Alex cayó de rodillas, sus piernas cediendo bajo el peso de la desesperación. Las manos temblorosas se apoyaron en el suelo agrietado mientras sus ojos seguían fijos en la grieta que se había tragado a su hermana. El mundo a su alrededor seguía temblando, pero él apenas lo notaba. Los rugidos del terremoto se desvanecían en un murmullo lejano, como si la tierra misma compartiera su dolor.


El gas oscuro seguía en el aire, ondulando como un manto de muerte, pero Alex no tenía fuerzas para moverse, ni siquiera para respirar profundamente. Sentía que todo lo que conocía, todo lo que amaba, se desmoronaba junto con la ciudad a su alrededor. Danielle se había ido, y con ella, una parte de él había sido arrancada de su pecho.


El suelo bajo sus rodillas dejó de sacudirse lentamente, el terremoto amainaba, pero Alex no encontraba consuelo en la calma que se instalaba. Todo lo que sentía era un vacío abrumador, un abismo tan profundo como la grieta que se había llevado a Danielle. Lágrimas silenciosas comenzaron a correr por su rostro, mezclándose con el polvo y la sangre que manchaban su piel.


El silencio que siguió al final del terremoto era ensordecedor, roto solo por los ecos lejanos de gritos y lamentos. Alex, sin fuerzas, dejó que sus hombros se desplomaran. No había victoria, ni alivio. Solo una devastación tan completa que parecía no haber futuro.


Las manos de Alex se cerraron en puños, cavando en la tierra suelta, tratando de aferrarse a algo, cualquier cosa. Pero todo lo que quedaba era dolor, y la imagen de Danielle desapareciendo en la oscuridad. Sentía que ya no quedaba nada por lo que luchar, pero la voz de su hermana resonó en su mente, suave pero insistente: Tienes que cuidar a mamá y papá.


El último vestigio de fuerza lo abandonó entonces. El agotamiento físico y emocional, el dolor de la pérdida, el impacto del gas que lo rodeaba... todo se combinó en una oscuridad que comenzó a apoderarse de su visión. Sintió sus brazos volverse pesados, sus párpados cayendo a pesar de su voluntad.


Con un último suspiro, Alex se desplomó por completo, su cuerpo cediendo al peso de la realidad que lo aplastaba. Mientras caía al suelo, la conciencia lo abandonó finalmente, dejándolo a merced del silencio que había reclamado el mundo.


Y en esa oscuridad, el eco de la voz de Danielle fue lo último que escuchó antes de perderse completamente en la inconsciencia.

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Great Character

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Strong Dialog

2

Strong Dialog

author

Esta historia debería ser viral, la forma de escritura es excelente. Te felicito!!

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