Capítulo 1
—¡No corras muy lejos mocoso del demonio! —Exclamó una mujer ceniza a su travieso hijo.
—¡Ya te escuché vieja bruja!
El pequeño cenizo que había respondido de mala manera salió corriendo por entre los pasillos de aquella tienda, sus padres se habían detenido en aquella curiosa tienda para pedir el baño, él no lo necesitaba, pero el interior de la tienda le había llamado la atención por los extraños artículos que se posaban en los estantes. Era una cabaña de madera, en el interior las paredes tenían decoraciones extravagantes; desde cabezas de ciervos disecados hasta cabezas de lobos y osos igualmente disecados, en la entrada justo en el suelo se hallaba la piel de uno de los osos usada como alfombra y misma que no quiso siquiera pisar por respeto al animal, tampoco dejó que sus padres la pisaran y agradecía que los adultos le hayan hecho caso.
Veía los objetos uno por uno, todos los que su vista alcanzaba ya que su tamaño no era demasiado, aún así lo poco que veía le parecía hermoso, al menos los que llamaban más su atención; se llegó a detener en los estantes del final para observar la fila de cajas musicales, había de diferentes formas y colores, pero ninguna parecía servir ya que al abrirlas no se escuchaba nada.
—Quizá no tienen pilas.
Fue lo que se dijo a sí mismo mientras volvía a caminar, pero luego de dos pasos se detuvo, había una curiosa puerta que no había estado allí hacía unos segundos, al menos él no la notó cuando pasó por allí, vio hacia los lados y al no ver a nadie por allí, abrió la puerta para entrar, notando muchas jaulas adornar el lugar; se acercó a cada una de ellas para ver su interior, pero estaban vacías, entendió que por eso era que estaban en esa habitación o eso era lo que creía ya que no estaba seguro. Su concentración en las jaulas era mucha que no notó al hombre parado detrás suyo hasta que éste habló al punto de espantarlo.
—Un muchacho curioso, dime pequeño ¿Cómo entraste aquí?
—Por la puerta, ¿Por dónde más si no? —Respondió el pequeño cenizo con el ceño fruncido mientras veía al anciano. —¿Por qué tiene tantas jaulas vacías?
—Con que por la puerta, interesante —Comentó el anciano con una sonrisa por la pregunta. —No están vacías, debes observarlas mejor, aunque sólo una de ellas es la que te escogerá.
El pequeño siguió con su ceño fruncido por las palabras del hombre al no entender de qué diablos le hablaba, quizá el hombre no estaba en sus cabales en esos momentos y alucinaba, aún así su curiosidad pudo más, así que se acercó a ver las jaulas de diferentes colores hasta que su mirada rubí se detuvo en una jaula de color oro donde notó un movimiento, aunque había sido fugaz lo había notado a la perfección; así que se abrió paso por entre las jaulas para llegar a esa en especial mientras el anciano lo seguía con la mirada. El pequeño se agachó frente a la jaula y acercó el rostro para poder observar dentro, sobresaltándose al ver una pequeña personita que se encontraba sentada sobre el pequeño columpio dentro de la jaula, parecía sostenerse mientras lo observaba igual de curioso que él, pero llevaba a cambio una sonrisa amplia; el pequeño cenizo quedó maravillado con aquella pequeña personita y tomó la jaula con cuidado para no moverlo demasiado antes de acercarse al hombre.
—¡Mire! ¡Si hay algo dentro de esta jaula! —Exclamó el pequeño cenizo con emoción. —¿Pero qué es?
El anciano rió y se agachó para confirmar que era la jaula del pequeño príncipe de las hadas, sonrió saludándolo de manera leve y siéndole correspondido el saludo.
—Lo que estás viendo es un hada, para ser más precisos, es el príncipe de las hadas —Explicó el anciano tomando la jaula para abrir la puerta y dejar que el pequeño hada saliera con ayuda de sus alas. —Izuku te ha escogido y es posible que por él haya sido que entraste a éste lugar.
—Los hadas no existen, son sólo cuentos —Comentó el pequeño cenizo con el ceño fruncido, viendo a la personita acercársele. —¿Un príncipe? ¿Y por qué está cautivo en una jaula?
—Eso es lo que se les dice a los cazadores para evitar que acaben con todos ellos —Explicó el anciano abriendo la mano para que el hada se posara en su palma. —Ellos decidieron vivir de esta manera para evitar la extinción de su gente, pero cada uno tiene su propia casa dentro de las jaulas e incluso hay jaulas donde hay más de un hada —Contó tranquilamente. —Desde hace milenios los Dioses le concedieron un deseo a la reina de las hadas, ésta pidió que cada cierto tiempo naciera una o cinco personas que tuvieran la visión etérea, aquellos con dicha visión serían los guardianes de las hadas, pero su gente sería la que escogiera a la persona que sería su guardián. El pequeño cenizo se mantuvo escuchando con atención y en silencio mientras observaba al hada en la mano del anciano, quería agarrarlo, pero tenía miedo aunque no se le notara demasiado.
—Durante mucho tiempo han habido personas con dicha visión que han llegado buscando al príncipe, pero éste nunca se había dejado ver, al menos hasta ahora ¿Por qué será? —Cuestionó el anciano viendo al pequeño príncipe.
Izuku simplemente sonrió ampliamente sin decir palabra alguna, no diría la verdadera razón por la que escogió al pequeño guardián. El anciano respetó su decisión y asintió con levedad antes de extender al pequeño príncipe hacía el niño cenizo, el nuevo guardián del príncipe, para que lo sostuviera.
—El trabajo de cada guardián es cuidar que ningún cazador sepa de ellos, si un hada cae en manos de un cazador serán obligados a decir dónde se encuentra su gente y acabarán con todos ellos, hay que evitarlo a toda costa —Recalcó el anciano con seriedad, aunque le divertía que el pequeño no supiera cómo sostener al príncipe. —Abre la mano y deja la palma hacia arriba, deja que se pose sobre tu mano, es una forma de sostenerlo; algunas veces también suelen posarse en tu hombro —Le explicó antes de seguir contándole sobre la especie del príncipe. —Hay también cosas buenas que dan las hadas a sus guardianes.
—¿Qué cosas buenas? —Cuestionó el pequeño cenizo con genuina curiosidad, viendo al pequeño hada sentado en la palma de su mano, aquella sensación le emocionaba.
—Los y las hadas no sólo son poseedores de una gran belleza como puedes ver —Comentó el anciano con una sonrisa mientras señalaba al pequeño príncipe antes de proseguir. —También son poseedores de una gran riqueza, muchos suelen tener talento para la construcción y las obras de arte, poseen grandes conocimientos de las plantas, pero sólo la realeza poseen grandes conocimientos de las piedras, los minerales y los conjuros.
—¿Y eso qué tiene de bueno? —Cuestionó el pequeño cenizo sin comprender demasiado.
El anciano carcajeó por las palabras ajenas, el pequeño cenizo sin duda era un guardián inocente por los momentos, no estaba seguro de cómo sería al crecer, pero eso sólo lo vería el príncipe quien era el que estaría con él hasta que ya no quisiese ser un guardián y el príncipe terminara regresando a su tienda.
—No se ría anciano, respóndame —Exigió el pequeño cenizo con el ceño fruncido.
—Lo sabrás cuando vayas creciendo, el príncipe Izuku te lo explicará en su debido tiempo —Respondió el anciano con una sonrisa amplia, extendiéndole la jaula de color oro al pequeño. —Vamos, tus padres deben estar esperando.
El cenizo recordó a sus padres y dejó al hada dentro de la jaula con cuidado, cerrando la puerta para salir detrás del anciano, iba contento ya que podría llevarse al pequeño príncipe hada, no lo soltaría por nada en el mundo; ahora era suyo, después de todo el anciano y él mismo eran los únicos que podían ver al hada dentro de la jaula, así que no le quitarían a su nuevo tesoro.
—¿Dónde demonios te habías metido mocoso del demonio? ¿Qué traes allí? —Cuestionó la ceniza con el ceño fruncido viendo a su hijo. —Devuelve eso de donde lo tomaste.
—Cariño no llames así a Katsuki —Regañó el castaño a su esposa antes de agacharse a ver el interior de la jaula que su hijo llevaba. —Hijo, allí no hay nada.
—Devuelve eso Katsuki —Ordenó por segunda vez la ceniza con el ceño fruncido.
—¡No! ¡Es mío ahora! —Exclamó el pequeño cenizo abrazando la jaula como podía para evitar que se la quitaran.
—¿Y qué piensas hacer con una jaula vacía mocoso? —Cuestionó la ceniza olvidándose de seguir llamándolo por su nombre.
—¡Es mío! —Siguió gritando el pequeño cenizo corriendo lejos de su madre quien se había puesto a perseguirlo.
—¡Ven aquí! ¡No voy a pagar por una puta jaula vacía! —Le gritó la ceniza persiguiéndolo.
El castaño suspiró viendo a su familia, siempre lo hacían pasar ese tipo de vergüenzas, aunque era cierto que no podían pagar por una jaula vacía; vio hacia el anciano cuando lo escuchó reír y sintió aún más vergüenza.
—Está bien, pueden llevársela sin pagar —Comentó el anciano al castaño.
—Nada de eso, este mocoso dejará su berrinche por una estúpida jaula vacía —Respondió la ceniza quien tenía la jaula en una mano y con la otra le sostenía la oreja a su hijo.
—¡Tú eres más estúpida vieja bruja! —Gritó el pequeño cenizo, quejándose por el dolor de su oreja. —¡Suéltame y dame mi jaula!
La ceniza estuvo por darle una cachetada al pequeño por lo que le gritó, pero antes de que sucediera, el lugar comenzó a vibrar haciendo que se detuviera y se asustara, vio hacia su esposo, pero éste parecía estar tranquilo al igual que el anciano y su hijo, entonces fue que se dio cuenta que no era el lugar el que vibraba sino la jaula y con ella, su cuerpo. Soltó la jaula con miedo, pero el pequeño cenizo llegó a tiempo para sostenerla y evitar que cayera al suelo, viendo hacia el interior con miedo.
—¿Estás bien? —Cuestionó el pequeño cenizo hacia el hada quien asentía a pesar de sostenerse de los barrotes de metal del columpio que había dentro de la jaula. —Me alegra que estés bien.
—¡Suelta esa cosa! ¡Está poseída! —Gritó la ceniza con terror.
—Señora creo que el viaje en auto le hizo mal —Comentó el anciano quien sabía lo que realmente le había pasado, pero fingió que no. —Debería sentarse a tomar un poco de agua y descansar.
—Estoy de acuerdo con el señor cariño —Comentó el castaño preocupado. —Venga, siéntate y déjale la jaula al niño.
—N-No, hay que dejarla, desaparecerla —Tartamudeó la ceniza con terror ante lo que sintió hace unos segundos.
El pequeño cenizo frunció el ceño y abrazó de vuelta la jaula, negándose a dejarla, era suya, el hada dentro de la misma lo había escogido y no lo dejaría, era su deber como guardián protegerlo de ahora en adelante. El anciano dejó la diestra sobre la cabeza del pequeño, sonriéndole leve para tomar con suavidad la jaula y dejarla sobre el mostrador, mismo lugar donde sentó al cenizo con poco esfuerzo antes de tomar una botella de agua de las que vendía para pasársela a la ceniza.
—Creo que puede ser la tensión, se ve bastante pálida —Comentó el anciano aún fingiendo. —Miren, de verdad no tengo problema con que el niño se lleve la jaula, es un regalo de mi parte para él que es un niño especial.
—¿Está seguro? —Cuestionó el castaño con inseguridad y una mueca sobre sus labios mientras veía a su hijo hablar solo hacia la jaula, le sorprendía que su hijo haya decidido tener un amigo imaginario dentro de aquella jaula.
—Bastante seguro, así que no se preocupen —Respondió el anciano con seguridad antes de volver a colocarse detrás del mostrador.
El pequeño cenizo vio a su padre hablar con su madre, así que volteó hacia el anciano quien parecía estar buscando algo, pero no sabía qué, aún así decidió hablar de manera confidencial con el hombre.
—Fue el hada ¿Verdad? —Cuestionó el pequeño cenizo.
—Así es, usó uno de los conjuros para protegerte y a él mismo —Respondió el anciano con el mismo tono confidencial, sacando un pequeño libro un poco viejo de cuero color vino que le entregó al cenizo. —Aquí está escrito todo lo que debes saber acerca de las hadas en general; lo que comen, como viven, cuándo hablan, las veces que pueden usar sus conjuros y demás, cuida ese libro de la misma forma en la que debes cuidarlo a él ¿Entendido?
—Pero yo no sentí nada —Comentó el pequeño cenizo de manera asombrada y vio con curiosidad el libro que se le fue extendido, tomándolo para abrirlo y poder leer la primera hoja mientras escuchaba las palabras del anciano. —¡Si! ¡Cuidaré ambas cosas!
El anciano rió por la emoción del pequeño cenizo, a pesar de no haberle respondido de manera adecuada su primer comentario, era en verdad algo sorprendente la manera en la que actuaba, el pequeño niño era bastante grosero y respondón, sobretodo con su madre, pero aún así seguía actuando como un niño con el tema de las hadas, era bastante adorable y tanto él como el pequeño príncipe Izuku sabían que eran pocos los hadas que escogían a su guardián cuando éste era un niño, pero el anciano supuso que el príncipe querría pasar más tiempo con el cenizo y por eso lo escogió primero que los demás.
—Bueno, es hora de marcharnos Katsuki; debemos llegar con tu abuela antes de que anochezca —Comentó el castaño yendo a bajar a su hijo de donde estaba y pasándole la jaula, notando el libro en una de sus manos.
—¡Adiós! ¡Gracias por todo!
Exclamó el pequeño cenizo antes de correr hacia afuera de la cabaña con la jaula en brazos y yendo hacia el auto, esperando que su padre abriera las puertas para poder subirse, se acomodó en los asientos traseros del auto y se colocó el cinturón, dejando la jaula sobre sus piernas para poderla sostener y sonrió leve mientras veía hacia el interior de dicha jaula, notando que el hada se hallaba acomodando sus cosas en el interior como si ahora fuera realmente su hogar aquel lugar.
La ceniza observaba preocupada a su pequeño demonio, aquella jaula totalmente vacía parecía contener nada bueno y esperaba que no le sucediera nada a su hijo, odiaba un poco a su esposo por estar tan tranquilo con aquel tema, ella no sabe exactamente qué fue lo que sucedió, pero está realmente segura que lo que sintió no era normal y era culpa de aquella extraña jaula, sin duda vería cómo deshacerse de ella; se dijo con total seguridad, confiando en que su hijo se aburriera de ella tarde o temprano como sucedía con sus demás juguetes e incluso como sucedía con sus amigos. El castaño mantuvo su mirada en el camino, viendo de vez en cuando por el retrovisor a su hijo quien parecía contento con aquel regalo que el anciano de la cabaña le había hecho, además de aquel curioso libro que descansaba a un lado suyo y que no había abierto en todo el camino.
La familia Bakugō llegó a la cima de aquella montaña donde se encontraba la casa de la abuela, la castaña esperaba sentada en el pórtico donde se hallaba una mesa de madera con un par de sillas rodeando esta, habían un par de vasos y una jarra con una bebida desconocida sobre una bandeja mientras la mujer tenía entre sus manos una taza de lo que posiblemente podría ser café, no estaban seguros; aún así la familia bajó del auto, el pequeño cenizo bajó primero antes de sacar la jaula y tomar de igual forma el libro, corriendo hacia su abuela para saludarla:
—¡Anciana!
—¡Mocoso respeta a tu abuela! —Gritó la ceniza con el ceño fruncido.
La castaña carcajeó por la usual pelea de madre e hijo, dejó sobre la mesa la taza para abrir los brazos hacia su nieto.
—¿Qué traes allí pequeño? —Cuestionó la castaña con una sonrisa al ver al pequeño acercársele contento.
—Un regalo del anciano que trabaja en la tienda de más allá —Respondió el pequeño cenizo colocando con cuidado la jaula sobre una silla para abrazar a la mujer. —¡Pero la vieja quiso deshacerse de mi regalo!
La castaña alzó las cejas al escuchar la respuesta de su nieto, vio hacia su hijo y su nuera antes de agacharse a ver el interior de la jaula, sonriendo suavemente al notar al hada dentro de ella antes de decir:
—Buenas noches pequeño príncipe —Saludó la castaña.
—¿Anciana también puedes verlo? —Cuestionó el pequeño cenizo con asombro, escuchando reír a la mujer.
—Por supuesto que puedo, veo que te escogieron como guardián, Katsuki —Respondió la castaña con una amplia sonrisa y se levantó de la silla para hacerle señas al pequeño. —Ven, sígueme, te mostraré algo.
El pequeño cenizo vio hacia sus padres quienes observaban de igual forma hacia su dirección antes de ver hacia su abuela quien lo esperaba en la entrada de la casa, tomó la jaula rápidamente antes de seguir a la mujer, ambos se adentraron a la cabaña luego de quitarse los zapatos y caminaron por los pasillos hasta la parte de atrás del terreno, el cenizo sabía que su abuela vivía cerca de un bosque, pero no sabía la razón por la que era llevado hacia la parte de atrás, al menos no hasta que se detuvieron en la entrada del bosque.
—¿Quieres una aventura antes de la cena, Katsuki? —Cuestionó la castaña con una sonrisa amplia, viendo hacia su nieto.
—¡Si quiero! —Respondió el pequeño cenizo con ilusión luego de escuchar la palabra "aventura" en boca de su abuela.
La castaña asintió y fue hacia uno de los árboles donde tomó un cable marrón y presionó el botón, haciendo que un camino se formara gracias a las luces artificiales de aquellas luces blancas, volvió hacia su nieto y colocó la mano en su cabeza antes de decir:
—Sigue el camino de luces y al final deja abierta la puerta de la jaula, podrás ver lo que hay más allá de esa aventura, pero deben volver antes de que el sol se oculte por completo ¿De acuerdo?
—Está bien.
Fue lo único que el pequeño cenizo respondió antes de ponerse a caminar por donde se le era indicado, no veía demasiado ya que las luces sólo alumbraban lo necesario, pero lo poco que podía ver eran árboles de gran tamaño, otros un poco más pequeños, pero más grande que sus padres, algunos botaban sus hojas cuando el viento soplaba e incluso había pisado algunas durante su caminata; no sabía cuánto había caminado exactamente hasta que llegó al final del camino, encontrando un riachuelo y unos curiosos árboles de colores blancos, violetas y azules, tenían ramas giratorias y abrazadoras que iban en el sentido del reloj, aún así eran completamente hermosos. Recordó las palabras de su abuela y caminó hacia uno de los árboles, quedando debajo de este para dejar la jaula con cuidado en el suelo y abrió la pequeña puerta de la misma, alejándose un poco para ver salir al hada del interior, extendiendo sus alas parecidas a las de una mariposa y siendo más grandes que su cuerpo, además de ser hermosas por los detalles que estas tenían.
—No vayas a irte muy lejos porque no iré luego por ti —Comentó el pequeño cenizo con el ceño fruncido.
—No te preocupes Kacchan, nunca me iré de tu lado a menos que tú mismo seas quien me lo pida —Respondió el príncipe con una pequeña voz delicada que parecía acariciar los oídos del pequeño cenizo a quien no le importó el apodo brindado por el hada.
—Más te vale.
El príncipe hada rió por el arrebato en aquella respuesta tan tosca de parte del pequeño cenizo mientras observaba el lugar, volando para estirar sus alas que llevaban años sin ser usadas, al ser "prisionero" dentro de aquella jaula de oro no podía estirarlas, pero en esos momentos agradecía hacerlo con confianza y tranquilidad, pero se detuvo al caer en cuenta en algo; aquella señora lo había visto también, eso significaba que era una guardiana, pero ¿dónde estaba su hada?, fijó mejor su mirada en el lugar hasta que notó algo pasar rápido por entre los árboles y que no sólo llamó su atención sino también la del pequeño cenizo quien decidió acercarse hacia uno de los árboles, tuvo que cruzar el riachuelo por encima de las piedras que le servían de camino y cuidando de no caerse para evitar terminar empapado.
Una vez que llegó al árbol se asombró al ver dos hadas en un agujero dentro del árbol, una de ellas tenía el cabello negro con sus alas siendo de un color azul cielo bastante bonito y la otra tenía su cabello como el de su hada, siendo más largo y sus alas eran de un naranja un poco pálido; ambas hadas lo observaban con asombro ya que podía verlas, pero aquel asombro pasó a un miedo ya que no tenían idea de lo que podría pasarles si aquel pequeño decidía agarrarlas.
—¡Oye! ¡Mira, hay dos más como tú! —Exclamó el pequeño cenizo hacia el príncipe quien no dudó en acercarse a curiosear quiénes eran.
—¡Momo, Ibara! —Saludó el pequeño príncipe con una sonrisa amplia sobre sus labios.
—¡Príncipe Izuku! —Exclamaron ambas chicas con asombro, era extraño verlo allí.
—¿Las conoces? —Cuestionó el pequeño cenizo con el ceño fruncido, las voces de las hadas eran más chillonas, muy diferentes a las del príncipe y le estaba molestando ese hecho.
—Son mi gente, las conozco a todas —Respondió el príncipe posándose sobre el hombro del cenizo.
—Al menos no eres un príncipe Deku.
El nombrado frunció su ceño junto a las dos hadas ante aquel comentario, el pequeño era realmente hiriente con sus palabras, las hadas no podían creer que su príncipe haya escogido a alguien así como guardián, pero no cuestionaron nada, en vez de eso se pusieron a hablar, dejando que el guardián se pusiera a curiosear el lugar antes de ver que el sol se estaba por ocultar y le avisó al príncipe que debían volver, lo vio asentir y a los pocos segundos los tres se metieron en la jaula, el pequeño cenizo la tomó entre sus brazos y regresó por el mismo camino por el que había llegado.
Debía admitir que se sentía curioso, aquel tema sobre las hadas era ya, bastante impresionante para él y aunque creía firmemente que los cuentos de hadas sólo eran para niñas, ahora quería saber más para poder aprender sobre el pequeño hada del cual sería guardián, esperaba que el libro que se le fue entregado por el anciano le hablara de aquella especie, además de pedirle algún que otro consejo a su abuela para no meter la pata más adelante cuando creciera.
7 años después.
Un pequeño hada volaba huyendo de su guardián, alzándose lo más posible hacia el techo de la habitación para que no pudiese alcanzarlo, a pesar de que su guardián estaba más alto que cuando lo escogió hacía siete años; el cenizo lanzaba maldiciones a diestra y siniestra al no poder alcanzar al hada que se negaba a entrar a su jaula, su vieja había vuelto a hacer de las suyas con ella y la había decorado con algunas luces, el príncipe hada detestaba toda luz que no fuese natural, lo sabía y por ello las había quitado, pero aún así se negaba a entrar y estaba frustrándose por el berrinche que hacía el hada.
—¡Vieja bruja deja de tratar de decorar mi puta jaula, maldita sea! —Gritó el cenizo desde su habitación, acomodándose en la cama.
—¡Tienes quince años mocoso, es hora de que hagas algo bueno con esa estúpida jaula poseída! —Gritó la ceniza desde el primer piso de aquella casa.
—¡Es mi puta jaula, yo decidido qué mierda hacer con ella! ¡No la vuelvas a tocar! —Gritó el cenizo de regreso y bufó caminando hacia su escritorio para sentarse frente a la jaula. —Ya Deku, vuelve a tu jaula que hay que salir.
—¡No quiero! —Exclamó el pequeño príncipe hada con el ceño fruncido.
—¿Por qué no? —Cuestionó el cenizo viendo hacia el hada. —Demonios, eres tan berrinchudo que me provoca dejarte durmiendo afuera en la calle.
El príncipe hada se tensó al escucharlo, descendiendo hasta quedar frente a su guardián para ver con un poco de temor ante sus palabras.
—¿Me abandonarás Kacchan? —Cuestionó el hada haciendo pucheros.
El cenizo suspiró hondo al ver al hada, el pequeño definitivamente se hacía más hermoso a medida que pasaban los años e incluso crecía un centímetro cada dos años, el libro que aquel anciano le había entregado decía que el hada crecería hasta los quince centímetros y viviría alrededor de mil años, pero su abuela le había dicho que las hadas sólo crecían en el momento en el que tenían a su guardián; estaba agradecido con la mujer ya que gracias a ella podía saber cómo cuidar del hada, además de alimentarlo. Recuerda la primera vez que lo dejó comiendo galletas saladas mientras él se iba a estudiar, al regresar pudo notar que el pequeño príncipe estaba realmente mal que incluso se asustó y dejó su preocupación salir por primera vez, su abuela fue quien lo socorrió en ese entonces y le dijo lo que tenía que hacer mientras lo regañaba por lo que había hecho, él aceptó aquel regaño con la lengua mordida porque aunque le molestara, se lo merecía. Desde entonces cuidaba bastante lo que el pequeño príncipe comía.
—Si sigues igual de berrinchudo y no hablas conmigo de manera directa lo que te incomoda, si —Mintió el cenizo de manera tranquila haciendo preocupar al hada quien mantenía sus alas y orejas bajas. —Mejor, dime qué demonios te pasa con la jaula. Ya quité las luces.
El príncipe vio hacia el interior de dicha aula notando al pequeño intruso, sus alas temblaban ligeramente, no entraría a aquel lugar.
—Prefiero las luces a eso —Respondió el príncipe señalando al intruso dentro de su casa.
—¿Eso? ¿Qué es eso? —Cuestionó el cenizo apartando la sábana de encima de la jaula, espantándose al ver un perico bastante feo. —¿Qué mierdas es eso?
—Tu mamá lo metió allí cuando dormía, además de colocar las luces —Respondió el príncipe haciendo pucheros y alejándose de la jaula al ver al animal acercarse a los barrotes. —¡Ese animal estuvo por devorarme!
El cenizo maldijo y lanzó groserías a diestra y siniestra mientras iba por una caja además de guantes, aquel perico tenía pinta de tener una enfermedad, le sorprendía que estuviese vivo; ahora que lo lograra sacar tendría que limpiar la jaula del príncipe hasta dejarla limpia y sin ningún olor apestoso en su lugar. Aquel trabajo le tomó alrededor de media hora ya que el perico se negaba a salir de aquel sitio, el cenizo supuso que ya lo había tomado como su hogar, pero no permitiría que se quedara con la casa del príncipe de las hadas, metió al perico en la caja y salió de su habitación hacia la sala donde se encontraba su vieja junto a su padre, dejó caer la caja encima de las piernas de la mujer con el ceño fruncido.
—Si querías tener un animal que parece sacado del cementerio, te fueras comprado también una jaula en vez de usar la mía, vieja bruja —Soltó el cenizo con el ceño fruncido yendo a buscar algunos potes con desinfectante.
—¿Para qué comprar una jaula si ya tienes una vacía en tu habitación que no usas para nada mocoso? —Cuestionó la ceniza siguiendo a su hijo con la caja entre las manos. —Además, es un bonito perico.
—Es mi puta jaula, si la quiero tener vacía y de decoración está en todo mi maldito derecho porque fue un jodido regalo para mí, no para ti vieja bruja —Escupió el cenizo con molestia. —¿Bonito? ¿Tienes los ojos en los pies o qué? Esa mierda de perico no está para nada bonito.
—No seas grosero mocoso del demonio, ahora deja la ridiculez y deja que el pobre animalito viva en su nuevo hogar —Comentó la ceniza tratando de meter al perico en la jaula. —Claro que sí es bonito.
—¡Una mierda vas a meter en mi jaula! ¡Sal de aquí con ese animal apestoso! —Gritó el cenizo abrazando la jaula del lado donde estaba la puerta para taparla de su madre. —¡Sal de mi habitación con ese animal salido del cementerio!
La ceniza no iba a permitir que su hijo siguiera con ese tonto berrinche sobre mantener una jaula vacía, así que se puso a forcejear con el adolescente para que le dejara meter al perico, pudo ganarle y tomar la jaula, dispuesta a meter al perico en su nuevo hogar, la misma sensación de hacía siete años volvió a su cuerpo, pero lo que comenzó con un pequeño temblor le siguió una corriente eléctrica que sólo ella podía sentir ya que su hijo estaba de lo más tranquilo y aquello siguió incluso cuando su hijo le quitó la jaula de la mano; pero aquello no fue todo porque de repente comenzó a llover con un poco de fuerza, haciendo que se espantara aún más por los acontecimientos.
El cenizo observaba las expresiones de su madre, notando que eran las mismas que hacía unos años y con la mirada vio hacia su ventana, notando que había comenzado a llover, adoraba cuando llovía a pesar de no disfrutar de la lluvia debajo de esta, aún así disfrutaba del aroma a petricor que la lluvia traía consigo; se acercó a la ventana para abrirla un poco antes de voltear a ver a su madre, creía que ya era suficiente castigo para la mujer, así que vio por alrededor de su habitación notando al pequeño príncipe en uno de sus estantes con el ceño fruncido y una mirada que denotaba la furia que sentía en todo su pequeño cuerpo.