1.
—Quiero el divorcio.
Las palabras que salen por la boca de mi marido me dejan estupefacta. Llevo tanto tiempo esperándolas que es increíble que las esté escuchando ahora.
—¿Por qué? —mi voz tiembla. Es un rasgo que he aprendido a fingir muy bien para hacerme pasar por una esposa sumisa y que lo ama.
Elliot Campbell es lo peor que me pasó en la vida, aunque también lo mejor que le pasó a mi vista. Es tan apuesto que se te olvida respirar cuando estás ante su mirada. Ni mi odio por él me hace inmune ante esos ojos azul oscuro, ante ese rostro perfecto y arrogante, ni ante… Mejor no sigo, solo digamos que es una escultura.
—Porque no te amo, amo a alguien más. Me casaré con ella cuando vuelva de Madrid, ya terminó sus estudios.
Ahí lo tenemos, a su adorada Kristen. Esa mujer es un encanto, he de admitir. Es tierna, bonita y no es falsa, al menos no hasta donde yo sé. No lo juzgo por estar enamorado de ella, lo comprendo, es toda una damita.
Yo, en cambio, he tenido que descuidar mi imagen poco a poco para que se canse de mí y me deje. He perdido tres años de mi valiosa vida en un matrimonio que ni siquiera se consumó porque Elliot no me desea y porque
yo me he ocultado bajo mi ropa horrible.
—Pero yo te amo. —Las lágrimas brotan de mis ojos. Me merezco un maldito Óscar por esta interpretación.
Papá va a enfurecer cuando sepa que me divorcio. Él me vendió a Elliot con la intención de salvar su compañía, y lo logró, Elliot cumplió con lo prometido. A él le convenía casarse para que los medios dejaran de acosarlo y juzgarlo, y salvar una empresa le parecía una cosa de
nada.
La compañía está salvada, yo estoy salvada, todos estamos salvados, pero debo llorar para que papá piense que fue culpa de Elliot y para que recompensen a mi familia, cosa que está establecida en el acuerdo prenupcial.
—¿Por qué? Ni siquiera hemos convivido. —Porque eres hermoso —suelto sin pensar. Él arquea una ceja.
«Eres una idiota, Bárbara, una tremenda idiota», pienso.
—¿Qué?
—Eh… yo…
—Eres tan obtusa. —Niega con la cabeza, divertido.
«No, mi amor, eres tú.»
—Lo siento —susurro, bajando la mirada—. ¿De verdad nos divorciaremos?
—Sí, en pocos días llegará el acta para que la firmemos.
—Mi padre me va a… —Descuida, ya todo está arreglado. Hablé con él y le ofrecí una cantidad mayor a la establecida por el contrato. Además, tú recibirás apoyo económico.
«Se lo voy a donar a los perritos de la calle, yo no quiero nada de ti, puto infeliz.»
Asiento despacio y se me siguen saliendo lágrimas.
Tengo que imaginarme perritos desnutridos para poder hacerlo, y funciona, pues es lo único que me hace llorar de manera genuina.
—Si eso es lo que quieres, está bien —digo suavemente.
—Es lo que los dos necesitamos.
Alzo la vista y lo miro directamente a los ojos. Él pasa saliva y frunce el ceño.
«Sí, en eso sí estamos de acuerdo.»
—Me duele mucho, pero deseo tu felicidad a pesar de todo —murmuro—. Te amo, eres muy hermoso y millonario, como nadie. Es una lástima que ya no esté casada contigo.
Me doy la media vuelta y aprieto los labios para no soltar enormes carcajadas que luchan por salir de mi garganta.
¡Por fin lo conseguí! ¡Por fin conseguí mi puta libertad!
Por fin seré feliz, por fin podré manejar mi vida, porque ni loca volveré donde mi padre. Me iré muy lejos,
trabajaré y seré exitosa.
Elliot solo será un amargo recuerdo.