Custodio by ComadreLola at Inkitt
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CUSTODIO

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Summary

En un recóndito y olvidado rincón de la ciudad, un anticuario de apariencia inofensiva oculta secretos mucho más oscuros de lo que sugiere su fachada. Alina, una joven estudiante de periodismo, se encuentra de frente con este enigmático lugar, desencadenando una cadena de acontecimientos que podrían poner en peligro la propia existencia de la humanidad. En su investigación sobre la leyenda del Ángel Custodio, se topa con El Padre, un hombre atormentado por la tragedia y obsesionado con la creencia de que esta entidad celestial camina entre nosotros bajo una forma humana. A medida que El Padre desentraña los sombríos secretos del pasado, Alina se ve arrastrada a un mundo donde la realidad y el mito se entrelazan, llevándola a cuestionar la verdadera esencia del bien y el mal.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo I: El día de ayer

“Delante de Dios, a quien creyó; el que da vida a los muertos”

Romanos 4:17

En la encrucijada de la avenida Grecia y la plaza de la Sal, oculta entre una densa maraña de tiendas de baratijas y quioscos locales, yace un siniestro anticuario, accesible solo a través del segundo callejón a la diestra.

El día de ayer, un vigésimo cuarto día de septiembre del año de Nuestro Señor 2022, fue cuando una inadvertida intrusa, sin saberlo, estaba a punto de desencadenar una serie de eventos trágicos que amenazarían la existencia misma de la humanidad.

La puerta se abrió con lentitud, revelando el interior de un local desahuciado y casi carente de luz natural. El único sonido que se percibía era el lúgubre tintineo de una oxidada campanilla, cuidadosamente colocada en la parte superior del mohoso marco de madera de la entrada, cuyo propósito antaño era anunciar la llegada de un nuevo comensal, o en este caso puntual, la incursión de una curiosa intrusa.

-Con permiso ¿hola? Disculpe las molestias. ¿Se encuentra abierto?

El interior del antiguo anticuario se presenta frente a la forastera como un santuario olvidado, donde el tiempo parece haberse perdido, encapsulando en su seno vestigios de épocas remotas. Al atravesar el umbral se vio envuelta en una atmósfera pesada y opresiva, impregnada del aire rancio y polvoriento que pareciese haber permanecido inalterado durante largas décadas.

La casi inexistente luz natural que logra filtrarse a través de las sucias ventanas, cubiertas por gruesas cortinas de terciopelo descolorido, apenas alcanza a iluminar el interior. Avituallando a las sombras que se proyectaban en figuras alargadas y distorsionadas en sus rasgadas paredes.

Cada mueble, cada estante y cada vitrina está cubierto por densas lonas blancas, que evocan la imagen de fantasmas custodios de secretos olvidados. Las telas, inmóviles y pesadas, acumulan una espesa capa de polvo que, al ser perturbada, se levanta formando nubes espectrales que se arremolinan lentamente antes de volver a posarse.

Los pocos objetos que no se encuentran velados en su luto blanco revelan una apariencia intimidadora, reposan en un desorden cuidadosamente descuidado, como si hubiesen sido abandonados precipitadamente. Antiguos relojes de péndulo, cuyos mecanismos han cesado su tic-tac hace incontables años, se yerguen en un silencio eterno, mientras retratos desvaídos de personajes olvidados observan con miradas vacías desde las paredes, cuyos ojos siguen a la intrusa en su recorrido.

El mobiliario, de una arquitectura antigua con detalles barrocos y tallas elaboradas, exhibe una opulencia devorada por el inexorable paso del tiempo. Las estanterías, algunas de ellas desvencijadas, están llenas de libros encuadernados en cuero, sus páginas amarillentas y quebradizas, exhalando un aroma a papel trasnochado y remojo de aceite que se impregna en el aire con cada respiración.

El ambiente está embriagado de un silencio sepulcral, roto ocasionalmente por los crujidos de la estructura, como si el edificio mismo lamentase su estado de decadencia. En algún rincón oscuro, el susurro casi inaudible de una corriente de aire resuena como un lejano lamento, acentuando la sensación de soledad y desolación que impera en cada rincón del anticuario.

Este lugar, con su aura de misterio y decadencia, se asemeja más a un mausoleo dedicado a las memorias olvidadas que a un comercio de antigüedades. Cada objeto, cada rincón, guarda sus propios secretos y susurros de tiempos pretéritos, esperando invano ser desvelados por aquellos valientes o incautos que se atrevan a adentrarse en su fatal intimidad.

-Creo que me he equivocarme de lugar… - dijo, desilusionada.

Cuando nuestra inoportuna visitante estaba a punto de abandonar el deprimente local, uno de sus pies, torpemente posicionado, jaló por accidente una de las lonas que celosamente resguardaban la identidad de uno de los muebles del misterioso lugar, dejando al descubierto un pequeño relicario de madera oscura que, a todas luces, era una genuina antigüedad barroca. Sin embargo, no fue el admirable diseño exterior lo que captó su atención, sino lo que el viejo mueble mostraba en su ya apolillado interior.

Aquel armatoste estaba lleno de utensilios y cachivaches de lo más singulares, desde objetos que parecían tener miles de años hasta artilugios que cualquiera podría confundir con piezas de utilería de alguna película de ciencia ficción. El contenido de aquel enser era completamente anacrónico; todo lo expuesto en aquella vitrina francesa debía poseer una historia fascinante. Pero de todas esas cosas, una llamó especialmente la atención de nuestra fisgona: una fotografía, más específicamente, el retrato individual de un hombre mayor que miraba fijamente a la cámara con una expresión firme e impasible.

-¿Se-sera él? – se preguntó.

-Puede ser, de ser así. ¿No sería un simple mito? ¿Fue real? ¿Realmente existe el ángel de la guarda? – comentó emocionada mientras abría el cierre de su mochila.

Una voz ajena respondió a aquella pregunta, evidenciando que no estaba sola.

-Custodio. Así le llaman.

La joven dio un salto que casi la dejó enganchada con las uñas al techo, asustada por la nueva presencia. La voz continuó:

-Y no. Ese no es Custodio.

-¿Quién eres? ¿Dónde estás? – preguntaba la muchacha, aún aterrorizada, mirando a todos los rincones de la habitación.

Emanando de la oscuridad y acercándose ante ella se encontraba un hombre que rozaba los cincuenta años, cuya figura alta y delgada se elevaba como una sombra imponente. Su rostro, esculpido por las adversidades y el paso del tiempo, muestra signos de un cansancio profundo e inquebrantable. Las arrugas profundas alrededor de sus ojos y en la frente hablan de preocupaciones interminables y tortuosas noches insomnes. Sus pómulos marcados y una mandíbula afilada acentuaban una expresión de determinación resignada.

Sus ojos, de un marrón oscuro que recuerda a la madera envejecida, están hundidos en sus cuencas, adornados por ojeras prominentes que atestiguan su agotamiento. La mirada, a pesar de su fatiga, mantiene un destello de sagacidad y persistencia. Las cejas, gruesas y ligeramente desordenadas, enmarcan sus ojos, otorgándole una expresión severa y contemplativa. Su cabello, antaño abundante y azabache, ahora muestra signos de adelgazamiento y está salpicado de canas, especialmente en las sienes y la frente, como si la nieve de la vida hubiera decidido reposar sobre él.

Su atuendo es de una elegancia lúgubre, propia de un caballero de añosa época. Viste un traje formal de color verde musgo que parece haber sido elegido con esmero, aunque presenta señales de uso frecuente. La chaqueta, meticulosamente cortada, se ajusta a su figura delgada sin estar demasiado ceñida. Los hombros están ligeramente estructurados, pero no rígidos, permitiendo una fluidez casi espectral en sus movimientos. La solapa es de tamaño medio, y una discreta botonadura de dos botones color cobre cierra la chaqueta, ajustándose con precisión a su hundido torso.

El pantalón a juego es de corte recto y cae impecablemente hasta sus zapatos, que son de cuero marrón oscuro, bien lustrados aunque con pequeñas señales de desgaste en las puntas y los talones, como si hubieran peregrinados por largos caminos. La camisa que lleva debajo de la chaqueta es de un blanco inmaculado, con un cuello rígido y almidonado que parece desafiar el tiempo mismo. La corbata, de un tono verde más oscuro que el traje, presenta un patrón discreto de rayas diagonales en un verde aún más profundo y dorado, añadiendo un toque de sofisticación sin resultar ostentoso.

Sin embargo, nuestra intrusa se percató un detalle que rompía la pulcritud de su vestimenta: pequeñas manchas de ceniza se esparcen por toda su chaqueta y pantalones, testimonio de su adicción al tabaco. El olor a cigarro rancio emanaba de su ropa, y de sus delgados dedos largos que llevan las marcas amarillentas de años de fumar incesantemente. De vez en cuando, un cigarrillo se asoma entre sus labios, y su mano temblorosa lo lleva a la boca con una familiaridad casi ritual.

Su postura corporal refleja tanto su estado de ánimo como su historia. Aunque se mantiene erguido, hay una leve inclinación hacia adelante, como si cargara un peso invisible sobre sus hombros. Sus manos, descansan frecuentemente en sus bolsillos o se cruzan frente a él, revelando un nerviosismo sutil o quizás un hábito adquirido tras años de incertidumbre.

En conjunto, su apariencia evoca la imagen de un hombre que ha librado innumerables batallas dentro de su sien. El tiempo ha dejado su cicatriz, pero él busca mantener una dignidad y una presencia que resulte imposible de ignorar, como un vestigio de una era pasada, un faro gótico atrapado entre las sombras del presente y la culpa del pasado.

-Él no es Custodio. Su nombre es Germán Santos; conocido como el magnate de la minería en el país.

La muchacha recobró el aliento y, tras calmar sus pulsaciones, preguntó:

-¿Quién eres tú?

-Soy el dueño del local, patrono de todas estas baratijas y sus recuerdos. – respondió.

-Déjame preguntarte algo. ¿Cómo es que conoces el nombre Custodio? – inquirió sin apartar la mirada de ella.

-No, no conozco a ningún Custodio señor, pero cuando pequeña entre las calles y sus niños, siempre se hablaba del cuento del Ángel de la guarda. Aquella personificación que se dedicaba a rescatar a personas de las garras de la muerte. Recuerdo como mi abuela siempre me hablaba de él rumbo al culto de la iglesia los domingos. Para mi y mis amigos, era una especie de héroe bíblico.

-Desde su comienzo hasta la muerte, la vida humana está rodeada de su custodia – citó el hombre y siguió.

-Mateo 18:10. Lo que nosotros conocemos mundanamente como el Ángel de la guarda tambien es conocido como Ángel Custodio. Es aquel espíritu celeste mensajero de Dios que esta obsesionado con la vida humana.

-Entiendo, recuerdo que cuando cursé mis clases de religión en la escuela, nuestra profesora siempre nos hacía exámenes sorpresa para determinar quienes habían estudiado la semana pasada y…- el señor la interrumpió con una pregunta.

-¿Por qué viniste? – preguntó mientras exhalaba el humo del cigarro.

La muchacha se puso nerviosa.

– Bueno, quizás suene infantil, pero escuche a unos niños de mi barrio discutir que en este local se podía encontrar más información al respecto, bueno, estoy haciendo un trabajo para la universidad y quería ver si este era un buen tema para mi informe de cierre del semestre; hablar del mito del Ángel de la guarda.

-¿Mito? – cuestionó el hombre.

-Claro, porque todo esto es parte de la historia bíblica, no es real. ¿O acaso usted cree que es real?

-Si no crees que es real, ¿por qué te emocionaste al creer que habías visto una foto de él?

-No lo sé… - la muchacha estaba intentando hilar algún argumento para defenderse.

-Es real. – sentenció.

-¿Qué dijo? – interrogó a la joven.

-El ángel custodio es real, o al menos su personificación aquí en la tierra. No sé cuándo fue la última vez que alguien lo vio, y tanto su existencia como sus acciones siempre se ponen en duda por los gobernantes y altas autoridades. Las personas vacilan en si lo que presenciaron realmente pasó o es solo el resultado de alguna histeria colectiva. Pero yo sé que es real, por eso me he dedicado a recopilar toda la información posible existente sobre él y sus hazañas.

-Pero eso no tiene sentido, ¿Cómo es que nadie nunca se ha sorprendido al ver a una entidad de luz alada paseándose por las calles de la ciudad, sanando indiscriminadamente a los enfermos?

-Es porque no estamos frente a lo descrito por la biblia. El ángel custodio que camina entre nosotros es de carne y huesos, una persona real, o eso quiero seguir creyendo. – hubo una pausa incómoda.

-¿Una persona real? ¿Un ser humano?

-Nadie sabe con certeza cómo funciona su don de curar a las personas. Respecto a su origen, algunos dicen que fue engendrado por el deseo de un medico frustrado, el cual, egoístamente hizo un pacto con el Diablo para que su hijo fuera un prodigio sobrenatural en la medicina, la biología, la anatomía, la criminología y todas las áreas relacionadas con la salud humana. Pero el Diablo siempre se le ha conocido por ser el mayor humorista de todos, y, como siempre, encontró la forma de entretenerse, entregándole al médico un hijo sublime que corresponda a todos sus caprichos pero portando un toque de maldición.

Te entregare un hijo que pueda salvar a cualquier persona de morir, aun más si su alma se encontrase siendo engullida en las gélidas manos de está. Pero con la injuriosa necesidad de siempre intervenir en el orden de la mortalidad.

-Ósea alguien obsesionado con la vida…- respondió la muchacha.

-Exacto…hmm perdón… ¿cuál era tu nombre?

-Alina señor, Alina de Sousa. Estudiante de periodismo. – estrecho su mano para ser recibida pero el hombre no le correspondió el saludo.

Alina era una joven que cursaba su vigesimotercer año en esta tierra, cuya presencia, a pesar de su juventud, pareciese emanar de sus páginas una oscura historia de antaño, que aun no esta dispuesta a relevar. Aun así su cabello negro y crespo cae en cascadas sobre sus hombros, enmarcando su rostro con rizos que parecen danzar con vida propia. Su complexión es normal, ni demasiado delgada ni robusta, lo que le otorga una apariencia saludable y vigorosa. Su piel, tersa y luminosa, refleja una vida libre de los estragos del agotamiento o los vicios, presentando un semblante fresco y radiante.

Sus ojos, grandes y curiosos, son de un marrón profundo que brilla con una chispa constante de entusiasmo y deseo de conocimiento. Aquellos glóbulos, libres de ojeras, son ventanas a una mente inquisitiva y a un alma ansiosa por descubrir los secretos del mundo. Sus cejas, perfectamente delineadas, se arquean ligeramente cuando está absorta en una conversación o en sus estudios, sugiriendo una capacidad de concentración intensa y un interés genuino en los misterios que la rodean.

La vestimenta de la joven refleja una personalidad sobria, acorde a su origen de clase media y su vida como estudiante universitaria. Viste una falda de color negro, que llega justo por encima de las rodillas, confeccionada en un material que combina suavidad y resistencia, adaptándose a sus movimientos con una gracia casi etérea. Encima, lleva una camiseta de algodón beige, ajustada y discreta, complementada por un cortaviento negro que añade un toque de discreción a su apariencia. Este cortaviento, de tela ligera pero apariencia robusta, tiene detalles en sus bordes y cierres metálicos que destellan en la penumbra.

En sus pies, lleva unas zapatillas deportivas monocromáticas, impecablemente limpias exceptuando sus suelas, denotan su actitud proactiva y su disposición a moverse con rapidez y agilidad. Cada pieza de su vestuario está cuidadosamente seleccionada para equilibrar comodidad y elegancia, reflejando su estilo práctico y su espíritu inquieto pero sin descuidar su aspecto y fachada.

Pero, a pesar de su naturaleza enérgica, hay una sombra de temor en su comportamiento. Una precaución casi imperceptible que se manifiesta en la forma en que observa a su alrededor y el cuidado con el cual mide sus palabras antes de hablar. Esta leve timidez no disminuye su capacidad de actuar, pero añade una capa de vulnerabilidad que la hace aún más humana y accesible.

Quizás la relación con su abuela fuese el resultado de esto, ella fue un pilar fundamental en su vida. Las tardes compartidas que escuchaba las historias que le contaban ahora solo son recuerdos imborrables. Su abuela, una narradora natural, la transportaba a mundos pasados, enseñándole valiosas lecciones de vida. Juntas asistían a la iglesia, un lugar que alguna vez fue nido de consuelo y alimento de una comunidad acogedora para ella. Por lo mismo desde el trágico fallecimiento de su abuela, ha dejado de asistir, sintiendo que una parte esencial de esa experiencia se ha perdido.

Alina se mueve como una bailarina novata, meneándose entre el delicado equilibrio de la luz de su juventud y el entoldamiento de su pasado, como una danzante que se desliza grácilmente sobre el filo de un cuchillo. Un alma que, agobiada por el ayer, ejecuta una danza perenne, siempre intentando alcanzar la tenue luz del reflector que de sentido a su historia.

-Como la antigua mártir cristiana. ¿Sabías que el origen de tu nombre busca ser la contraparte del de Alana?

-No, señor, no sabía que significaba eso. ¿Y sabe cuál es el significado de Alana?

-Aquella que vive en armonía – el hombre soltó una pequeña carcajada que dejó a Alina con mal cuerpo momentáneo – continuó después de reírse.

-Bueno Alina, ya que estas aquí, y viendo que buscas material para tu ensayo final. Te contare la historia de Germán Santos, nombrado por muchos, como uno de los primeros casos documentados de Custodio.

Alina emocionada acento con la cabeza, aun le incomoda la presencia de aquel señor, pero la curiosidad por saber más era mayor que su miedo.

Así el hombre empezó a relatar aquella historia.

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