Capítulo I: El secreto de al lado
Nunca pensé que el destino pudiera ser tan travieso. Durante años, él había sido solo “mi vecino”, el chico de la casa de al lado. Su familia llegó un verano cualquiera y desde entonces compartimos medianera, saludos rápidos y esas conversaciones de pasillo que nunca pasan de lo cotidiano: “¿cómo estás?”, “¿qué calor hace hoy?”.
Pero mi secreto era enorme. Él no era solamente mi vecino… era él, mi ídolo, el mismo que llenaba escenarios, que cantaba canciones que parecían escritas para mí. Yo lo admiraba a escondidas desde que lo descubrí en las redes, mucho antes de saber que vivía tan cerca. Jamás lo confesé; ¿cómo hacerlo sin parecer una fanática más?
Aquella tarde, sin embargo, algo cambió. Yo volvía del supermercado con las bolsas demasiado cargadas cuando la lluvia me sorprendió. Corrí hasta el edificio y allí estaba él, apoyado en la puerta, con el mismo gesto relajado que mostraba en sus fotos. Sonrió y, sin que yo pidiera ayuda, tomó las bolsas de mis manos.
—Déjame ayudarte —dijo, con esa voz que tantas veces había escuchado en mis auriculares.
Mi corazón casi se salió del pecho. Caminamos juntos por el pasillo hasta mi departamento. Antes de despedirse, se quedó mirándome como si adivinara algo en mis ojos.
—Siempre me pregunté si alguna vez me viste más allá del vecino aburrido —bromeó, aunque había un dejo de seriedad en sus palabras.
Lo miré, incapaz de disimular más.
—Te veo desde mucho antes de que vivieras al lado —respondí, casi en un susurro.
Él frunció el ceño, sorprendido. Luego sonrió, una sonrisa distinta, más cercana, más real que cualquiera de las que había visto en entrevistas.
—Entonces… ya no tengo que esconderme —murmuró.
Ese día descubrí que no solo yo guardaba un secreto. Él también había puesto un muro invisible entre el ídolo y el vecino, y por primera vez parecía dispuesto a derribarlo.