Corona de Cristal

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Summary

En un mundo dominado por el éter, la magia primigenia, un grupo de jóvenes llamados siervos anómalos con habilidades extraordinarias lucha por proteger su reino de la amenaza de los Heraldos Sagrados, otro grupo de usuarios con habilidades especiales. Kairós, un siervo del tiempo; Fei, una guerrera del alma; Ravi, una arquera de la luz; Vishwa el siervo del orden; y Ayla, una frágil gigante sanadora, se enfrentan a pruebas cada vez más peligrosas.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1

Kairós, con una taza de té en la mano, se sentaba en su casa, disfrutando de la quietud del día. La luz del sol entraba por la ventana, bañando la sala en un resplandor cálido mientras algunas nubes suaves cruzaban el cielo. El aroma del té llenaba el aire, mezclándose con la calma del ambiente. De repente, la puerta se abrió con un golpe, y Dagan, su compañero del colegio, entró con expresión preocupada.


—¡Kairós! —exclamó Dagan, respirando agitado—. Se reportan casos de gente desaparecida por todo el reino. Me alegra ver que estás bien y no te atraparon. Aún no sabemos qué es exactamente, pero está asustando a todos.


Antes de que Kairós pudiera responder, un pequeño grifo entró volando por la ventana, con un mensaje atado a su pata. Kairós desató el pergamino y lo leyó rápidamente. Era una convocatoria urgente del rey, solicitando su presencia en Ala Blanca.


—Parece que el rey nos espera —dijo Kairós, levantándose con calma, aunque la gravedad de la situación pesaba en su mente.


Ambos se dirigieron a Ala Blanca, una parte del reino conocida por su grandiosa arquitectura y su historia rica. Al llegar, fueron recibidos por la imponente visión de una gran mesa redonda en el salón principal, rodeada de sillas. Cronos, el viejo rey, estaba sentado en la cabecera, rodeado de montones de libros. Su barba blanca y los grandes lentes redondos le daban un aire de sabiduría, aunque algo cómico.


Conforme fueron llegando los siervos anómalos, Fei, Ravi, Ayla y Vishwa, Dagan intentó retirarse, pero Cronos lo detuvo con un gesto.


—Puedes quedarte —dijo el rey con voz firme, pero amable.


Vishwa, el siervo del orden, tosió ligeramente para llamar la atención. Cronos, absorto en sus lecturas, levantó la mirada de repente, provocando que Ravi soltara una risita al ver su expresión un tanto boba. Fei, por su parte, soltó un suspiro, claramente intentando no compartir el sentimiento de Ravi, mientras Ayla intercambiaba una sonrisa tímida con Kairós. Vishwa, percibiendo la incomodidad en la sala, decidió intervenir.


—Señor Cronos, nos ha convocado por los casos de ciudadanos desaparecidos. Algunos son personas de relevancia y seguridad, lo cual nos tiene preocupados.


Cronos levantó una mano para tomar la palabra. Desplegó un mapa sobre la mesa, mostrando los puntos donde habían ocurrido las desapariciones.


—He trazado los puntos de desaparición —explicó el rey—, y todos convergen hacia Velo Nocturno, donde residen los mercaderes del reino.


Fei, siempre práctica, sugirió que prohibieran el tráfico de objetos mágicos en la zona, pues sospechaba que podían estar relacionados con los crímenes. Sin embargo, Cronos se mostró en desacuerdo.


—La magia es lo que hace especial a nuestras tierras —respondió con seriedad—. No podemos privar a Corona de Cristal de su esencia. Aquí, ciudadanos de todas partes, como tú, Fei, una humana extranjera, o Ayla, una gigante, vienen a compartir sus conocimientos.


Vishwa retomó el tema con un tono urgente.


—Debemos actuar antes de que esto se agrave. Sugiero que partamos de inmediato.


Con una última palabra de aliento del rey, el grupo se dirigió al mercado. Cubiertos por capas que envolvían sus rostros en sombras, se mezclaron entre la multitud. Al llegar a la parte más oscura del mercado, donde se comerciaban los objetos más prohibidos, notaron la ausencia de personas. Finalmente, encontraron a un hombre encapuchado.


Vishwa tocó su hombro en señal de amistad, un gesto común en el reino, pero el hombre se mostró reticente.


—No busco charlar —dijo el extraño.


—Somos los nuevos integrantes —dijo Vishwa, esperando que el código funcionara.


El hombre se tocó la frente, comprendiendo su error, y los guió a una cabaña. Ayla y Ravi esperaron afuera debido al tamaño de la puerta. Una vez dentro, el joven cerró la puerta rápidamente, y desde las sombras, otros conjuradores comenzaron a preparar un hechizo. Kairós, con reflejos veloces, usó su poder para detener el tiempo por un breve instante. En ese lapso, desarmó a los conjuradores y los ató con sogas que encontró en la cabaña. Cuando el tiempo se reanudó, los otros secuaces dirigieron miradas de terror hacia Kairós, asombrados por la rapidez de sus acciones.


—No somos quienes aparentamos —dijo Kairós, su voz baja y peligrosa—. Dime dónde están, o te desintegraré aquí mismo.


Aterrorizado, el joven movió un armario, revelando un pasaje oculto. Los demás se encontraban adentro, ya con sus cuerpos atados, sin tiempo para reaccionar. Bajo la presión, confesaron que un ser misterioso les había dado un artefacto para teletransportar personas y les prometía recompensas a cambio de sus servicios. Habían comenzado con personas comunes, pero pronto pasaron a gente de estatus, evitando a Cronos por temor a represalias.


Vishwa, pensativo, recordó la imagen respetable y temida que el pueblo tenía del rey, a pesar de que sus días de gloria como destructor de dragones titánicos ya habían pasado. Kairós, manteniendo su rostro imperturbable, pidió ver el artefacto. Le entregaron un orbe que utilizaban para capturar a sus víctimas en esa zona oscura.


Fei, siempre desconfiada, ordenó revisar la cabaña antes de irse. Encontraron un libro escrito en un lenguaje incomprensible, lo que despertó su curiosidad. Mientras salían, Ayla y Ravi seguían esperando afuera, vigilando la entrada.


—Deberíamos volver a Ala Blanca y entregar esto al rey —dijo Kairós, su voz calma, pero decidida.


Antes de partir, Ravi sugirió hacer una parada en la panadería local. Nadie se opuso. Al llegar, fueron atendidos por una niña vampiro llamada Samy, que les ofreció bollos dulces bañados en chocolate.


—¿Cómo les fue hoy? —preguntó Samy con una sonrisa.


—No fue nada peligroso, pero si lo hubiera sido, no hay nada que unos buenos músculos no puedan resolver —respondió Ravi con una sonrisa, aligerando el ambiente.


Al regresar al salón de Ala Blanca, Vishwa interrumpió la concentración de Cronos.


—Esto es más grave de lo que pensamos, señor. Debemos investigar a fondo.


Cronos asintió lentamente, dejando que la gravedad de la situación se asentara en la mente de todos.


Dagan se alegró al ver a todos reunidos, aunque la preocupación por lo que había dicho Vishwa no desaparecía de su rostro.


—Es bueno verlos juntos, aunque no puedo evitar sentirme intranquilo por todo esto —dijo Dagan, mientras Ravi, con una sonrisa, ofrecía bollos a todos.


—¿Bollo? —preguntó Ravi, extendiendo uno hacia Dagan, quien lo aceptó encantado.


—Gracias, Ravi —respondió Dagan, tomando el bollo.


Ayla, sin embargo, rechazó la oferta.


—Agradezco la oferta, pero no necesito alimentarme de la misma manera que ustedes —explicó Ayla, con una sonrisa cortés—. Cómo gigante sumado a mis orígenes, mi biología es más cercana a la de una planta.


Cronos, mientras tanto, acariciaba su barba y estudiaba el libro que Fei le había entregado junto con el orbe.


—Parece que este orbe podría estar mostrando el punto de vista de alguna criatura —murmuró Cronos, sin apartar la vista del cristal.


Vishwa asintió con seriedad.


— Quizás ocupan algún tipo de magia de ocultación —sugirió.


Kairos, siempre práctico, intervino.


—Para mí, podría ser solo un  poder invisible que abre portales y posiblemente su visión no sea desde el punto de vista actual si no alguna ubicación más exacta—dijo, evaluando el orbe con mirada crítica.


A pesar de sus teorías, el orbe ya no mostraba nada, solo oscuridad. Cronos, luego de un momento de reflexión, comentó:


—Este libro está escrito en una lengua del Reino Oscuro. No es un dialecto común, pero trata sobre cómo ocupar el orbe para invocar portales, definitivamente peligrosos. Podrían traer criaturas desde los abismos del infierno —advirtió con un tono grave.


Fei, siempre cautelosa, comentó:


—No tenían muchas posesiones, pero no parecen simples sujetos  engañados por un poder mayor, eran más bien una secta.


Cronos asintió, considerando sus palabras.


—Lo mejor será que visiten a Stavros, el herrero. Puede que sepa algo sobre este artefacto.


El grupo se dirigió hacia la herrería, que se encontraba dentro de Ala Blanca. Ravi los guiaba, siendo una cliente habitual.


—Stavros fue la mano derecha de Cronos en sus mejores tiempos —comentó Ravi mientras caminaban—. Es un gran herrero.


Ayla, intrigada, preguntó:


—Si era tan cercano al rey, ¿por qué vive como un herrero en lugar de ocupar un puesto más alto?


Ravi sonrió, como si recordara algo.


—La mente de un hombre realmente fuerte es un misterio. Pero por lo que sé, esta fue la vida que eligió después de retirarse. Los viejos relatos dicen que era tan fuerte que podía abrir dragones titánicos con sus manos desnudas.


Vishwa sonrió ligeramente, aunque con escepticismo.


—A pesar de la magia a nuestro alrededor, aún me cuesta creer eso.


Al llegar, escucharon el sonido de un gran yunque. Detrás del yunque, un hombre barbudo con la presencia de un coloso martillaba con brazos que parecían de un golem.


—Stavros —llamó Ravi, pero el herrero no levantó la mirada.


—¿Qué buscan? —preguntó Stavros, mientras continuaba trabajando.


Ravi mostró el orbe.


—Queríamos saber si sabes algo sobre este artefacto.


Stavros lo examinó y luego sugirió:


—Debería romperlo. No parece tener otro uso más allá de facilitar un viaje.


—¡Espera! —intentó detenerlo Ravi, pero Stavros no escuchó y aplastó el orbe con su maza.


Al instante, un portal de niebla espesa se abrió, transportándolos al Reino Oscuro, junto con Stavros.


—Esto va a ser un paseo interesante —comentó Stavros, como si nada hubiera pasado—. Necesitaba ver nuevos materiales para mis forjas, y prefería no pagar dos veces por un portal.


Vishwa, enfadado, sacó sus cadenas doradas.


—¿Qué estás haciendo, viejo? —preguntó con enojo.


Stavros lo miró con calma.


—Tranquilo, no los traicioné. Solo aproveché la oportunidad.


Ravi se rió, golpeando ligeramente el brazo de Vishwa.


—El viejo hace lo que quiere, ¿no es cierto? —dijo con una sonrisa—. Pero, ¿cuál es el plan ahora?


Ayla, pensativa, respondió:


—Si no tenemos pistas más que estar aquí, difícilmente haremos algo útil.


Fei sugirió:


—Podríamos buscar información en los mercados sobre el vendedor del orbe.


El grupo se dividió, mezclándose entre los habitantes del Reino Oscuro. Vishwa, acompañado de Stavros, encontró un mercader con cabeza de pulpo.


—Volgar es mi nombre —dijo el mercader—. Parece que eres nuevo por aquí, a diferencia de Stavros, que es bastante conocido, ¿Acaso eres su discípulo?


—No soy aprendiz de nadie —aclaró Vishwa con firmeza—. Busco al vendedor de unos orbes que crean portales a este Reino.


Volgar señaló una tienda al fondo.


—Busca allí, en la tienda de Dekoy.


Kairos ya estaba en la tienda, hablando con un hombre lagarto.


—¿De dónde provienen estos orbes? —preguntó Kairos.


—Los recibo de un heraldo sagrado —respondió Dekoy, con orgullo—. Son de la mejor calidad.


Fei, al acercarse, recordó:


—Leí sobre esos heraldos en uno de mis libros. Son líderes de sectores que trabajan para el rey.


—Debemos encontrar a uno de esos líderes —decidió Kairos, pero justo en ese momento, una figura gigante con armadura negra apareció.


El grupo se preparó para el combate, pero la figura habló, revelando que era Ravi.


—¿Qué? ¿No me reconocen con armadura nueva? —bromeó Ravi.


Vishwa soltó una carcajada.


—Si no fueras la única mujer de dos metros con los músculos de un oso, podría haberte confundido.


Mientras hablaban sobre el paradero del líder, Ravi, comía  de una bolsa llena de galletas con cara de demonios, ella al terminar señaló un castillo en la cima de una montaña.


—No soy muy experta en el lugar pero tal vez el líder está ahí —sugirió.


Dekoy, al ver que descubrieron el lugar, arrojó una bomba de humo negro y desapareció.


—¿Por qué no lo detuviste? —preguntó Vishwa a Kairos.


Kairos se encogió de hombros.


—No era relevante. Tenemos nuestro objetivo justo frente a nosotros.


Vishwa fue a buscar a Ayla, que estaba estudiando las rocas con Stavros.


—Vámonos —dijo, tirando de sus prendas.


El grupo se encontraba ahora al pie de unos escalones que conducían al pico de la montaña, donde apenas se veía el castillo.