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Ojos rojos fosforescentes en plena luz de luna llena, garras afiladas toqueteando con insistencia los bordes de la ventana a medio cerrar, dientes largos y puntiagudos, cual cocodrilo a punto de darle una mordida letal a su nueva víctima, cola larga, meciéndose de un lado a otro, dejando en evidencia su deseo voraz; cuerpo esbelto, largo, colmado de cicatrices y líneas extrañas que dejaban en evidencia su procedencia maligna.
El pequeño Jungkook apretó la sábana entre sus manitos, misma que llevó hasta más arriba de su cabeza con el propósito de no seguir observando a ese monstruo sacado de pesadillas. No obstante, lo único que consiguió fue que los toques a su ventana incrementaran, dando la sensación de que en cualquier momento se rompería.
Tomando a su osito de felpa fuertemente entre sus brazos, empuñando sus ojos y tratando de evitar empezar a llorar, el niño trató de controlar su respiración, mientras se mentalizaba en que, al igual que las otras noches, solo era su imaginación. Aunque muy en el fondo sabía que no era así; muy en el fondo sabía que, pese a que sus padres no le creyeran, aquella cosa era real y tarde o temprano se lo haría ver a ellos.
El temblor aumentó tras escuchar la misma ventana abrirse bruscamente. El sonido del viento junto al de esas garras tomando cercanía hicieron gritar al infante.
—¡Mami! ¡Papi! —vociferó como si estuviera a punto de ser víctima de un asesino serial. Igualmente, comenzó a lloriquear con brío—. M-mami...
La luz de la habitación encenderse le transfirió cierta paz.
—Mi amor —se acercó su progenitora, evidentemente preocupada—, ¿tuviste otra pesadilla? —Kook negó. Sus ojos se hallaban saturados de lágrimas, sus brazos sostenían a su osito contra su pecho y su mirada inspeccionaba toda la habitación, tratando de encontrar algo. Como era de esperarse, no había nada ahí—. ¿Entonces?
La mujer se acercó a su hijo y, sin dudarlo, lo envolvió en un abrazo. Jungkook siguió apreciando esa maldita ventana con intimidación.
—Hay un monstruo que me quiere robar... —y eso bastó para que optara por llorar nuevamente. Esta vez, con mayor escándalo—. Me quiere llevar con él, mami.
—Kookie, ya te he dicho que los monstruos no existen.
Sí. Ella se lo había asegurado y demostrado incontables veces. Sin embargo, la ventaja de ser un monstruo y asustar a un niño era que las posibilidades de que le creyeran fueran nulas.
—Está ahí... ¡Yo lo vi! —la madre resopló, agotada de encontrarse siempre en la misma situación—. No miento, lo juro...
Jungkook tenía apenas seis años. Un niño de esa edad obviamente tendría un mundo de fantasía y temores en la cabeza.
—Vale —rodó los ojos, poniéndose de pie al tiempo—. ¿Dónde está el monstruo?
—Afuera —susurró. El pavor era más que irrebatible en sus ojos, en su tono de voz y en la manera que abrazaba a su peluche—. En la ventana.
—Bien. Iré allí y te mostraré que no hay ningún monstruo.
Ella se acomodó la bata para dormir y con algo de apuro se dirigió al supuesto lugar. Cabía destacar que la ventanilla estaba abierta; la cortina se movía con auge de adentro hacia afuera. Asimismo, el crujido del viento dejaban todo tipo de cosas a la imaginación. Era de entenderse que Jungkook estuviera teniendo ese tipo de pensamientos. Finalmente, asomó su cabeza e inspeccionó todas las direcciones, tanto la derecha como la izquierda; arriba y abajo.
No había nada. Ni siquiera un mendigo pájaro.
Suspirando, se volteó. Kookie la observaba con expectativa desde la cama.
—Aquí no hay nada, Kook —afirmó—. Los monstruos no existen.
El niñito puchereó. Entretanto, la mujer intentó cerrar la ventana para dar por finalizada su tarea, mas nunca se esperó que las luces fallaran en el mismo instante.
—¡MAMÁ!
El grito desgarrador fue lo único que se escuchó antes de la tragedia. La criatura de pesadilla había entrado a la morada con una rapidez y agilidad increíble. A diferencia de otras veces, portaba una especie de coronilla tenebrosa alrededor de su cabeza, aparentando ser un cono de aquellos que usaban los animales en el cuello después de enfermarse. Con sus garras tomó la nuca de su madre y, sin pensárselo demasiado, desprendió su cabeza de su cuerpo en cuestión de segundos.
El dirigente rodó hasta situarse debajo de la cama del infante, quien tomó fuerzas de donde no las tenía y salió corriendo por el pasillo, las escaleras y entonces de la casa. Afortunada o desgraciadamente esa noche su padre no se encontraba en casa. Al ser policía, los turnos diurnos se podían cambiar imprevistamente por los nocturnos.
El osito permanecía en sus brazos. Su llanto se volvió escandaloso, lo suficiente como para que algunos vecinos salieran a averiguar qué era lo que ocurría.
Jungkook estaba en shock. Se podía decir que estaba “a salvo”, mas esa cosa había acabado con la vida de su madre sin misericordia alguna.
¿Lo peor? Lo peor fue que se rio en su cara desde el techo de su vivienda. ¿Por qué nadie más lo veía? A pesar de que lo señaló, gritó y juró que allí estaba, nadie más aparte de él pudo notarlo.
«Nos veremos en 15 años, obcecación».