Capítulo 1

La mezcla asquerosa de licor, la última droga del mercado y una sensación de euforia fluye a través de mí mientras me balanceo al ritmo de la música a todo volumen.
Aquí estoy bien.
Mientras me mezclo en medio de almas gemelas perdidas y cáscaras vacías, no me siento extraña.
Sin presión. No hay potencial desperdiciado. Ni imágenes perturbadoras.
Nada.
Como a mí me gusta.
Me acerco el trago doble de tequila a la boca y bebo la mitad. El sabor amargo se asienta en mi lengua, dejando un regusto persistente que me cubre la boca. Pero también me produce una sensación de excitación y abandono temerario. El ardor baja por mi garganta y se asienta incómodamente sobre la poco y propicia dosis de tranquilizantes con la que he lavado mi estómago.
¿Mi solución? Buscar más alcohol, drogas y cualquier cosa que caiga en mis sucias manos.
Algo. Cualquier cosa que alivie la presión de las últimas imágenes que se han agolpado en mi cabeza.
Rostros borrosos con voces borrosas en discotecas borrosas.
Lo último que necesito es un recordatorio de mi estado de ánimo o del reciente lío en el que me he metido.
Así que elijo esconderlo bajo la alfombra y fingir que todo es fantástico. Normal.
Para la ocasión, mis amigos eligieron este prometedor club en la Ciudad Occidental; Itaewon. Las grunge paredes de ladrillo brillan en una hermosa mezcla de diferentes tonos de azul.
Los rayos láser de color violeta iluminan a la multitud que llena la enorme sala de la planta baja. Arriba hay una sala VIP, pero siempre es divertido bajar y ensuciarse.
Cuanto más sucio, mejor.
Acabo de llevarme a los labios el chupito de tequila medio lleno cuando una mano delgada con uñas de melocotón me arrebata el vaso y lo pone fuera de mi alcance. Estoy a punto de soltar una palabrota cuando mis ojos se cruzan con los suyos, verdes y tranquilos. Al instante, siento una pizca de juicio y una gran cantidad de amor incondicional.
—¡Rosie! —grito por encima de la música, mi voz suena sorprendentemente sobria—. ¿Qué haces aquí?
Lleva un precioso vestido de tirantes naranja pastel, el cabello rubio recogido en una delicada coleta y su rostro brilla más que nunca.
Hace un tiempo me hubiera parecido extraño verla sentirse cómoda llevando vestidos, cuando siempre ha sido una chica de jeans y camiseta. O el hecho que se haya maquillado ligeramente.
Quiere estar hermosa.
Ha comenzado amarse más a sí misma.
Y para mi vergüenza, no es por nada que yo haya hecho o a lo que haya contribuido. Tardé mucho en darme cuenta que algo iba mal. Podría culpar a mi condición, pero eso no es excusa. No cuando ella ha estado a mi lado toda la vida.
—Has bebido suficiente, Jennie.
—¿De qué estás hablando? Ni siquiera he empezado. —Alcanzo el vaso, pero ella lo sostiene detrás de su espalda.
—Ni se te ocurra. —Me agarra del codo y empieza a sacarme del centro de la multitud en la que he estado felizmente acurrucada. Todos se deshacen en preguntas.
" Jennie, ¿vas a volver? "
" ¿Te unes a nosotros para ese viaje a Ibiza, Jennie? "
" Tengo los últimos chismes para ti, Jennie. "
" Jennie, Jennie, Jennie... "
Me encanta la atención, las miradas hambrientas, la irresistible necesidad de satisfacer todos mis caprichos, todas mis necesidades, todas mis exigencias.
Les mando besos y guiño un ojo a algunos de los chicos, cuyos nombres apenas recuerdo.
Todo forma parte de mi mecanismo de defensa. Mi encanto, mi apariencia, mi popularidad.
Soy lo que ellos quieren que sea. Una coqueta. Una mariposa social. Un prodigio inútil.
Lo que sea. Cualquier cosa.
Mientras confisque su atención. No me importa. La atención mantiene el vacío a raya.
Y lo que es más importante, los cumplidos bulliciosos y las caricias no tan inocentes alejan los pensamientos oscuros.
Aunque sea temporalmente.
Mi mejor amiga, Rosé, abandona el chupito de tequila sobre una mesa y sigue abriéndose paso entre la multitud conmigo a rastras.
Le doy un tirón en la mano, tiro de ella hasta que se detiene y rodeo su cuello con mis brazos, meciéndome al ritmo de la música a todo volumen de la discoteca.
—¡Anda, vamos a bailar!
—Este no es mi ambiente, Jen.
—Por favor, Rosie. ¿Por mí? —Bato mis pestañas y la hago girar.
Suspira, y se mueve lentamente, sin igualar mi energía.Muevo las caderas y el rojo resplandeciente de mi vestido capta las luces estroboscópicas. Mi falda es tan corta que los que están detrás de mí pueden verme el culo en primera fila.
Algunos chicos vociferan y yo les mando besos, echando la cabeza hacia atrás riendo, cayendo en la embriaguez.
En la locura.
En la nada.
Algunos chicos nos rodean y Rosé se tensa y me rodea la cintura con sus manos.
Antes me tomaba a la ligera este sutil cambio, pero ya no. Esta vez, soy yo quien empuja al enjambre de abejas para apartarlas y luego arrastro a mi amiga por un pasillo que conduce a los baños.
Las oscuras paredes están decoradas con carteles de neón grunge de Seúl, la iluminación roja proyecta un cálido resplandor en el espacio, por lo demás tenue.
El caos se filtra a nuestras espaldas, la música baja de volumen y Rosé suelta un suspiro mientras se apoya en la pared.
—¿Lista para volver a casa? —pregunta lentamente, casi con esperanza.
—Ya sabes la respuesta exacta. —Pellizco su mejilla—. Vete tú. Sé que no te gustan estas escenas.
—De ninguna manera te voy a dejar aquí sola cuando estás medio borracha, Jennie. Este club está tan oculto de las calles y emite vibraciones sospechosas. No tengo ni idea de por qué has venido hasta aquí.
—Algo diferente de los lugares habituales del centro de Seúl. Me gustan las aventuras.
—¿Seguro que no es por tu última participación en el concurso internacional de violonchelo?
Un dolor fantasma me oprime el pecho, pero pongo mi mejor sonrisa.
—No. Quizá no estoy hecha para la música clásica y debería dedicarme a ser DJ. De todas formas es mucho más divertido.
—Jen... —La interrumpe un grupo de chicas borrachas que se abren paso entre nosotras hasta la cola del baño.
Rosé toma mi mano entre las suyas.
—¿Quieres comprar comida chatarra y volver a ver El diario de Bridget Jones?
—¿No tienes una novia con la que necesitas, no sé, volar a Nueva York?
Así que, tal vez estoy siendo grosera, pero sé que no tengo derecho a serlo. Siempre pensé que Rosé era mi alma gemela. Mi persona. Mi hermana. La única persona que siempre estaba de mi lado.
Pero eso fue antes de darme cuenta de lo dependiente que era de ella. Lo inconveniente que era. Ella se encargó de todas mis aventuras de borracha tonta. Me mantenía a salvo, cuerda, me limpiaba la frente cuando me ponía enferma y luego me abrazaba para que me durmiera.Escuchaba mis tonterías y me dejaba invadir su espacio sin rechistar.
Después que mi amiga encontrara al amor de su vida y le señalara que yo me estaba llevando toda su buena voluntad sin darle nada a cambio, la odié.
Pensé que era lógico despreciarla a ella. Me está quitando a mi mejor amiga, y nadie se merece a mi mejor amiga.Pero no, la verdadera razón por la que no soportaba a Jisoo era porque me dijo la verdad que me había negado a ver todo el tiempo.
—La conozco desde que éramos como bebés, y ha sido mi mejor amiga durante dos décadas. Eso la convierte en mi Rosie, no la tuya. Es mi mejor amiga número uno.
—Te refieres a la que se ocupa de tus problemas y te arropa en la cama cuando estás borracha —dice con sorna en su voz—. Eso no va a suceder de ahora en adelante que me ha conocido a mí.
Mi expresión decae mientras vacilo ante su comentario.
—Eso no es todo. Nosotras... vamos a lugares juntas, y tenemos muchas fiestas de pijamas, y hablamos y... y... ella es la única persona que me entiende.
—Suena tóxico. Eres demasiado dependiente de ella y no le ofreces nada a cambio.
—Eso no es cierto. Además, yo vine primero y sé más de ella que tú.
—Lo dudo. ¿Por qué no admites que te alimentas de ella y ofreces poco o nada a cambio?
Ella tenía razón. He sido demasiado dependiente de Rosé. Demasiado pegajosa. Demasiado infantil. Un desastre de proporciones épicas, si se quiere. Pero no es responsabilidad de Rosé mantenerme unida.
Es por eso que mantuve la boca cerrada cuando dijo que se mudaba con su novia a los Estados Unidos, incluso si me ha estado matando por dentro.
Lo de ahora fue un desliz. Culpo al alcohol.
Me aprisiono el labio inferior entre los dientes y lo muerdo con tanta fuerza que me sorprende que no salga sangre a borbotones.
—¿Así que no te parece bien, después de todo? —Me observa atentamente—. Lo sabía. Me sorprendió que no hicieras un berrinche.
—Es broma —miento entre dientes—. Vete a vivir tu vida, Rosie.
—Puedo quedarme unas semanas más.
—No. No detengas tu vida por una carga.
—No eres una carga. —Me agarra de los hombros—. Estoy preocupada por ti. Realmente preocupada. Has estado bebiendo tanto que ya es casi una adicción. No has estado tomando tus medicinas regularmente y sigues cayendo en espiral en estos patrones destructivos la mayoría de las veces.
—Se llama divertirse.
—Tomar pastillas raras de extraños no es divertido. Es suicida.
—No son extraños. Son amigos.
—No de los buenos. —Ella suspira—. No soy la única que está preocupada, Jen. Tu mamá y tu papá también. ¿Es cierto que no has hablado con ellos desde que saliste de la sala de competición?
—Les mandé un mensaje. —Se me traba la voz y trago saliva, luego exhalo profundamente para liberar la tensión.
—¿Y crees que eso es suficiente?
—Por ahora. —No puedo confiar en mí misma para hablar con papá y mamá y no derrumbarme. He tenido tres ataques de pánico en tres días. Sé que estoy entrando en una espiral y que se avecina un gran episodio, pero nadie tiene por qué saberlo.
Y menos Rosé, que por fin ha encontrado su merecida felicidad. Si se da cuenta de lo que está mal, no irá a los Estados Unidos, y no puedo estar más en su camino.
—Tomaré las medicinas a tiempo y dejaré de beber. Lo prometo. —Apoyo la cabeza en su hombro para que no vea las mentiras descaradas en mis ojos—. Pero solo si me haces FaceTime todos los días durante al menos tres horas.
—¿Me lo prometes?
—Lo prometo. —Me alejo a regañadientes e inclino la barbilla en la dirección opuesta a nosotras—. Ahora ve con tu mujer y haz tu magia antes que mate a los tipos que nos rodeaban en la pista de baile.
Sus ojos se iluminan, y entonces todo su cuerpo se inclina hacia una tipa de estatura media y algo delgada con mangas llenas de tatuajes. Una personalidad completamente opuesta a la suya. Y, espera, se me olvida mencionar que es una auténtica princesa de la mafia rusa en Nueva York.
Jisoo ha mantenido las distancias, pero nos ha estado siguiendo desde el principio. Por todas partes. Estoy segura que la única razón por la que no se pegó a Rosé es porque ella le pidió un poco de tiempo a solas conmigo.
Aunque está de pie al otro lado de la habitación, toda su atención está en ella. Sus ojos oscuros se encuentran con los de ella, y en esa fracción de segundo, no veo a una hija de puta temible con una reputación que hace correr a la gente. Veo a una mujer que ama a mi amiga tanto como Rosé a ella. Una mujer que arrasaría el mundo solo para protegerla.
—¿Quieres que te llevemos? —pregunta mi amiga, apartando la mirada de su novia con evidente esfuerzo.
—Conduciré.
—Pero estás borracha.
—Solo me tomé medio chupito y me lo arrebataste antes que pudiera acabármelo. Estoy perfectamente sobria.
—No, no lo estás.
—Llamaré a un Uber.
—Eso no es exactamente seguro.
—Le pediré al chofer de papá que me recoja.¿Es suficientemente seguro?
—Supongo. Prefiero llevarte a casa.
—Estaré bien.
—¿Estás segura?
—Vete antes que Jisoo me odie más por atreverme a ocupar tu tiempo.
—¿Desde cuándo te importa lo que piense de ti?
—No me importa. Me importas tú, y tú amas a esa imbécil, así que tengo que aguantarla.
Me da un abrazo rápido.
—Te amo. Veamos El diario de Bridget Jones mañana, ¿trato hecho?
—Trato hecho.
—Mándame un mensaje cuando llegues a casa.
—Sí, mamá. —Me despido.
Ella mueve sutilmente la cabeza antes de ir en dirección a Jisoo. Rosé me echa una última mirada, frunce el ceño y veo que está pensando en quedarse o en obligarme a volver pronto a casa como una abuelita.
Finjo mi mejor sonrisa y le envío besos. Antes que pueda cambiar de opinión, Jisoo aparece frente a ella como una montaña. Su mano se desliza hasta la parte baja de su espalda con sutil posesividad y le suelta un beso rápido pero apasionado en la boca que hace que se olvide de mí.
Aunque solo momentáneamente, porque no deja de mirarme mientras su novia la saca del club, ahuyentando cualquier atención no deseada.
Se merece todo eso y más. Si hay alguien en el mundo a quien se le deba la felicidad y tener a alguien que solo se ilumine cuando ella está cerca, esa es Rosé.
Me da un poco de envidia lo que tiene, pero para conseguir algo así, alguien tiene que ser tan desinteresado y de corazón tan puro como ella.
Inocente, tal vez. Menos enferma mental. Más... normal.
Así que es inútil que yo espere lo que ella tiene, lo que tienen todos mis amigos.
Le arrebato un vaso de la mano a un hombre que pasa, lo bebo y casi toso.
Whisky. Qué asco.
Pero tengo modales. Así que me beso el dedo y se lo pongo en la boca a modo de agradecimiento mientras vuelvo a la pista de baile.
Una hora más.
No estoy preparada para enfrentarme al vacío que viene después. Si estoy lo bastante borracha, puede que olvide un poco.
Escapar un poco. Vivir un poco.
En un instante, estoy rodeada de un grupo de gente. Algunos son amigos o compañeros de la escuela de arte. Otros son caras nuevas.
Cuantos más mejor, en mi opinión.
Estamos de vacaciones de la Uni y es nuestro último año. Rosé ya se ha graduado, y no es divertido estar sin ella en la Busan Elite University. Si no me aterrorizara la idea de volver a vivir en casa de mis padres y dejar que me vieran con detalles crudos y dolorosos, me habría trasladado a una universidad más cercana al centro de Seúl.
Pero bueno.
Por suerte para mí, no he venido aquí a pensar.
Deslizo los dedos por mi largo cabello castaño, levantando los mechones para dejar al descubierto mi espalda desnuda mientras me balanceo sensualmente al ritmo de la música.
Unas manos cálidas se posan en la piel expuesta de mis costados y las aparto juguetonamente.
—Puedes mirar, pero no tocar, Min —arrullo por encima de la música.
No estoy segura que me haya oído y, para ser sincera, no creo que le importe, porque sigue mirándome el escote, follándome descaradamente con los ojos mis largas piernas, mis hombros desnudos y cualquier lugar que alcancen sus codiciosos ojos.
El vestido es perfecto, en mi humilde opinión.
El cordón atado a mi cuello lo mantiene en su sitio, junto con la minúscula minifalda. Los tirantes en forma de serpiente brotan de mis tacones de aguja y abrazan mis piernas de un impresionante rojo brillante.
—Me debes una por lo de antes, amor —dice Mino mientras baila a mi ritmo, reflejando cada uno de mis movimientos y cada batido de mis pestañas.
—¿Oh? —Me hago la tímida—. ¿Cuánto?
—Soy muy caro.
—No más caro que mi fondo fiduciario, Min. —Acaricio mis dedos bajo su barbilla, trazando su piel con mis uñas cereza cromo mientras sus fosas nasales se dilatan—. Además, los dos sabemos que no piensas en el dinero como si se tratara de una moneda.
—¿Pensé bien?
—¿Posiblemente?
Mino es clásicamente apuesto... rostro cuadrado, ojos castaño claro y cabello rubio arena. Estoy segura que me lo follé en seco hace un par de noches cuando me dejó en casa.
No le gustó que lo dejara insatisfecho, pero sigue viniendo por más, así que quizá si me apetece, vaya más allá.
Mino gime mientras muevo las caderas.
—Me estás matando, Jennie.
—Lo sé. —Me rio, el sonido devorado por la música a todo volumen antes que muera de golpe.
Una mirada.
No. Una mirada de muerte.
Unos ojos fríos, calculadores y totalmente destructivos me toman como rehén.
Como un millón de veces antes.
Y como todas esas veces, mi aprensión no se ha reducido ni un ápice.
En todo caso, mi conciencia se ha vuelto mucho más atrevida. Asfixiante.
Es imposible averiguar desde dónde me observa si no se hace totalmente visible. Sin embargo, la vea o no, soy extremadamente consciente de su presencia.
Como un parásito. O, mejor dicho, como una cámara de seguridad de alta tecnología en la que yo soy el único foco.
El sudor resbala por mi espalda y mi piel se calienta en varias órdenes de magnitud.
Instintivamente, suelto la mano del rostro de Mino y mis movimientos se ralentizan mientras busco en las esquinas del club. Ahí es donde siempre acecha, como una sombra, la ama y señora de la oscuridad.
Una maldita fantasma.
La veo. Y desearía no haberlo hecho.
Lalisa Manoban está de pie junto a la barra, reclinada despreocupadamente, con una mano sujetando una bebida y la otra metida en sus pantalones negros planchados. Siempre lleva algo negro. Como una duquesa gótica en un castillo lejano. Un escalón por encima de Drácula y del guardián favorito de Satán. Encaja con la mandíbula afilada, los pómulos altos y el carácter vil.
Su impecable camisa blanca resalta sus anchos hombros y su complexión delgada y musculosa. Los puños están ligeramente arremangados, dejando ver un reloj Patek Philippe tan caro que podría comprar a todo el mundo en este club. Lo sé porque yo compré ese reloj. También tuve problemas con mi papá por gastar tanto dinero. Hace siete años, le rogué a Nana que me llevara a Suiza, conocimos a un maestro relojero retirado, y tuve que suplicarle durante semanas antes que accediera a hacer esa edición especial.
Aunque Lisa no sabe eso. Hice que la tía Hye se lo regalara y que jurara que nunca le diría que era mío. Así que ella cree que fue un regalo de su madre por su vigésimo cumpleaños, y probablemente por eso lo lleva siempre.
A pesar de las sombras, el caos, el ruido y la infinita gente que nos separa, la veo claramente. Demasiado claro. Como si el mundo fuera transparente y ella fuera el único ser tangible en su medio.
Lalisa Manoban ha sido mi condena desde que descubrí lo que significaba esa palabra.
Mi némesis.
La única mujer y persona inmune a mis encantos.
Si acaso, los ignora con fría indiferencia. Como ahora.
Sus ojos destilan una oscuridad sin fondo, y su color gris tormentoso nunca se enfurece ni se subleva. Nunca se desvía de la frialdad a la que me enfrenté el día que rompió mi corazón en pedazos y lo pisoteó.
—Date la vuelta y aparta tu desagradable presencia de mi vista, y fingiré que no he oído tus embarazosas confesiones.
Sus palabras aún escuecen a pesar de los años transcurridos. Quien dijo que el tiempo lo cura todo obviamente nunca conoció a Lalisa Manoban.
Es peor que una herida infectada que se niega a cicatrizar y más brutal que una guerra sin fin.
Por otro lado, ese terrible lapsus de juicio por mi parte dio un vuelco a mis sentimientos por ella. Antes estaba ciega, pero ahora, simplemente la detesto.
Quiero molestarla.
Arrancarle cualquier sentimiento solo para interrumpir su día y destruir su vida cuidadosamente montada.
Me mira y yo le devuelvo la mirada, inquebrantable, aunque me queme con esa mirada gélida, aunque me destroce y me haga pedazos, nunca retrocederé ante esa imbécil.
Sintiéndome especialmente suicida esta noche, gracias a mis espectaculares fracasos y, posiblemente, al cóctel de bebidas, agarro las manos de Mino y vuelvo a colocarlas sobre mis costados desnudos.
La piel no me arde. No empiezo a sudar ni experimento la estremecedora sensación de un erotismo misterioso.
Pero es suficiente.
Mis brazos rodean el cuello de Mino y bailo más despacio que el ritmo, provocativamente, contoneando las caderas, sacudiendo los pechos. La música me recorre el cuerpo, el bajo me retumba en el pecho y me acelera el corazón en una sinfonía de caos y rebeldía.
La sensación de los ojos de Lisa es un elixir tóxico que se arremolina y burbujea en mi interior, un brebaje que promete una evasión temporal de la realidad y una falsa sensación de felicidad.
Mino iguala mis movimientos, tocando, acariciando y cayendo completamente dentro de ello, pero mi atención no está en él.Nunca rompo el contacto visual con el dilema, que está apoyada en la barra, con los ojos todavía distantes y completamente ajena a mi espectáculo.
Así que meto mis dedos en mi cabello, tirando de él hacia arriba, mordiéndome el labio inferior mientras miro fijamente su alma negra.
—Que te jodan —digo.
Entonces, y solo entonces, reacciona. La comisura de sus labios se tuerce en una sonrisa sádica y divertida antes de dar un generoso sorbo a su bebida.
Whiskey. Tailandesa. Intersexual.
Odio saber todos estos detalles sobre ella. Ojalá me diera amnesia para olvidarme de ella, de su bebida favorita, de dónde es, de sus elecciones de vestuario y de toda su maliciosa personalidad.
Mino se acerca hasta quedar casi pegado a mí. Su olor a alcohol y almizcle, casi me asfixia, pero lo soporto y paso el índice por su mejilla con una barba incipiente, obligando a que toda mi atención se centre en él.
Darle a Lisa el espectáculo para el que se apuntó.
No tengo ni idea de por qué no me deja en paz cuando está claro que no le intereso en absoluto, pero que me maldigan si no entro en su juego.
Al menos hoy.
La mayor parte del tiempo, la evito como a la peste. ¿Qué? No siempre estoy borracha, y cuando se trata de Lisa, mi valentía... o mi impulsiva estupidez... depende en gran medida del nivel de alcohol y drogas que bombee por mis venas.
Levanto la cabeza, pero mis movimientos se ralentizan cuando veo que su sitio en la barra está vacío. Una extraña y aplastante decepción se me estruja en el pecho y la odio con todo mi ser.
Peor de lo que odio a esa mujer.
Mi teléfono vibra en mi sujetador y me sobresalto, luego me separo de Mino para comprobarlo.
Lia: Llámame. Es una emergencia.
El corazón me da un vuelco y salgo corriendo de la pista de baile, ignorando las objeciones de Mino y los demás, mientras subo volando las escaleras hasta la sala VIP que he alquilado esta noche. Cierro la puerta tras de mí y recorro el hortero espacio con sofás rojos de piel sintética y paredes negras.
Mi hermana pequeña responde en cuestión de segundos.
—¡Jennie!
—¿Qué...? —Trago saliva—. ¿Qué pasa? ¿Están bien mamá y papá?
—Están bien.
—¿La abuela y el abuelo?
—Viviendo su mejor vida en su último crucero por el Mediterráneo.
—Bueno... entonces ¿cuál es la emergencia?
—Pensé que era la mejor forma de conseguir que me llamaras.
Suelto un largo y torturado suspiro y me apoyo en el lateral del sofá.
—Lia, pequeña mierda, me has dado un susto de muerte.
—Oh, por favor. No más de lo que tú nos asustaste a nosotros durante la competencia anterior, y luego procediste a fantasmearnos.
—Yo no los asusté. Además, no fue... nada.
—Solo si nada significa literalmente congelarse a mitad de la nota durante, como, cinco minutos y luego salir furiosa del escenario.
—Tuve... un bloqueo. —De sentidos.
De la existencia.
Literalmente dejé de ser yo en ese momento.
—¿Y no pudiste, como, hablarnos de eso?
—¿Entonces te compadecerías de mí?
—Entonces te apoyaríamos, idiota. Mamá y papá están preocupados por ti. Yo estoy preocupada por ti.
Me muerdo la comisura del labio. ¿Por qué demonios consigo ser así y preocupar a todas las personas que amo por mi estado mental?
—Hablaremos mañana, cuando se me haya pasado la resaca. ¿Puedes decirles a mamá y papá que ahora mismo estoy bien y que me mantengo ocupada practicando para la próxima competencia?
—Claro. ¿Cuánto me pagas por mentir?
—Perra, por favor. Te encanta mentir.
—Me encanta que me paguen más. —Me la imagino sonriendo como una pequeña psicópata—. ¿Qué tal si me dices el horario de Ryujin para la semana y quedamos a mano?
—Lia... eres mi hermanita y te amo, pero tienes que captar la indirecta cuando una persona no está interesada en ti y seguir adelante.
—No te detuvo cuando estabas cayendo en un charco a los pies desinteresados de Lisa.
Me toco el cabello y me aclaro la garganta:
—Y la superé y algo más. De hecho, odio a Quien-No-Se-Nombra.
—Como deberías, hermanita.
—¿Tal vez tú puedas hacer lo mismo?
—No. Lisa es insensible y no tiene ni rastro de emociones humanas. Mi Ryu es diferente. Es adorable, una dama y la mujer soñada de cualquiera. Solo necesita un empujoncito para ver al amor de su vida. Alias yo.
Sonrío a mi pesar.
—No vas a rendirte, ¿verdad?
—Solo después que mi anillo esté en su dedo.
—Jesús. ¿Estás pensando en casarte a los dieciocho?
—La amo desde que tengo once años. Eso es siete años demasiado tarde, si me preguntas.
—Oh Señor.
—Volviendo al tema que nos ocupa, ¿vas a conseguirme ese horario, Jennie?
—No.
—¿Realmente vale la pena perder mi apoyo cuando mamá y papá te interroguen por respuestas reales? Piénsalo muy bien, hermanita.
—Ugh, eres una pequeña zorra.
—Me parezco a la hermosa zorra de mi hermana. Muah ha ha.
Estoy a punto de insultarla cuando oigo que la puerta se abre detrás de mí.
—Dame un segundo, Mino...
Mis palabras se interrumpen cuando miro hacia la puerta y quedo atrapada al instante en la profundidad de esos ojos.
Fríos. Indiferentes. Tormentosos.
Trago saliva, sin importarme si mi hermana me oye.
—Luego hablamos.
—Solo si tienes ese horario para mí. Adiós.
Cuelga y el repentino clic casi me hace saltar en mi piel. Aunque no tiene nada que ver con Lia y todo que ver con la mujer cuya altura y anchura bloquean toda la salida.
Me enderezo, forzando los hombros hacia atrás, pero es categóricamente imposible hacer que se relajen.
—¿A qué debo este disgusto?
Estoy orgullosa de lo aburrida que suena mi voz. Me ha costado mucho practicar para sonar tan fría e indiferente como ella.
Lisa se aparta de la puerta y, aunque ya no bloquea mi salida, su presencia abruma mis sentidos en una fracción de segundo.
Imponente. Intimidante. Asfixiante.
No puedo apartar la mirada de ella, porque sé que con un solo paso en falso se acabó el juego para mí.
Un movimiento estúpido y me despojaré de otro pedazo de mi alma apenas armada.
—La verdadera pregunta es. —Su voz suave y profunda toca mi cálida piel como un látigo—. ¿Qué has hecho para deberme el disgusto, Jennie?









