Prólogo
Ella vio ese pequeño body y entró en pánico. ¿Cómo iba a entrar un ser humano en algo tan diminuto? A su lado estaba su hermana, sentada en una silla con una panza a punto de explotar, preparando todo para el baby shower de las gemelas. La admiraba tanto. Observaba cómo el embarazo la estaba haciendo brillar; tenía esa sonrisa cuando sentía a las nenas moverse, y se movían como locas.
Tenía la cara hinchada de llorar sin lágrimas porque ya no le quedaban; se las habían llevado todas. Hoy hacía un mes que se había separado de Juanpa. No podía decir que lo extrañaba, porque no era así.
Su hermana miraba su cara y ella sentía que la iba a golpear en cualquier momento. Lo odiaba y con justificación; no entendía sus lágrimas.
Le entraron náuseas nuevamente. Hoy se había levantado rara y corrió al baño. No había podido retener alimentos hoy. Todo le daba asco. Del otro lado de la puerta se escuchaban pasos que se acercaban.
—¿Sere, estás bien? —le preguntó su hermana sin abrir la puerta.
No podía responder. Su cabeza no paraba de sacar cuentas.
Del otro lado, Isabel también empezaba a sacar cálculos, despacio porque no podía manejar otro ritmo con sus 32 semanas de embarazo. Se dirigió a su cuarto, abrió el primer cajón y vio sus pruebas de ovulación y embarazo que había comprado al por mayor, después de siete años de búsqueda de sus princesas. Sacó una y volvió al baño; esta vez entró sin llamar a la puerta.
—¡Isabel! —le gritó, pero sin enojo, solo con asombro.
—Serena, te lo tenés que hacer. Estas cosas es mejor saberlas lo más rápido posible.
Su hermana tenía razón, pero ella no podía. Isabel intentó sentarse en el piso con su hermana, pero sabía que no iba a poder pararse.
—Isa, no puedo, ¿y si es...?
—Y si es, veremos, pero la duda es peor, Serena —usaba su nombre completo como su madre cuando quería que le hiciera caso—. Voy a salir, tenés que hacer pis acá y esperar cinco minutos. Llámame si me necesitás.
Con ella no tenía que pedir las cosas. La conocía muy bien; sabía que no lo iba a hacer con ella allí. Que necesitaba de su soledad.
Puso la prueba boca abajo en el lavamanos. ¿Cómo podía seguir haciéndole daño? ¿Cómo? El recuerdo de esa noche, las luces del patrullero, la comisaría, las sirenas de la ambulancia. Su hermana tocando la puerta de su pequeño departamento en la capital, el que compartía con él. Todavía no podía ir. Le daba escalofríos. Con cada minuto más recordaba la peor noche de su vida.
Un minuto.
Los recuerdos de esa noche se hacían presentes cada minuto...
La sensación del dolor al respirar, el no poder abrir el ojo, la sangre en su boca mezclándose con su saliva. No podía, no quería que esto fuera real.
—Serena, si no abrís la puerta ahora voy a pedir que la derriben. Sabés que soy copropietaria y tengo derecho —su hermana estaba hecha una furia; seguro la había llamado la amiga de mamá, Cora, que vivía abajo.
No podía. Solo quería no sentir más nada.
Dos minutos y treinta segundos. Sentía que el tiempo se detenía y retrocedía en vez de avanzar.
Cuando su hermana la vio, se desmoronó. Ya no era la fortaleza andante que era siempre; era la niña pequeña que la buscaba cuando hacía una cagada y temía a su madre para que la protegiera. Pero ella sentía que no podía proteger a nadie.
No sabía cuánto tiempo estuvieron llorando. Parecía toda la noche, pero seguro fueron segundos. Un policía detrás de su hermana pidió una ambulancia.
—Señoritas, la tiene que ver un médico y tiene que hacer la denuncia. ¿Conocía al agresor? ¿Entraron a la fuerza?
No podía hablar. Fue su hermana la que contestó.
—Fue su esposo. Y no es la primera vez.
El policía asintió y la miró como si la juzgara. Todos la juzgaban.
—Esta vez él... él...
No podía seguir hablando; su voz no salía, se la habían robado.
Su hermana no podía creerlo, no quería creerlo. Tenía que confirmarlo, pero sabía que si pronunciaba esas palabras su hermana se vendría abajo.
Cuatro minutos...
El viaje en ambulancia a las dos de la mañana, sentía cómo se iba muriendo por dentro, como si ya no tuviera motivos para respirar. En el hospital, cómo olvidar las caras de las enfermeras, cómo olvidar su forma de verla. Sus ojos no paraban de mirarla. Hablaban como si ella no estuviera.
—Señorita, si hubo acceso carnal necesitamos unas muestras —dijo la enfermera, casi como si fuera un examen de rutina.
Ella solo pudo asentir.
La policía que la acompañaba empezó a sacar fotos, fotos a sus partes, a sus muslos llenos de hematomas.
Cuatro minutos y treinta segundos.
¿Cómo podía seguir haciéndome daño? ¡¿Cómo?!
Cuatro minutos y cuarenta y cinco segundos.
Cinco minutos. La alarma sonó. Pero no tenía el valor para verlo.
—Sere, ¿necesitás que entre?
Con un hilo de voz le pidió que entrara.
—¿Querés que lo vea yo?
Asintió. Su hermana guardó silencio y vio una lágrima derramar por su ojo, pero la secó rápidamente. Pensó que no la había visto. Solo escuchó como si estuviera en un túnel.
—Lo siento, Serena —y le mostró esas dos rayas.