Capítulo único
Megumi fue cauto y ágil. Puso cada fibra muscular en acción y se guió con todos y cada uno de sus sentidos atentos a los más superfluos detalles. Ya había salido durante las nevadas −siguiendo las huellas de su padre− y cazado algunos zorros de nieve pequeños por su cuenta cerca de casa.
Tal vez su error fue alejarse demasiado o tener esperanza de que podría derribar un zorro adulto con sus propias fuerzas, pero la ambición lo cegó y una de sus patas traseras terminó prensada en una trampa para oso.
Abrió sus pequeñas fauces de cachorro y recordó que su padre le había mencionado que nunca hiciera ruido cuando estuviera atrapado. Podía haber cazadores cerca y el sonido los alertaría. Le dijo también que los lobos eran lo suficientemente hábiles para ir en auxilio de los suyos al oler la sangre, así como cautelosos para alejarse de la zona y evitar peligros adicionales si sus narices no reconocían al herido. Sólo alguien de su familia, su manada, tendría el valor y la responsabilidad de acudir en su ayuda.
El corazón de Megumi se aceleró producto del terror y el suplicio de la carne desgarrada y el hueso roto. Conforme pasaban los segundos y la sangre se deslizaba por el metal, manchando la nieve.
¿Y si nadie iba por él? ¿Y si su padre no lo encontraba? ¿Moriría allí? ¿En medio de la nada?
Por si fuera poco, era un lobo negro, por lo que camuflarse con el entorno no era una opción.
Un gimoteo lastimero emergió de su garganta cuando intentó usar los dientes y su otra pata trasera para aflojar la trampa. Sólo se hizo más daño, profundizando bajo la piel y levantando un trozo de pelaje.
Se echó.
Era muy pequeño para poder usar su forma de licántropo y convertirse de nuevo en humano lo dejaría, aparte de vulnerable, expuesto a morir de hipotermia.
—Oh, qué desafortunado.
Una voz a sus espaldas le hizo ponerse alerta. Volteó en todas direcciones, la respiración agitada, mas no encontró nada.
¿Acaso había alucinado? ¿Sería por la falta de sangre?
Cuando regresó la mirada al frente, se topó con un sujeto que no estaba allí hace unos segundos. Jamás lo escuchó acercarse.
Pegó un brinco, provocando que la trampilla se jalara y lacerara más su pata.
Chilló de forma patética.
—¡A-ah! ¡Lo siento! ¡Lo siento!
El sujeto movió las manos sin saber qué hacer con exactitud. Acto seguido, se las puso encima, aplastándolo para que dejara de moverse, sin el afán de lastimarlo.
—Debí espantarte, ¿no es verdad?
Megumi analizó al sujeto. Era lo único que podía hacer. Tenía cabellos rosas, los ojos ámbar, la piel muy pálida, no despedía aroma −por eso no lo detectó−, tampoco visualizaba el vaho característico de la respiración, sin mencionar su vestimenta poco abrigadora y que sus manos se sentían casi tan frías como la propia nieve.
«¿Acaso es…?». Había escuchado de los vampiros por su padre. Nunca había visto uno. Se decía que poseían afilados colmillos y ojos carmesí, y que por sus cuerpos no corría ni una sola gota de vida. En resumen: muertos andantes.
Los vampiros no eran como los ghouls, estúpidos e inútiles; o como los wendigos, que pese a ser más agresivos seguían sin tener raciocinio.
No obstante, ese sujeto no parecía vampiro. Megumi los imaginaba sádicos y espantosos. Él lucía, más bien, amable, como la clase de persona a la que su padre solía estafar en los mercados.
—Voy a sacarte de ahí, ¿está bien?
«¿Sacarme?». Megumi se extrañó. ¿No fue él quien puso las trampas? ¿O no sabía lo que era en realidad y lo confundía con una cría de lobo cualquiera?
—Pero debes permanecer quieto hasta que abra la trampa, de lo contrario te dolerá mucho. —Poco a poco levantó las manos, viendo que el cachorro se mantenía en su sitio.
Entonces, el sujeto abrió los dientes de metal como quien separa la mandíbula de un caimán. De su rostro no resbaló ni una sola gota de esfuerzo. A Megumi le sorprendió la facilidad con la que lo hizo. Si lidiaba con una trampa de manera tan despreocupada, no sería problema que se deshiciera de él, por lo que debía fingir ser un animal más de los que conformaban la fauna y huir.
Se levantó con dificultad, ignorando el dolor. Su pata trasera arrastró, dejando un camino de sangre. No podía moverla. ¡No podía moverla!
La regeneración de los hombres lobo era envidiable; sin embargo, Megumi no sabía por qué no se estaba curando. La sangre que se derramaba no brotaba a chorros como debería, aunque tampoco se detenía. A los pocos instantes comenzó a sentirse mareado. Las patas delanteras se le durmieron y cayó de nuevo, esta vez, junto con sus párpados, que no fueron capaces de mantenerse abiertos.
Perdió la consciencia.
El sujeto de cabellos rosados ignoró al cachorro durante los momentos en que se miró las palmas de las manos. Exhibían quemaduras que se extendían por los lugares donde estuvieron en contacto con el metal.
Se acercó a la trampilla para analizarla con cuidado. La parte interior tenía varias runas que evocaban la señal de Yrden, parecida a un reloj de arena encerrado en una estrella de cuatro picos. Los cazadores la utilizaban para lidiar con vampiros y atraparlos en barreras. Ahora las heridas tenían razón de ser.
Asimismo, un brillo plateado y cenizo cubría los dientes. Sacó un pañuelo y lo pasó por encima. Eran dos polvos diferentes, el de color plata debía ser lo que llamaban «ceniza lunar», una mezcla de limadura de plata con aceite de verbena; el que parecía hollín…
Dirigió su vista al cachorro tendido en la nieve. Se acercó para revisarlo. Lucía bien tieso, pero aún tenía temperatura y respiraba lento. Un animal normal, con una herida como la que tenía, habría muerto en poco tiempo por pérdida de sangre. En cambio, esa cosita no se estaba desangrando. Le movió la pata, se sentía como gelatina y tenía la carne expuesta.
«Ah, un hombre lobo» dijo para sus adentros. ¿Qué otro ser con apariencia canina podía frenar una hemorragia así?
Miró el pañuelo.
«Debe ser ceniza de serbal o tal vez de acónito». No tenía manera de saberlo, pero era lo único que podía causarle graves daños a un licántropo.
Cerró los ojos y aguzó el oído. A un par de kilómetros se hallaba un grupo de cinco cazadores. Terminarían encontrando al pequeño y vendiéndolo como para pudrirse en oro y nunca más tener que trabajar.
Capturar a un hombre lobo con vida era extraordinariamente complicado y sus niños eran un botín único en su clase. Dado que no estaban despiertos aún, un hechicero capacitado podía convertirlos en esclavos. Los desdichados resultados de ese tipo de experimento eran conocidos como «lobos domésticos» u «hombres perro» por razones obvias.
Cualquiera en su lugar no habría acudido a los cazadores, hubiese tomado la oportunidad para vender al chico, pero él…
Suspiró.
Él era un ser sobrenatural único en su clase. Unos lo llamarían «de buen corazón», otros, «idiota». Dependía del ángulo en que se mirase.
Dobló el pañuelo y lo guardó. La capucha de su gabardina de terciopelo negro era desmontable, así que la utilizó para envolver el cuerpo del cachorro y abandonar el lugar lo más pronto posible.
—Sukuna va a matarme —murmuró el sujeto de pelo rosa frente a las puertas del sitio al que llamaba: hogar.
Lo que dijo había ocurrido en anteriores ocasiones: una espada atravesando su pecho, una lanza pasando de costado a costado, una daga desgarrando su cuello, una mano atravesando su torso para arrancarle los intestinos y desperdigarlos por el suelo. La lista era interminable.
Él y su armonioso hermano gemelo residían en un pueblo perdido y olvidado, por donde Dios no pasó ni saltando. Cerca de la mitad de las casas habían sido reducidas a escombros por los ocasionales ataques de ira de Sukuna, el resto estaban abandonadas y se caían por sí solas.
Lo único en pie y con mantenimiento apropiado era el castillo del frente norte, donde encontraron montones de huesos, libros y suministros de gente que pereció durante una gran pandemia. El lugar fue tachado como maldito y la civilización más cercana estaba a cientos de kilómetros. Perfecto para un par de vampiros jóvenes en busca de un hogar.
No percibió la presencia de Sukuna.
«Seguro está divirtiéndose por ahí».
Bajó a la sala de experimentación para colocar el pañuelo manchado sobre la mesa y no perderlo o lavarlo por accidente. Sería útil más tarde.
Puso agua a hervir y despertó su sentido del tacto. En cuestión de segundos su pálida piel adquirió el color de un joven sano que rondaba los veinte años.
Más que ser muertos vivientes, los vampiros eran entes sobrenaturales que podían hacer hibernar sus órganos y sentidos a voluntad. Por eso era un esfuerzo inútil clavar una estaca en sus corazones a menos que conocieras qué partes de él estaban despiertas o dormidas. En caso de que lo supieras, tampoco te serviría de nada. Siempre y cuando tuvieran el cerebro intacto continuarían vivos.
Así como con los hombres lobo y muchas otras criaturas, claro que podían ser envenenados, frenados, aturdidos, capturados. Matarlos era un asunto muy puntual.
El sujeto retiró la olla de la estufa cuando el agua se calentó lo justo y necesario. Lavó la pata del cachorro con cuidado y la desinfectó previo a vendarla. Después, dejó que esa misma agua hirviera y la vertió en una bolsa impermeable elaborada con el estómago de una oveja, que colocó bajo las cobijas de una cama antes de dejar ahí al pequeño para que descansara.
Él, por otro lado, salió de la habitación, recordando que había ido a cazar al primer animal que encontrara para abastecerse con su sangre. Por esa ocasión debería matarlo, ya que ahora tenía a un ser postrado en cama que seguro necesitaría comida al despertar.
Megumi abrió los ojos. Un inusual cansancio recorrió cada célula de su cuerpo, incluyendo las que conformaban el pelaje y las uñas. Se acurrucó, dispuesto a seguir con la siesta cuando cayó en cuenta de que no estaba en un lugar conocido.
Levantó el hocico para olisquear en busca de algún aroma familiar. Era como si el cuarto hubiese estado cerrado y deshabitado por años donde sólo la madera hacía acto de presencia, también había un toque, casi imperceptible, de hierbabuena y azahar.
Bajó de la cama, sorprendido por el maltrecho estado de su pata. ¿Por qué seguía herido?
Su principal objetivo habría sido huir de no ser por el vendaje. Seguro había sido ese sujeto de pelo rosa. Debía encontrarlo.
La puerta estaba emparejada, así que la empujó con la cabeza. No obstante, fue abierta desde el otro lado. Volvió a chillar al recibir un pisotón en una pata delantera.
¡¿Por qué el universo se ensañó tanto con sus pobres patas ese día?!
El chico de pelo rosa cayó de rodillas.
—¡Woah!
Cargaba una bandeja en ambas manos, por eso no logró ver el suelo. Su contenido apenas se derramó; de alguna manera, pudo mantenerlo en equilibrio.
—¡Ah! ¡Lo lamento! ¡No te vi! —exclamó buscando en todas direcciones.
Megumi echó a correr como pudo hasta meterse bajo la cama.
—Espera un poco. —Dejó la bandeja en el piso—. Sal de ahí. Te preparé algo rico.
Se agachó, divisando un par de ojos verde esmeralda entre la oscuridad. Metió la mano, intentando alcanzar al pequeño.
—¡Ah!
Recibió una mordida.
Se puso de pie. No quería parecer rudo, pero no tuvo de otra. Con una mano levantó la cama desde la base por un extremo. En un rápido movimiento pescó al animalito del cuero. Éste escondió la cola entre las patas, echó las orejas hacia atrás y le gruñó.
—Sí, sí. Compórtate todo lo huraño que quieras, pero primero come. —Soltó la cama, originando un ruido violento al caer al suelo—. Si quieres curar esa pata tienes que reponer energías.
Megumi comenzó a calmarse cuando le vio sonreír. Era tan… brillante de alguna manera. Giró la cabeza hasta toparse con la bandeja que despedía un olor increíble. En poco tiempo se le hizo agua la boca y, esta vez, el «grrr» provino de sus tripas.
—Soy un excelente cocinero, ¿sabes? —anunció el sujeto, bajando al cachorro cerca de su creación culinaria.
Megumi no se sentía cómodo del todo, pero decidió confiar un poco en él. Es decir, alguien que te quiere hacer daño no te curaría las heridas ni te prepararía una buena comida.
Dio los primeros mordiscos con calma y no supo si fue el hambre voraz que se cargaba o los instintos de lobo que no conseguía controlar −a veces− en esa forma, pero regresó en sí cuando notó un cuenco vacío volcado mientras terminaba de roer un hueso con el que parecía estar jugando.
El otro chico miraba en su dirección con una expresión de satisfacción, algo bobalicona para su gusto.
—¿Ves? Te dije que era un excelente cocinero. —Tenía ganas de preguntar al cachorro por qué no tomaba su forma humana. Sería bueno hablar un poco, aunque quizá la mejor opción sería no presionarlo—. Por cierto, mi nombre es Yūji. Itadori Yūji.
Megumi respondió con un corto aullido.
Yūji no supo qué significaba.
—Encantado de conocerte.
Los días se convirtieron en semanas, las semanas en meses, y los meses en años. Por extraño que pareciera, la amistad entre el vampiro Yūji y el hombre lobo Megumi no hizo más que crecer y reafirmarse, pues Yūji estuvo allí para Megumi cuando su padre fue asesinado y le extendió una mano amiga que Megumi no rechazó.
No obstante, Megumi también fue acogido por otro hombre lobo, Satoru Gojō, quien lo entrenó una vez logró despertar su forma de licántropo a los dieciocho años.
Ahora parecía que Megumi tenía dos vidas: en la primera, lidiaba con unos vampiros gemelos −uno era su amigo y el otro lo acosaba− que agitaban su vida; en la segunda, su extravagante mentor le hacía los días imposibles. Sólo Yūji sabía de la existencia de esa dualidad, por lo que esperaba alguna señal de Megumi para pasar el rato sin meterlo en problemas.
Un día, que Yūji jamás olvidaría, se encontraban en plena cacería −la actividad favorita de Megumi− cuando los cielos nublados se aclararon y tuvieron que apresurarse a la casa de Megumi, donde cerraron puertas, ventanas y cualquier rendija donde pudiera filtrarse la luz.
Sin embargo, el universo creó un complot y Megumi percibió a la distancia el olor de un individuo problemático y molesto.
—¡Itadori, escóndete! —levantó la voz para que su amigo pudiera escuchar fuerte y claro.
Por desgracia, la puerta se abrió de golpe con toda la elegancia que una patada podía otorgar, revelando a un sujeto alto, muy alto, de cabellos tan blancos como la nieve y profundos ojos azules.
—¡Boom, baby! Una vez más, hace su entrada principal el único, magnífico e inigualable Satoru G…
No terminó de presentarse porque Yūji profirió un quejido al sentir el ardor característico del sol sobre la piel de una de sus manos.
—Ah, disculpa —dijo Yūji, apartándose de la luz. Fue una pena arruinar la presentación del desconocido—. ¿Y tú eres…?
Sin pensarlo dos veces, Satoru se abalanzó sobre Yūji. En un parpadeo ocurrieron muchas cosas: Satoru estuvo a escasos milímetros de destrozar el rostro de Yūji con un zarpazo, de no ser porque Megumi se interpuso entre ambos, frenando con su cuerpo el ataque de su maestro.
—Ay, Megumi, Megumi, Megumi —murmuró Satoru, empujando con fuerza las piernas para avanzar y hacer que su estudiante cayera—. Quizá no lo sepas porque nunca te has topado uno en persona, pero acabas de meter a tu casa a una alimaña muy peligrosa.
—¡¿Cómo que alimaña?! —exclamó Yūji dando un paso hacia atrás.
—Tranquilícese, Gojō-sensei, esa “alimaña” —Megumi hablaba con mucho esfuerzo, retener a Satoru le representaba un esfuerzo titánico—, como usted lo llama…
—¡¿También tú, Fushiguro?! (¡Perros tenían que ser!)
—Es un amigo mío —finalizó Megumi, con un temblor notable en brazos y piernas. Estaba a punto de ceder.
Satoru tragó aire con sorpresa.
—¿Cómo que “amigo”? ¡Ya te lavó el coco! No te preocupes, Megumi, tu sensei resolverá esto. El hechizo se levantará en cuanto le corte la cabeza.
Las fuerzas de Megumi lo abandonaron. Satoru aprovechó para hacerlo a un lado con un rápido movimiento y con las garras visibles en la punta de sus dedos, se lanzó hacia Yūji, quien lo esquivó con cierta gracia.
Dos golpes veloces y consecutivos, siendo uno de ellos una finta, le hicieron saber a Satoru que la alimaña chupasangre era bueno al juzgar un combate, pero la suerte comenzó a terminarse para Yūji cuando dos de cada tres ataques lograban hacerle rasguños menores que sanaban al instante.
Podía parecer poca cosa, pero Yūji consumía poca sangre como para continuar esquivando y mantener una batalla de resistencia; lo cual, era muy estúpido contra un hombre lobo.
Sin embargo, reconocía que el mentor de Megumi era bueno, pues el único ente capaz de ponerlo en aprietos −hasta ese momento− era su gemelo Sukuna. Gracias a él podía ver con claridad los movimientos de Satoru como para esquivarlos al instante, aunque el patrón de sus ataques era lo que le daba problemas.
—¡¿En verdad este tipo es tu maestro, Fushiguro?!
—A-ah, ¡sí! —tartamudeó Megumi, pues intentaba seguirles el ritmo con la vista.
—¿Entonces qué has estado haciendo todos estos años?
Megumi no supo a qué se refería con eso.
—Porque tu forma de combate apesta —admitió Yūji con todo el dolor de su corazón. Los combates de práctica con su amigo dejaban mucho que desear y si ese tipo era quien lo preparaba, ¿por qué era tan malo?
Megumi puso los ojos en blanco. Él nunca se había tomado en serio a Yūji mientras luchaban porque temía herirlo de gravedad, pero lo que acababa de oír golpeó directamente a su orgullo, por lo que no midió sus palabras inmediatas.
—Tiene permiso de matarlo, Gojō-sensei.
—Oye. ¡Oye! ¡No! —gritó Yūji—. ¡Necesito tu ayuda, Fushiguro! ¡Aaah!
Tres minutos más tarde, Satoru y Yūji se encontraban sentados a la mesa, uno delante del otro. Megumi llenó media copa de su propia sangre y se la colocó a Yūji por un lado para que bebiera y repusiera la energía consumida.
—Oh my —canturreó Satoru con una sonrisa de oreja a oreja—. Lamento tanto mis modales, pero todo es culpa de Megumi por no presentarnos. No sabía que eran amigos.
—¡Pero si lo dije al inicio!
—¡Pero si lo dijo al inicio!
Exclamaron Megumi y Yūji al unísono, en un claro tono de queja.
—Oh, ¿lo hizo? —Satoru inclinó el rostro, fingiendo demencia.
—¡Sí! —otra respuesta que los chicos dieron en coordinación.
Satoru emitió una risa corta, agradable, antes de tomar la palabra.
—No escuché bien entonces, qué pena.
—Fushiguro, este tipo me pone nervioso —declaró Yūji en un corto suspiro.
—Oh, lo sé, lo sé —respondió Satoru, que casi se trepa en la mesa para quedar a escasos centímetros del rostro del vampiro—. Provoco ese efecto en mucha gente, especialmente en señoritas jóvenes, pero uno que otro hombre tampoco se escapa de dedicarme suspiros. —Le guiñó un ojo al finalizar.
—Detenga su acoso sexual, sensei. —Megumi no terminaba de acostumbrarse a ver ese tipo de cosas, pese a la cantidad de veces que lo había presenciado.
—¡Coqueteo! —corrigió Satoru.
—Vea la cara de Itadori, definitivamente metería una demanda si fuera humano.
—Una por acoso y otra por agresión —puntualizó Yūji—. Eh… ¿Es necesario que se me pegue tanto? —Echó el cuerpo hacia atrás hasta que chocó con el respaldo de la silla.
—Ah, disculpa, disculpa. —Satoru regresó a su sitio—. Es que no estabas respirando, creí que era por mí, pero justo recordé que estás muerto.
Yūji volvió la mirada hacia Megumi y le habló con un susurró perfectamente audible.
—Oye, ¿a este qué le pasa?
—Él es así, no te tomes en serio lo que dice.
—Oye, ¡qué grosero! —se quejó Satoru con una extraña mueca que pretendía ser un puchero. Acto seguido, se aclaró la garganta y extendió la mano—. Empecemos de nuevo: mi nombre es Gojō Satoru, licántropo de primera clase.
Una vez más, Yūji buscó los ojos de Megumi para saber qué hacer a continuación. No conocía las costumbres de los lobos y si un vampiro te tendía la mano, debías besarla, algo que no estaba seguro de querer hacer con Satoru.
—Significa que no tiene pulgas —aclaró Megumi.
—¡Oye!
Yūji soltó la carcajada mientras Megumi le indicaba que debía estrechar su mano.
—Itadori Yūji.
Cuando la mano de Yūji tomó la de Satoru, una descarga eléctrica recorrió de pies a cabeza a este último.
Para Satoru, era realmente extraño tocar a alguien de la raza de Yūji, pues no sólo había tenido terribles experiencias que involucraban un derramamiento de sangre impresionante, sino que tocar a alguien tan frío como el hielo era toda una experiencia.
Con suaves movimientos del pulgar abarcó lo que pudo de esa helada mano, cosa que estremeció a Yūji, aunque lo único que atinó a hacer fue desviar el rostro como si se encontrara apenado.
Sin saber dar una razón precisa, a Megumi le incomodó presenciar el saludo.
Satoru era consciente de que Yūji no era normal. Ver su cara le transmitía algo completamente diferente a toda la gente con la que solía convivir. Le costaba creer que Yūji proviniera de una especie sádica y sedienta de sangre, incluso si podía advertir las notas metálicas del fluido en la copa que Megumi dispuso frente al chico.
Cuando decidió soltar a Yūji, los tres se sumergieron en un silencio de proporciones épicas.
—Qué silencio tan incómodo —evidenció Satoru, tornando más pesado el ambiente—. Megumi, ¿tienes algo para comer? Muero de hambre. Pensaba que podríamos salir a cazar algo, pero perseguir a este chico por toda tu casa me abrió el apetito y no me quiero mover. —Con descaro, se desparramó sobre la silla.
—Se supone que usted es el adulto aquí, ¿por qué lo tengo que atender? —respondió Megumi con el entrecejo fruncido.
—Porque soy tu invitado, no seas desconsiderado.
—Ah, yo traje algo —agregó Yūji, poniéndose en pie en dirección al equipaje que dejó en la casa antes de salir a cazar con Megumi por la mañana—. Ayer por la tarde tomé la piel de unos venados, limpié la carne y pensé en traérsela a Fushiguro (después de todo, yo no necesito comer).
—Gracias. —Megumi olfateó el aire por instinto mientras su amigo desempacaba.
«Todavía tiene hábitos de cachorro» dijo Satoru para sus adentros. Por supuesto que él también se valía de su sentido del olfato para toda clase de actividades, aunque sólo los niños hacían el gesto evidente.
—¿Puedo usar tu cocina? —preguntó Yūji.
—Justo te iba a pedir eso —añadió Megumi, con los ojos siguiendo a su amigo hasta que se perdió en la habitación contigua.
Satoru también miró en la dirección que tomó Yūji.
—¿En verdad lo dejarás cocinar?
Megumi encogió los hombros antes de responder.
—Se le da bien.
—¿Y si te envenena?
—Sobreviví a la cocina experimental de mi padre. —Eran memorias agrias que no prefería explorar a profundidad—. Nada que entre por mi boca puede matarme.
—Vaya recuerdos tan bellos los de tu infancia —el sarcasmo se marcaba en la voz de Satoru con un giro cómico que a Megumi nunca le causaba gracia.
«Tengo peores...». Megumi, por su parte, intentó espantar las imágenes mentales de la maldita sonrisa horrible y petulante del gemelo de Yūji.
Luego de un rato en silencio, Satoru entró a hurtadillas a la cocina, manteniendo al mínimo los latidos de su corazón y ocultando su presencia como el cazarrecompensas experimentado que era.
Al estar cerca del cuello de Yūji, inhaló con fuerza en un intento imposible por identificar o memorizar su esencia.
Si Yūji pudiera ponerse más pálido de lo que estaba, lo habría hecho. En su lugar, se limitó a girar el rostro, topándose con unos ojos azules que se clavaban en él como un par de estacas.
Se le erizó la piel.
—Ah, no me prestes atención, sigue con lo tuyo —indicó Satoru, efectuando un movimiento de mano para que le restara importancia.
—Uhm, bueno, me gustaría creer que son costumbres de perro, pero Fushiguro nunca ha hecho algo así, ¿por qué me huele?
—¿Cómo que “costumbres de perro”? —Satoru se llevó una mano al pecho, fingiendo encontrarse muy ofendido y procediendo a realizar uno de sus conocidos dramas—. Oler es algo que cualquier ser humano normal hace. Lamer es una costumbre de perro.
Acto seguido, Satoru lamió el cuello de Yūji, quien se congeló con el cucharón en mano, dejando de mover el caldo.
—Yo soy un lobo decente —finalizó Satoru, fingiendo que nada extraño había ocurrido.
—Permítame dudarlo. —Yūji no supo cómo pronunció aquello sin titubear.
—En todo caso, sólo quería comprobar el mito de que ustedes, los de tu clase, no despiden ningún aroma por sutil que sea.
—Bueno, es que no sudamos (estamos muertos).
—Ya, pero la ropa…
—Tampoco nos andamos restregando por ahí.
—¿Qué insinúas?
Satoru entrecerró los ojos, sospechando que buscaban echarle “ser un animal” en la cara.
Yūji se limitó a soltar un bufido a modo de risa antes de responder.
—Nada, nada. —Una sonrisa dudosa, similar a la de un niño que ha hecho una travesura, le dio vida a sus facciones.
Tras colocar la última albóndiga de carne en la olla hirviendo, Yūji se lavó las manos para acomodar las mangas de su ropa.
Satoru se recargó contra la mesa, evitando sentarse por completo y se cruzó de brazos.
—¿Y desde cuándo conoces a Megumi?
—Hmm. —Yūji se colocó un dedo en la mejilla y elevó la vista al techo, como si en este se reflejara el tiempo de sus memorias—. Creo que desde hace unos ocho o diez años. En ese entonces él tenía la apariencia de un niño y en su forma animal era un cachorrito adorable, casi me parte el corazón que ya no lo sea más. —Él podía ser dramático también, por lo que no dudó en limpiarse unas cuantas lágrimas imaginarias, dolido de que Megumi hubiera dejado de ser el tierno animalillo que encontrarías en una tienda de mascotas.
En lo que Yūji terminaba de cocinar, Megumi subió a su habitación a acomodar su ropa en el clóset. Una parte de él se sentía intranquila por dejar al par de atarantados a solas, por lo que mantenía el oído atento a cualquier ruido inusual.
Cuando bajó siguiendo el agradable aroma de un estofado, encontró la ropa de Satoru sobre la mesa y donde debía estar el maestro con estatura de roble que lo sacaba de quicio, encontró un enorme lobo blanco orgullosamente sentado.
Por si eso no fuera raro de ver, Yūji se hallaba de rodillas, restregando el rostro contra el denso y esponjoso pelaje del lobo.
—¡Ah! ¡Fushiguro! ¡Mira lo suave y espeso que es! Deberías probar esto. Moriría por hacerme un abrigo así —exclamó Yūji con una sonrisa bobalicona haciéndolo ver más infantil de lo que debería.
Satoru levantó las cejas cuando su mirada se topó con la de Megumi.
—Vamos, sé que quieres hacerlo —dijo Satoru, algo que su estudiante entendió a la perfección, pero que Yūji interpretó como una serie de aullidos cortos entrelazados.
—Por supuesto que no —añadió Megumi, cruzado de brazos y con una mueca de disgusto deformando su joven expresión en la que cualquier viejo arisco usaría para ahuyentar a los niños de su propiedad.
—¿Hm? —Yūji paró en seco—. ¡¿Hablas perro, Fushiguro?!
Satoru emitió un gruñido sutil.
—Por supuesto, soy un… —en lugar de finalizar la oración, Megumi le propinó a Yūji un certero coscorrón.
—¡¿Y ahora yo qué hice?! —se quejó Yūji, sobándose la cabeza.
«Demasiadas bromas caninas por un día» fueron palabras que quedaron en el interior de Megumi. En su lugar, dijo algo distinto.
—Avísenme cuando la comida esté lista. Estaré en mi cuarto.
—Andar en la adolescencia debe ser duro —murmuró Yūji, obteniendo una réplica en forma de aullido, pues Satoru estaba de acuerdo.
Cuando Satoru decidió que era suficiente de mimos, avanzó en dirección a su ropa. Yūji se puso en pie y, aunque había visto a Megumi transformarse cientos de veces, el físico de Satoru le despertó algo distinto, algo que apelaba a sus más primitivos instintos, algo que no sabía que yacía en su interior.
Escrutó con la mirada cada músculo del cuerpo de Satoru; no pasó desapercibida ninguna línea, curva, vello o poro. Ese hombre (lobo) era simplemente magnífico.
—¿Te gusta lo que ves? —musitó Satoru en una tonalidad coqueta, exhibiendo su físico de manera impúdica y cubriéndose de forma disimulada la entrepierna con su playera.
—¡Lo-lo siento! —Yūji se giró de inmediato, centrando su atención en el caldo y obligándose a pensar que era super interesante la superficie burbujeante.
—El acosador resultó acosado.
—No es lo que… ¿Qué?
Yūji no entendió muy bien a lo que se refería Satoru con eso, pero el tipo tomó su ropa y salió en dirección la sala antes de que pudiera preguntarle cualquier cosa.

Muy para sus adentros, Yūji le resultaba lindo a Satoru y bastante interesante también, no sólo por el hecho de ser un vampiro, sino porque resultaba incapaz “oler” sus emociones.
A Satoru le aburrían mucho los de su especie, los humanos y varias otras razas, no porque las considerara inferiores −un poco sí era por eso−, sino porque saber cómo se sentían gracias a su olfato hacía que se aburriera rápido. Con Yūji eso no ocurría.
Por la cara que le vio hacer momentos atrás, Yūji podía estar confundido, consternado, asombrado, agitado, y otras tantas emociones que Satoru no podía asegurar en su totalidad.
Tal vez estar con Yūji lograra aliviar su aburrida existencia, incluso podría aprender más de una especie que desconocía fuera del campo de batalla y, quién sabe, en una de esas hasta podría acostumbrarse a tenerlo cerca y no dejarlo ir.
—Ehm, ¿Gojō-sensei? —Yūji elevó la voz desde la cocina.
—¿Sensei? —Satoru se asomó por la puerta ya vestido
—Qué bueno que ya tiene ropa encima. ¿Puede probar esto? —Yūji tomó una cuchara con caldo—. ¿Y decirme si está bien de sal?
—Claro. —En lugar de tomar la cuchara con su propia mano, se agachó hacia esta para degustar el líquido.
Yūji se petrificó por segunda vez.
—Está delicioso. —Sin quitarle la mirada de encima, Satoru se relamió los labios de una manera atrevida, como incitando al vampiro a que bebiera de ellos.
Yūji se mantuvo absorto en sus pensamientos, con una cara de bobo −descripción cortesía de Megumi cuando Yūji miraba al infinito−, mientras pensaba que su corazón estaría latiendo como loco... si tan solo latiera.
Lo que Satoru hizo con la lengua le pareció muy erótico, casi pudo sentirlo sobre la piel. Es más, tenía una experiencia previa, pues el mismo Satoru le había dado un lengüetazo en el cuello.
—Bien —atinó a decir Yūji. Con una mano ahuyentó moscas al aire por un lado de la cabeza, no porque los insectos estuvieran presentes: era su forma de espantar pensamientos impuros.
«Cosas de vampiros, supongo» se convenció Satoru tras observar la extraña mímica, mas eso no satisfizo su curiosidad.
Yūji no tenía forma de saberlo todavía, pero ese fue el primer día de tantos en los que un hombre lobo comenzó a −acosarlo− buscarlo con insistencia y múltiples intenciones dudosas.
Al inicio, Yūji le restó importancia. Los detalles que Satoru tenía con él eran graciosos y la pasaban muy bien juntos, pero las cosas se empezaron a tornar extrañas cuando comenzó a encontrar animales muertos −cada vez más grandes− frente a la puerta de su castillo. Su gemelo, Sukuna, juraba que alguien los había descubierto e intentaba hacer alguna clase de maldita brujería.
Yūji se limitaba a limpiar sin saber cómo lidiar con ello. ¿Acaso Satoru se había molestado con él? ¿O lo consideraba parte de su “manada”? Eso no lo sabía, pero algo raro debía ocurrirle, porque cuando decidió pedirle consejo a Megumi, este se puso pálido y en su rostro se dibujó una mueca entre horror y asco, pues ahora debía lidiar con el hecho de que su profesor estaba prendado de Yūji y el tipo ni cuenta se había dado, aunque tampoco sabía cómo hacérselo saber.