PRÓLOGO
Un dolor que pensé era el peor que había experimentado hasta que abrí los ojos y miré en sus oscuros ojos sin pestañear.
Me di cuenta, mientras caía lentamente en la inconsciencia al mirar fijamente sus ojos sin vida y sus cuerpos destrozados, que estaban muertos, que me los habían arrebatado.
No podía moverme, no podía hablar, no podía respirar.
Lo único que mi mente podía gritar era, 'Por favor, déjame morir con ellos'.
Debería haber sabido que no debía esperar ningún indulto de la vida: ahora era el momento de vivir en mi infierno, mi purgatorio... mi penitencia.