Passenger on board [MINSUNG]

Summary

La vida de Jisung, un joven taxista, da un giro radical cuando Minho, el hijo de un poderoso político, irrumpe en su auto. Obligados a enfrentar juntos un secuestro, forjarán un vínculo tan inesperado como necesario.

Genre
Drama
Author
Edy
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

1. Algunos días mejores

*Recomiendo escuchar la siguiente canción para el capítulo: https://youtu.be/z53JOZpcUvg?si=deuG8KrSr2vvu1tJ





Jisung mueve la cabeza al ritmo de la canción que suena a través del estéreo, mientras sus dedos tamborilean en el volante. Incluso se anima a entonar alguna que otra frase. Aunque acaba de dejar a un pasajero problemático y había discutido con Hyunjin por teléfono tras semanas sin contacto, nada de eso quitaba el hecho de que fue una buena noche de trabajo. Ya era lo suficientemente tarde, y Jisung había decidido que, después de pasarse por la gasolinera, iría directo a casa para descansar al menos el par de horas que le quedaban antes de otro día de rutina en su otro trabajo en la cafetería.


Estaba agotado ciertamente, y aquello lo rebasaba en todos los niveles evidentes. Pese a que trataba de tener la mejor de las actitudes la mayoría del tiempo, lo cierto era que su cabeza solía ser un constante caos de preocupaciones. Las responsabilidades que cargaba a tan corta edad lo abrumaban, especialmente con la llegada de fin de mes.


Cuando alguien le levanta la mano en la siguiente intersección, Jisung duda, dada su elección de no recoger otro pasajero; sin embargo, su voluntad se rompe en el momento que su pie se hunde mecánicamente en el freno y termina estacionándose a un lado de la acera.


—A Itaewon —le dice el hombre, que en realidad ahora nota que no estaba solo. Detrás de él ubica a una mujer con un vestido ridículamente corto para el frío que hace esa noche. Se pregunta si acaso no lo siente. Ambos se suben a la parte posterior de su auto.


No está tan lejos, se dice mientras avanza hacia esa parte de la ciudad. Los alrededores lo reciben con un bullicio renovado, los letreros luminosos brillando sobre comercios repletos de gente que va y viene sin descanso. Jisung ha estado intentando ignorarlo durante todo el camino, pero no puede evitar echar un vistazo rápido al espejo retrovisor. Carraspea incómodo al notar a la pareja en el asiento trasero, manoseándose entre sí como si él no estuviera ahí.


—Disculpen, chicos... Llegamos —anuncia, procurando que su voz rompa el incómodo ambiente. 


La respuesta no llega de inmediato. El hombre farfulla algo que Jisung no logra entender, pero no insiste. Se limita a esperar, aunque con una paciencia que empieza a agotarse. Finalmente recibe el pago, evitando mirarlos directamente. Se esconde bajo la sombra de su gorro, avergonzado al recordar una situación similar en la que, semanas atrás, se había visto envuelto. Y, para peor, con la persona que menos debía. 


El pensamiento lo incomoda, arrastrándolo a su reciente conversación con Hyunjin. Las cosas entre ellos estaban lejos de aclararse. Necesitaba hablar con él cara a cara, pero, en realidad, no tenía ni idea de cómo comenzar esa conversación. 


Sacude la cabeza, como si pudiera despejarse de todo aquello. Ya habrá tiempo para pensar en ello. Enciende el auto con la intención de salir de allí pronto. La vida nocturna de ese lugar sigue con su ritmo implacable, despreocupada, en contraste consigo mismo.


Deja la mano sobre la palanca de cambios, pero cuando está por moverla, nota algo extraño en el asiento trasero. El objeto llama su atención, frunce el ceño, estira el brazo y lo toma: es un pendiente, probablemente olvidado por su pasajera más reciente. Mira alrededor, buscando por los alrededores alguna señal de la pareja que acaba de dejar, pero lo cierto es que les había perdido el rastro desde que bajaron de su taxi. Abre la guantera y lanza el pendiente dentro. No parece tener mucho valor, así que no le da mayor importancia.


Jisung bosteza a medida que gira el volante hacia la derecha, de no tener que ir todavía a la gasolinera podría acortar camino para ir a casa; si tan solo no le hubiera ganado la ambición por unos cuantos billetes más. Después de asegurarse de llenar su tanque para el día de mañana sigue con su camino. No puede dejar de bostezar, manipula la ventana para bajarla un poco y ventilar el interior. Sin embargo, desiste y en cambio termina orillándose a un lado de la autopista para tomar una pequeña siesta antes de continuar. Apaga el motor, reclina el asiento y cierra los ojos, dejándose llevar por el cansancio acumulado. 


No parece haber pasado mucho tiempo cuando Jisung abre los ojos de golpe, sobresaltado. Su mente sigue atrapada en el letargo del sueño, confusa y pesada. Parpadea varias veces, tratando de ubicarse, mientras se remueve inquieto y frunce el ceño. Un ruido insistente, cercano, lo ha arrancado de su descanso, rompiendo la calma del lugar. Es persistente, imposible de ignorar. 


Intrigado y ligeramente irritado, levanta la cabeza y escanea los alrededores en busca de la fuente del sonido. No le toma mucho encontrarla. O, más bien, encontrarlos. 


En el pasaje de la calle de enfrente, hay dos hombres enfrascados en una discusión acalorada. Hay algo en la forma en que se mueven, en la tensión que se acumula en el aire y que Jisung percibe incluso desde lejos, lo suficiente como para obligarlo a mirar dos veces. Aunque no es del tipo que busca problemas, su curiosidad a menudo lo vence.


Los hombres siguen gritando, pero la distancia y el ruido difuminan las palabras, dejándolas en meros ecos sin sentido. La situación escala cuando el más bajo y corpulento intenta sujetar al otro por el brazo. Este se resiste, forcejea, y con un movimiento seco lo empuja hacia atrás. Jisung se tensa, a sabiendas que en cualquier momento puede suceder algo inesperado y él va a ser un testigo presencial.


Solo que lo inesperado no resulta como Jisung piensa.


El hombre que empuja al otro gira bruscamente, como si una alarma silenciosa le hubiera alertado de la mirada de Jisung. Sus ojos, brillantes bajo las luces lejanas, se fijan en los suyos con una intensidad que parece atravesar la penumbra. Es una mirada corta, pero lo suficientemente poderosa como para congelar a Jisung en su lugar. El corazón de Jisung se dispara. Sin pensarlo, se encorva detrás del volante, intentando ocultarse como un niño atrapado en medio de una travesura. Su mano busca con torpeza el encendido del auto, temblando mientras intenta girar la llave. Tiene que irse, rápido, antes de verse envuelto en algo que claramente no le incumbe.


Pega un brinco en su asiento cuando un golpe fuerte resuena en su parabrisas, su respiración atrapada en un jadeo. Alza la vista poco a poco y se siente como si lo hiciera en cámara lenta, mientras lo hace ve la mano del sujeto que va golpeando con insistencia los cristales de sus ventanas e intenta abrir la puerta trasera. Jisung quita el seguro cuando percibe su urgencia.


—Arranca —dice el hombre, apenas logra meterse al taxi, cerrando la puerta con fuerza—. ¡Rápido! Te voy a pagar lo que quieras.


El otro tipo también cruza la autopista y va por ellos, Jisung se da cuenta tras seguir la mirada alerta del primer sujeto. Traga saliva, no tiene ni la menor idea en lo que se está metiendo. Obedece y pisa el acelerador; tampoco quiere quedarse a averiguarlo.


Jisung siente cómo la tensión lo envuelve mientras conduce. Sujeta el volante con fuerza, tratando de mantener los ojos al frente, aunque no puede evitar vigilar al hombre que acaba de subir a su auto. Lo observa de reojo a través del espejo retrovisor, sus movimientos calculados y su rostro inescrutable. La incertidumbre lo pone más nervioso. Entonces, escucha un suspiro proveniente del asiento trasero, uno profundo, cargado de lo que parece ser agotamiento.


—Deja de mirarme así —dice el hombre, con voz firme pero sin agresividad—. No soy un maleante, no te voy a hacer nada.


La aclaración debería tranquilizar a Jisung, pero no lo hace del todo. Sin embargo, mientras lo analiza un poco más, se da cuenta de que, en realidad, el hombre no tiene un aspecto amenazante. Su ropa está arrugada, como si hubiera pasado horas fuera de casa, y sus ojos, aunque intensos, no parecen contener peligro. 


—No me ha dicho a dónde quiere que lo lleve —responde Jisung finalmente.


El hombre no contesta. En cambio, baja la ventana con calma, como si tuviera todo el tiempo del mundo, y saca un cigarrillo del bolsillo. Lo enciende con un movimiento despreocupado y comienza a fumar, llenando el aire del auto con el denso olor del tabaco. Jisung arruga la nariz; detesta a las personas que fuman en su auto. Sabe que ese olor se impregnará en los asientos y no podrá deshacerse de él fácilmente. 


El hombre exhala una bocanada de humo antes de murmurar: 


—Él verdaderamente está loco, ¿sabes?—su tono es bajo, como si hablara consigo mismo más que con Jisung—. Siempre con sus pendejadas: "Minho, no hagas esto, no hagas lo otro". Ni siquiera el viejo de mi padre me controla tanto.


Jisung no sabe qué responder, así que mantiene la mirada fija en la carretera, fingiendo que no escucha. Minho, así parece llamarse, sigue con su monólogo, como si no le importara la falta de respuesta. 


—Un hotel —vuelve a pronunciar el pasajero, probablemente tras concluir que el joven taxista no es el ser más sociable del mundo—. Llévame a un hotel que esté cerca... pero que no sea uno de esos baratos. 


—Sí, señor —responde Jisung, casi en automático. Ajusta mentalmente la ruta, pensando en un lugar que cumpla con la petición del hombre. 


El viaje debería ser tranquilo, pero algo en el ambiente comienza a inquietarlo. Jisung no tarda en darse cuenta de que un auto los ha estado siguiendo durante un buen rato. Intenta convencerse de que es una coincidencia, de que solo está siendo paranoico, pero la insistente presencia del vehículo se vuelve inquietante.


Minho, aparentemente ajeno, se coloca un auricular y aparentemente comienza a hablar con alguien. Su expresión cambia casi de inmediato, endureciéndose. De pronto, comienza a maldecir, su tono bajo pero claramente irritado.


Jisung, con el nerviosismo creciendo en su interior, cambia de carril con la esperanza de que el auto los deje en paz, pero el vehículo se mantiene pegado, sin importar hacia dónde se muevan. Ahora Minho parece más alterado. Alza la voz y grita al teléfono, su molestia evidente. El ambiente dentro del taxi es sofocante, y Jisung lucha por mantener la calma.


—¡No me voy a bajar del puto taxi! ¿Oíste? —vocifera Minho de repente—. ¡Te dije que ya terminamos!


El grito sobresalta a Jisung, quien, con cautela, pregunta: —¿Está todo bien, señor?


Minho ignora la pregunta, su atención fija en la discusión telefónica. —¿Acaso no me va a dejar en paz? —brama, su voz cargada de frustración. Jisung no está seguro si la pregunta va dirigida a él o a la persona al otro lado de la línea, pero no se atreve a intervenir. 


El ambiente de expectación dentro del taxi es repentinamente interrumpido por un golpe seco que sacude el vehículo. Jisung siente cómo el impacto lo lanza hacia adelante ligeramente, y el sonido metálico reverbera a su alrededor. Su mente entra en alerta, sus manos se aferran al volante con fuerza, mientras un nudo de ansiedad se forma en su estómago. 


—¿Qué demonios...? —Minho alza la mirada hacia él, con una expresión que mezcla incredulidad y molestia, como si Jisung tuviera alguna culpa en lo que acaba de suceder. 


Antes de que pueda decir algo, otro golpe, esta vez más fuerte, sacude todo el auto. La fuerza del impacto hace que Jisung apriete aún más el volante, tratando de mantener el control mientras su corazón martillea en su pecho. Minho por su parte gira la cabeza con brusquedad, furioso, intentando averiguar qué está pasando detrás de ellos. En el proceso, su celular resbala al suelo del vehículo, y el cigarrillo que lleva en la mano cae directamente sobre su pierna. Deja escapar una maldición mientras lo apaga con un rápido manotazo, el olor a tabaco quemado impregnando el interior del taxi. 


—¡Será hijo de puta! —gruñe, todavía mirando hacia atrás.


Jisung siente cómo sus manos comienzan a sudar. El golpeteo en la parte trasera del taxi lo hace saltar de su asiento otra vez, y su respiración se vuelve irregular, casi jadeante. Mira de reojo el espejo retrovisor, una y otra vez, como si pudiera encontrar alguna explicación lógica para lo que está sucediendo. Pero no hay lógica. Solo está él, atrapado en esta situación absurda con un pasajero extraño y un auto que no deja de perseguirlos.


"¿Y si me destrozan el taxi?" piensa, sintiendo cómo una punzada de pánico le recorre el estómago. "¿De dónde voy a sacar para pagar las reparaciones? ¿Y si me demandan? ¿Y si esto termina peor y...?" Su mente comienza a dibujar escenarios catastróficos, cada uno más improbable que el anterior, mientras el sonido de los neumáticos chirriando a su alrededor lo envuelve.


Minho, mientras tanto, está gritando algo, pero sus palabras apenas se registran en la mente de Jisung. Lo único que percibe es el tono elevado, el estrés evidente en cada palabra, y eso no ayuda. No ayuda en absoluto. Como último recurso Jisung lanza una mirada hacia el retrovisor, esta vez no para vigilar al auto, sino a Minho. Sus ojos, grandes y llenos de una mezcla de confusión y súplica, encuentran los del pasajero por un breve instante.


Minho lo nota. Suspira profundamente, como si intentara contenerse. Luego, con un tono mucho más bajo y controlado, dice: 

—Tranquilo, por favor. Yo lo voy a arreglar.


El gesto sorprende a Jisung. Apenas alcanza a asentir, todavía con la respiración agitada. Entonces siente la mano de Minho sobre su hombro, firme pero no brusca, una especie de anclaje inesperado en medio del caos. 


—No te preocupes por el dinero tampoco. Yo me encargo de eso. —Su voz ahora es casi serena, y Jisung, contra todo pronóstico, comienza a sentir que el pánico se disuelve, aunque sea un poco. 


—¿A qué hotel me llevas? —pregunta Minho de repente.


Jisung parpadea un par de veces antes de responder, su voz todavía algo temblorosa: 

—Al... al hotel Bulgari. 


—Ya escuchaste —Minho masculla casi chirriando los dientes hacia el teléfono—. Espérame.


En ese momento el auto que los había estado siguiendo finalmente los rebasa, acelerando hasta desaparecer de su vista. Jisung exhala un suspiro largo y profundo, sus hombros cayendo ligeramente mientras el alivio se instala en su cuerpo. Por primera vez en lo que parece una eternidad, siente que puede respirar.


Se acercan al puente subterráneo, y la luz tenue del túnel comienza a envolverlos. El ambiente cambia; todo se siente más claustrofóbico, como si las paredes se acercaran lentamente para atraparlos. Jisung, con vestigios de nervios por la persecución, no puede evitar que las dudas lo invadan. La posibilidad de que aquel hombre pudiera ser algo más que un pasajero común se enreda en su mente. La promesa de pago comienza a parecerle menos segura, casi intangible, como si las palabras del extraño no hubieran tenido peso desde el principio. ¿Y si le había mentido? ¿Y si en realidad si era un maleante? ¡¿De la mafia?! La tensión en su pecho crece, alimentada por la sospecha que no puede sacudirse del todo. Mientras sus dudas crecen, echa un vistazo al pasajero, quien mantiene la mirada fija en la ventana, esquivando cualquier intento de contacto visual. La luz del túnel perfila su rostro: una mandíbula tensa, una nariz recta y elegante, una imagen que a Jisung le resulta extrañamente fascinante, pese a la tensión que los rodea. 


—No me gustan los espacios cerrados, oscuros.—irrumpe Minho, cortando el silencio, su tono más seco que nervioso. 


La confesión flota en el aire mientras avanzan por el túnel, cuya iluminación se vuelve más fría y opaca con cada metro recorrido. Jisung no tiene tiempo para responder; algo más capta su atención. Desde el otro carril, una luz se acerca rápidamente, demasiado rápido. Un segundo después, el impacto. 


El golpe los sacude con violencia. Por instinto, Jisung gira el volante justo a tiempo, evitando que el choque sea aún más grave. Su corazón late con fuerza descontrolada mientras siente cómo el miedo le recorre cada fibra del cuerpo. Minho se aferra al asiento, sorprendido, y por un instante, sus miradas se cruzan, compartiendo el mismo pensamiento: "¿Otra vez?"


—¡Ajústate el cinturón! —grita Jisung, con la voz quebrada, mientras hunde el pie en el acelerador. 


El taxi serpentea entre los carriles. El volante parece tener vida propia, y Jisung lucha por mantener el control. Por un momento, se siente como en una escena de acción, pero pronto la realidad lo golpea: ni él es Toretto ni están en una película, su vida está en peligro.


El alivio no llega. El auto que los persigue acelera, alcanzándolos antes de que puedan salir del túnel. Les bloquea el paso, obligándolos a detenerse. Todo sucede en cuestión de segundos. Jisung apenas tiene tiempo de reaccionar cuando siente cómo lo sacan con violencia del taxi. Se retuerce, pero la fuerza del agresor lo supera. 


Desde el asiento trasero, Minho intenta moverse, pero el golpe y el caos lo tienen paralizado. La puerta trasera se abre de golpe, y una mano firme lo arrastra sin contemplaciones al exterior.


Jisung, con la adrenalina corriendo por sus venas, se abalanza sin pensar sobre su agresor. En un movimiento desesperado logra tirar del pasamontañas del hombre, revelando un rostro que apenas alcanza a registrar. Pero su valentía dura poco. Un segundo atacante aparece de la nada y lo golpea con fuerza en la nuca.


Lo último que alcanza a ver, antes de que la oscuridad lo consuma es la expresión de horror en el rostro de su pasajero mientras es reducido por los sujetos. Y entonces, sus fuerzas lo abandonan.