Pies de mármol
PIES DE MARMOL
Por Carlos Trujillo Morales
Los pies de esta joven alta y rubia a este tipo lo tenían mal. Los trazaba en las paredes, en el techo y en el piso de su cuarto. Lo perseguían a toda hora por todas partes. No lo dejaban comer ni dormir, y si dormía despertaba sobresaltado por el impacto de esos dedos gordos en su garganta. El número de calzado según la mirada del suplicante tenía que ser un cuarenta y cuatro, y lo era. Cada vez que se los encontraba (ella no era del pueblo sino de la ciudad), los fotografiaba gastando siempre más de un rollo, y cuando no era posible emplear su vieja Nikon, al no poder asomarla, los retrataba en su memoria visual, con una precisión académica que ni siquiera la poseían los grandes pintores del renacimiento, del barroco y del realismo.
Así anduvo, ensoñándolos, los besaba en el recuerdo, y llegó la noche en que los reprodujo en arcilla; entonces decidió que había llegado la hora de saber dónde vivía la dueña. Lo averiguó por la vecina de al lado de la pariente que ella visitaba, la cual vivía frente por frente a la casa de él. No le dio la dirección exacta pero la explicación igual le fue útil; apenas se bajó del ómnibus en la parada indicada, dio con la guarida de tan ansiado fetiche, en un céntrico barrio de la ciudad.
Blancanieves se llamaba, y lo confirmó cuando el esposo la llamó (¡Blanquita!) al salir a la calle apresurada, sin siquiera haberse podido peinar. El marido, un gordo de lo más risueño con el rostro colorado, dándole a la cabeza un movimiento horizontal de 180 le tendió un Alcatel con la pantalla apagada y ella lo dejó caer adentro de su enorme cartera de piel y lo dejó perderse por aquella boca de cuero como mismo se tira una caja de lápices o un pedazo de azulejo y seguidamente le tiró al maravilloso, maravillado consorte un beso que a esa hora en esa calle soñolienta se podía escuchar a más de una cuadra. Una vez el consorte volvió adentro, dio media vuelta para seguirla hasta la oficina de correos, su centro laboral, a ocho cuadras del domicilio. El sigiloso merendó en un portal que había por ahí cerca, compró un periódico y abrió un orificio entre ambas páginas centrales; se sentó en un banco del vecino parque, justo de cara a la puerta por donde se embutió el anhelado objetivo.
Daban las cinco de la tarde cuando por fin ella abandonaba el lobby. Anduvo despreocupada hasta una esquina desierta donde de un brinco el libidinoso se le arrimó.
La llamó por su nombre, de una manera tan desesperada que parecía un limosnero a punto de morir asfixiado. Ella se detuvo y se volvió lentamente y al voltearse lo veía con una mirada desorbitada y enseguida los ojos se le pusieron vidriosos. ¿De dónde… te conozco? Me llamo Nino… soy vecino de tu tía abuela Marcia. ¿Y qué quieres… N-nino? Ser tu amigo y… si quieres… algo más. (Silencio de cuatro segundos durante el cual no dejaron de examinarse). Soy un artista plástico y estoy haciendo un trabajo… de lo más interesante… con tus pies; perdóname el atrevimiento, pero tienes unos calcañales y dedos… bastante valiosos ¡para la historia del arte! Bueno, Nino, mucho gusto, cuando vaya por el pueblo te visitaré, así que no te preocupes porque me interesa el tema. Chao. Y le besó la mejilla al atónito extraño.
Luego pasaron quince días de agonía para él y de olvido de ella; una eternidad insoportable en el ir y venir hasta la ventana que daba contra el portal de la tía abuela. Montó guardia mañana, tarde, noche y madrugada y fue un sábado a las once ante meridiano cuando por fin la volvió a ver. Blancanieves tocó el timbre de la puerta y él salió disparado de un sueño profundo; esta vez no quiso poner el ojo en la mirilla y la abrió de golpe. Hola Nino, hoy fue que pude venir a ver a mi tía. Así que... No sé si pueda ahora mismo aunque sea ver algo de tu trabajo. ¡Pasa, no faltaba más! La chica estaba montada en plataformas, exhibía casi el cien por ciento de sus plantas desde el dedo gordo hasta el talón.
Un mediodía de mucho sol y sin ninguna nube, hacía más de un mes que no llovía, la yerba seca había ardido en varios tramos de la carretera Monumental y recién había cumplido sus dieciséis años Nino. Nino perseguía por la avenida del pueblo a una mujer rara, corpulenta, de hombros anchos, morena, cabello rubio alborotado. Le iba detrás precisamente por el volumen de sus pies, aparte de que andaba con una soltura excesiva ¡sobre unas elevadísimas plataformas! Las uñas de esos pies brillaban; estaban pintadas de carmesí. A ella le faltaba el aliento de tanto repiquetear, apresurada, con sus tacos de madera; ya no podía más con semejante acoso y le preguntó ¿qué quieres? Estar contigo. Son diez pesitos la hora mi amor. Ella le dio las coordenadas y por iniciativa de él, para acelerarse la perdición, se despidieron con un salivoso beso entre la cara y la boca. Después de tanto pensarlo, ese mismo día por la tarde noche toma sus ahorros y corre hacia la acera donde el cuerpo de estas piernas se ofrecía; suben al cuarto que el misterioso personaje alquila esta vez de su propia cartera, en el segundo piso de un edificio de paredes peladas a cuadra y media del encuentro; la rara anfitriona nada más lo invita entrar y aún no había cerrado la puerta, cuando el chico, de un tirón, la despoja del short corto junto con el hilo dental, acto seguido se quita los pantalones a la par del calzoncillo. No tienes preservativos, ¿verdad? No importa. Dice mientras le vacila el enorme falo erecto en extremo. Déjame mamártelo, ven y te pongo el condón. Luego de un minuto y tanto de ensalivarle el glande y todo el tronco, con la boca, le corre la liga del envoltorio hasta los testículos. Lo masturba bastante, a punta de dedos y a puño cerrado; lo empuja suave y lentamente hasta una vieja silla sin brazos asegurada con tornillos y alambres; suavemente se ajusta en el ano aquel viril erguido a toda sangre, y ahí comienza la múltiple acrobacia. Terminan al anochecer, enredados en la cama, que era una fowler de hospital, alzada y rodante, sin sábana, con la esponja del colchón negro de sudor y semen acumulado; Nino le prolonga un chorro sobre el rostro, al tiempo que con frenesí le succiona los pies. Un mes más tarde se enteró por un amigo suyo y sin querer, que aquella apetitosa figura en realidad nunca había sido otra cosa que un transgénero, a pesar de su tan enorme y colorada vagina.
Al comienzo de su servicio militar, en la unidad de tiradores de Tapaste lo pusieron como ayudante de cocina. Un fin de semana en que la visita de sus padres no duró ni diez minutos, para matar la tristeza se puso a pelar papas, a solas con la cocinera, una enana de mal carácter, un poco mayor. ¡Está descalza! No es patona pero ¡qué juego de uñas más bonito coño aunque no están pintadas!, ¡qué dedos y qué músculos para esos piesecitos! ¡qué tobillos! ¡y el resto! sigue mirando hacia arriba… La levanta en peso y la deja caer sobre una mesa de aluminio, le descubre los senos y el pubis en breves segundos y ésta, que, aunque lo trataba mal le había dado bastante confianza, le corresponde con sonrisas y gemidos. Convivieron durante tantos años que lo único que les faltó fue casarse; tuvieron un hijo que a los dieciocho se les fue del país y cuando él cumplió cuarenta y ocho, se quedó viudo sin encontrar una amante formal ni nada que se pareciera.
Blancanieves no sólamente contempló los frescos y grafitos, sino los bocetos en cartulina y en papel, el modelo en barro y un óleo en lienzo, hiperrealista, pendiente de unas cuantas pinceladas. ¡Pero si son mis pies! ¡¿te gustan tanto?! Ya ves, lo son todo para mí. Déjame pintarlos del natural. Primero dibujó tres bocetos en tacones, luego le explicó que para pintar él tenía que palpar el objeto; ella no estuvo conforme con esta explicación y Nino desesperado le enseñó las fotos de sus pies en diferentes ángulos, para argumentarle que para él no era suficiente el milagro de la fotografía.
Le acariciaba el empeine, los dedos, el talón y parte de las plantas con febril detenimiento. De tanto masaje la convidada no se contuvo más y suspiró; se miraron y ella de un brinco se le sentó y empezó a besarlo mientras le desabotonaba la camisa. Nino abrió el escote del vestido y le sacó los pezones. Las mamas eran mucho mayores de lo que realmente el pobre suponía. Luego de darle buenos chupetones en cada una, ella se levantó para desnudarse y él también y así se pasaron el día, de la silla al sofá, del sofá a la cama, de la cama a la ducha y de la ducha a la cama… entre besos, chupetones, lamidos y penetraciones, hasta que ella se dio cuenta de que hacía rato había anochecido y luego de breves forcejeos lo dejó con la guindola levantada.
Una semana más tarde, la hermana del artista, desesperada por no tener noticias suyas, harta de llamarlo al fijo y al móvil y de gritarle por el frente de la casa, por el fondo y por las ventanas laterales, después de tres patadas en la puerta de atrás... ¡Ay Nino! gritó al encontrarlo pálido, con los ojos en blanco, el pene todavía erecto, sentado delante del segundo retrato al óleo de Pies de Mármol.