Una vida siempre a oscuras

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Un profesor de violín que no hace vida pública, nada menos que por el misterio que guarda dentro de las paredes de su vivienda. Ese misterio necesita ser revelado, precisamente por una pareja de curiosos.

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Una vida siempre a oscuras

UNA VIDA SIEMPRE A OSCURAS

©️ Carlos Trujillo Morales

Cada vez que pasaba cerca de aquella construcción, me detenía allí por unos quince minutos y a veces media hora en contemplar la oscuridad de sus ventanas cerradas todo el año, siempre desde el parque de enfrente; aquéllas estaban dotadas de una vidriera en colores y armadas con quién sabe qué madera preciosa o simplemente pesada; en fin, que se trataba de un sobreviviente del neoclacisismo; una edificación llamativa sobre todo por las columnas del portal que recordaban las patas de un elefante; la pared lateral a los ojos de los cuerdos pedía a gritos un andamio, tanto para una mano de pintura como para resanar.

Un día cualquiera al caer la tarde, salí a hacer una gestión a dos cuadras de esta casa, cerrada como siempre igual que si escondiera el llanto de una momia en estos tiempos o quién sabe si algún depredador con cuatro generaciones, entre los gatos y perros mudos del patio -el cielo presumía de su manto azul con apenas un par de palomas pintadas en el horizonte y la brisa contenía la pureza del beso de un niño- y decidí sentarme por lo menos un minuto ahí, en el Parque Néstor Aranguren, a contemplar otra vez lo majestuoso de dicha arquitectura y nadamás tomé asiento en el banquito de la curva, me pongo a soñar, con los ojos y oídos atentos, que por fin irrumpo en aquel castillete que agoniza desde 1990, un hogar en penumbra tanto de día como de noche; esta oscuridad, descorrida por los focos de los vehículos que bordean las cuatro esquinas entre la casa y el parque, por la silueta de las sombras sugiere monstruos y demás criaturas sobrenaturales, y en los días de sol el brillo de los automóviles, reflejado a través de los huecos en los pequeños marcos del ventanal, con el mismo ímpetu invade la penumbra; lo que aún ocurre a veces bajo el crepúsculo invernal. El dormitorio último, durante la noche y parte de la madrugada, contiene la única lumbre del lugar, un quinqué, farol o cirio, acaso una chismosa, cuya radiación apenas traspasa el cristal de las ventanas del costado. Los cristales cada vez son menos. Así de sucio y roto en mitad de la noche se advierte este ventanaje de clausura; y aunque en la calle es constante el apagado de los postes el resplandor ocre y fúnebre de la pobretona lámpara o vela ni siquiera en los anocheceres sin luna toca los yerbajos y árboles silvestres de un jardín que hace décadas no conoce al jardinero ni al chapeador, desprotegido por un muro cada vez más rajado, inclinado y con los ladrillos afuera; luz que enciende el dueño varios minutos después de las ocho p.m. Cuando niño lo supe por mi tía Cary, que ahí dentro vivía, solo, sin pareja ocasional ni visitante alguno, un hombre que siempre le huyó a la fama: Norberto el violinista. Pero yo jamás, de las contadas veces en que lo había visto, pude advertir en sus manos... ni siquiera el arco de ningún violín.

En el instante en que abrí la mochila para sacar mi caneca de vodka, la desolación del nunca visto instrumento empezó su recital ante mis tímpanos -yo no podía creer que tanta armonía, barroca, ejecutada al parecer por un brazo alemán o checo, quizás judío, brotara de la vivienda de un hombre sin lugar a dudas nacido y criado a merced de los rigores tropicales-. No pude identificar al autor de ninguna de las sonatas ni recuerdo ahora qué cantidad de las mismas renació de mi olvido, y las escuché junto a mi ex novia Matilde, la que se sentó a mi lado sin que yo me percatara de que era ella. Al terminarse el concierto, con ganas de felicitarlo, nos decidimos a tocarle la puerta. El viejo tardó poco más de un minuto en abrir.

-Qué gran ejecutante es usted! -le dije y le tendí mi mano.

-Gracias -me contestó dejándome la diestra en el aire y nos sopló los pelos con un portazo.

Esa noche después de haber tenido dos o tres combates con mi ex en su nuevo ring de divorciada, apenas tuve un par de pestañazos, y sin embargo a la mañana siguiente en mi oficina di unas cuantas cabezadas contra la tabla del buró. A mis pobres párpados por mucho que yo y el jefe les dábamos el de pie, instantáneamente se me caían como pedazos de plomo. Y aún dormitando no conseguía arrancarme de la memoria aquel incidente. Esa misma noche, a la hora de la novela me fui corriendo a ver a Matilde y me la encuentro con los ojos clavados en la pantalla del televisor; de repente, por lo vacío de su mirada, me pareció que estaba muerta. Me contó que a eso de las once de la mañana -ya que iba para la casa de su madre en el reparto Debeche- porque le hacía camino la dichosa residencia: "pasé por casa de ese extraño profesor de música y al volver a sentir el violín de nuevo, me volvió a picar la curiosidad y sin pensarlo subí esos malditos escalones". En la centenaria tabla no habían dado ni medio toque sus minúsculos nudillos y enseguida escuchó las lloronas cuerdas parar de golpe produciendo un ruido sordo. Respiró hasta llenar sus pulmones, preparando las palabras para disculparse. Al abrirle él, la recibió con una sonrisa y la invitó a seguirlo hasta el cuarto del fondo. Donde aguardaba una niña de unos diez añitos, con el violín y el arco en alto, la señal del profesor.

-Mirta, continúa -le ordenó éste.

La chiquilla tocaba una melodía en adaggio molto lento mientras miraba a Matilde con un gesto melancólico de reproche. Al cabo de más de media hora la inocente no tenía más ninguna variación que hacerle a la sonata y la convidada aplaudió, y no conforme con aplaudir corre a abrazar a la pequeña...

-No la toque! -le gritó el viejo, pero ya era tarde: la mano de Matilde llegó hasta la frente de Mirta y chocó con el vacío, y al mirar abajo, lo que vio fue el violín recostado al espaldar de una silla.

Una vez mi ex había acabado de contarme lo sucedido, se desgarró al extremo de que una de sus lágrimas era un hilo carmesí.

A la mañana siguiente me apresuré a presenciar aquello con mis propios ojos y orejas. Bastó que yo pisara el portal para que el violín sonara. No escuché a nadie que viniera para abrirme. Cada golpe mío al retumbar en aquel tablón, alimentaba la hoguera de esta última tonada, una sonata in crescendo. El violín, en lo más alto de la partitura, hizo un repentino silencio igual que si se lo arrancaran a la violinista de las manos. Al oírlo enmudecer y ver que nadie acudía a mi llamado, salté al jardín y fui tanteando el ventanal, y por uno de aquellos marquitos de madera sin vidrio, vi volcada una silla, y más adelante, sin poder adentrar más mi visión en aquella penumbra, veo un cuerpo en el piso con las extremidades extendidas, era el profesor, y frente a él, erguidos encima de otro asiento, estaban el arco y el violín.

Pasé la mañana de su velorio acompañado de una vecina, una escritora amiga en común y nadie más. A la vuelta del entierro la que antes había sido mi mujer no estaba en casa y en su lugar hallé a mi ex suegra:

-Matilde me lo contó todo y le creo, y me dijo que ya lo ha ido superando -me susurró la señora-... Y tú?