Apolo Adkins y las Gemas Mágicas

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Summary

Primer libro de la Saga Los Legados de Lumen.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
5.0 1 review
Age Rating
16+

Capítulo 1

La luz de la Luna ilumina la calle, los farolillos emiten una tenue luz anaranjada. Apolo Adkins pasea con Moonsa, su hermosa criatura de cabello blanco, semejante a un zorro, pero con dos colas. Mientras el animal corretea de un lado a otro, Apolo se sienta sobre un muro de piedra grisácea. El joven tiene el caballo rizado, rubio casi plateado, sus ojos brillan de un azul claro. Es un joven bello, como toda su familia. Viste una sudadera azul celeste, una chaqueta con un tacto increíblemente suave de color negro. Unos vaqueros y unas deportivas blancas.

Moonsa se detuvo ante él y desvió su mirada hacia el cielo. Un rugido ensordecedor provenía desde las estrellas. Un destello multicolor, como si un arcoíris acabase de explotar cubre el cielo nocturno por completo. Apolo y Moonsa observaban aquel acontecimiento con los ojos bien abiertos. El muchacho se puso de pie, un destello fugaz cruzó el cielo multicolor e inpacta no muy lejos de su ubicación.

Apolo dirige una mirada a Moonsa, la criatura mueve sus colas de un lado a otro. Los dos salen corriendo hacia el lugar de la explosión. Al llegar se encuentran con un agujero, de su interior emana una luz brillante de distintos colores. Apolo se resbala y cae a escasos centímetros del misterioso objeto. Las luces se apagan lentamente, mostrando una esfera segmentada en varias partes como un prisma. Apolo extiende el brazo, hasta que con la punta de su dedo índice acaricia la extraña cosa caída del cielo.

Ésta emite un ruido agudo inquietante como si se hubiesen roto mil cristales a la vez. El rostro de Apolo palidece. El objeto comienza a vibrar, las diversas partes comienzan a abrirse una a una hasta dejar al descubierto unas piedras brillantes de diferentes colores y tamaños. La más grande emanaba un color rojizo brillante. La siguiente era azul, morada, amarilla y rosa.

Apolo se incorpora, pero manteniéndose apoyado sobre sus rodillas. Extiende el brazo hacia aquellas piedras preciosas y brillantes, de diferentes formas, tamaño y colores. Las cinco cogen en la palma de su mano. Las observa detenidamente. La roja tiene forma de diamante, la azul parece una lágrima, la morada es un óvalo, la amarilla parece una esmeralda y la rosa una esfera.

Moonsa se acerca a olfatearlas, Apolo esboza una sonrisa y se guarda cada una de las piedras brillantes en el bolsillo de la chaqueta. El joven se pone en pie, Moonsa mueve sus colas de un lado a otro. Juntos recorren el camino de vuelta a casa.


A la mañana siguiente, Apolo se acerca al joyero que tiene escondido en el armario, se lo quitó anoche a su madre mientras dormía. Lleva años sin usarlo, no se dará cuenta de que le falta. El joven se asoma y el brillo resplandeciente de las piedras hace que se dibuje figuras geométricas en el techo del armario. Apolo se queda fascinado, su madre llama a la puerta.

—Tienes que ir a clase —le recuerda.

<<Tengo diecisiete años, sé que tengo que ir a clase>> piensa.

—Ya voy —contesta.

Cierra la tapa del joyero con cuidado, la esconde debajo de un montón de ropa y cierra el armario. Sale de su habitación, se despide de su madre con un beso en la mejilla. Alita es una mujer esbelta, de melena plateada con ojos azules tan intensos que cuando se enfada podría congelar a cualquiera.


Apolo pasa la primera hora de clase mirando por la ventana, pensando en las piedras y preguntándose que serán. El profesor tiene que llamarle la atención un par de veces, pero al final acaba volviendo a perderse en su imaginación. El profesor se rinde con Apolo y le permite que se pierda en su mente. Al acabar la clase, Augustus le advierte que no tolerará que vuelva a estar tan despistado en sus clases. Es un profesor exigente, todos sus alumnos deben pasar sus exámenes con más de un ocho, sino serán suspendidos y tendrán que probar suerte en verano o septiembre.

—Lo sé profesor... lo siento profesor —dice Apolo asintiendo para complacer al profesor sin prestarle atención.

Las siguientes clases se les pasa volando y esta vez consigue hacer un esfuerzo para mantenerse más concentrado en lo que le explican, aunque le cuesta, no puede parar de pensar en las piedras brillantes de distintos colores que guarda en un joyero en el fondo de su armario.

A la hora del almuerzo se sienta en la mesa más alejada, lejos del bullicio y los murmullos de los demás estudiantes. Una bandeja de metal cae sobre la mesa haciendo que Apolo se sobresalte. Una joven de cabello trenzado y rubio suelta un suspiro. Pasa una pierna por la tabla y luego la otra, se sienta y dirige su mirada hacia Apolo.

—¿Qué te ocurre? —murmura mirando a la joven.

—Este lugar es un asco —masculla—. Las clases son aburridas, los profesores están amargados y nada de lo que estudiamos nos servirá en el futuro.

—Es lo que nos toca...

—Yo quiero vivir aventuras, como en los libros y en las películas.

Apolo esboza una sonrisa.

—No te rías, es verdad.

—Siento decepcionarte, pero esto es el mundo real.

—Lo sé, y es un asco.

Otra bandeja se posa en la mesa, esta sin hacer tanto ruido como la chica. Es un joven, de cabello castaño y corto, de ojos marrones, más alto que los otros dos.

—¡Galek! —exclama la joven.

—Hola Penny, perdona que no te reciba con la misma ilusión, pero este lugar es un asco.

—Otro... —susurra Apolo.

—¡Gracias! Él me entiende.

—Chicos... —por un momento Apolo se plantea contarles su descubrimiento de anoche, pero decide callárselo—. Ya mismo es viernes, podemos quedar en mi casa, jugar a juegos de mesa, ver películas...

—Pedir pizza para cenar y quejarnos de este mundo.

—Eso si sobrevivimos hasta llegar al viernes.

Galek les muestra fotos del cielo multicolor. Apolo traga saliva, incómodo. Penny mira las fotos, sorprendida.

—¿Cuándo ha sido eso?

—Al parecer anoche. Hay todo tipo de teorías, la más comentada, una invasión alienígena.

Apolo escupe el zumo de manzana.

—¡Apolo! —grita Penny mientras se limpia el brazo con la servilleta.

—Perdón, es surrealista. Me ha hecho gracia.

—Sea lo que sea, pronto desaparecerá sin dejar rastro... —masculla Galek de forma misteriosa.

—No empieces con tus teorías sobre la conspiración —le advierte Penny.

—Es verdad, mi padre lo descubrió y lo mataron por eso.

Apolo le golpea con el codo en el costado. Lo ha dicho demasiado alto y ahora tienen miradas indiscretas clavadas en ellos. Los tres esbozan una sonrisa y guardan silencio. El timbre suena y todos se levantan de sus sitios para ir a clase.

—Pasemos de la siguiente clase —sugiere Penny.

Apolo empieza a ver luces de distintos colores delante de él. Esas luces van cogiendo formas hasta se idénticas a las piedras brillantes que guarda en el armario. Su rostro palidece, Penny y Galek le miran preocupados. Apolo se pone en pie, nervioso. Las luces son ahora las piedras y se mueven de un lado a otro, pero solo él las ve. Las sigue de un lado a otro con la mirada, pero van demasiado deprisa. Empieza a sentirse mareado.

—¿Te encuentras bien Apolo? —Penny se pone de pie.

Apolo camina hasta el centro del comedor dando tumbos, las piedras vuelven a ser luces intensas y brillantes que corre hasta él, hacia sus ojos. Brillan con tanta intensidad que le nublan la vista.

—Ya vienen. Ya vienen. Ya vienen. Ya vienen. Ya vienen. —murmuran distintas voces provenientes de las distintas luces de colores.

Apolo cae desplomado contra el suelo.

Penny ahoga un grito.

—¡Apolo! —grita Galek y se dirige corriendo hacia su amigo.