Vida y muerte en el carnaval
Uno... dos... tres... uno... dos... tres... Inhalo profundo y exhalo fuerte. Todos los sonidos vuelven al presente.
Luces doradas y rojas brillan en la distancia. Tomo un cigarro y lo coloco en mi boca, pero decido no prenderlo. La vida está en el cigarro y la muerte en el fuego; es una pequeña ilusión. Fueron días complicados, e intento consolarme pensando en eso, que solo fueron días y no semanas, meses, años… pareció una eternidad.
Camino sin cesar. Miro al frente, pues me aterra ver lo que hay a los costados. Estoy en un pasillo angosto. Giro a la derecha, luego a la izquierda, avanzo por otro pasillo más. Finalmente entro en la primera sala. Ahí está, y ahí estuvo esperándome... o esperando a alguien o algo.
Reflexioné mucho sobre el cigarro. A veces, me gustaría simplemente dejarlo arder, dejar que el humo se lo lleve el viento, pero al final, soy solo una persona más. Me aferro a la ilusión de tener el control. Pero algo que aprendí, después de tres meses, tres años, tres vidas, es que el fuego no se puede controlar.
A veces pienso en la vida y la muerte como un carnaval: La vida está en las luces, en los fuegos artificiales, algo fugaz y hermoso. Luego pienso en la muerte como las luces apagándose, las personas cansadas durmiéndose y la soledad… pero entendí que la muerte también tiene sus luces y sus fuegos artificiales, aunque de distinto color: Lo que antes eran destellos brillantes y llenos de vida ahora son recuerdos teñidos de una profunda melancolía, de un tono azul, para luego ser tan doradas que ciegan a todos, que no dejan ver nada más.
Me gusta observar las luces. En esos momentos fugaces está mi vida, su vida, nuestra vida. Al final, la luz existe gracias al fuego, y espero que estos fuegos artificiales me acompañen toda la vida. A veces me lastima tanto, me ciega, y anhelo ver el show de nuevo, pero acompañado.
Sé que en un mundo paralelo, las decisiones de aquel miércoles habrían sido distintas, que volvería a ver aquella chispa que tanto extrañaba y disfrutaría de nuevo aquel carnaval de recuerdos. Podré podar el viejo arbusto y bailaré al ritmo de Gardel. Aunque no sea muy de carnaval, cantaremos Por una cabeza. mejor dicho, lo escucharé cantar y me sentiré un niño otra vez, mirando aquellos fuegos artificiales en el cielo.
Es tan difícil aceptar y decir el último adiós. Es como desprenderse de una pared que se está derrumbando, una pared marcada por las huellas de tus uñas, desgastada por los malos tiempos. Antes era tan firme y grande que uno daba por hecho que siempre estaría ahí. El fuego, implacable, me obliga a aceptar que ya no se puede sostener, que no hay nada que hacer más que estar presente mientras cae.
En la oscuridad, una luz brilla eterna, recordándonos que incluso en la penumbra hay un resquicio de vida.
En la oscuridad, una luz brilla eterna, recordándonos que incluso en la penumbra hay un resquicio de vida.
El carnaval ha terminado, pero las luces... esas luces permanecen, brillando en la eternidad.