3° Saga Gloom: Vows in the Gloom

Summary

Déjate llevar por el corazón... ¿Se puede salvar un amor que ha sufrido una profunda fractura? Separarme de Jungkook me había dejado mucho más hundido de lo que nunca me pude imaginar. Me tenía en sus manos en cuerpo y alma, pero un malentendido hizo que todo saltara en pedazos. El dolor y la tristeza me persiguen como una sombra y me resulta imposible darle sentido a mi vida. Un momento con él y la sangre me hierve de nuevo, su contacto enciende un fuego que mi cuerpo se ha negado a olvidar. Estoy perdido, indefenso ante Jungkook. Encontrar la forma de recuperar lo que fuimos va a exigirnos mucha confianza y tener fe el uno en el otro. Sólo así sabremos si existe la posibilidad de que lo que hay entre nosotros dure para siempre. CONTENIDO PARA MAYOES DE EDAD / CONTENIDO ADULTO ADAPTACION TODO LOS DERECHOS A LA AUTORA. - KOOK / V M-PREG

Status
Ongoing
Chapters
22
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1

ESTOY EN un Bentley brillante recostado sobre asientos de cuero negro y mirando las calles nevadas de San Petersburgo por la ventanilla con cristales tintados. Delante va el chófer y a su lado el corpulento guardaespaldas cuya barba canosa suaviza levemente la dureza de sus facciones. Las puertas del coche están bien cerradas, con el seguro hundido en el cuero negro que forra el interior de la puerta por debajo de la ventanilla. Durante un momento me imagino agarrándolo con las uñas y tirando con todas mis fuerzas para intentar subirlo, pero sé que me resultaría imposible. No puedo escapar.

Pero aunque pudiera, ¿adónde iba a ir? No conozco la ciudad, no hablo el idioma y no tengo dinero; ni siquiera llevo el pasaporte. Está guardado en la caja fuerte del hotel. Me han advertido de que este lugar es peligroso y que soy vulnerable aquí; por eso no se me permite ir solo a ninguna parte fuera del hotel. Llevo el móvil, pero no sé a quién podría llamar. Mis padres están muy lejos, en casa en Corea del Sur. Deseo con todas mis fuerzas estar allí en este momento, entrando en nuestra acogedora cocina donde mi padre está leyendo el periódico con su té de la tarde mientras mi madre va de acá para allá intentando hacer seis cosas a la vez y pidiéndole a mi padre que quite los pies de en medio. En el fogón hay algo delicioso cocinándose y se oye música clásica saliendo de la radio.

Me lo imagino con tanta claridad que casi puedo oler el guiso y oír la música. Quiero acercarme corriendo a mis padres y abrazarles, decirles que no se preocupen.

Pero la verdad es que no están preocupados. Saben dónde estoy. Creen que estoy totalmente a salvo. Y lo estoy. Me están cuidando muy bien.

¿Demasiado bien tal vez? Reprimo el estremecimiento que amenaza con recorrerme el cuerpo.

Noto fijos en mí un par de ojos azules. Sé que me observan, aunque no estoy mirando al hombre que tengo al lado. Siento su mirada como un láser quemándome en la piel y soy muy consciente de su cuerpo, del que solo me separa la distancia de un asiento. No quiero que sepa que estoy asustado.

¡Pero qué imaginación más activa!, me regaño. Eso será tu perdición. Vas a estar perfectamente. No estaremos aquí mucho tiempo. Nos vamos pasado mañana.

Esto debería ser como un sueño hecho realidad para mí. Estoy aquí porque Minjae, mi jefe, está demasiado enfermo para venir, pero a pesar de esas tristes circunstancias se trata de una oportunidad fantástica. Siempre he deseado ir al Hermitage para ver al menos parte de su enorme colección de tesoros artísticos, y ahora voy de camino hacia ese lugar, y no solo para ver sus galerías, sino para entrar en el corazón del museo, donde voy a conocer a uno de los expertos que trabajan allí. Tras haber analizado en profundidad el cuadro de Fra Angélico que el jefe de Minjae, Andrei Dubrovski, ha comprado recientemente, nos va a dar su veredicto sobre su autenticidad. Es el viaje de mi vida y debería estar eufórico, emocionado.

Pero no muerto de miedo.

Intento reprimir esas palabras antes de que resuenen en mi cabeza. No tengo miedo. ¿Por qué iba a tenerlo? Pero…

Llegamos anoche y aterrizamos en el aeropuerto en el jet privado de Andrei Dubrovski. Como siempre, los trámites se hicieron muy rápido y de forma confidencial. En ese momento me pregunté cómo me iba a sentir cuando tuviera que volver a hacer colas para cruzar el control de pasaportes, esperar para pasar el de seguridad y desplazarme hasta alguna puerta muy alejada para coger un vuelo. Tenía que procurar no acostumbrarme mal tras todo ese tratamiento VIP. Fuimos directamente del avión a una larga limusina negra —algo más brillante de lo que yo habría esperado de un hombre con los gustos de Dubrovski, pero tal vez las cosas fueran diferentes cuando estaba en Rusia— y salimos a la autopista para el corto trayecto hasta San Petersburgo.

—¿Qué te está pareciendo Rusia hasta ahora? —me preguntó Andrei mientras el coche avanzaba sin dificultad entre el tráfico de la autopista.

Miré al exterior, pero era de noche y no había mucho que ver al otro lado de la ventanilla del coche. Más adelante la oscuridad adquiría un reflejo naranja por la iluminación de la gran ciudad filtrándose en el vasto cielo nocturno que se cernía sobre nuestras cabezas.

—No sabría decirte —respondí—. Supongo que podré darte una opinión por la mañana.

Andrei rió.

—Ya sé lo que me vas a decir entonces. Que hace mucho frío. Créeme, Seul te va a parecer un paraíso tropical en comparación con esto.

Yo también reí, esperando sonar convincente. Desde que me subí al avión sentía un torbellino de emociones en mi interior. Andrei, para quien llevaba solo unas semanas trabajando, me reveló al inicio del vuelo que sabía de mi relación con Jungkook y también que habíamos roto. A pesar de eso me dijo, sin tener en cuenta cuáles podían ser mis sentimientos, que para él Jungkook era un enemigo ahora. Y después pronunció esas cuatro palabras, unas palabras que pusieron mi mundo patas arriba.

«Se acabaron los juegos

Esas fueron las palabras que me dijo al oído el hombre que me hizo el amor apasionadamente en la oscuridad de las catacumbas. Yo creía que había sido Jungkook, pero empecé a temer que hubiera sido Andrei. El problema es que mis percepciones estaban alteradas porque casi con total seguridad alguien, seguramente Anna, la ahora examante y exempleada de Andrei, me drogó porque sentía algo por Jungkook, lo que nos causó todo tipo de problemas.

Solo pensar en esa noche y en la extraña fiesta en las catacumbas el estómago me dio un vuelco y se me hizo un nudo.

Si hice el amor con Andrei, entonces le fui infiel a Jungkook, aunque no fuera conscientemente. Y si Andrei es el tipo de hombre que se aprovecha de un docel que claramente no está en condiciones, ¿de qué otra cosa será capaz?

Le lancé una mirada rápida a Andrei, que había apartado sus ojos de mí un momento para inclinarse hacia delante y murmurarle algo en ruso a su guardaespaldas. Su físico resultaba a la vez atractivo y algo amenazador, con las manos grandes y fuertes y los hombros anchos cubiertos por el abrigo oscuro. El traje de lana color carbón perfectamente a medida no ocultaba el cuerpo duro y musculoso que había debajo. Y en su cara de facciones muy marcadas destacaban los ojos azules penetrantes y la boca seria con un labio inferior obstinado que sobresalía un poco. A pesar de mi amor por Jungkook, había experimentado alguna vez un escalofrío de atracción provocado por el magnetismo físico que ejercía ese hombre sobre mí. Me odiaba por ello, pero no podía evitarlo. Tal vez por eso sufría tanto ante la posibilidad de que él y yo hubiéramos hecho el amor apasionadamente contra la fría pared de piedra de la cueva: parte de mí sabía que lo deseaba, a pesar de lo que me hubiera estado diciendo.

No es que actuara en contra de mis deseos. Él me preguntó si quería y yo prácticamente le rogué que me lo hiciera con todas sus fuerzas. Sin duda fue algo consensuado.

Excepto por el asuntillo de su identidad. ¿Sabía él que yo pensaba que era Jungkook?

Era imposible saberlo sin preguntárselo y todavía no había reunido el coraje suficiente para hacer esas preguntas.

—¿Qué te pasa, Taehyung? —La voz grave, casi gutural de Andrei interrumpe mis pensamientos. Sorprendido, me sobresalto. No me he dado cuenta de que me he quedado mirándole mientras mi cerebro repasaba los acontecimientos recientes, intentando unir las piezas.

—Na… Nada —digo. Recupero la compostura rápidamente—. ¿Estamos llegando ya?

Me doy cuenta de que hemos reducido la velocidad y llevamos unos minutos avanzando muy despacio.

—El tráfico de San Petersburgo —contesta Andrei—. Es famoso por ser terrible, sobre todo cuando hay nieve en las carreteras, lo que, como te puedes imaginar, es algo que ocurre a menudo. Pero sí, ya casi hemos llegado.

Solo es media mañana, pero ya casi parece que fuera de noche por esas nubes grises y bajas que amenazan con más nieve. Miro por la ventanilla otra vez y veo que nos acercamos a un ancho río y que en el otro lado se ve un conjunto de edificios de lo más increíble: varios palacios barrocos con cientos de ventanas brillando muy cerca una de otra, todas muy características, pero a la vez formando un conjunto. Destaca entre ellos uno tan grande y ornamentado que parece sacado de una película o un cuento.

—El Hermitage —anuncia Andrei orgulloso—. Seguramente el museo más bonito del mundo. Su grandeza, su belleza… —Señala el más grande y más barroco de los palacios con una larga hilera de columnas blancas y paredes verde oscuro entre ventanas porticadas—. Ese es el Palacio de Invierno, hogar de los emperadores rusos. Desde aquí gobernaban a 125 millones de súbditos y una sexta parte de la superficie de la tierra. Impresionante, ¿no?

Tiene razón, es una imagen magnífica. Durante un momento me imagino que soy Catalina la Grande llegando en un espectacular carruaje a mi increíble casa, llena de las obras de arte extraordinarias que he ido coleccionando. Entonces imagino cómo debió haber sido ser un ruso común, excluido del lujo y la vida de oropeles del interior de ese lugar, solo tenido en cuenta a la hora de trabajar para la construcción de esos lujosos palacios o de pagar impuestos para financiar las increíbles obras de arte que cuelgan de las paredes sin tener nunca el privilegio de verlas.

Pero los tiempos han cambiado. Ahora son edificios públicos a los que puede entrar todo el mundo para disfrutar de su belleza y de los tesoros que esperan en su interior.

—¿Qué te parece? —quiere saber Andrei.

—Increíble. —No puedo decir nada más, estoy abrumado. Cruzamos el río y nos acercamos al Palacio de Invierno, junto a la orilla. Nos detenemos ante una gran puerta de hierro forjado que está cerrada a cal y canto. Sale un hombre que viene corriendo a abrírnosla y nos hace un gesto para que la crucemos. Un momento después estamos dentro de un patio con un jardín nevado en el centro con árboles de ramas negras desnudas cubiertas de nieve que contrastan con el color de las paredes. La puerta se cierra en cuanto entramos.

—Las hijas de Nicolás II solían jugar aquí —comenta Andrei cuando el coche se para de nuevo delante de una puerta muy decorada—. Imagínatelo: cuatro pequeñas grandes duquesas corriendo por aquí, riendo y tirándole bolas de nieve a los soldados que las protegían, sin saber que les esperaba una muerte horrible.

El chófer ya ha salido del coche para abrir la puerta del lado de Andrei. Me estremezco cuando un aire gélido entra en el interior caldeado y aparto el trágico destino de esas niñas de mi mente.

Me pongo el gorro y los guantes mientras el chófer da la vuelta para abrirme la puerta. Me ayuda a salir al camino helado y me acompaña hasta donde está Andrei esperándome.

—Una entrada privada —me dice con una leve sonrisa curvándole los labios. Sonríe en muy contadas ocasiones, pero incluso cuando lo hace solo un poco, ese gesto consigue iluminar esas facciones tan duras y suavizar su mirada heladora—. Una consideración especial.

Bueno, no se puede decir que ahora el museo está abierto a todo el mundo. El dinero sigue abriendo a algunos, puertas que para otros están vedadas.

La puerta se abre y sale un hombre. Es de mediana edad, lleva un gran abrigo negro, un gorro de piel y botas. Sonríe y al hacerlo se forman arrugas en torno a unos ojillos velados por unas gruesas gafas de montura negra. Se acerca apresuradamente a Andrei y le saluda efusivamente en ruso. Hablan un momento y yo intento ocultar que estoy temblando a pesar del grueso abrigo que llevo. Miro con envidia al chófer, que ha vuelto al calor del interior del coche.

De repente Andrei me señala y pasa a hablar en mi idioma.

—Este es Taehyung, mi asesor en asuntos de arte. Estaba conmigo cuando adquirí el cuadro. —No se molesta en decirme quién es ese hombre, pero supongo que es alguien importante del museo.

—Señor Taehyung. —El hombre habla mi idioma con un fuerte acento y me hace una breve reverencia para darme la bienvenida—. Vamos dentro, por favor. Veo que tiene frío.

Le seguimos por la puerta hacia el interior del palacio. Y en ese momento siento la necesidad de soltar una exclamación. Nadie más se inmuta por la magnificencia del interior, están claramente acostumbrados, pero yo me quedo impactado por la opulencia de todo. Suelos de mármol, lámparas doradas con pantallas de cristal, espejos ornamentados, cuadros impresionantes en grandes marcos también dorados… Hay color y elementos de decoración impresionantes, deslumbrantes y excesivos por todas partes.

Los dos hombres caminan delante de mí hablando en ruso y yo les sigo intentando empaparme de todo. Aquí estoy, en el Palacio de Invierno de San Petersburgo… No hay nadie más por aquí, así que debemos de estar en una zona privada cerrada al público. Qué suerte tengo. Pero no puedo evitar sentirme atenazado por el miedo. Me encuentro en un lugar extraño, un palacio enorme en el que no tengo ni idea de dónde estoy exactamente.

El acompañante de Andrei se vuelve hacia mí con una sonrisa.

—¿Es la primera vez que viene aquí, señor Taehyung?

Asiento. Me gustaría que dejara de utilizar ese tratamiento, pero no sé cómo pedírselo con educación.

—Es grande, ¿verdad? Hay mil quinientas estancias en este palacio y ciento diecisiete escaleras. ¡No se pierda o nos costará mucho encontrarlo!

—Ríe y se vuelve de nuevo hacia Andrei.

No sé por qué, pero a mí la idea de que me abandonen en ese lugar no me parece tan graciosa como a él.

Seguimos caminando. Los hombres, que van delante, lo hacen con paso rápido, lo que significa que apenas tengo tiempo para disfrutar del impresionante lugar y de la cantidad de cuadros bellísimos que hay en las paredes. Subimos por una grandiosa escalera de roble oscuro hasta la primera planta y después recorremos varios pasillos más antes de llegar por fin a nuestro destino, una enorme puerta de madera brillante que está adornada con un tirador metálico ornamentado y un blasón.

Nuestro guía la abre con una floritura.

—Pasen, por favor.

Nos lleva a una sala grandiosa. Unos muebles de oficina muy sencillos contrastan de una forma poderosa con el techo dorado, la enorme lámpara de araña y las gigantescas ventanas. Las paredes están forradas de seda roja y unos cuadros enormes en marcos dorados llaman la atención sobre ellas. En un rincón veo un caballete sobre el que hay un lienzo grande cubierto con una sábana.

Nuestro amigo empieza a hablar en ruso, pero Andrei levanta una mano todavía cubierta con un guante y niega con la cabeza.

—No, Nicolai. En el idioma de mi asesor aquí presente, por favor.

—Claro, claro. —Nicolai me sonríe, obviamente encantado de obedecer

—. Hablaré en su idioma. —Nos hace un gesto para que nos sentemos en las sencillas sillas negras que hay delante de una mesa de formica gris—. Pónganse cómodos, hagan en el favor.

—No hemos venido de visita social —le dice Andrei casi con brusquedad—. Ya sabes lo que quiero. ¿Cuál es la respuesta?

Nicolai se quita lentamente el gorro de piel y lo coloca sobre la mesa, revelando una calva reluciente en la coronilla que escondía debajo. Empieza a desabrocharse el abrigo, frunciendo un poco el ceño.

—No te voy a mentir, Andrei —dice mientras se quita el abrigo—. Este es uno de los casos más complejos con los que me he encontrado. Mis expertos del museo han sido especialmente concienzudos en su análisis.

Andrei se queda muy quieto.

—¿Y?

Le miro a la cara. Tiene los labios apretados, el inferior sobresaliendo de esa forma obstinada tan característica, y su mirada arde por la intensidad. Sé que está deseando que le den la respuesta que quiere oír. Nada relacionado con ese cuadro ha sido sencillo. Yo también estoy nervioso: el corazón me late con fuerza y me falta el aire. Me doy cuenta de que tengo los puños apretados dentro de los bolsillos del abrigo.

Pero está claro que a Nicolai le gusta el dramatismo. Cuelga el abrigo lentamente en el respaldo de la silla y después cruza la habitación hasta el caballete. Coge una esquina de la sábana que cubre el lienzo, se detiene un momento y después tira para que la tela vaya resbalando lentamente. Y ahí está, en toda su gloria: el cuadro hermoso y lleno de colorido que vi por última vez en el monasterio de Croacia. La virgen sigue sentada serenamente en su bello jardín, con el niño sobre una rodilla y los santos y los monjes rodeándola. Sin duda es exquisito, y en cuanto lo veo, mi fe renace. Es auténtico. Sin duda. Solo una obra maestra podría ser tan bella. Me sorprende sentir una repentina e inesperada punzada de tristeza. Una especie de congoja me llena al recordar lo que pasó en el monasterio, el maravilloso reencuentro que tuve allí con Jungkook. Fue como si la llama de nuestra relación volviera a encenderse, esta vez más fuerte que nunca.

Ahora estamos separados de nuevo y temo que nunca logremos salvar el abismo que se abre entre los dos.

Le veo en mi mente, justo como estaba la última vez que estuvimos juntos, tan claramente y tan real que no puedo evitar dar un respingo. Pero su preciosa cara está llena de ira y de miedo y sus ojos arden. Oigo sus palabras de nuevo:

«Quiero que me jures por tu vida que no ha pasado nada entre tú y Dubrovski. Vamos, Taehyung. Júramelo».

Pero no pude hacerlo. No estaba seguro. Y eso provocó un terremoto que nos separó, porque la valiosa confianza que había entre los dos se había hecho añicos. ¿Para siempre?

No. No voy a dejar que eso ocurra. Conseguiré que no sea así.

La voz de Andrei, grave e irregular, me trae de nuevo al presente. Siento una necesidad desesperada por estar ahora con Jungkook y no aquí, en un país extraño con un hombre que ha sido la causa de todos mis problemas. Esto es una locura total.

—¡Vamos, Nicolai! ¿Cuál es el veredicto?

Nicolai se pone unas gafas y examina el cuadro de cerca, chasqueando la lengua mientras lo mira. Por fin dice:

—Las pinceladas son magníficas y las tonalidades son las propias de una obra maestra. Coinciden exactamente con lo que se podría esperar del genio de Fra Angélico. Todo: la composición, la perspectiva lineal, el estilo… Es casi perfecto.

—¿«Casi»? —pregunta Andrei con voz ronca. Nicolai asiente afligido.

—Perfecto excepto por una cosa. El análisis de los pigmentos y del lienzo nos dice que esta obra no tiene más de doscientos años. Es una imitación muy inteligente, deliciosa, emocionante. Es una obra maravillosa de un gran talento, pero no es un Fra Angélico. —Mira fijamente a Andrei, que está de pie como una estatua con la cara pálida—. Lo siento, Andrei, pero no hay ninguna duda. Tu cuadro no es auténtico.