La asistente del león

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Summary

Todavía no tengo muy claro de qué va, ya que solo me limito a escribir cuando algo me prende la bombilla para ella.

Status
Ongoing
Chapters
13
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Capítulo 1

Estaba muy nerviosa. Sentada en la antesala al despacho del director general de Savage Industries. La empresa, se dedicaba a múltiples negocios, pero sobre todo al capital de riesgo e inversiones multinacionales, y ella esperaba, con el estómago hecho un nudo, una única oportunidad para lograr el trabajo de su vida.

Marta Lioncurt necesitaba el trabajo, no solo por ella, sino por quien tenía a su cargo desde hacía un año, su medio hermano, Josep, de seis.

La secretaria salió por una de las dobles puertas del despacho y le sonrió. Llevaba un traje chaqueta conservador, pero que acentuaba su figura de reloj de arena. Aunque era un reloj de arena redondo por el evidente embarazo.

— El señor Rex le atenderá ahora, pase por favor. — Levantándose, se alisó la falda de lápiz que llevaba y respiró hondo, dándose valor a sí misma.

El despacho de Lionel Rex Savage era todo lo que había esperado y más. Tenía amplios ventanales que dominaban el espacio, llenando de luz natural el lugar. Una amplia mesa con seis lugares estaba colocada al fondo para reuniones pequeñas con clientes exclusivos. Detrás de ella había otra puerta, que supuso daría a su baño privado, y delante, dos sofás de cuero negro de dos y tres asientos hacían esquina alrededor de una mesa de café frente a los ventanales. Al mirar a su izquierda, el escritorio de caoba oscurecida presidía la estancia, con el señor Rex de espaldas a ella, hablando por teléfono con alguien que parecía molestarlo con peticiones absurdas.

— Te informaré cuando encuentre a la adecuada, mamá, no antes... Si, sé que es importante para ti, y para mí también, pero no puedo hacer nada por ahora. — Discutía aparentemente con su progenitora. — Se la edad que tengo perfectamente. Ahora, si me disculpas, he de atender a alguien... No, no es para eso. Ya te dije que en ese sentido soy estricto, no vale cualquiera. Adiós, mamá, hablaremos en la cena. — Marta se quedó congelada cuando él se dio la vuelta. Era alto, de hombros anchos, cabello color arena y los ojos ambarinos más bonitos que alguna vez había visto. Su cuerpo parecía reaccionar a él más de lo correctamente necesario, si la humedad entre sus piernas, de las que ahora era consciente, era indicativo.

— Siento haber entrado sin llamar. Su secretaria me dijo que pasase. — Se disculpó, completamente abochornada.

— No se preocupe, no ha oído nada que no se le permita oír. Siéntese. — Le ordenó con voz suave como el terciopelo, mientras la miraba de pies a cabeza y se lamía los labios. — Dígame, ¿Por qué quiere este trabajo? — Le preguntó sacando una botella de agua de su cajón del escritorio y dándole un sorbo.

— Estoy altamente cualificada al ser la primera de mi promoción cuando estudiaba empresariales. También tengo un máster en asistencia ejecutiva y si lee mi currículum, se dará cuenta que tengo cuatro años de experiencia como... — Lionel levantó una mano para hacerla callar y suspiró.

— No le he pedido las razones por las cuales la necesitamos, señorita... — Se puso a buscar en su mesa el currículum pero Marta, incapaz de esperar a que lo encontrara, se adelantó.

— Lioncurt. Marta Lioncurt. — Murmuró lo suficientemente alto para que la oyera.

— Bien, como le decía, no quiero saber por qué considera que la necesitamos cubriendo el puesto de mi asistente ejecutiva, señorita Lioncurt, sino cuales son las razones por las que usted nos necesita a nosotros y este puesto en concreto. — Le señaló él nuevamente.

— Necesito el dinero y la seguridad económica que este puesto me proporcionaría. — Confesó tras un momento de inseguridad.

— Elabore, por favor. — Le instó él, creándole más inseguridad.

— Necesito mantener a mi única familia. Josep tiene autismo leve y doble personalidad a pesar de solo tener seis años. El terapeuta me asegura que, si logro que se vuelva a sentir seguro y amado, su otra personalidad desaparecerá con el tiempo, ya que es algo transitorio por nuestra situación. Su empresa garantiza el seguro médico ampliado que le permitiría recuperarse. Por eso necesito el trabajo. — Contestó cohibida y molesta por tener que hablar de su situación personal.

— Entiendo que, como madre, quiere lo mejor para su hijo. Pero hay muchas otras empresas que ofrecen las mismas garantías. ¿Por qué nosotros? — Inquirió él nuevamente.

— Josep no es mi hijo, es mi hermano pequeño. — Confesó humillada de que pensara que a sus veintitrés años ya tuviera un niño de seis. — Hermanastro, a decir verdad. Mi madre se quedó embarazada de un tipo del que nunca más se supo y murió el año pasado de un cáncer. Es mi única familia y he de velar lo mejor que pueda por él, debido a su salud mental.

— Mi más sentido pésame y lamento la confusión. Entiendo que la situación es grave si a opositado a este puesto. Estoy buscando a alguien que no solo tenga experiencia, sino también ciertas cualidades que, me temo, usted puede no reunir. — Le explicó él volviendo a beber de su botella de aluminio.

— Puedo reunirlas, señor. Deme una lista y estoy segura que en menos de una semana, me adaptaré perfectamente a ellas. — Le contestó, desesperada.

— ¿Puede envejecer veinte años y casarse? — Se burló él. — Verá, tengo cierta... — Se quedó mirando al vacío, cómo si buscara la palabra adecuada. Cuando lo hizo, continuó como si no hubiera hecho una pausa demasiado larga. — Reputación, y si la tengo de asistente, la suya va a ir... —Volvió a callar, pero esta vez, la miró de una manera que le hizo desear poder abanicarse con sus propias manos.— Directa al suelo. Además de que debe ser capaz de controlar a Missy, y ella es una auténtica... —Una sonrisa sardonica cubrió sus labios, aunque sus ojos brillaban con ternura.— Leona, por así decirlo. Se la comerá viva, señorita Lioncurt.

— No tiene que preocuparse por eso, señor. Estoy segura de que, en cuanto me conozca su novia, no habrá ningún problema. — Aseguró con confianza, tratando de no ponerse más nerviosa cuando él se aproximó a ella y pudo oler su colonia, afthershave o lo que fuese con lo que se había rociado esa mañana. Sándalo, con unas notas de nuez moscada y madera.

— Esta vez es usted quien hace suposiciones erróneas. Missy es mi hija de tres años, y está muy mimada. No soporta que mujeres jóvenes me ronden. Me considera única y exclusivamente de su propiedad. Y eso es lo que discutía con mi madre, que quiere que le dé una madrastra que la meta en cintura. — Le respondió divertido.

— Oh, entonces creo que ella y Josep se llevarían perfectamente, porque me pasa casi lo mismo, solo que al revés. Siempre trata de emparejar me con cualquiera. — Comentó divertida.

Lionel se la quedó mirando un rato, mientras Marta se revolvía en su asiento, incómoda. Tras un largo suspiro, él volvió a tomar de su botella y la traspasó con los ojos. En ese mismo instante, Marta se sintió observada por una fiera, no por un hombre normal y corriente.

— Vamos a hacer una cosa, Marta. Necesito a alguien para que sea mi pareja esta noche en la fiesta que da mi madre. Puede traer a Josep con usted, ya que yo llevaré a Missy. Si consigue que mi hija la respete mínimamente, tendrá el trabajo. Si no, le pagaré cincuenta mil por su tiempo y esfuerzo. — Le ofreció el señor Rex.

— Es muy generoso, señor, pero cincuenta mil es demasiado. Iré encantada con Josep, veremos cómo va y no me deberá nada si fracaso. No soy una persona abusiva. — Ofertó ella. Lionel pareció pensárselo y sin dudar, sacó su billetera y una tarjeta de crédito.

— Entonces, como la gala es de etiqueta y usted no querrá desentonar, tome esta tarjeta y vaya a comprarse un vestido y un traje a Josep. Preferiblemente esmoquin. Incluya los zapatos y no escatime en gastos. Deje que por lo menos aporte lo que necesitarán. Luego no nos deberemos nada el uno al otro.

— Trato hecho, señor. — Sonrió Marta levantándose y ofreciéndole la mano, mientras que con la otra tomaba la tarjeta entre sus dedos. Tras un fuerte apretón que dejó a Lionel bastante sorprendido, salió de la oficina contenta. Siempre había querido ver a su hermanito en traje de gala.

Lionel ya no pudo evitarlo más. En cuanto la puerta estuvo cerrada, activó el cerrojo desde su escritorio y olió el perfume de la mujer que había dejado en su piel, ronroneando como un gato.

Luego se levantó y avanzó hasta donde ella se había sentado, frotando su cara contra el asiento, con el deseo innato de que su olor se transfiriera a ella, aunque sabía que así era imposible. Luego sacó su teléfono y llamó a su madre.

— Has tenido suerte, apareció ella solita en mi puerta. Necesito dos lugares más a mi lado. Si, tiene un hermano pequeño con algunos problemas, pero nada serio. No, no voy a hacer que se deshaga de él, sabes que así no funciona el mundo. Mamá, eso lo resolveré a mi manera. Missy necesita una verdadera madre, no una gata callejera. Mierda, me he olvidado de eso. Pero no te preocupes, lo solucionaré. — Y tras colgar, abrió el cerrojo y llamó a su secretaria. — Manda un mensaje a la señorita Lioncurt que la recogerá un coche a las siete. Y averigua su dirección de paso, para que Jeffrey vaya a recogerla.

— ¿Va a ser tu asistente al final, Lionel? — Le preguntó su secretaria, que era a la vez su cuñada.

— No lo sé, pero si es posible que acabe ocupando por fin el puesto de Regina que tanto habéis intentado llenar con toda mujer disponible. — Comentó sonriente. — Tiene algo que me hace querer ronronear como un gatito, tal como le pasó a mi hermano en cuanto te vio. Solo espero que no sea alérgica al pelo de gato. — Se rio finalmente, cuando su cuñada saltó a sus brazos chillando feliz.


A las siete en punto, Marta, con un reticente Josep, esperaba, a las puertas de su edificio, la llegada del coche que los recogería. No quería que esperasen por ellos, ya que la zona no era demasiado segura y había demasiados ojos vigilantes. Solo el hecho de que era una vecina permanente garantizaba un poco de seguridad para ellos, ya que se había criado en aquellas calles, pero no creía que le pasara lo mismo a quien viniera a recogerla.

Ella se había conseguido un vestido de coctel de color negro bastante discreto y funcional, ya que esperaba poder usarlo más veces en el futuro. Era un modelo siempre elegante y clásico, por lo que, a pesar de su sobriedad, no creía que desentonaría entre la alta sociedad.

Llevaba un enorme bolso donde guardaba la medicación de su hermano, un espray de pimienta por si alguien trataba de aproximarse a ellos con malas intenciones, la cartera, con dinero en efectivo para regresar si la cosa no iba bien, y un paraguas plegable, porque nunca se podía confiar en el tiempo en aquella estación. El bolso desentonaba un poco con la apariencia de ambos, pero era mejor eso que los diminutos bolsitos que había visto en la tienda a precios desorbitados, que hacían juego.

Josep, a su lado, gruñía y trataba de quitarse la corbata que ella le había comprado junto con el esmoquin, los gemelos y unos zapatos. Le había parecido ridículo el coste de este también, ya que a los niños enseguida se les quedaba todo pequeño, pero no había tenido más opción que hacer el gasto de trescientos dólares en el atuendo, ya que no podía llevarlo en vaqueros, como el niño prefería.

El álter ego de Josep estaba muy activo y nervioso. El habitualmente tranquilo y silencioso niño se había replegado en su mente en cuanto llegó a casa con las compras y Jaguar, como se hacía llamar esta personalidad, se frotaba con todo, sobre todo con ella, insistiendo en dejar "su olor", para que supieran que tenía un "macho protector".

El terapeuta decía que Josep solo estaba pasando una fase en la cual había desarrollado este álter ego para sentirse seguro. Había adquirido la idiosincrasia de un gran félido que le llamaba la atención y usaba ese mismo nombre para reafirmar su fantasía infantil. Y los hábitos, seguramente los había adquirido viendo algún documental que le había llamado la atención. Que mientras no desarrollase el deseo de comer carne cruda, no era tan malo.

Normalmente, Jaguar era más un gatito juguetón con ella y solo se mostraba agresivo cuando se sentía amenazado. Pero esta noche no había nada ni nadie que fuera peligroso para ellos, excepto los vecinos cotillas.

La larga limusina se detuvo frente a ellos, dejando a ambos boquiabiertos y un enorme afroamericano se bajó del asiento del conductor, para, sonriente, abrirle la puerta.

— La señorita Lioncurt, supongo. — Dijo Jeffrey, que en realidad se llamaba Jerome. Jerome tenía la apariencia de un defensa de futbol americano, con la altura de un jugador de baloncesto, pero tenía la sonrisa de un modelo y era tan violento como un jugador de ajedrez cuando pierde ante su ídolo. Pero como decía que Jerome parecía más el nombre de un boxeador, usaba siempre su diminutivo. — Soy Jeffrey, su conductor. Por favor, suba.