Los Emisarios del Caos

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Summary

Los yLos yagurhar un pueblo nómada, se ha unificado con Kaervak, un señor de la guerra dispuesto a arrasar el moribundo imperio del oeste, pero los augurios dictan que para conquistar el oeste debe conseguir un arma forjada en los mismos infiernos, un hacha negra que porta un aventurero vagabundo que se enfrentará a los bravos yagurhar que pretenden apoderarse del arma de leyenda para cumplir la profecía y conquistar el oeste. agurhar, un pueblo nomada

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18+

La sangre de un rey vencido

“… Y entonces Kaervak, el señor de la guerra más despiadado de los temibles yagurhar, unificó las tribus a sangre y fuego y emprendió la campaña más anhelada de sus antepasados: La conquista del moribundo imperio del oeste…”

Anales de la frontera, libro XXVIII

El firmamento impoluto se vio manchado por el humo negro y grisáceo que emanaba de la urbe moribunda; el hedor de la perdición infectaba las callejas y las almenas conquistadas. Un ejército de cuervos y buitres circundaba la ciudad, ávido por disfrutar del festín que se abría a sus pies. En los estrechos callejones, los desafortunados habitantes intentaban con desesperación escapar de la furia de los bárbaros de rasgos salvajes que repartían la muerte por doquier, sin respetar niños y mujeres.

Más allá, en el centro de la metrópoli, sobre un zigurat escalonado que parecía ajeno al caos que le circundaba, un grupo de hombres se abría paso hacia la cúspide; sus yelmos puntiagudos destellaban bajo el sol matutino al igual que las corazas de bronce que portaban bajo gruesas pieles de reno.

Eran guerreros fieros, forjados en las interminables estepas que se extendían desde el Este hasta los confines de la tierra conocida; hombres acostumbrados a privaciones y horrores olvidados ya por los pueblos civilizados.

Entre ellos destacaba un sujeto de pómulos altos y ojos crueles. Debajo del almete sobresalía una gran trenza negra que le alcanzaba la cintura, donde descansaba una cimitarra con un mango ricamente enjoyado. Se trataba de Kaervak, señor de los yagurhar; rodeado por sus legados de confianza, fijó la atención sobre el sujeto que se debatía en el altar. Los ojos de bárbaro no demostraron ninguna emoción al posarse sobre el orgulloso semblante del adversario derrotado; Las pupilas del prisionero refulgían con intenso odio.

Kaervak sonrió, admirado por la entereza de aquel hombre sujeto a su merced. Un silencio extraño se alzó entre todos los presentes, La corriente traía consigo el hedor de la muerte y la zozobra. Los gritos ahogados de los inocentes asesinados se diluían en la furia del viento que azotaba el vértice del edificio.

De pronto aquel mutismo se vio roto por un murmullo mezquino que consiguió impresionar a los combatientes. Un hombrecillo envuelto en una piel nauseabunda libró los últimos escalones y encaró al grupo de guerreros que le contemplaba con recelo, tras él, dos sujetos de cabeza afeitada y rostro tatuado, arrastraban a un jorobado atado del cuello a un largo lazo. El miserable, ataviado con harapos, se debatía en medio de horrendos chillidos; algunos de los guerreros realizaron un signo con los dedos y retrocedieron unos pasos. Kaervak, por el contrario, permaneció incólume, fulminado al recién llegado con ojos de hielo.

El hombrecillo se revolvió el cabello enmarañado y se arrojó a los pies de su amo; el señor de la estepa asintió y un gesto incomprensible asomó en aquellas facciones resecas y enfermizas.

De un salto se irguió y afrontó al individuo postrado en el retablo; este se sobrecogió al advertir aquel repugnante ser respirando sobre su rostro. Una peste inmunda emanaba de aquellos dientes ennegrecidos que le sonrieron de manera escalofriante, entonces un sudor frío le recorrió la espina dorsal al comprender el destino que le esperaba. Un haz de plata se materializó en las manos del brujo salvaje; fue la visión postrera del rey vencido antes de que la hoja se hundiera con furia en su gaznate y le arrebatara la existencia.

El viejo elevó un grito al cielo y vertió la sangre fresca en un tosco cáliz, tallado en un cráneo humano. Enfiló entonces hacia el lugar donde se hallaba el jorobado, y con ayuda de los hombres de rostro tatuado, le obligó a beber aquel líquido caliente. Mientras tanto, Kaervak y sus fieles observaban la escena con una mezcla de temor y reverencia.

El miserable cayó de rodillas, sosteniéndose la panza y regurgitando aquel sorbo inmundo; sus labios comenzaron a recitar una monserga incomprensible que el hechicero parecía comprender. De pronto se revolvió en violentos espasmos y quedó mudo, arrebatado por los vapores de la inconsciencia.

Los fieles del líder yagurhar comenzaron a musitar en voz baja, expectantes. Tan sólo Kaervak buscaba la mirada turbia del brujo esperando respuestas.

El hombrecillo se volvió entonces, una certeza extraña se advertía en aquel rostro huesudo; postrado de nuevo a los pies de su señor, levantó la vista con un deje sombrío que no pasó desapercibido al soberano.

—¿Habéis descifrado el oráculo de la sangre? —inquirió Kaervak, fulminándole con la mirada.

El brujo tragó saliva antes de replicar—: Si, mi amo, soberano indiscutible del mar de verdor…

Los allegados al líder rompieron en leves murmullos, la expectativa crecía a cada latido.

Kaervak los acalló con un gesto severo y se hizo un silencio sepulcral. El hedor a muerte que flotaba sobre la ciudad se hizo más acuciante.

—¿Caerán los reinos del oeste bajo el filo de los yagurhar? —preguntó el rey bárbaro con resolución.

El hechicero le sostuvo la mirada por unos latidos antes de contestar.

—Ninguna muralla o ejército podrá resistir vuestras huestes, mi señor— aseguró con firmeza—. Ciudades enteras caerán bajo vuestro yugo, mientras la sangre de vuestros enemigos hará germinar el terror entre los hombres del oeste.

Un gesto orgulloso enmarcó los crudos rasgos del monarca al escucharle.

Entonces, el brujo titubeó y una expresión confusa ensombreció su semblante.

—Pero para conseguir que vuestro nombre sea inmortalizado entre los grandes, deberéis haceros con un objeto de gran poder forjado en las entrañas del averno.

La expresión del Kaervak se convirtió en una máscara de furia; sus orbes refulgieron con impiedad.

—¡De qué estáis hablando, perro insolente! —bramó fuera de sí, echando mano a la espada que descansaba en el cinto.

—Son las palabras del oráculo, mi señor…—espetó el chamán con el terror plasmado en el rostro— ¡Es la voz de Bhjar, Dios de las estepas!

El soberano enfundó la hoja de mala gana, no sin antes fulminar a sus esbirros con una mirada ardiente.

—¡Hablad entonces, brujo! —le instó con resignación —¿Qué objeto mágico deberá guiar a mis huestes a la conquista del mundo?

Aquel rostro reseco esbozó un gesto atroz.

—Se trata de un hacha de gran poder —prosiguió—, con ella en vuestras manos, tendréis el favor de los señores de las catacumbas y nadie podrá nunca venceros.

—¿Y dónde podremos hallar esa arma? —le interrumpió el caudillo con ansiedad.

—En el oeste, mi señor —replicó el hechicero, frotándose las manos huesudas, aún manchadas con la sangre de su victima—. Se dice que la porta un infiel que la robó de un templo perdido en las montañas…