CAPÍTULO 35
Simón Cowell, subdirector del Servicio Secreto y supervisor inmediato de Juliana, se levantó en cuanto Juliana entró en su despacho.
-Por Dios Todopoderoso, el edificio en el que vive Egret está sembrado de cadáveres. ¡Hay un agente muerto en la mismísima puerta! No me digas que alguien intentó matarla.
Juliana tenía un horrible dolor de cabeza, agravado por la falta de sueño, la necesidad de una comida en condiciones y el interrogatorio inmediato. Sin embargo, teniendo en cuenta lo que había ocurrido en el país el día antes, comprendió que ninguna persona al servicio de la ley iba a dormir o a comer mucho durante los meses siguientes. Por tanto, ignorando el punzante dolor que sentía detrás de los ojos, se sentó en la silla habitual frente a la mesa de Cowell y esperó a que este se calmase.
-El agente fallecido es David Foster y...
-Pare, sé quién es -le espetó Cowell-. Lo que no sé es qué le ocurrió.
-También es una de las personas que intentaron asesinar a Valentina Carvajal.
-Joder. Jesús. ¿Estás segura?
Los músculos del cuello de Juliana se pusieron rígidos, pero respondió con voz firme.
-Positivo.
-Y acabó muerto... ¿Cómo?
-Le disparé yo.
Cowell se recostó en el sillón y exhaló un prolongado suspiro.
-Pues tenemos un problema de órdago.
Juliana sonrió con pena.
-Coincide con mi valoración.
***
Lo primero que hizo Valentina cuando Lucinda la dejó en el despacho privado de su padre fue llamar a Danna.
-Hola. Soy yo.
-¡Oh, gracias a Dios! Llevo veinticuatro horas llamándote sin parar. -La voz de Danna sonaba tensa, fría y cortante, cargada de acusaciones-. Como no me contestaba nadie, fui a tu casa. Había alguien del FBL..
-¿Renée? ¿Renée Savard? La recuerdas, una muy mona...
-Ya... No. Era un tipo, un individuo con cara de pocos amigos al que le importaba un bledo quién era yo ni lo que quería. Dios... ¿estás bien? Lo único que se me ocurrió es que te habían llevado a un asilo de misiles de Montana o a algún lugar por el estilo.
-Lo siento -dijo Valentinaen voz baja.
-¿Dónde estás?
-En Washington. Me quedaré aquí un tiempo... aún no sé cuánto.
Dannadebió de notar el tono inusitadamente apagado de Valentinaporque sus palabras siguientes fueron amables:
-Pero ¿te encuentras bien?
-Sí. ¿Y tú?
-Aquí... todo es irreal. Pero... me las arreglo. –Dannasuspiró- Me alegro de que la madre de Juliana se marchase a California el lunes.
-La llamaré después. El fin de semana, la exposición en la galería... parece como si hubiese pasado una eternidad, no sólo unos días.
-Lo sé.
-Tengo que colgar, Da -dijo Valentina, de pronto agotada en cuerpo y alma- Te llamaré pronto. Te quiero.
-Oh, Dios. -A Danna le tembló la voz-. Te quiero. Cuídate... y cuida a Juliana.
-Sí. Lo haré.
Tras hablar con Guadalupe y asegurarle que tanto Juliana como ella no habían sufrido daño alguno, Valentina recostó la cabeza en el sofá y cerró los ojos.
-Valentina -murmuró una voz suave.
Valentinase sobresaltó y abrió los ojos de pronto al sentir una mano sobre el hombro. Miró a su padre y parpadeó, confusa.
-¿Papá?
-Lo siento, cariño -dijo el presidente en tono dulce-. No pretendía asustarte.
Valentinacabeceó, apartando el pelo con una mano.
-No me has asustado. Sólo... ¿qué hora es?
El presidente miró su reloj.
-Las tres de la tarde.
-Creí que Julianahabría vuelto.
-Todos los agentes disponibles de todas las secciones policiales federales están agobiadísimos en estos momentos intentando controlar lo que ocurrió ayer. -El presidente se sentó al lado de Valentinay le pasó un brazo sobre los hombros-. Estoy seguro de que ella no es diferente y, teniendo en cuenta lo ocurrido en tu edificio ayer, va a estar muy ocupada. -El presidente apretó a su hija contra sí y la besó en la mejilla.
A pesar de la sorpresa ante la inusitada manifestación de afecto, Valentina apoyó la cabeza en el hombro de su padre.
-Después de los secuestros... de todas las cosas horribles que han ocurrido en las últimas veinticuatro horas... lo que me pasó a mí es una insignificancia.
-No -murmuró el presidente Carvajal-. Lo que te ocurrió a ti podría haber sido lo peor de mi vida. Me alegro mucho de que estés bien.
-Y yo me alegro de que tú no estuvieras en Washington ayer.
El presidente abrazó de nuevo a Valentina y se levantó.
-Me gustaría que te quedases aquí una temporada, hasta que conozcamos el grado de posible amenaza.
-¿Cuánto? -preguntó Valentina con cautela.
-Una semana. -La miró a los ojos-. Como mínimo.
-No puedo vivir aquí, papá. –Valentinasostuvo la mirada de su padre-. Tengo una vida propia. Tengo una amante que me necesita, y aquí no podemos estar juntas.
-Juliana puede estar en la Casa Blanca contigo -se apresuró a decir el presidente.
Valentinase rio y cabeceó.
-Papá, por favor. No vamos a malgastar recursos conteniendo a la prensa en este preciso momento, y dudo que Juliana estuviese conforme. Le da... mucha importancia... al protocolo.
El presidente sonrió.
-Eso debe de volverte loca.
-Más de lo que tú crees. -Pero el tono de Valentina era amable y su mirada tierna.
-El Consejo de Seguridad y el Servicio Secreto, y ahora seguramente también la CIA y el FBI, querrán saber qué ocurrió ayer en tu apartamento, Valentina.
-¿Juliana tiene problemas? -Ante el silencio de su padre, Valentinase puso rígida-. ¿Y por qué? Me salvó la vida.
-No sé si se tiene problemas. En este momento ni siquiera sé muy bien dónde se centrarán las investigaciones, no sabemos por dónde empezar a buscar. Pero a Juliana le harán preguntas difíciles.
-La protegerás, ¿verdad, papá?
-Si puedo -respondió con voz firme y segura. Nunca mentía a su hija.
Valentina asintió en silencio. Ella protegería a su amante, pasase lo que pasase.
***
Stark se puso boca arriba y abrió los ojos, desorientada y confusa. Apenas había luz en la habitación. « ¿Es de noche? Sí, deben de ser las ocho.» Estaba en una habitación desconocida, en el hotel. Se encontraba sola y se sentía totalmente vacía por dentro. Por fin registró lo que la había despertado.
Miró la puerta. Alguien estaba llamando. Alguien pronunciaba su nombre.
-¡Oh, Jesús!
Stark saltó de la cama, casi cayéndose. Le temblaban las piernas, no sabía si de hambre, fatiga o esperanza, pero logró atravesar la habitación extraña tropezando sólo con un escabel en su loca carrera. Ni siquiera notó el punzante dolor en la espinilla. Al llegar estaba tan distraída que no había corrido el cierre de seguridad, así que sólo tuvo que poner la mano en el pomo y abrir. Abrió la puerta de golpe con el corazón desbocado. No percibió el brote de dolor en el hombro herido cuando sus ojos se posaron en la mujer que estaba en el pasillo.
-Oh, gracias... Dios mío, gracias.
-Sí. Oh, cariño, sí.
Se abrazaron, sin importarles que la puerta entreabierta chocase contra sus espaldas, hablando a la vez mientras movían las manos frenéticamente, buscando seguridad y consuelo.
-Todo fue una locura... los ataques...
-Creí que estabas en el edificio...
-No nos hablaron de las víctimas.
-No pude comunicarme contigo... los teléfonos, el bloqueo de seguridad... Oh cariño, estaba asustadísima.
-No sé qué habría hecho...
-Lo único que se me ocurrió es que te había perdido.
-Te amo muchísimo.
-Te amo. ¡Oh, Dios, cuánto te amo!
-No te vayas.
-No, no lo haré. Nunca.
Por fin, Stark fue capaz de apartarse y de mirar a Renée a los ojos. La fuente de dolor que había en sus profundidades le rompió el corazón. Con dedos temblorosos acarició la mejilla de su amante, y luego la llevó a la habitación, dejando que la puerta se cerrase sola tras ellas.
-Dime qué hago. Dime cómo puedo ayudarte.
Renée, con la cabeza temblando, hundió la cara en el cuello de Stark y se apoyó en ella. Su voz era un frágil susurro:
-En cuanto supimos que la torre había sufrido un impacto, iniciamos la evacuación. Literalmente arrojamos los expedientes de Prioridad Uno a las trituradoras de papel al salir. A la media hora estábamos en la calle, aunque no teníamos ni idea de qué ocurría. Nuestras comunicaciones de radio funcionaban, pero reinaba el caos. Ninguno de los mensajes que llegaban tenía sentido. Luego... -le tembló la voz... -recibimos una llamada urgente de Stacy Landers sobre un ataque armado contra Egret. -Levantó la cabeza y contempló la cara de Stark, cuya expresión era una mezcla de incredulidad y terror-. Landers dijo que había muertos y heridos en el centro de mando. Creí... Oh, Dios... lo primero que pensé fue que te había perdido. Y dentro de mí todo... se detuvo.
-Y yo creí... cuando me enteré de lo de las torres... y no pude comunicarme contigo... -Stark enmudeció, mientras las lágrimas bañaban su rostro. No podía dejar de acariciar la espalda de Renée, sus brazos, la cara; temiendo que desapareciese en cualquier momento, acercó la mejilla a la de su amante- Te amo muchísimo. Creí que me moría sin ti.
Renée gritó y abrazó más estrechamente a Stark.
-Lo siento, cariño. Oh, Dios, lo siento. No podía llamarte, ni siquiera debería estar aquí en este momento. Pero cuando escuché tus mensajes telefónicos, supe que tenía que verte- Acarició el rostro de Stark, su cuello, el pecho, sin despegar el abdomen y los muslos de los de su amante-. Tenía que tocarte, no sólo hablar contigo. Oh, Paula, te amo. Te amo.
Volviendo a la rutina, porque tratar de encontrar sentido a lo ocurrido en las últimas treinta y seis horas era imposible, Stark preguntó con voz temblorosa:
-¿Están investigando el ataque contra Egret?
Renée asintió.
-En principio, éramos el equipo más próximo y ahora... todos los agentes de campo disponibles están trabajando en la Zona Cero. -Dio la mano a Stark, resistiéndose a apartarse de ella, y la llevó hasta la cama. Luego, encendió la lámpara de la mesilla antes de tumbar a Stark a su lado encima de las mantas- De momento no se puede decir mucho de los ataques, de ninguno de ellos. No sabemos gran cosa.
-Mejor -se apresuró a decir Stark, poniéndose de lado y abrazando a Renée por la cintura-. No quiero hablar de eso ahora. Sólo quiero acostumbrarme a que estés aquí y a que estés bien. -Se apartó y miró a Renée con repentina intensidad-. Eres tú, ¿verdad? ¿Ayer no te hirieron?
-No -respondió Renée-. Ya nos habíamos ido todos antes de que... las cosas se pusiesen feas.
Stark asintió, aliviada y sintiéndose culpable a la vez.
-¿Y tú? -preguntó Renée, deslizando los dedos sobre el brazo de Stark-. Cuando vi a una agente muerta en el vestíbulo y a otro ante el apartamento de Egret, y luego a Mateo... Dios, cariño. ¿Te encuentras bien?
-Sí. -A Stark se le puso un nudo en la garganta y parpadeó para borrar las imágenes de Mateo sangrando en el suelo y el recuerdo de las balas silbando en el aire a su alrededor-. Por un pelo.
Renée dio un respingo.
-¿Por un pelo? ¿Te hirieron?
El pánico de la voz de Renée despejó la mente de Stark de las telarañas de cansancio y horror mejor que ninguna otra cosa. Apretó a Renée contra sí y con los labios sobre su frente murmuró:
-Estoy bien. Una descarga me rozó el hombro. No es nada.
-Quiero verlo.
Ignorando la petición, Stark preguntó en tono amable:
-¿Cuánto te vas a quedar?
-Debo regresar esta noche. Todo el mundo está en la oficina central... Dios, todo el mundo en todas partes exige información. No creo que nadie pueda dormir en el futuro inmediato.
-Lo sé. Yo tampoco puedo irme de aquí. No sé cuánto tardaré en regresar a casa.
-No pasa nada. Yo estaré allí. -Renée deslizó la pierna entre los muslos de Stark y la besó, masajeándole la espalda con manos firmes mientras sus labios se sumergían en la boca de Stark. Poco después se apartó, sin aliento-. Lo único que importa es que estemos juntas para siempre.
-Sí, es cierto -susurró Stark, acarició el muslo de Renée y desprendió la blusa de su amante de los pantalones. Deslizando los dedos sobre las planicies cálidas y lisas del abdomen de Renée, confesó-: Te necesito. ¿No puedes quedarte una hora? ¿No puedes quedarte y dejar que te toque?
-Sí. Oh, sí.
Lentamente, sin lastimar las cicatrices del cuerpo y el alma, deslizaron labios y dedos sobre la piel que iban desnudando a medida que se desprendían de la ropa. Cuando al fin se corrieron juntas, pecho contra pecho y vientre contra vientre, sus leves gritos expresaron añoranza, amor y gratitud. Fundieron pasión y promesas, sosteniéndose mutuamente en el único lugar inalcanzable que les quedaba: dentro del santuario de sus propios corazones.
***
Valentina cogió el teléfono de la mesilla al primer timbrazo.
¿Sí?
-Soy el oficial de guardia, señorita Carvajal. Siento molestarla, pero la comandante Valdezdice...
-¿Está ahí? –Valentinase incorporó, apartando el pelo de la cara con una mano mientras miraba qué hora era: las dos y veinte de la madrugada. Otra vez se había quedado dormida sin querer. La ducha la había relajado cuando su intención era, en realidad, tenderse en la cama para descansar unos minutos. De eso hacía cuatro horas-. Por favor, acompáñela hasta aquí.
-Sí, señora.
Cuando llamaron a la puerta, Valentina se había puesto una camiseta y unos pantalones de chándal de fino algodón. Abrió la puerta para que entrase su amante, dio las gracias al oficial y cerró la puerta de nuevo. Se volvió hacia Juliana, rodeó su cuello con los brazos y le dio un prolongado beso. Luego, se apartó y la examinó con gesto crítico.
-Estás agotada.
-Sí, un poco molida.
El mero hecho de que Juliana reconociese que estaba cansada indicó a Valentina lo cerca que estaba de desmoronarse y dio la mano a su amante.
-Vamos. Dúchate y acuéstate.
-No creo que me quede. Sólo quería...
-Pues claro que te quedas.
A través de una bruma de cansancio, Juliana percibió la dureza del acero en la voz de su amante. Estaba demasiado cansada para discutir y tampoco deseaba hacerlo. Lo único que quería era acostarse junto a Valentina, posar la cabeza entre sus pechos y dormir.
-De acuerdo, pero si no te molesta el sudor, prefiero ir directamente a la cama.
Valentinasonrió.
-Un poco de sudor me parece sexy, siempre que sea tuyo. Vamos, comandante. -Mientras guiaba a Juliana por la habitación, le preguntó en el tono más intrascendente que pudo- ¿Ha ido todo bien durante el informe?
Juliana torció el gesto al quitarse la chaqueta.
-No había mucho de que informar. Aún no se ha constituido la comisión de investigación formal. Me limité a darle a Simón una idea general.
-Entonces, ¿habrá más preguntas? -Con movimientos ágiles Valentinadesabrochó las tiras de cuero de los hombros de Juliana y le quitó la pistolera. Como si fuera algo instintivo, dejó la funda y el arma sobre la mesilla del lado habitual de Juliana en la cama.
-Montones -gruñó Juliana, quitándose el cinturón. Luego, tras descalzarse, dejó que los pantalones cayesen al suelo-. Seguramente empezarán mañana. -Se despojó de la braga y se sentó en la cama para desabotonarse la camisa.
Valentina se inclinó hacia ella, apartó las manos de Juliana y le desabotonó la camisa ágilmente. Se la quitó y la arrojó al suelo.
-¿Qué tal la cabeza?
Juliana se dejó caer sobre las almohadas con un gemido.
-He estado peor. -Extendió un brazo hacia Valentina-. Acuéstate a mi lado. Te he echado de menos.
-Hum, yo también. –Valentinase acostó y abrazó a Juliana por los hombros, apretándola contra sí-. Te amo.
-Gracias a Dios. -Juliana enterró el rostro entre los pechos de Valentina. Con un suspiro de cansancio murmuró- A partir de ahora todo será distinto, cariño. El mundo entero va a cambiar.
A Valentina se le encogió el corazón, pero dejó el miedo a un lado. Juliana estaba allí, en sus brazos, sólida y real.
-Estaremos bien mientras nos tengamos la una a la otra.
-Sí -dijo Juliana débilmente, rindiéndose al agotamiento en el círculo protector de los brazos de su amante-. Juntas... te lo prometo.








