La Escritora

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Summary

Esta vida está llena de obstáculos. De momentos de odio y rabia. De desamores. De lágrimas de desesperación. De situaciones amargas. De desilusiones e hipocresías. Pero también de valiosas lecciones. De instantes de risa y camarería. De amores. De alegres llantos. De dulces segundos. De esperanza y claridad. Y de sexo... ¡Mucho sexo! Adéntrate en un mundo donde todos estos elementos se conjugan en una perfecta armonía. En una dulce sincronía. En un baile erótico, sensual. Donde los gemidos, gruñidos y gritos son los personajes principales que te llevarán por el camino que todos transitamos. Únete a estos seres en su lucha continua por alcanzar sus objetivos. Sus metas. Sus sueños. Pero, sobre todo, por disfrutar de un satisfactorio, embriagante y placentero sexo... ¿Estás listo? Y recuerda... Algunos nacen para vivir en parejas. Otros para vivir en soledad. Pero todos nacemos para gozar y amar de verdad.

Status
Ongoing
Chapters
7
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Mis sueños… Esas aventuras que cada noche vivo. Experimento. Protagonizo. Ellos me han acompañado durante toda mi vida. Algunos se han hecho realidad. Otros esperan. Impacientemente, su turno. Su hora de nacer. La gran mayoría han quedado plasmados en las hojas de un libro. Y, sin embargo, han logrado trascender. Unos cuantos tuvieron la fortuna de ver la vida desde mis ojos. Sentirla a través de mi cuerpo. Escucharla. Saborearla. Fuese cual fuese el conducto por el cual nacieron, cada uno de ellos marcó siempre un inicio. Y un final en los ciclos de mi vida.

Recuerdo que, cuando era niña, la necesidad de comunicarme. De platicar sobre mis sueños era ¡enorme! Apremiante… Pero nadie me escuchaba. Ni siquiera aquellos que tenían cierta obligación de hacerlo. Eso no me detuvo. No limitó mi urgencia. Ni encadenó mi necesidad. Así que yo empecé a escribir. Al principio solo fueron rayas. Círculos. Cuadros. Rayones. Lo que yo pensaba que era una historia, los demás solo veían garabatos. Con alegría compartía mis historias. Pero caían en oídos sordos. En muecas de indiferencia. En el frío e inerte olvido.

Conforme crecía, la necesidad lo hacía a la par. Empujándome a convertir esos “garabatos” en letras. Y luego en palabras. Para finalmente poder formar frases. Expresiones. Ideas. Fue cuando mi mente me jugó una mal pasada, y las ideas solo se convirtieron en cuentos cortos —demasiado cortos—. Hubo un tiempo que desistí. Que renuncié a mi “innata” necesidad de trasmitir mis aventuras. Y me limité solo a verlas durante mis noches. En mis sueños. Creía firmemente que mientras existiese ese tiempo, todos ellos siempre estarían ahí, para mí. Esperando liberarse. Ser escritos y vividos. ¡Gran qué error cometí! Pero no lo supe, si no hasta qué fue demasiado tarde.

Poco a poco mi entorno se fue modificando. Cambiando. Hasta el punto en el cual mi realidad —mi verdadera vida— me consumió. Me absorbió por completo. Dejándome imposibilitada de crear algo. De vivir aventuras. Incluso en solitario. Las cosas qué viví durante esos años. Los golpes, qué soporté y que dejaron huella. Una marca imborrable en mi alma. En mi ser. Fueron el resultado de eventos que escapaban a mi control. Y comprensión —al menos durante los primeros años—. Mi realidad me consumía y me mataba. Lenta y silenciosamente. Mientras qué mis sueños comenzaban a ser abandonados. A pudrirse en el fondo de mi mente.

No estoy segura qué fue lo que me hizo recapacitar. Tal vez la pubertad. O las amigas. O simplemente la rebeldía que no aguantó estar sometida. Enjaulada. Acribillada. Lo que sí sé es que un día desperté y mis sueños estaban ahí. Junto a mí. Implorando por una pequeña oportunidad. Mis aventuras comenzaban a emerger. A aullar por vivirse. A gritar por disfrutarse. Por escribirse. Así que me rendí. Me sometí a mis más originarios impulsos y necesidades. Me dejé llevar a ese mundo maravilloso.

Durante mucho tiempo, ningún escrito tuvo final. Solo un comienzo. Un desarrollo. Pero no un desenlace. Incluso ahora. En esta etapa de mi vida, cuando releo aquellas historias. Cuando revivo aquellas aventuras. No logro encontrarles un final. Tal vez sea porque no existe. O por qué aún sigue pendiente. O simplemente se trata de esas historias que no tienen final. Como la vida. Con todo, no importaba. Con o sin conclusión, me ayudaron a solventar aquellos oscuros años de mi adolescencia. Donde lo único que me salvaba de que me acribillarán, eran mis noches en solitario. Mis aventuras imaginarias. Mis ganas por tener una familia. Una unida. Una de verdad. Y no lo que tenía.

Al pasar los años las cosas empeoraron. Se volvieron insoportables. Aberrantes. Yo no quería formar parte de algo así. Mi ser aclamaba por libertad. Por aventuras. Por ser simplemente yo. No el juguete de mis padres. Así qué en cuanto pude me escapé. Me fui lo más lejos que mis recursos me permitieron. Y no volví por mucho, mucho tiempo.

No hay una gota de arrepentimiento en mi ser —ni en el de mis padres—. Lo que viví desde el momento en que me liberé de mis cadenas. En el segundo, qué dejé de cargar con un equipaje qué no me correspondía. Fue ¡indescriptible! ¡Indescifrable! Ni bueno, ni malo. Ni oscuro ni iluminado. Solo inenarrable.

Con un principio complicado. Algo oscurecido. Mi nueva vida empezó sin que yo supiera que un día mi suerte cambiaría. Me brindaría un camino más acorde a los sueños solitarios que tenía. No exento de errores ni de lamentaciones. Eso sí, pero muy dinámico. Atrevido. Y, si me permiten decirlo, bastante erótico. Casi rallando en lo pornográfico. Así qué está, queridos lectores, es mi historia. O parte de ella. Pues bien, dicen por ahí que la realidad supera la ficción. Y mi realidad superó todo. Incluyéndome…

Daniela Callén